38 Tan enamorados
TAN ENAMORADOS
Como dos amantes ajenos a todo lo que los rodeaba, Elena y Bécquer pasaron la noche. Llevaban demasiado tiempo deseando abrazarse como para no aprovechar cada minuto que París les regalaba.
—Últimamente solo hacemos el amor en países extranjeros.
La broma fue recibida por Elena con una sonrisa.
—Pues a eso le vamos a poner remedio en cuanto pisemos Madrid. —Y, desnuda, se abalanzó de nuevo sobre Bécquer.
—Menos mal que tenemos el mismo huso horario que en España.
El último de los invitados a la fiesta en la embajada fue casi expulsado de allí, el embajador ya no estaba para muchas celebraciones: su despacho había sido asaltado.
—¡Sois una panda de inútiles! —les gritaba a sus hombres. La ventana de su dormitorio presentaba un perfecto agujero circular en el cristal.
—Creemos que han entrado por aquí —dijo uno de los miembros de seguridad.
—Eres un tipo listo —replicó con sorna el embajador.
Acebedo estaba nervioso como nunca lo había estado.
La visita de Bécquer le había dejado con una sensación de agobio gigantesca, la impunidad con la que el cómico se movía y sus insinuaciones, que dejaban claro que sabía demasiado, ya eran bastante quebradero de cabeza como para añadirle el allanamiento del despacho.
—¿Echa algo en falta? —preguntó nervioso el mismo espabilado.
El embajador se dirigió a la caja fuerte, con premura la abrió y revisó lo que había dentro.
—Aparentemente no.
Extrajo el contenido y lo comprobó al detalle. Una ausencia lo detuvo.
—Bécquer.
La chulería del cómico al apostar en la última carta le vino a la memoria y el nombre que pronunció: Antonio Izaguirre. Al expediente del policía le faltaba la foto de carnet.
—Siempre llevan foto —afirmó.
Apoyada sobre el pecho de Bécquer Elena pidió permiso:
—¿Si te hago una pregunta no te enfadas?
Bécquer dudó qué responder.
—Mujer, es que ya la premisa es un poco tramposa.
—¿Pero te enfadas o no te enfadas?
—No me enfado.
Elena se incorporó y, sentada frente él, preguntó:
—¿Qué pretendías anoche? No entiendo lo de ir a la fiesta para repartir insultos y amenazas.
Bécquer aceptó de buen grado la pregunta.
—A ver, lo primero que debo decirte es que mejor insultos y amenazas que un tiro en la cabeza, que es a lo que ibas tú.
Elena se sonrojó y asintió.
—Eso es verdad. Pero bueno, ahora que he recuperado, gracias a ti, mi placa y mi arma…
Bécquer sonrió divertido y continuó:
—Y en segundo lugar… Con toda la documentación que dejó Baltierra, podemos empapelar al embajador si consigo que confiese.
Bécquer se puso entonces de pie y se acercó a la americana del esmoquin, que descansaba en el suelo como resultado de una noche realmente apasionada. La cogió y quitó la rosa que adornaba la solapa. Se la lanzó a Elena y le pidió que mirara dentro.
—¿Un micrófono? —exclamó, sorprendida.
—Última tecnología, micrófono y cámara; lo malo es que no picó.
En la entrada retiraban los teléfonos móviles y te hacían pasar por un inhibidor; con esto, y habiendo dejado mi teléfono en el hotel, no sospecharían.
En la documentación de Baltierra aparece un diplomático citado, pero solo una incial.
Si conseguía que reconociese algo, el resto sería coser y cantar.
Elena no pudo evitar sentirse orgullosa.
—Casi lo consigues.
—La verdad es que estaba a punto, hubo un momento en la partida en que te juro que creía tenerlo, pero ya no sé si volveré a tener la oportunidad.
Mientras Bécquer terminaba de hablar, Elena se puso la americana blanca y hurgó en su bolso.
—Quizá esto te ayude: mira. —Bécquer se puso a su lado, ella tenía en la mano una tablet mini—. Abrí la caja fuerte de Acebedo, tenía muchos papeles, la mayoría no nos sirven para nada, pero copié una memoria USB . Fíjate qué es.
Bécquer observaba con atención.
—Parecen documentos de pago.
Elena sonrió.
—Son exactamente eso. ¿Recuerdas los números de cuenta que encontramos en casa de Castillo? Estos tienen el mismo código Swift… ¿Sabes por qué?
—Porque ambos son fans de Taylor. —Elena puso los ojos en blanco—.
