37 Je mapelle Bécquer
JE M’APPELLE BÉCQUER
A Bécquer París le gustaría mucho más si no fuese por un detalle: que está lleno de franceses; al menos así lo había declarado, medio en serio medio en broma, en más de una oportunidad, lo cual le había generado algún que otro enfrentamiento con los escasos franceses que tenía a su alrededor.
Ahora la ocasión bien merecía una visita.
Había decidido dedicar las horas de vuelo a tratar de meterse en la cabeza de Elena.
«Qué estarás tramando —pensaba mientras repasaba sus notas—.
Si yo fuera ella y estuviese armada hasta los dientes, ¿qué querría hacer?
». Esa era la premisa principal, pero para llegar a una conclusión lo mejor era verbalizarlo claramente.
—Disculpe, señorita…, o señora, elija usted la fórmula. —Bécquer se dirigió a la sobrecargo.
—Señorita me parece bien —respondió sonriente aquel bellezón de no más de treinta años.
—Tengo una consulta que hacerle: ¿me acompañaría unos minutos?
—La mujer se sentó justo en frente del cómico—.
¿Te puedo tutear? —le preguntó él, con esa cortesía capaz de abrirle cualquier puerta.
Ella asintió—. Estoy escribiendo una película de acción; en ella, una bellísima agente de policía quiere vengar la muerte del amor de su vida y descubre que quien está detrás de todo es, ni más ni menos, que el embajador de Estados Unidos en Francia.
Si tú fueses esa policía y descubrieses que ese hombre fue el responsable de la muerte, ¿qué harías? —La mujer se quedó en silencio.
—¿Avisar a la policía? —respondió con timidez. Bécquer asintió.
—Es una posibilidad, pero entonces nuestra protagonista se nos cae de la película. Imagina por un momento que ni siquiera puedes confiar en tus compañeros: estás completamente sola. —El matiz introducido provocó que ella le dedicase unos segundos a la respuesta.
—Yo iría a por el embajador.
Bécquer sonrió.
—¡Por supuesto! —exclamó—. Si la protagonista es nuestra heroína de acción, lo suyo es que vaya directa a por él, ¡estoy de acuerdo!
Su exagerado entusiasmo obedecía a la confirmación de que cualquiera con dos dedos de frente llegaría a la misma conclusión: Elena iba directa a por su presa.
El avión aterrizó a eso de las tres; un cochazo negro esperaba a Bécquer a pie de pista. El chófer lo recibió de manera cortés y hablando un excelente español.
—¿Mucha prensa esperando? No sé cómo lo hacen, pero se enteran de todo.
—Nadie, señor. No hay ningún periodista.
Bécquer no se lo esperaba y sonrió de manera forzada antes de subirse al vehículo mientras mascullaba un rotundo «putos gabachos».
Ya rumbo al hotel De Crillon, Bécquer seguía valorando cuándo actuaría Elena.
«Es capaz de colarse en la misma casa del embajador si le da la gana, pero no creo que esté tan desesperada.
Piensa, Antonio, ¡piensa!». No dejaba de darle vueltas, tenía claro que si ella hacía algo, lo haría ya.
«Solo hay una persona que me lo pueda resolver».
Sacó el móvil y, en apenas tres tonos, Lucía contestó.
—Hombre, papá, me tengo que enterar por el jardinero que te has ido del país. —Bécquer suspiró.
—Buenas tardes a ti también, hija mía. Me ha salido un compromiso y he tenido que irme volando… literalmente.
Lucía solía coger las explicaciones de su padre con pinzas; si algo había aprendido era que, o bien exageraba, o directamente se lo inventaba, pero esta vez sospechaba que se traía algo entre manos.
—¿Dónde estás exactamente?
Bécquer se sintió tentado de mentirle, pero tenía meridianamente claro y, sobre todo, en los últimos tiempos que, junto a Elena, su hija era la única persona del mundo en la que podía confiar.
—Temo que Elena haga un disparate y me he venido a París para evitarlo.
Lucía alucinó con las palabras de su padre.
—¿No habéis tenido suficiente con México? —preguntó.
Bécquer tragó saliva deseando que, bajo ningún concepto, aflorase el nombre de Baltierra.
—Precisamente por eso, las pesquisas dieron resultado y ella, para sorpresa de nadie, ha decidido ir por libre.
—¿Y tú vas detrás? ¿Otra vez?
Bécquer no pudo evitar sonrojarse.
—A ver, dicho así…
—Papá, cada vez que te metes ocurre algún desastre —dijo Lucía, cambiando el tono.
Él sonrió: la misma que lo había manipulado junto a Baltierra para que le reventase la operación a Elena ahora se hacía la sorprendida. «Sigamos el juego», pensó entonces.
—Tienes razón, pero es que temo que se ponga en peligro; sabemos quién está detrás de todo y me preocupa que vaya a por esa persona. Si tú fueses Elena, ¿lo harías?
—Si yo fuese la mitad de lo que es Elena, te aseguro que ya lo tendría a buen recaudo.
