35 París bien vale una movida
PARÍS BIEN VALE UNA MOVIDA
Elena dejó la bolsa de deporte en la cama.
Apurada, metió en ella una serie de objetos que no parecían apuntar a nada bueno.
«Desde luego no se parece en nada a la última bolsa que hice».
Aquel pensamiento era todo lógica: en lugar de ropa interior atrevida y varios conjuntos, lo que había guardado era ropa de asalto negra, un pasamontañas y un par de guantes.
A eso había que añadirle cuerdas, varios utensilios de escalada y una serie de armas de distinto calibre.
Elena sabía a dónde iba y lo haría preparada.
Apurada cogió el primer taxi que vio en la calle y se dirigió al aeropuerto.
—El vuelo de las diez y veinte a París: tengo que llegar.
Abonó el taxi, que había prácticamente volado al aeropuerto, y entró con premura en la T4.
A esa hora la cantidad de pasajeros que entraban y salían se había reducido considerablemente.
Elena buscó los mostradores de la compañía e hizo algo que sorprendió a la trabajadora que la atendió: comprar un billete.
Superados los primeros instantes de confusión, le dijo con un tono que no presagiaba nada bueno:
—Serán setecientos cincuenta y ocho euros.
Elena metió la mano en su bolsillo y sacó dinero suficiente para pagar ese billete y alguno más.
Hay veces en las que uno desconfía y ella tenía un sexto sentido para ciertos comportamientos.
Quizá el problema estuviese en que estaba obviando el principio fundamental que había regido su carrera desde el principio: evitar los riesgos absurdos.
A Elena le podían las ganas y eso la estaba acercando demasiado a cometer un error.
Ataviada con una sudadera gris con la capucha puesta, no daba la impresión de estar persiguiendo a alguien, más bien la de estar huyendo, y ese miedo lo acababan de oler.
Cogió su tarjeta de embarque y se despidió, echó a andar sin darse cuenta de que la trabajadora, en cuanto ella se fue, tuvo a bien llamar a un policía nacional.
—Es muy rara esa chica, solo lleva una bolsa y ha sacado del bolsillo muchísimo dinero, está como escondiéndose.
Teniendo en cuenta la hora y que la jornada había sido aburrida, la opción de entretenerse siguiendo a la recién catalogada como sospechosa al agente le pareció una idea estupenda.
Elena apuraba el paso consciente de que la hora del vuelo se acercaba y de que lo más complicado estaba por llegar, pero sabía cómo hacerlo.
No obstante tuvo que detenerse cuando vio que dos agentes se dirigían hacia ella.
Elena miró a izquierda y derecha, y localizó a otros dos.
«La cosa se está poniendo fea —pensó—, y lo peor es que no he recuperado aún mi trabajo».
El uniformado de mayor tamaño se dirigió directamente a ella.
—Buenas noches, señorita, ruego se identifique.
Elena respiró despacio.
—Voy a perder el vuelo —respondió, algo que no le gustó al segundo de los agentes.
—¿Puede, por favor, identificarse? —Añadió endureciendo el tono.
Elena volvió a responder lo mismo.
—Les digo que voy a perder el vuelo.
Ante la tozudez de Izaguirre, el primero de los policías dio una orden clara.
—Haga el favor de acompañarnos.
Antes de que Elena pudiese volver a replicar, cuatro agentes de la Policía Nacional la escoltaban hasta la comisaría del aeropuerto. Caminaba con una bolsa en la mano derecha que contenía varias armas de fuego, además de otros utensilios de uso militar, algo ideal para un aeropuerto.
La pequeña Elena le dejó claro a su madre que iba a estar cuando enterrasen a su padre; de poco sirvió que Carmen insistiese en lo doloroso que le iba a resultar.
—Quédate con tus hermanos —le rogó la viuda—, han venido los abuelos, estáis mejor juntos, mi cariño.
A Elena los deseos de su madre en aquel momento le importaban poco, si sus hermanos no tenían el arrojo suficiente a ella le daba absolutamente igual: iba a estar al lado de su padre hasta el último momento.
La frase que no paraba de repetirse era «Contigo de mi mano, siempre».
La acompañaba desde el día en el que más miedo pasó; en realidad, sería más justo decir «pasaron».
Como cada tarde en la que brillaba el sol y el turno policial era de noche, Antonio Izaguirre recogió a su hija en el colegio y juntos se encaminaron hacia el parque.
Caminar mientras su niña de siete añitos le contaba todos y cada uno de los chismes acontecidos a lo largo de la mañana era para él la vida entera.
