37 Je mapelle Bécquer #2
El salón principal lucía como en las grandes ocasiones: un ejército de camareros y camareras paseaba con bandejas llenas de copas de champán.
«Este debe de ser bueno», pensó Bécquer agarrando una, la primera de varias.
Caminaba observando a su alrededor cómo los asistentes se divertían: habían montado mesas de ruleta, alguna partida de póker y una flamante mesa de blackjack que parecía llevar su nombre escrito a fuego.
Por más que oteaba el horizonte, no identificaba al embajador. «¿No ha venido todavía?», se preguntó.
—Señor Bécquer —escuchó a su espalda—, qué sorpresa tan agradable.
Se giró y sonrió de manera instantánea.
—¡Querido mío! —exclamó con sincera alegría—. El único francés que me interesa.
Delante de Bécquer, y con los brazos abiertos, se encontraba el divertidísimo Jean Reno, siempre con ese español con acento gaditano y una broma a punto.
—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó el afamado actor.
—Creo que el embajador lidera una trama criminal y he venido a evitar que mi novia lo asesine.
Reno se quedó en silencio, Bécquer le sostuvo la mirada hasta que por fin explotó en una histérica carcajada.
El abrazo que recibió el cómico fue de esos que convalidan una sesión de osteopatía.
Apretándose una segunda copa de champán, Bécquer escuchaba divertido las historias que Jean le contaba.
De súbito, una llamada al silencio los interrumpió: acababa de hacer su entrada el embajador Acebedo.
Se le veía mayor, la vida contemplativa no le estaba devolviendo en ningún caso la juventud. Desde lo alto de la escalera se arrancó con unas palabras que, a pesar de los esfuerzos por alambicar, dejaban claro que no era más que un zote venido arriba.
—… de manera que les pido que beban y jueguen, ¡la vida misma!
Ante tamaña estupidez, Bécquer se revolvió: «Jugar y beber…, ¿a costa de quién?». Sus pensamientos los cortó de raíz una sonora palmada en la espalda de Jean Reno.
—¡Vamos a jugar a la ruleta!
—Vamos, vamos —respondió Bécquer; a fin de cuentas, la noche acababa de empezar.
Elena se deslizó con suavidad hasta la ventana y trató en vano de abrirla.
«Estaba claro que no iba a ser tan fácil», pensó.
Metió la mano en una pequeña riñonera atada a su cintura.
«Si Bécquer estuviese aquí, fliparía con esto».
Pegó una ventosa al cristal y trazó un círculo: como si de mantequilla se tratase, en un tiempo récord había obtenido un círculo perfecto a través del cual introdujo la mano y abrió la ventana: «Para dentro».
Entró en una habitación, concretamente, el dormitorio principal: una enorme cama de matrimonio con dosel coronada por un cabecero de forja presidía un espacio sobrecargado de decoración; al fondo apreció la puerta. «Debo llegar a su despacho».
Bécquer estaba de Jean Reno hasta las narices. «Qué pesado es», pensaba mientras le reía el enésimo chiste de mariquitas.
—Este lo tienes que meter en un espectáculo tuyo, triunfas seguro.
—Lo meto, lo meto —dijo sonriendo, mientras Reno asentía satisfecho.
Bécquer oteó por encima de su hombro y localizó al embajador sentándose en la mesa de blackjack . «Siempre he querido jugar a eso», pensó. Dejó atrás a Jean Reno con un nuevo chiste a medio contar.
El crupier era llamativamente español, de unos cuarenta años, y se le veía feliz de poder hablar en su idioma materno.
—¿Me puedo sentar? —preguntó Bécquer.
—Por supuesto, señor —respondió él con diligencia.
El cómico ocupó una de las dos sillas que estaban libres: eran cinco los jugadores en ese momento para un máximo de siete. El embajador Acebedo notó enseguida la inquisidora mirada de Bécquer. La noche, sin duda, prometía, y Acebedo se quedó helado al ver con quién iba a jugar.
—Señor Bécquer, sea bienvenido, no nos habían avisado de su visita.
El embajador se puso de pie y le tendió la mano. Bécquer aceptó el gesto y, apretándola con fuerza, respondió:
—Me gusta sorprender.
Acebedo recibió con sorna el comentario y ocupó su sitio.
Que Bécquer se sentase a jugar fue tan llamativo que al instante una multitud de curiosos rodeó la mesa. Al ver que aquello comenzaba a ponerse intenso, dos jugadores optaron por levantarse, quedando solo el embajador, Bécquer y una señora que no dejaba de fumar.
—Entonces la cosa está en quedarse lo más cerca posible de veintiuno, ¿es así?
Bécquer era especialista en hacerse el tonto, y, si bien le había funcionado en anteriores ocasiones, en esta habría de esperar para saber el resultado.
El crupier repartió las primeras dos cartas a cada jugador, las del cómico sumaban nueve, el embajador arrancó con un flamante dieciocho y la señora siguió fumando. La banca, sin embargo, tenía mejores cartas todavía. La primera apuesta de Bécquer hizo que se pasase.
—Vaya, no tiene pinta de que vaya a ser mi noche —reflexionó en voz alta—. En cambio, usted, embajador, ¿se considera un hombre afortunado?