Es un buen chiste, además, ¿te he contado que la conocí en Nueva York?
Estaba preparando una gala del humor hispano en el Madison Square Garden y ella…
—Se calló ante la inquisidora mirada de Elena—.
Vaaale —se recondujo—: porque ambos reciben pagos desde el mismo origen.
Elena asintió satisfecha.
—Ya lo tenemos, Bécquer. Con esto en buenas manos se cae la organización entera.
—Pero sabrán que te lo has llevado —razonó, un tanto receloso.
—Imposible. ¿Sabrán que entré?, sin duda, pero no sospecharán que abrí la caja porque quedó perfectamente cerrada y solo copié la memoria y fotografié documentos. ¿Una ducha para celebrarlo?
Bécquer cogió a Elena en brazos y se metieron en el cuarto de baño. Tal era la alegría que ella olvidó por un instante que entre sus cosas descansaba la pequeña fotografía de su padre.
París es una ciudad maravillosa. Ahora que todo encaraba su final, Bécquer no podía estar más satisfecho. Dejó a Elena preparando las cosas para regresar y decidió salir unos minutos para sorprenderla con unas delicias para el vuelo de vuelta. El avión privado los esperaba en menos de tres horas.
Caminó apenas ocho minutos desde el hotel hasta una de sus boulangeries favoritas: Ladurée.
Se le hacía la boca agua solo del olor que desprendía hacia la calle.
Entró saludando en un horroroso francés y pidió la producción completa: media docena de cruasanes de mantequilla, otra media docena de pain au chocolat , una caja de sus famosos macarons y su favorito entre los favoritos: el croc’noisette , una combinación de chocolate, gianduia y praliné de avellana.
«Qué ganas tengo de coger el avión», pensó mientras abonaba la cuenta.
Le fascinaba tanto ese clásico establecimiento parisino que le dio exactamente igual que el hotel tuviese su propia confitería.
Uno de los cruasanes, lamentablemente, no llegó a la habitación: pellizco a pellizco se fue quedando por el camino.
Bécquer cogió el ascensor y subió a la suite ; al llegar comprobó extrañado que la puerta estaba entreabierta, dejó la bolsa sobre el aparador y la llamó.
—¿Elena?
No hubo respuesta. Entonces vio los jarrones por el suelo, un espejo roto y el desorden clásico de cuando un huracán entra por la ventana. «¿Qué ha pasado aquí?».
Serrano había llegado a la embajada por orden directa de Acebedo.
—No te voy a preguntar qué tal tu viaje porque me importa menos que una mierda.
—Acebedo tenía una manera muy particular de dar los buenos días—.
Anoche vino aquí Bécquer para joderme vivo, ¡Bécquer!
Y no contento con eso, hemos descubierto que, además, alguien entró en mi despacho y abrió la caja fuerte: ¿tienes idea de quién pudo ser?
—Elena Izaguirre… ¿Se ha llevado algo?
—Se lo habrá llevado todo, pero como es una niña de papá, ha dejado rastro. La contabilidad tienes que recuperarla como sea. Coge a los hombres que necesites, se hospedan en el De Crillon, hemos comprobado que tienen un vuelo privado a Madrid en unas horas. No quiero que lo cojan, ¿entendido?
Serrano había asentido y había abandonado el despacho. Cuando salió de la embajada, lo acompañaban dos furgonetas y siete hombres armados.
Dio igual que el hotel fuera cinco estrellas superior: Serrano y sus acompañantes se habían identificado con sus placas de la embajada. Elena acababa de vestirse cuando escuchó cómo la puerta de la habitación se abría.
—Espero que de verdad sean los mejores cruasanes de París.
Entró en el salón de la suite secándose el pelo cuando vio que tres hombres estaban plantados frente a ella.
—Os voy a dar la oportunidad de que os vayáis de aquí.
Elena dio un paso adelante y los tres hombres la rodearon.
El primer ataque lo repelió enganchando el brazo de su atacante con la toalla; delante de ella, el segundo recibió una patada en la cara que lo estrelló contra el espejo del aparador; el tercero logró golpearla en el estómago.
De rodillas, defendió desde el suelo otro intento del primero de los hombres, que parecía haber recuperado el aliento.
El segundo la agarró por el cuello desde atrás: el cabezazo de Elena le partió la nariz por tres sitios.
Se puso entonces en pie y caminó hacia el primero: el intercambio de golpes fue tan brutal que terminó por resultar patético.
Cuando aquel matón cayó de rodillas, Elena se ahorró el último puñetazo.
Había cogido con prisa la riñonera dejando todo lo demás.
