40 Vogue
VOGUE
París es una ciudad que como turista te abraza, tanto cine y tanta imaginería romántica la han convertido en el destino perfecto para una pareja de enamorados.
En el caso de Elena y Bécquer todavía no habían podido disfrutar ni siquiera de un pequeño paseo por la orilla del Sena, y esa tendencia no parecía que fuese a cambiar en las horas siguientes.
—Tienes que ir a un hospital —dijo Leo desde el asiento de atrás del coche que conducía Bécquer. Elena negó con la cabeza.
—No es necesario, solo necesito una ducha.
El cómico sonrió y aprovechó la oportunidad para meterle a Leo un dedo en el ojo.
—Al llegar al hotel, yo te ayudo a ducharte, que con ese hombro… —Paladeó la cara que puso el exnovio cuando después cogió la mano de Elena y añadió—: Sabes que siempre voy a estar a tu lado.
El resto del trayecto transcurrió en silencio. Cantos se había encargado de que una unidad de la Interpol llevase a cabo la guardia y custodia del «cirujano».
—Nos dan cuarenta y ocho horas; en ese tiempo tendrán que procesarlo, y creedme cuando os digo que algo así será noticia.
Elena entendió y agradeció lo que había conseguido.
—A ti también te doy las gracias, pero debo decirte que no me fío un pelo del ministro: sus iniciales están por todas partes, no tengo dudas de que está metido hasta el cuello.
La reacción de Leo no se hizo esperar.
—Lo sé: uno de los motivos por los que estoy aquí es precisamente el empeño que tiene en acabar con vosotros.
Bécquer intervino en la conversación.
—¿Conmigo también?, ¡pero si jugamos juntos a las cartas!
Tanto Leo como Elena ignoraron la broma del cómico.
—Eso es algo que resolveremos a la vuelta, ahora necesitamos recuperar las pruebas que se ha llevado Serrano.
Elena se quedó pensativa unos segundos: que Leo pusiese todo su empeño en las pruebas que incriminaban al embajador, para ella era señal más que suficiente de que lo que Baltierra había dejado en su casa no llegaba.
Bécquer aparcó el coche en la misma puerta del hotel.
—Este se lo llevan ahora, se lo alquilé al propio hotel —dijo entregándole la llave al botones de la puerta.
Leo entró al hall perplejo por el lujo que lo rodeaba.
—¿No lo conocías? —le preguntó Bécquer con toda la mala baba.
—No seas cretino —le susurró Elena. El cómico bajó la cabeza, sentía un poco de vergüenza al verse compitiendo por la atención de la inspectora sin rubor alguno.
—¿Queréis café? —preguntó el artista—. La pâtisserie del hotel es una locura.
Elena negó con la cabeza.
—Yo necesito descansar, aún no sabemos qué vamos a hacer ahora.
El cómico sacó a relucir la mejor de sus sonrisas.
—No lo sabes tú: tómate un buen café con leche con un cruasán y te cuento el planazo que tenemos esta noche.
Los tres entraron en la pâtisserie y ocuparon una pequeña mesa de mármol. Bécquer, como era habitual en él cuando se trataba de dulces, ordenó como para una primera comunión, y mientras se atiborraba sin pudor, les expuso su idea.
—Si lo que queremos es cazar al embajador, lo mejor es sorprenderlo. —Leo Cantos puso los ojos en blanco; el cómico decidió obviar el gesto—. Tenemos una ventaja grande, bueno, dos en realidad. En primer lugar, te da por muerta, y esa es una carta que hay que utilizar.
Leo había colocado un algodón impregnado en alcohol en la nariz del cirujano.
—Despiértate ya, bello durmiente.
Con dificultad, aquel psicópata había recobrado el conocimiento.
—¿Qué ha pasado?
—Que una chica te ha dado una buena manta de hostias —le había contestado Bécquer. Leo Cantos lo agarró del pelo.
—Respóndeme a una pregunta y con suerte no sales de aquí con los pies por delante: ¿cuándo tenías que terminar este trabajito?
Toda la calma que aquel hombre había demostrado con Elena atada a la camilla se había desvanecido.
—Tengo que avisar a Serrano cuando esté muerta, el resto les da igual.
Elena había acercado entonces un teléfono móvil que había sobre una de las mesitas auxiliares.
—¿Lo ibas a llamar desde aquí? —El hombre había contestado afirmativamente—. Pues venga, al lío.
Leo Cantos le puso el teléfono en la mano y una pistola en la cabeza.
—No hace falta que te explique qué te va a ocurrir si te pasas de listo. —La amenaza fue más que convincente.
—Trabajo realizado —dijo cuando descolgaron la llamada. Serrano, al otro lado de la línea, decidió entrar en un bar a ver si era cierto que el vino francés era tan estupendo.
—Con esto acabamos de ganar mucho tiempo.
Leo tenía razón. Elena, completamente de acuerdo, se había quejado entonces de la herida del brazo.
—¿Qué te han inyectado? —le había preguntado Bécquer.
—No quieras saberlo.
El cirujano intervino.
—Suero de la verdad, pero ha sido poco; en media hora dejará de hacer efecto.
Bécquer había dado un respingo al escucharlo.
—¿Suero de la verdad? Pero ¿eso existe?
—Bécquer, cálmate —le había dicho Elena sonriendo.
El cómico había dado entonces un par de pasos hacia ella, y se había arrancado con una serie de preguntas:
—Vale, yo me calmo, pero dime: ¿alguna vez vendrás a vivir conmigo?