El salón guardó silencio esperando la respuesta.
—Podría decirse que sí —respondió Acebedo con arrogancia.
—Entiendo —dijo Bécquer—, un hombre que pasa de comisario de policía a embajador…, sin duda, es afortunado.
Acebedo comenzó a sentirse incómodo; Bécquer, por el contrario, disfrutada de la partida. Tuvieron que pasar varias manos más hasta que la candidata al cáncer de pulmón optó por retirarse.
—Quedamos usted y yo —dijo Bécquer.
Alguien pretendió incorporarse a la partida.
—Me animo a jugar.
—No es momento, Jean, que tengo una idea estupenda. —Bécquer le negó al actor la posibilidad de unirse; tal era lo violento de la situación que el cómico se puso de pie e hizo un anuncio.
—Señoras y señores, reclamo su atención por un instante.
—El silencio se apoderó de la sala, hasta el punto de que hasta los camareros se detuvieron—.
Van ustedes a asistir a un evento histórico: el señor embajador y yo hemos decidido que la lucha contra el cáncer merece todos nuestros esfuerzos, ¿no es cierto, embajador?
—Acebedo, que empezó a sentir un enorme calor, respondió afirmativamente con una sonrisa que no presagiaba nada bueno—.
Es por eso que la siguiente mano será a todo o nada.
—Bécquer metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrajo dos enormes fajos de billetes—.
Cien mil euros contantes y sonantes. ¿Acepta el reto?
—El embajador comenzó a palparse con gracia la chaqueta, dejando ver que no tenía tal cantidad de dinero—.
No se preocupe, todos sabemos que es usted un hombre de palabra.
Si gano, confío en que hará el donativo sin duda alguna. ¿Qué me dice?
La gente comenzó a aplaudir y a animar al embajador. Bécquer había conseguido comprometerlo. Acebedo se levantó y dijo:
—¡Por supuesto, todo sea por ayudar en la lucha contra el cáncer!
Recibió entonces una enorme ovación. Bécquer satisfecho y sonriente añadió:
—A jugar.
Dejó los dos fajos sobre la mesa y el crupier repartió juego. Las dos primeras cartas dejaban a Bécquer muy alejado del objetivo.
—Un tres y un dos, me queda un largo camino —reflexionó el cómico.
Acebedo había tenido mejor suerte: con un siete y un seis sumaba un estupendo trece para arrancar que provocaba que Bécquer tuviese que arriesgarse mucho; la banca, por su parte, comenzó la partida con un doble cinco.
A Elena Izaguirre no le costó apenas esfuerzo llegar al despacho del embajador.
Con una pequeña linterna de mano comenzó a registrar la documentación en busca de cualquier cosa que le pudiese resultar útil.
Uno a uno abrió los cajones del escritorio sin encontrar nada relevante.
Decepcionada, se sentó en la silla del escritorio y al girarla hacia la pared, pensó: «Veamos qué hay en la caja».
Como no podía ser de otra manera, el embajador tenía una caja de caudales detrás de uno de los cuadros de la pared.
«No va a ser fácil de abrir, de estas cosas solía encargarse Diego».
Elena recordó entonces las lecciones de su compañero: «Es cuestión de cariño, solo tienes que escuchar aquello que la cerradura te dice: busca el clic suave, muy despacio».
Comenzó a girar las ruedas buscando precisamente ese pequeño matiz sonoro.
El primero llegó rápido, al igual que el segundo; el tercero le costó más y el cuarto… El cuarto no acababa de llegar.
Bécquer recibió una carta que le hizo llegar a trece; no se amilanó y pido otra: por segunda vez recibía un cinco, sumando dieciocho. Era el momento de que Acebedo decidiese qué hacer.
—Carta —exclamó.
Cuando recibió un siete, la sala rompió a aplaudir: ese veinte lo iba a convertir en ganador, sobre todo, después de que el crupier, queriendo ser protagonista, se pasase de veintiuno.
—Lo tiene usted difícil, señor Bécquer —le vaciló el embajador—. Se lo digo porque yo me voy a plantar.
—¿Se planta? Fíjese que yo pensaba que era usted más ambicioso, no sé, tantos años de partidas de cartas con Serrano, Baltierra, Puente, Castillo…, ¿o es que siempre lo dejaban ganar?
Esa sucesión de nombres, delante de todos los invitados, provocó que a Acebedo le inundara la ira.
—La verdad es que nunca he sido yo de jugar a las cartas.
—¿Seguro?, ¿y al parchís?, ¿al pilla pilla?
… Quizá sea más de jugar a polis y cacos; mi pregunta es: ¿poli o caco?
—Los espectadores le reían las gracias, todos menos los tres hombres de seguridad del embajador, que, con una mirada del jefe, lo habían rodeado—.
Señor embajador, yo, por el contrario, sí me la voy a jugar, ¿y sabe por quién? Por Antonio Izaguirre.
El crupier volteó la carta que Bécquer había pedido: un rojo tres de diamantes aterrizó sobre el tapete para gloria del cómico y explosión de júbilo de los allí presentes. Sentía las enormes manos de Jean Reno apretándole los hombros; a pesar de ello, se puso de pie y, recogiendo el dinero, gritó: