Bécquer en París 39 Lo que se ata, se desata
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39 Lo que se ata, se desata

LO QUE SE ATA, SE DESATA

El techo estaba lleno de desconchones y manchas de humedad, el olor no mejoraba para nada la apariencia. Elena abrió los ojos despacio, aturdida, con un enorme dolor en el hombro izquierdo.

—Si tienes la sensación de que te ha atropellado un autobús, te equivocas: ha sido una furgoneta. —Giró su cabeza hacia la izquierda en dirección a la voz que acababa de hablar—. Solo tienes una contusión, aguanta un poco mientras te coloco una vía: si te mueves, te dolerá más.

Con una pasmosa tranquilidad, un hombre de unos cuarenta años, completamente vestido de negro, traspasó la piel del brazo de Elena con una aguja.

—¿Qué haces?

—Forma parte del proceso, en un rato te dormirás, me has cogido de buen humor y no quiero que sufras cuando te vacíe por completo.

Elena sintió esa última frase como una bofetada. «¿Que me vacíe? —pensó—. ¿De qué habla?».

Bécquer recogió personalmente a su invitado en el aeropuerto.

Ataviado con una gorra y una mascarilla quirúrgica otra vez, esperaba con una pizarra con el nombre escrito.

«Quien me vea…», pensaba cuando lo vio aparecer por la puerta de llegadas.

Cruzó los dedos: esperaba haber acertado con su decisión.

—Creo que me espera a mí —dijo.

—Sí, pero no te flipes, la maletita te la llevas tú. —Bécquer se descubrió discretamente la cara y sus miradas se cruzaron—. Ven, que tengo el coche aparcado en minusválidos… Tienen las mejores plazas.

Sin reírle la gracia, Leo Cantos caminó detrás de Bécquer, ambos tenían un conflicto pendiente de superar, si no lograban ser amigos, por lo menos tenían que congelar la hostilidad hasta dar con Elena.

Cantos dejó su maletín en el asiento de atrás. Desde el volante, Bécquer preguntó:

—¿Cómo te dio tiempo a hacer la maleta? —Leo sonrió.

—Cuando me llamaste, estaba en casa, pero no te preocupes, que ahí no llevo precisamente ropa.

El cómico arrancó y se incorporó al laberinto de carriles que circunvalaba el aeropuerto Charles de Gaulle.

—¿Qué has podido averiguar? —le preguntó Bécquer.

Leo le hizo entonces un gesto para que guardase silencio mientras llamaba por teléfono—.

Te lo digo porque cada minuto cuenta… —Cantos volvió a pedirle con un gesto que se callase—.

Ya me estoy cansando del dedito, te digo que… —Leo Cantos pegó entonces un grito.

—¡Qué te esperes!

—Ahora entiendo por qué Elena te mandó al carallo… —soltó antes de callarse.

En un perfecto francés, Leo mantuvo una conversación de más de cinco minutos, algo que puso a prueba la paciencia de Bécquer hasta límites desconocidos. Cuando colgó, no pudo aguantar más.

—¿Me vas a decir algo ya o te lo tengo que rogar?

Cantos paladeó el ruego de Bécquer antes de hablar.

—Lo primero que te tengo que decir es que has hecho un buen trabajo consiguiendo las imágenes. —Bécquer asintió aceptando el cumplido—. La furgoneta pertenece a la embajada, es un vehículo de la flota del embajador: este ha sido el primer error.

Bécquer sonrió satisfecho.

—Cojonudo, con eso los tenemos.

Leo negó con la cabeza.

—Con eso, lo único que tenemos es un atropello no mortal, pueden decir que fue un accidente y que, efectivamente, la llevaron al hospital y que blablabá… No nos interesa.

Bécquer comenzó a impacientarse.

—¿Entonces?

—He pedido un par de favores a varios amigos de la Interpol y tenemos premio: cuando puedas para el coche, tengo que enseñarte algo.

Bécquer obedeció y se paró en el arcén de la autovía.

—No voy a esperar a encontrar una gasolinera.

Elena empezó a sentir miedo cuando comprobó que estaba atada en la camilla de pies y manos.

—Deja de moverte, que no lo vas a conseguir.

La frialdad y la calma con la que aquel loco le hablaba le helaba la sangre. El hombre se acercó despacio.

—Mira, esto que te he puesto solo es suero, ahora te voy a poner un analgésico que te alivie la contusión del hombro.

Elena decidió actuar de otra manera.

—Gracias —respondió—, me llamo Elena Izaguirre. —El hombre se rio.

—Ya sé quién eres y me da igual, entiendo que quieras humanizarte a ver si así creas un vínculo conmigo y me haces dudar: ya te adelanto que no va a funcionar. No eres la primera ni la última que lo intenta.

Elena entendió entonces que era un profesional.

—¿Quién eres?