—Menos mal que te gusta venir conmigo, porque tu hermano con el fútbol y el otro con la piscina, ya nadie quiere llevarme al parque. —A Elena su padre le divertía mucho.
—Pero a los mayores no os lleva nadie, tú me llevas a mí —respondió pizpireta.
—De eso nada —protestó Antonio—, eso se acabó: hoy será usted quien se siente en el banco mientras yo me tiro por el togán . —La pequeña Elena rompió a reír.
—No se dice togán —protestó—, se dice **tobogán.
Entonces fue su padre quien sonrió.
—Lo dices mal, pero te perdono… Y no me des largas: hoy tú te sientas y yo me subo a los pulumpios .
Elena escuchaba divertida los disparates de su padre, deseosa de llegar al parque cuanto antes.
La tarde transcurría divertida, Antonio era de esos padres que disfrutaban casi más que sus hijos. Estaba empujando el columpio de Elena cuando Carmen lo llamó por teléfono.
—Hablo con mamá y seguimos.
Antonio se alejó un poco. Elena decidió, con gran atrevimiento, subirse a una estructura metálica conforma de castillo.
«Tengo que llegar a lo más alto», pensó, para impresionar a su padre.
Poco a poco subió una a una las barras hasta llegar a la cima, desde allí vio a un lado a su padre hablando por teléfono y al otro lo que, desde aquella distancia, parecía un conejo.
—¡Un Tambor! —exclamó. Bajó a toda prisa y, con gran decisión, se acercó a la reja que delimitaba el parque y lo separaba de una finca rústica—. Tambor, soy Elena —se presentó. El conejo saltó entonces adentrándose en la finca—. ¡No te vayas! —lamentó la niña.
Cuando dijeron el nombre de Elena Izaguirre en urgencias, Antonio respiró por fin.
—La herida es muy fea —confesó el doctor—, vamos a tener que coserla y ponerle la antitetánica; calculo más de veinte puntos.
Antonio entró con el doctor y encontró a la pequeña todavía con lágrimas en los ojos.
—Yo solo quería ver al conejo —se lamentó.
—Ya lo sé, mi amor, eres mi pequeña Alicia en el País de las Maravillas. Ahora te van a cerrar la herida. —Elena suspiró.
—Me da miedo que me duela —respondió.
—Tú dame la mano, ya sabes lo que pasa, ¿no?, si vas de la mano de papá…
Elena completó la frase.
—… nunca tendré miedo.
Elena se llevó una mano instintivamente a la rodilla derecha.
Cubierta por el pantalón, sentía la cicatriz de aquella vez que se cortó con una valla del parque, recordaba el miedo que había pasado y cómo había sido capaz de calmarse únicamente agarrando la mano de su padre, una mano que, a pesar de estar ausente, notaba más fuerte que nunca.
Sin mediar palabra, continuaba sentada en una pequeña sala blanca, pendiente de cómo salir de aquella situación sobrevenida, sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando uno de los agentes entró en la sala y se dirigió a ella.
—Le voy a pedir que me muestre su identificación y abra su equipaje.
Izaguirre sintió que su ritmo cardíaco aumentaba.
«Tranquila —pensó—, esto va a salir bien».
Metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña cartera marrón, la colocó sobre la mesa dejando que se viesen claramente su placa y su identificación.
El agente le pidió entonces que abriese la bolsa y no tuvo otra opción que obedecer: cuando el agente comenzó a revisar lo que allí había.
Sin mediar palabra, sacó su arma reglamentaria y encañonó a Elena.
—¿Se puede saber qué haces? —le preguntó ella sin dar muestra de sumisión alguna—. Guarda eso, que te vas a hacer daño —dijo, provocadora.
A través de la radio que llevaba en el hombro, el agente llamó a sus compañeros. En apenas unos segundos, Elena volvía a estar rodeada de cuatro policías con ganas de justificar su sueldo.
—Te repito que bajes el arma, todo esto no es necesario, tengo autorización para el equipaje —explicó Elena.
—¡Mis cojones! —contestó uno de ellos retirando la bolsa.
—Revisa la documentación, idiota. —Elena había decidido pasar al ataque—. Y os advierto de que como me jodáis el operativo, os vais a pasar el resto de vuestra vida durmiendo en este puto aeropuerto.
La seguridad de Elena era de tal calibre que todos los agentes se miraron con incredulidad.
Uno de ellos, que tenía pinta de ser el más espabilado, salió de la sala con la documentación.
Los minutos pasaban. «Voy a perder el vuelo», pensó Elena.
Sus documentos volvieron a la sala, pero en manos de un hombre trajeado.
—Déjennos solos —ordenó. La sala se vació en apenas unos segundos—.
