36 Nervios
NERVIOS
Serrano llevaba más de tres horas caminando por Gran Vía.
Lo que habitualmente era uno de sus pasatiempos favoritos, esta vez era algo más bien parecido a una tortura: había algo dentro de él que se divertía al rondar las comisarías que tenía controladas; en el caso de la de Tudescos, no habían sido pocas las ocasiones en las que, desde la tranquilidad que le daba saberse prácticamente un fantasma, había observado desde lejos cómo Elena y Bécquer entraban y salían.
En cierta ocasión, estuvo incluso tentado de pedirle a «aquel gilipollas» un autógrafo.
«Y seguro que me lo da, el ególatra ese».
Esa mañana, en cambio, estaba siendo complicada: esperaba dejar de un plumazo fuera de juego a Cantos, Elena, Bécquer, e incluso a Baltierra, un triunfo absoluto, y estaba nervioso.
Pues cuando supo que los tortolitos se habían ido a México había decidido cortar por lo sano, porque si algo tenía el Gigante era que no se andaba con rodeos.
Así que había llamado a Baltierra, quien no pareció enterarse de la misa la media, y después a un contacto en la ciudad, para que vigilaran al doctor y lo avisaran si la parejita aparecía por su casa. Y así había sido.
—Puta Elena y puto Bécquer. Teníamos que haberles metido una bala en la cabeza cuando tuvimos oportunidad, ¡joder!
Se deben de pensar que soy tonto: primero husmean en los archivos de la comisaría y ahora esto.
Pues se van a llevar una sorpresa. Así que no dudó en dar el siguiente paso: rebuscó en la agenda del móvil; por primera vez en mucho tiempo le temblaban las manos, por más que intentase convencerse de que todo estaba bajo control, lo cierto es que por culpa de Bécquer tenían de todo menos eso.
—Desde que ha aparecido este tipo, no hacemos otra cosa que cagarla, pero claro, cómo me lo cargo sin llamar la atención…
Los pensamientos de Serrano se agolpaban mientras el teléfono daba tono; enseguida contestaron al otro lado.
—Bueno —le había respondido la voz de una mujer.
—Aquí Serrano, ya sé qué vamos a hacer.
Con el paso del tiempo, la organización había extendido sus tentáculos en algunos países extranjeros; más bien habían logrado encontrar lugares comunes con diferentes cárteles y mafias: cuando algún italiano se desmandaba en la Costa del Sol, se encargaba Serrano de solucionar el marrón, y precisamente así había logrado tener buenos amigos en el país de Luis Miguel.
A los Conejo cada vez les costaba más ganar dinero con la droga, y cuando se enteraron de que sus socios gallegos habían decidido dejarlos de lado para ennoviarse con los mexicanos, a punto estuvo de estallar una guerra.
Habían sido las gestiones de Serrano las que lograron apaciguar los ánimos y, en uno de sus viajes, les había hecho una serie de favores que ahora iba a cobrarse.
—De esas dos moscas cojoneras que hay en Ciudad de México, necesito que te encargues de una de ellas; mira tu correo.
La mujer que lo había atendido chequeó su mail .
—Eso va a costar un buen dinero, quieres que nos libremos de la policía más famosa de España. ¿Y Bécquer?, tan guapo, sería una pena… —Serrano había suspirado.
—No, al payaso por ahora lo dejamos tranquilo, espero que cuando Izaguirre desaparezca, se busque un nuevo pasatiempo.
—Mejor, es demasiado célebre. La última vez que se presentó en el Auditorio Nacional estuvo el mismísimo presidente; la verdad es que fue una gran noche, Bécquer estuvo divertidísimo.
Serrano había bufado: «Joder, y encima será fan».
—No solo necesito eso: también hay que eliminar al doctor, pero nada exagerado, que a la mínima metéis cabezas en bolsas; algo discreto.
La mujer se había carcajeado.
—¿Desde cuándo es usted tan flojo?
Serrano echaba humo por las orejas.
—Será la edad —había respondido, colgando la llamada.
Las órdenes habían sido claras y concretas; desde la distancia no le parecía nada complicado y eso que el precio iba a ser curioso, calderilla para los negocios de Serrano: medio millón de euros por hacer desaparecer a Elena y ajusticiar a Castillo.
Si todo iba como debía, en menos de veinticuatro horas podría volver a pasear tranquilo.
Pero si algo sabía era que cuando Bécquer andaba por medio, nada salía según lo planeado.
La seguridad y la arrogancia de la mujer mexicana habían desaparecido cuando tuvo que llamarlo para darle explicaciones.
—Señor Serrano, tengo varias cosas que comunicarle.
El Gigante se había detenido en mitad de la calle y se había sentado en uno de esos bancos de madera pintarrajeados por algún gilipollas con un bote de pintura y demasiado tiempo libre.
—¿Qué ha pasado?
—Castillo ha sido eliminado sin problema, las autoridades lo han clasificado como un infarto; además, puede estar tranquilo, porque me confirmaron que tanto Bécquer como Elena no llegaron a hablar con él.
—Serrano respiró aliviado: si Castillo se hubiera ido de la lengua, Elena y Bécquer tendrían demasiada información.
—¿Y la parejita?
—Ese ha sido el problema: hay una versión oficial y luego lo que realmente ha ocurrido.
Serrano había empezado a sudar.
—¡Qué cojones ha pasado! —El grito había provocado que una señora que pasaba por delante decidiese apresurarse.