«Bécquer —pensó—. Menos mal que no estaba aquí».
Rebuscó entre las cosas del artista. «Perfecto, se ha llevado la cartera y el teléfono, nos vamos».
Había salido de la suite como alma que lleva el diablo, y, rápidamente, se metió en el ascensor.
Lucía varios rasguños en la cara, un matrimonio mayor la miraba con cara de susto.
—Una noche loca —les dijo cuando por fin llegaron a la planta baja.
«La pastelería está hacia la derecha —pensó—, debo encontrar a Bécquer».
Solo quería reunirse con el cómico y confirmar que estaba bien.
Cruzó la calle con tanta decisión que no vio la furgoneta que se abalanzaba sobre ella.
El impacto no fue demoledor, pero sí lo bastante fuerte para que rodara varios metros.
Los transeúntes que hicieron ademán de ayudarla no tuvieron tiempo: dos hombres se bajaron rápidamente del vehículo, la cogieron y la metieron en la parte de atrás.
—La llevamos al hospital, ha sido un accidente, no se preocupen.
La voz de Serrano fue lo último que Elena había escuchado antes de perder el conocimiento.
Bécquer bajó desesperado a recepción.
—¿Han visto salir a mi acompañante?
La respuesta negativa era la que el cómico temía escuchar.
«Tienen que haber sido ellos». Notaba cómo le subía la tensión.
«Ahora no, ahora no». Palpó los bolsillos de la chaqueta y sacó un pequeño pastillero, deshizo bajo la lengua la medicación y trató de controlar la respiración.
«Ha sido Acebedo, estoy seguro». De nuevo salió a la calle y, sin saber muy bien a dónde dirigirse, miró a su alrededor.
«Piensa, Antonio, piensa: si se la han llevado, no pueden haber salido por la puerta principal, el personal del hotel lo sabría». Se giró hacia el botones de la puerta.
—Amigo, ¿has visto salir a una chica morena, bien guapa, española?… —El botones asintió con la cabeza—. ¿Hacia dónde ha ido?
Como Bécquer no hablaba francés y el botones no hablaba español, lo único que consiguió fue que señalara en dirección a la pastelería. «Es un avance», pensó. Recorrió entonces los mismos pasos que ya había dado cuando una conversación entre dos señoras en una terraza lo detuvo.
—Perdonen, señoras ¿hablan español? —Una de ellas respondió afirmativamente—. ¿Han visto a esta muchacha? —Bécquer enseñó una foto de Elena en su móvil.
—Sí, justo lo estábamos comentando: lo siento mucho, guapo, pero la ha pillado un coche, nada grave, se la han llevado al hospital.
Bécquer les agradeció la información y se quedó pensando de nuevo mientras miraba hacia todos lados. «Tiene que haberlo visto alguien más». Su mirada se detuvo en un ultramarinos pakistaní que había al otro lado de la calle. «Vamos a ver si hay suerte».
Entró y se dirigió al mostrador.
—Perdone, señor, ¿habla español? —El muchacho negó con la cabeza—. Espere un momento.
Bécquer abandonó el establecimiento y regresó al cabo de unos minutos con la señora que hablaba español colgada del brazo.
—Ya verás cómo ahora sí nos entendemos.
Comenzó entonces a contarle lo que acababa de suceder, que habían atropellado a su novia y que por favor le dejase ver las grabaciones de la cámara de seguridad de la puerta. La primera reacción del pakistaní fue rechazar amablemente la propuesta.
—No problemas, yo no problemas.
Bécquer no tenía tiempo que perder.
—¿Con esto se te quitan? —Dejó sobre el mostrador dos billetes de quinientos euros, y en menos de un minuto estaba revisando las grabaciones.
—Dale hacia delante…, bingo: ahí está Elena.
Se le partió el alma cuando vio cómo recibía el golpe.
—Para ahí, ¿puedes aumentarlo? —Le hizo una foto al monitor con el móvil y anotó el número de la matrícula—. Espera, aumenta un poco. —Con el vídeo en pausa, vio la cara del desgraciado de Serrano—. De esta no te escapas.
En cuanto se despidió de la señora dejando otros mil euros de agradecimiento, Bécquer hizo una llamada.
—Tenemos que hablar…, han secuestrado a Elena…
, no tenemos mucho tiempo… No, no podemos confiar en nadie, lo tenemos que resolver nosotros…
Ve al aeropuerto, hay un vuelo a París dentro de setenta y cinco minutos…
Recibirás el billete en tu teléfono y toda la información que necesites. Te veo en un par de horas.