—No soy nadie, a veces me hacen encargos como este; no es sencillo hacer desaparecer a alguien, hoy en día se ha puesto complicado; en cambio, cuando lo hago yo, todo es diferente.

Elena se atrevió a preguntar.

—¿Por qué?

La respuesta volvió a provocarle un enorme escalofrío.

—Porque quemo lo que queda del cuerpo y vacío las cenizas, pero claro, primero extraigo hígado, pulmones, riñones y corazón… Lo mío es el negocio, aprovecho lo que puedo.

Elena se dio cuenta de que acababa de caer en manos de un psicópata. Miró a su alrededor buscando un hilo de esperanza al que agarrarse. Repasó la habitación despacio: no era más que una especie de almacén abandonado.

—Si estás pensando en gritar, mira. —El hombre empezó a gritar como un animal herido—. ¿Has visto?, no vale la pena el esfuerzo.

Elena sintió desazón al instante, no tuvo tiempo de responder cuando escuchó el sonido de una puerta que se abría seguida de pasos: alguien se acercaba. En la pared de su derecha vio proyectarse una enorme sombra: Serrano acababa de sumarse a la celebración.

Los coches pasaban pitando al lado del de Bécquer a gran velocidad, Leo Cantos cogió entonces su teléfono y comenzó a explicarle lo que acababa de recibir.

—Como te dije, el coche pertenece a la flota de la embajada, no acabo de entender la torpeza al utilizar ese vehículo, la verdad. —A Cantos no le faltaba razón.

—Los malos a veces tienen prisa y no piensan bien las cosas, eso, o son tan chulos que les ha dado igual.

Cantos se inclinaba por una mezcla de las dos.

—Lo mejor es que tienen una baliza GPS ; lo peor es que, al pertenecer a la embajada, tienen inmunidad y son irrastreables hasta para la policía.

Bécquer amagó con frustrarse hasta que se dio cuenta de que estaba hablando con un cretino presumido que haría lo que fuese por quedar por encima de él. Tan claro lo tenía que se adelantó.

—Pero tú tienes un amigo superimportante que ha hackeado el sistema y te ha facilitado la dirección exacta a donde ha ido esa furgoneta, ¿a que sí? —Cantos asintió, decepcionado—. Buen trabajo, chaval.

Cantos se recompuso de la decepción y le enseñó el recorrido.

—Han cruzado París entero, se han dirigido a un polígono al norte, concretamente a una zona llamada Pantin; ahí han dado la vuelta, sospecho que después de dejar a Elena.

Bécquer miró a Leo y le soltó un sonoro:

—Buen trabajo, sí señor. Elena, vamos a por ti.

Serrano rodeó la camilla y se colocó justo detrás de Elena.

—Déjame que te vea la cara, hijo de puta —soltó ella cuando notó su presencia. Serrano sonrió.

—Siempre has tenido la valentía que le faltaba a tu padre.

—Elena pegó un tirón de cada una de las correas capaces de hacer temblar la camilla entera—.

No te sulfures —continuó Serrano—, mejor relájate, que te queda un rato.

El embajador lo único que me ha pedido es que te meta un tiro en la cabeza y te hunda en el Sena, pero, gracias a mi amigo aquí presente, vas a desaparecer y, además, voy a ganar un buen dinero contigo.

—Elena seguía tratando de alcanzarlo de manera estéril.

En uno de los secos tirones notó que el agarre de la muñeca derecha flojeaba—.

Ahora viene una parte divertida: ¿has oído hablar del pentotal sódico?

Combinado con otros barbitúricos, en pequeñas dosis, sirve para que digas la verdad.

—Ella trató de resistirse—. Aquí mi primo no me deja torturarte porque se conoce que el estrés puede afectar a los órganos, así que vamos a jugar con esto.

Elena vio cómo inyectaban un líquido transparente en la vía; al poco rato iba a cantar La traviata .

El velocímetro del coche de Bécquer marcaba ciento setenta kilómetros por hora.

—Nos vamos a matar —exclamó Leo.

—Que va, este coche es increíble, vamos a llegar en nada. —El cómico volvió a pisar el acelerador—. El embajador está metido hasta el cuello en esto, todo el rato fue él, en España llegó a ser el número uno de la organización.

Bécquer le explicó a Leo lo que habían conseguido hasta el momento.

—¿Y las pruebas?, te lo digo porque siempre parece que lo sabéis todo y no lográis probar nada.

Bécquer sonrió.

—Lo tenemos todo, Baltierra lo dejó preparado: los intercambios de dinero, los nombres de los jueces que les daban facilidades, los policías y los pagos que recibían… Todo.

Cantos alucinaba.

—¿Y pruebas contra el embajador?

—Buah, otro cabrón con pintas. Baltierra no tenía nada definitivo; de hecho, vine a conseguir una confesión, pero me salió regular… Pero Elena se coló en su despacho y tiene un pendrive con todo lo que lo incrimina.

Leo hizo un gesto de victoria apretando el puño.