—Para las autoridades, un ajuste de cuentas entre dos hombres, con el resultado de uno muerto y el otro en custodia.
—¿Tus hombres? —La respuesta fue afirmativa—. ¿Y qué ha ocurrido?
Unos interminables segundos separaron la pregunta de la respuesta.
—Nuestro abogado ha hablado con él por última vez, le aseguro que ese inútil no sale vivo de ahí.
Le confirmó que se llevaron a Elena al desierto, la tenían cavando cuando de la nada apareció Bécquer.
Pensaban que había ido a entregarse y no se dieron cuenta de que había otro hombre que empezó a disparar y mató a uno de mis hombres; la policía española redujo al otro.
—¿Otro hombre? —A Serrano la cabeza le iba a explotar.
—Sí, para su tranquilidad le diré que en la refriega recibió un balazo y ha muerto también. No sabemos su nombre, pero sí sabemos que en apenas unas horas el Gobierno mexicano y el español lo arreglaron todo. No sabemos dónde están Bécquer y la inspectora.
—¿Pero… quién es ese hombre? —Serrano casi no fue capaz de articular palabra. Algo sospechaba, pero necesitaba confirmación.
—Un expolicía español de unos sesenta años, calvo; según hemos comprobado se llamaba Baltierra.
Serrano había colgado.
—Hijo de puta…, ¡puto traidor de mierda! —Nuevamente puesto en pie, había empezado a dar gritos en la calle, asustando a todo aquel que se le cruzaba—. Joder, joder —exclamaba sin descanso.
Más alterado que nunca, hizo otra llamada.
—Hay que limpiar la casa de Baltierra ahora mismo, revisadlo todo, picad las putas paredes si hace falta, pero que no quede nada, ¡absolutamente nada!
Hicieron falta ocho tonos para que descolgasen el teléfono.
—¿Por qué cojones me llamas a este número? —La respuesta ya dejaba claro que la conversación no iba a ser sencilla.
—Hemos tenido un problema en México.
—¡No me digas! ¿Me llamas para contarme que Elena y Bécquer siguen tocando los cojones?
¿Y que el ministro del Interior se ha tenido que poner manos a la obra para traer el cadáver de Baltierra para que no nos explotase todo en la puta cara?
¿Me llamas para eso, puto inútil? —Por primera vez en mucho tiempo, Serrano se había quedado sin palabras y, lo que era peor, sin soluciones—.
Escúchame atentamente, pedazo de mierda: te vienes para aquí, te encierras en esa pensión que tan cachondo te pone y esperas a que te llame.
Tengo que pensar qué voy a hacer contigo.
—Lo que mandes, Acebedo.
La respuesta no gustó a su interlocutor.
—¿Cómo me has llamado?
Serrano tragó saliva.
—Perdone, señor embajador.
Por vez primera en mucho tiempo, el Gigante empezaba a sentir el miedo que normalmente infundía, y pocas cosas hay más peligrosas que un perro asustado: es capaz de morder cuando menos te lo esperas.
Dejó el paseo y subió a su coche. «Por carretera hasta París, sin parar ni para mear», pensó metiendo primera. Desde que Elena y Bécquer se cruzasen en su camino, no había más que problemas. Serrano añoraba los tiempos en los que todo se solucionaba de manera más sencilla.
Luis Puente no dejaba de crearse enemigos, su actitud arrogante, su violencia injustificada y su tremenda adicción a todo tipo de sustancias comenzaban a generar un problema enorme en la organización.
—Está desatado, no hay quien lo controle —confesó Baltierra.
Serrano se puso en pie y se cerró el abrigo, hacía tiempo que había recibido la orden de acabar con Puente y esa iba a ser la noche.
—Esto quedará resuelto hoy.
Baltierra sabía lo que significaba: por más que se hubiese prometido a sí mismo no derramar sangre, sabía que el policía podría arrasar con todo.
Puente, como casi todas las noches, fue el último en salir del local.
Pasaban ya las cinco de la madrugada cuando, haciendo eses, se subió a su coche.
Lo arrancó cuando logró acertar por fin con el agujero en el que introducir la llave y, con las luces puestas, inició la marcha.
La carretera era particularmente angosta, la famosa Nacional I era conocida, entre otras cosas, por la cantidad de luces de colores que tenía en sus alrededores.
Puente circulaba fumándose el enésimo cigarrillo sin dar cuenta del vehículo que acababa de incorporarse por detrás.
Continuó la marcha en dirección a Madrid; a lo lejos divisó el túnel de Somosierra. «Esta noche me he ido a tomar por culo», pensó. El coche que le seguía se puso entonces a su lado. «¿Este qué cojones quiere?», se dijo, y aumentó la velocidad.
—A mí no me adelantas, gilipollas.
Esto provocó que el conductor del otro coche pisase el acelerador. Puente apretó todavía más y miró a su izquierda; a pesar de la oscuridad, reconoció al conductor.
—¿Serrano?
El Gigante pegó un volantazo a la derecha, Puente reaccionó girando el suyo hacia el mismo lado. Centrado en el vehículo de Serrano, no vio el pilar del puente.
Los peritos confirmaron la brutalidad del accidente.
Atrás quedaba ya Irún, y Serrano se detuvo para echar gasolina y apretarse un cigarrillo; una vez más, su teléfono comenzó a sonar.
—Joder, menudo día de mierda —exclamó—, ¿y ahora qué pasa?
Escuchó lo que querían decirle y volvió a bajar todos los santos: Diego Ortega acababa de despertarse del coma.