A Bécquer le encantaba la seguridad de su niña.
—Desarrolla —le pidió el orgulloso padre.
—Muy sencillo: me enteraría de dónde va a estar e iría a por él, así de fácil.
Con esta última frase Bécquer tuvo más que suficiente.
—Hija mía, eres la mejor.
Terminó la llamada y ordenó a la IA de su teléfono: «Búscame la agenda del embajador de España en Francia». En menos de un minuto, Bécquer ya tenía plan para esa noche.
—Disculpe, señor —le dijo al chófer—. Debemos hacer una parada antes de llegar al hotel, necesito un esmoquin.
El hotel en el que se hospedaba le hacía pensar en Elena.
«Estar aquí solo es un completo desperdicio».
La reflexión del cómico, sentado en una terraza con la imponente torre Eiffel justo en frente era obligada.
«La vista de la torre es excelente —pensó—, y eso que la llaman suite Atelier d’Artiste porque se alojan artistas y no suite Eiffel porque se ve la torre.
Qué finos son los franceses…». Lanzar sus sarcásticas bromas al aire sin que nadie se las riese tampoco lo convertía en el tipo más feliz del planeta.
Lo que sí agradecía era el plan que tenía esa noche.
«Una vez más, me va a salir la broma por un pico», pensó mientras se guardaba un par de fajos de billetes en la solapa: todo sea por la investigación contra el cáncer.
Bécquer se ajustó la pajarita frente al espejo.
—Buah, qué guapo estoy, siempre había querido un esmoquin como este.
Sin duda, el artista iba a recibir elogios, aunque fuese de sí mismo.
Salió del hotel realmente llamando la atención.
Con el pelo sutilmente engominado, lucía una americana blanca con una maravillosa rosa roja en la solapa, pantalón negro, camisa blanca y pajarita: «Igualito que James Bond; ojalá pudiera entrar en la embajada en barca».
Subió al coche y volvió a chequear el móvil: la confirmación había llegado hacía rato.
Sabiendo que no podía levantar la liebre, había pedido a su «contacto para todo» que lo incluyese en la lista de invitados.
El embajador había montado un casino en la embajada para que ricachones franceses y españoles se gastasen una cantidad indecente de dinero creyéndose que así ayudaban a alguien más que a sí mismos.
Lo mejor era que su reserva estaba a su nombre de pila: «Así me gusta, sin que nadie se entere».
El trayecto fue corto; frente a la embajada, una alfombra roja recibía a los invitados, a izquierda y derecha varias decenas de fotógrafos inmortalizaban al famoseo patrio que iba llegando a cuentagotas. Cuando le llegó el turno, ocurrió lo que tenía que ocurrir:
—¡Es Bécquer! —exclamó una voz femenina cuando el cómico bajó del coche. Todos los reporteros y fotógrafos presentes se giraron hacia él.
«Perfecto, no hay mejor garantía de seguridad que conseguir que se me vea bien», pensó, y con la mano derecha empezó a saludar a todo el mundo y a desplegar encanto por doquier: besó una mejilla, estrechó un par de manos, posó para la prensa, e incluso hizo declaraciones a un par de agencias, algo inusual en él: la ocasión lo merecía.
—¿Qué le trae por aquí? —le preguntó un reportero con un exagerado acento parisino.
—He venido a pasar unos días de descanso; además, tengo muchas ganas de conocer al embajador. —Ya había soltado la bomba, ahora tocaba ver hasta dónde iba a llegar el impacto.
La embajada española era un imponente palacete del siglo XIX de seis alturas en pleno centro.
La entrada principal era una verja de unos cinco metros de alto con una pequeña garita de seguridad; una vez cruzada, los visitantes caminaban unos veinte metros hasta llegar a una entrada acristalada que, a la izquierda, los comunicaba con las instalaciones principales.
En su interior, además de oficinas, se encontraba la residencia del embajador en las últimas dos plantas.
Esa noche, los salones principales, famosos por la colección de tapices originales, así como diferentes cuadros cedidos por el Museo del Prado de manera temporal, albergaban un divertido casino al que diferentes personalidades acudían a perder dinero como quien se aparta una pelusa del hombro.
Elena Izaguirre observaba el gentío desde la azotea del edificio colindante; completamente vestida de negro, calculaba con precisión cuál sería el momento perfecto para saltar hacia su objetivo.
Los dos últimos pisos tenían el clásico abuhardillado francés en mansarda: eso permitía que, amparada por la oscuridad de la noche, no tuviera problemas para acceder al edificio.
Con unos prismáticos, había comprobado la ausencia de personal en la azotea.
«Hoy no viene nadie relevante, el nivel de seguridad será medio-bajo».
Cargó el dispositivo con el que iba a lanzar la cuerda y en apenas unos segundos aterrizaba en el tejado.
«Ha sido sencillo», pensó. Desplazándose tumbada, logró acercase a uno de los laterales; ahora venía la parte más complicada: dejarse caer hasta una de las ventanas y confiar en poder abrirla desde fuera.