Permítame pedirle disculpas, ya hemos dado orden de que detengan la salida de su vuelo hasta que pueda embarcar; a continuación, la escoltarán dos de mis compañeros para que llegue cuanto antes.
Sentimos las molestias…, inspectora Tinelli.
—Elena respiró aliviada. Cuando se dispuso a salir, el jefe de los agentes tomó la palabra de nuevo—.
Inspectora, la próxima vez que necesite ayuda, pídala.
Sepa que los protegidos del comisario Baltierra son mis protegidos.
—Elena se dio la vuelta instantáneamente—.
Entiendo que algo quiere hacer usted en París bajo el radar, y con la triste noticia del fallecimiento del comisario prefiero no preguntar, pero no me traiga documentación falsa, Izaguirre, que uno ya tiene muchos años.
Haga lo que tenga que hacer, pero hágalo bien.
Elena caminaba recuperándose de lo ocurrido por la terminal.
La jugada había salido por suerte: consciente de que no podía viajar con su documentación, lo había apostado todo a utilizar una falsa que conservaba de uno de los operativos que había realizado.
«Ventajas de tener a Diego en mi equipo», pensó lamentando de nuevo la suerte que había corrido su compañero, y, una vez más, en Baltierra…
Las horas pasaron rápido, Elena logró coger el sueño durante el vuelo.
A diferencia de Bécquer, el jet lag le hacía dormir más, así que reclinó el asiento y se dejó abrazar por Morfeo.
El último de sus pensamientos antes de caer en un sueño demasiado profundo para tratarse de ella fue para Bécquer: «Otra vez te vuelvo a dejar atrás, mi amor.
Pero esta es una batalla que debo librar de la mano de mi padre».
En algo más de dos horas llegó a su destino: el aeropuerto Charles de Gaulle de París.
De la terminal se dirigió a la estación de tren Châtelet-Les Halles, a media hora de trayecto.
Una vez allí, le tocó hacer un pequeño transbordo con varias paradas hasta que por fin llegó a su destino.
Subió las escaleras que la separaban de la superficie y se encontró de frente el famosísimo Arco de Triunfo.
El tráfico a su alrededor era fascinante.
Elena miraba con ojos de niña pequeña las luces de los coches y se dejó envolver por el sonido de la ciudad más hermosa del mundo; al menos eso decía siempre su madre cada vez que recordaba la vez que el amor de su vida y ella la visitaron.
Elena Izaguirre viajaba sin teléfono, tenía claro que, si quería que no la localizasen, el viaje debía ser analógico.
Recorrió a pie la avenida: por una de las muchas historias de Bécquer, sabía que, en paralelo a los Campos Elíseos, había un montón de hostales para turistas.
No tardó en encontrar uno en los pisos superiores de un restaurante chino.
Devoró un plato de comida que le supo a gloria y pagó en metálico un par de noches en una habitación minúscula pero que al menos tenía baño individual.
«Sería divertido ver a Bécquer hospedarse aquí».
Sin perder tiempo, dejó sus cosas, disimuló el arma de menor calibre en su cintura y bajó a la calle.
El gentío que cruzaba los Campos Elíseos era muy parecido a lo que cada mañana vivía en la Gran Vía madrileña: daba igual que ya fuese madrugada, el gentío no descansaba.
Caminó por la acera derecha observando a los turistas que fotografiaban a un extremo el Arco de Triunfo y al otro, a lo lejos, la famosísima noria de París.
Con paso ligero, se dirigió a la embajada; la separaban apenas diez minutos caminando del número 22 de la avenida Marceau, el lugar donde estaba el despacho del embajador Acebedo.
Cuando Elena terminó de empacar las cosas antes de tomar el vuelo a París, había hecho una última consulta en su portátil previa a eliminar el historial: la página web del Ministerio de Exteriores mostraba la agenda de las diferentes embajadas.
—Veamos qué planes tienen.
Sin duda, el embajador vivía a lo grande.
En la sección de «Noticias», había podido comprobar que hacía tres noches se habían entregado unos premios a la moda española, un poco antes habían recibido a Josep Borrell, quien impartía una conferencia sobre el papel de España en las relaciones internacionales con Iberoamérica; a eso se le sumaba un acto de condecoración a unos policías hasta llegar por fin a los eventos futuros.
«Fantástico, este será perfecto». Elena sonreía satisfecha: esa noche era perfecta para viajar porque al día siguiente el embajador presidiría un acto de recaudación de fondos en la lucha contra el cáncer.
En pie frente a la embajada, Elena tenía claro que el viaje iba a ser fugaz: «Me encargaré de que la de mañana sea la última de sus fiestas».