—¿Y dónde está ese pendrive ?

—Lo tiene Elena…

La primera pregunta fue fácil de contestar.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó Serrano.

—Elena Laura.

—Vamos con algo más íntimo: ¿cuándo fue la última vez que mantuviste relaciones sexuales?

—Esta mañana.

—Si es que París es mucho París. —Serrano sonrió—. Vamos ya con lo serio: ¿te llevaste algo de la caja fuerte del embajador? —Elena asintió—. ¿El qué?

Una lágrima resbaló entonces por la mejilla de la policía.

—Una foto de mi padre. —Serrano lo sabía.

—Tu padre, ¿te acuerdas mucho de él? —Ella volvió a asentir—.

Yo lo recuerdo vagamente… Recuerdo que hacía frío, eso sí.

Puente me dijo que tenía un compañero que había metido demasiado las narices, ¿ese era tu padre?

—Elena volvió a asentir tratando de contener el llanto; Serrano continuó su relato, paladeando cada una de las palabras que pronunciaba perfectamente consciente del daño que le estaba infligiendo—.

¿Querías mucho a tu padre? —insistió, con toda la maldad posible.

—Mucho, lo quería mucho.

Serrano se colocó delante de Elena.

—¿Me ves ahora? ¿Querías esto? ¿Verme la cara?

—Ella volvió a asentir—. Pues mírala bien, porque va a ser lo último que recuerdes.

Yo maté al mierda de tu padre, ¿creías que iba a dejar que lo jodiese todo?

Era tan digno y tan estupendo que no quiso unirse a nosotros; si lo hubiese hecho, ahora no estaríamos aquí, pero claro, él era mucho mejor que todos los demás.

Encontró en la taquilla de Puente el cuaderno donde llevábamos la contabilidad y el muy idiota lo tenía encima.

—Elena se revolvía por dentro—. Por eso lo citamos en aquel callejón: Puente creía que lo podría convencer, pero yo sabía que no, así que lo arreglé.

—Se interrumpió para sacar un objeto del bolsillo—.

¿Ves esta navaja?, con ella maté a tu padre.

—El grito de dolor de Elena hizo que hasta el hombre ataviado de negro se estremeciese—.

Ahora llega la última pregunta: ¿te llevaste información del embajador?

—Elena no pudo evitar contestar afirmativamente—.

¿Dónde está? —Ella señaló con la mirada la riñonera que descansaba en el suelo.

Serrano se agachó a cogerla con dificultad, vació el contenido sobre una pequeña mesa y cogió una memoria USB —.

¿Es esto? —Cuando Elena contestó que sí, él se acercó de nuevo, la besó en la frente y le susurró al oído—.

Relájate, que en un ratito volverás a estar con papá.

Cuando Serrano se hubo marchado, el hombre de negro se acercó.

—Siento mucho lo de tu padre; la verdad, menuda situación; pero, bueno, entiende que uno no deja de ser profesional por estas cosas.

—Por un momento le dio la espalda para preparar los utensilios—.

Verás que será rápido, ya tengo preparadas las neveras: te anestesio y, a partir de ahí, ya estarás a otra cosa, no te preocupes que no te vas a enterar; de verdad, relájate, que bastante disgusto te has llevado.

—Mientras preparaba sus cosas, no se percató de que Elena había logrado separar el tomillo que sujetaba la muñequera derecha a la camilla—. Ahora voy inyectarte la anestesia.

El terrible cirujano no llegó a terminar la frase: Elena le propinó un primer golpe seco en la nariz.

Sorprendido y algo desorientado, tampoco fue capaz de evitar que rodease su cuello con el brazo y apretara con toda su alma, como si se tratase de Serrano.

En apenas un par de minutos aquel loco dejó de luchar.

Elena terminó de desatar las correas y comprobó el pulso del hombre.

—Está vivo. —Cogió las correas y lo maniató a uno de los pilares de la estancia—. Por ahora te quedas aquí.

Recogía sus cosas cuando de nuevo la puerta de entrada la sobresaltó.

«Serrano», pensó sin dudar. Nerviosa, se acercó a la mesa donde descansaban los bisturís y cogió uno.

Se escondió entre las sombras, esperando a que entrase, y cuando la sombra de un hombre cruzó la puerta, golpeó con fuerza su espalda con el codo, e hizo que cayese de rodillas.

Lo agarró del pelo, tirando de su cabeza hacia arriba, y con la otra mano le puso la punta del bisturí en el cuello.

—Quién eres.

—Elena por Dios, soy Leo.

Ella lo soltó, sorprendida.

—¿Leo? ¿Qué haces aquí?

—Pues buscarte —respondió, aturdido.

—Unos te buscan, otros en cambio te encontramos.

Esa voz… Elena miró entonces a un lado y allí estaba: Bécquer.

—Sabía que vendrías —le confesó.

—Es lo que tenemos las estrellas, que nunca fallamos a las fans.