Elena lo había mirado, divertida.
—No quiero contestar a eso.
Bécquer se había acercado todavía más.
—Elena, ¿tú me quieres?
Entonces había sido Elena quien había acortado más aún la distancia.
—Para eso no necesito suero: te quiero más que a mí.
Leo Cantos se había dado la vuelta para dirigirse a la salida a concretar la acción con la Interpol; una cosa era escuchar a los dos tortolitos y otra ver la pasión con la que habían comenzado a besarse.
Elena miraba a Bécquer sorprendida de su capacidad para engullir dulces y no explotar.
—Soy de metabolismo rápido —respondió él sin que nadie le preguntase—. Hay que aprovechar que no os esperan a ninguno de los dos: Elena, si logras quedarte a solas con el embajador, estoy seguro de que cometerá un error.
A Leo el plan le parecía de todo menos útil.
—¿Qué clase de error? —preguntó.
—Intentará matarte.
A Leo se lo llevaban los demonios.
—Menuda idea, no voy a permitir que la pongas en peligro.
Tal bravuconada encendió de nuevo a Bécquer.
—Pero ¿quién te crees que eres? Elena es perfectamente capaz de enfrentarse al embajador y a diez como él, te digo más…
Ella se interpuso entre los dos gallitos.
—¡Basta! —gritó—. Dejad ya de comportaros como gallos de corral.
El silencio se hizo en la pâtisserie .
—Bécquer, explícame al detalle qué quieres hacer.
Él se disculpó y se arrancó entusiasmado.
—El embajador acude esta noche a un desfile de moda en el Louvre, es ¡la semana de la moda de París!
Y entre los diseñadores presenta colección Domingo Gilberto, ¿no os parece increíble?
—Leo y Elena se miraron, el entusiasmo de Bécquer contrastaba con el silencio de ambos—.
En fin…, un importante diseñador español que por primera vez desfila entre los grandes.
Vamos allí, creamos una distracción, nos llevamos al embajador y hacemos que confiese. Coser y cantar.
Leo no hacía otra cosa que negar con la cabeza.
—Es un disparate.
Elena, en cambio, miró a Bécquer y conectó enseguida: ambos supieron que la noche prometía.
Habían pasado ya varias horas desde que volviesen al hotel; Leo, a regañadientes, terminó aceptando que Bécquer dispusiese una habitación para él, lo que le costaba aceptar era que un botones le acababa de subir un traje, una camisa y unos zapatos.
—Se lo envía el señor Bécquer junto con esta nota.
Leo abrió el sobre y leyó para sí:
Querido Leo:
Siéntete Cenicienta por un rato, ponte esta ropa, ya que esta noche te toca proteger a una de las estrellas más grandes del firmamento.
Con amor,
Bécquer
—Debo reconocer que no sé cómo lo haces. —Elena se miraba en el espejo admirada por el maravilloso vestido verde esmeralda que el cómico le había preparado.
—Contigo es fácil, conozco cada centímetro de tu piel. —Ella no pudo evitar sonrojarse—. Lo único que me da rabia es que tengas que ponerte también esto. —Le dio una caja.
—¿Una peluca? No sabía que te iban las pelirrojas. —Ahora fue él quien se sonrojó.
—Bueno, es para la misión y que no te reconozcan, ya veremos si después le damos más uso.
La pareja cruzó el vestíbulo del hotel de la mano, Leo los esperaba vestido de «hombre de negro», nada que ver con el espectacular traje de tres piezas color vino que lucía Bécquer.
—¿Zapatos dorados? ¿En serio? —le preguntó Elena al ver el outfit .
—Déjese llevar, Izaguirre.
Al verlos aparecer, Leo entendió que era difícil competir.
—Parece que yo seré el discreto esta noche —dijo con cierto pesar.
—Y te falta un detalle —añadió Bécquer, dándole un auricular y unas gafas de sol—: dos artículos que no le pueden faltar a un buen guardaespaldas.
—¿Guardaespaldas? —Leo protestó. Elena intentó echarle un cable a Bécquer.
—Entrarás como seguridad nuestra; una vez dentro, nos dispersamos.
—Tenemos que entrar con discreción —solicitó, escamado. Su deseo fue interrumpido por el enorme rugido de un Lamborghini Diablo amarillo. Bécquer cogió las llaves que le daba el botones.
—Discreción no es una palabra que vayamos a utilizar esta noche; Elena, ven, que te doy una vuelta. —Leo suspiró.
—El coche tiene dos plazas.
Bécquer le sonrió.
—Porque mi seguridad tiene que estar allí cuando lleguemos: mira, ese es tu taxi; cuando estés en posición para abrirnos la puerta, avisa y llegamos. ¡Va a ser una gran noche!
Bécquer rodeó el flamante vehículo, y, antes de subirse, se dirigió a Elena.
—Falta el detallito final: grábame. —Le pasó el móvil y ella le hizo una señal para que empezara—. ¿Habéis visto lo guapo que estoy? Tranquilos, no lo he hecho solo por vosotros. Esta noche quiero apoyar a la moda española ni más ni menos que en París: no vemos en un rato en el Louvre.
—¿Y esto? —le preguntó Elena, extrañada.
Bécquer le respondió ya dentro del coche.
—Es un seguro: envíalo a mi oficina y que lo suban a Instagram, quiero que el embajador sepa que voy. Que se ponga nervioso.
A Elena se le escapó una picara sonrisa: en cuanto le diera a enviar, sabía que sus diez millones de seguidores iban a convertir a Bécquer en el centro de la conversación.