Bécquer en París 37 Je mapelle Bécquer #3
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37 Je mapelle Bécquer #3

—El señor embajador dona de su bolsillo cien mil euros para la lucha contra el cáncer, un fuerte aplauso.

La caja fuerte terminó por abrirse. «Muy bien, Elena», se dijo felicitándose.

Extrajo el contenido: un par de cajas con relojes y alguna joya, una memoria USB y un teléfono móvil, además de varias carpetas con documentación.

De la riñonera sacó una pequeña tablet donde volcó en menos de un minuto el contenido de la memoria y fotografió cada uno de los documentos.

«Ya tendré tiempo de revisarlos». Continuó pasando hojas hasta que una imagen la detuvo: «¿Papá?

». A Elena comenzaron a temblarle las manos.

Era la ficha de su padre, con una nota manuscrita que decía: «Supone un problema, sabe demasiado, comprar o eliminar».

Elena completó el volcado de la memoria, lo recogió todo y lo metió de nuevo en la caja; todo menos la pequeña fotografía de carnet de su padre: la separó del documento y se la metió en el bolsillo.

«Esto se acaba aquí», se dijo mientras enroscaba un silenciador a su pistola y se escondía detrás de una de las cortinas.

Acebedo se levantó y estrechó con violencia la mano de Bécquer.

—Buena partida —le vaciló el cómico.

—Sin duda —respondió el embajador—. ¿Le apetece que tomemos una copa más tranquilos?

—Creo que no va a aceptar un no por respuesta —contestó al verse rodeados por los hombres de seguridad.

Con ellos de escolta, subieron la escalera principal sin mediar palabra.

—¿A dónde vamos? —preguntó el cómico.

—Al despacho del embajador —respondió uno de los gorilas.

Acebedo se adelantó para invitarlo a pasar a su despacho, encendió la luz y se dirigió a un pequeño mueble bar.

—¿Le gusta el whisky ? —le preguntó mientras se servía un lingotazo.

—Si es bueno sí —respondió Bécquer.

—Entonces este le gustará. —El embajador le tendió un vaso.

—¿Me puede decir qué hago aquí?

El embajador no se anduvo con rodeos.

—Eso mismo me pregunto yo y me gustaría que me lo dijese.

Elena se asustó cuando vio que la luz del despacho se encendía; disimuladamente, se asomó tras la enorme cortina confiando en ver quién entraba.

Su deseo era tener delante al embajador y lo acababa de cumplir, pero tras él reconoció a una persona más que conocida: «¿Bécquer?

». «No puede ser». Era consciente de que él no se iba a quedar de brazos cruzados.

Imaginó que podría llegar a deducir que ella iría a París, pero ¿esto?

Sin duda, su chico nunca dejaría de sorprenderla.

Bécquer se quedó en silencio y miró a los gorilas que vigilaban la puerta. Acebedo, en un gesto de enorme soberbia, pidió que esperasen fuera.

—No creo que el señor Bécquer venga con malas intenciones. Y bien, ¿qué hace usted aquí? Insisto.

Él decidió entonces jugársela.

—Vengo a comprobar hasta qué punto es usted un hijo de la gran puta. Tengo dudas sobre si de verdad manda o solo es un peón de mierda.

El tono que había decidido adoptar hizo que Elena casi se cayese al suelo. Acebedo aceptó el envite.

—Menudas palabras más feas salen de su boca.

—No merece menos, son muchos años trapicheando con droga, comprando jueces, políticos y llevándose por delante la vida de inocentes. Creo que no me dejo nada.

—Me parece que está usted equivocado —le replicó sonriendo.

—Vas a pagar por todo lo que hiciste, y sobre todo vas a pagar por Antonio Izaguirre —soltó el cómico, dejando las cortesías a un lado.

El embajador se sirvió otra copa.

—No sé de quién me habla. —Bécquer dio un paso adelante y se encaró con él—. Tenga cuidado, señor Bécquer, que aquí en Francia usted no es nadie y yo lo soy todo.

El cómico no se achantó un solo centímetro.

—¿Serrano mató a Izaguirre por orden tuya?

—¡García! —exclamó el embajador; dos de sus hombres entraron en el despacho—. El señor Bécquer regresa ya a su hotel, encárguense de que a primera hora vuele a Madrid.

Elena vio cómo era sacado a rastras del despacho gritando: «¡Lo vas a pagar!

». Apretó la culata de la pistola con fuerza, levantó el brazo y apuntó a la espalda del embajador.

Acebedo acabó su whisky y dejó el vaso; ella, temblorosa, se debatía entre abrir o no fuego.

Justo en ese instante, le vino su padre a la mente: «Así no, Elena».

Bajó el arma y vio cómo Acebedo abandonaba el despacho.

No había sido capaz, pero con Bécquer en París, ya tenía el compañero que, por primera vez, reconocía que necesitaba para llevar a cabo la operación.

Salió del edificio por la misma ruta que había utilizado para entrar, se deslizó por la pared trasera y se dirigió a la esquina.

Llegó a tiempo de ver cómo sacaban a Bécquer. Entre las sombras, cruzó la calle.

El cómico entró en el coche a trompicones.

—No me toquéis la chaqueta, idiotas.

Se sentó y pidió al chófer que arrancase, estaba tan alterado que no notó la presencia a su lado.

—¿Una mala noche?

—¿Elena?

La inspectora se lanzó a sus brazos y lo besó con ternura; cuando sus labios se separaron, confesó.

—Así que hijo de puta y peón de mierda: te habrás quedado a gusto.