34 Elena, ¿qué has hecho? #2
A Leo Cantos la camisa no le llegaba al cuello.
Completamente fuera de la conversación, observaba, admirado sin reconocerlo, cómo Bécquer iba llevando al ministro a donde quería y como quería.
Las maneras del cómico, así como su agilidad mental, le daban una ventaja que él solo podía compensar con la pistola y, lamentablemente, le habían obligado a entregarla en la entrada.
El encuentro transcurría deprisa, el ministro le explicaba a Bécquer cómo, poco a poco, habían ido detectando una red de corrupción que estaba a punto de caer.
«Me está diciendo banalidades», pensó el cómico.
Había acudido a la reunión absolutamente escéptico, había pactado con Elena no confiar en nadie más que en ellos mismos y, quizá, a pesar de sus reticencias, en Leo Cantos.
—Todo parece orbitar en torno a Baltierra, cabecilla absoluto de esa banda de criminales. —Esta afirmación rechinó en los oídos del artista—. Es más, su presencia en México parece confirmar tal extremo: han tenido suerte de que Elena saliese con vida de las manos de ese malnacido.
Bécquer miró entonces a Leo: el pez acababa de picar el anzuelo.
—Leo, tienes que ayudarme.
Al otro lado del teléfono, Leo Cantos todavía trataba de recuperarse de haber recibido por fin aquella llamada.
—¿Qué ocurre? —preguntó. Elena le había respondido que se trataba de algo de alcance internacional.
—Baltierra ha tratado de asesinarme junto con dos sicarios; por suerte hemos logrado salir de la situación, ya te daré detalles, pero ahora mismo estoy en medio del desierto con dos cadáveres y un hombre detenido… Sí, Bécquer también está aquí.
El cómico miraba a su alrededor sin saber cómo reaccionar, la sangre de Baltierra resbalaba todavía por sus manos, que, por otra parte, reflejaban con un ligero temblor lo terrible de lo sucedido. Elena había colgado el teléfono y se había dirigido a su pareja.
—Escúchame bien: Baltierra tiene algo para nosotros y no quiero que nadie se adelante; les vamos a decir que vino a por mí, ya tendremos tiempo de reparar su honor…
¿Bécquer? ¿Me estás escuchando? —El cómico había asentido despacio.
Para Elena quizá fuese el pan de cada día, pero era la primera vez que él veía morir a un hombre.
Las siguientes cuarenta y ocho horas habían servido para que apuntalasen el plan.
—Es muy sencillo: si compran que Baltierra está detrás será porque quieren proteger al embajador: fíjate bien en quién quiere protegerlo y sabremos en quién confiar. Pero, por ahora, ni mencionarlo.
Elena sabía perfectamente cómo manejarse, y, una vez más, Leo Cantos iba a ser la correa de transmisión.
Bécquer asintió con la cabeza a cada palabra del ministro.
—¿Y ahora qué va a ocurrir? —le preguntó cuando el político terminó su relato.
—Usted no tiene nada de qué preocuparse: hemos ordenado un registro en la casa del comisario Baltierra y las pruebas son concluyentes.
Estaba solo en esto desde hace más de tres décadas, es curioso lo que un solo hombre puede llegar a hacer.
No obstante, y seguro que usted me entenderá, a nadie le conviene la mala prensa, así que esta es mi propuesta: desarticularemos la banda de una manera discreta y Elena Izaguirre volverá a ser inspectora, y no solo eso: de manera póstuma su padre, Antonio Izaguirre, será condecorado en el aniversario de su fallecimiento.
La simple mención del padre de Elena hizo que Bécquer diese un salto en la silla.
En el avión de vuelta, Elena y Bécquer parecían más lúcidos que nunca.
—Elena, si estás en lo cierto, van a tratar de ocultar todo; entonces nos ofrecerán un caramelo.
Elena escuchaba a Bécquer completamente enamorada y orgullosa.
—¡Exacto! —había respondido—. Y si hay caramelo…, hay trampa.
—Solo hay una cosa que no me encaja: conozco al ministro desde hace tiempo, me ayudó a formar parte de la investigación de mi intento de asesinato: ¿no crees que podemos confiar en él?
Elena había mirado a Bécquer y había respondido:
—Escucha con atención todo lo que te diga: si algo no te encaja, sal corriendo.
Bécquer sonrió mientras pensaba: «Esta es la trampa, un homenaje al padre, valiente hijo de puta». Sin dejar de sonreír, exclamó:
—Qué gesto tan generoso por parte del ministerio, estoy seguro de que a Elena le encantará.
El ministro asintió con la cabeza.
—¿Puede llamarla y comunicárselo?
Bécquer se puso de pie.
—La verdad es que prefiero ir a decírselo en persona, una noticia tan maravillosa no debe ser contada por teléfono.
—El cómico tendió la mano al ministro—. Ha sido un honor hablar con usted, señor ministro, le estoy enormemente agradecido.
Tanto que voy a volver a tutearte: muchas gracias por tu ayuda cuando Nacho fue a por mí y ahora de nuevo. Por fin esto ha terminado.
El ministro estrechó satisfecho la mano del cómico y lo acompañó a la puerta.
—Espera en la recepción por favor, enseguida te acompaña Leo.
Cuando Bécquer hubo salido, la puerta se cerró a su espalda. Leo Cantos se situó al lado del ministro.
—¿Ves qué fácil es? Le sobas un poco el lomo y se lo traga todo. Hoy mismo quiero que esto termine: Baltierra era el número uno y punto.
Leo no pudo contener su nerviosismo.
—Señor ministro, llevamos años con esto, usted sabe como yo que Baltierra era uno más, aún debemos localizar a Serrano, la conexión con los Conejo, hay otros altos cargos policiales que son más importantes que Baltierra…
El ministro lo interrumpió.
—Cantos, ¿de verdad quieres volver a trabajar o prefieres tocarme las narices y acabar en la zona azul? Bastante quebradero de cabeza ha sido ya. Prepara lo que te digo y encárgate de que su amiguita deje de husmear.
—¿Y Bécquer? Si no queda satisfecho es capaz de cualquier cosa, tiene mucha fama y amigos influyentes, sabe cómo utilizarlos.
El ministro se quedó en silencio.
—No te falta razón, es un incordio. Hablaré con la ministra de Hacienda: a este gilipollas, si le tocas el bolsillo, se vuelve manso. Veré qué puedo hacer… Mientras tanto no le quites el ojo de encima.
Leo abandonó revuelto el despacho por lo que el ministro le acababa de decir. «¿Y ya está?, qué desastre». Llegó a la puerta principal y preguntó al policía de control.
—¿Y el señor Bécquer?
La respuesta no le gustó.
—Ha salido en su coche hace unos minutos.
Bécquer calculaba cuántos puntos del carnet le iban a quitar: había llegado al Adolfo Suárez en tiempo récord. «Este viajecito sí que me va a costar una salsa». Entregó el coche en la puerta y se dirigió a la entrada. De nuevo una encantadora auxiliar lo recibió.
—Señor Bécquer, su asistente ha traído su equipaje, pero lamento decirle que con tan poco tiempo solo hemos podido conseguir un jet pequeño.
Él aceptó la disculpa.
—No se preocupe, que será un vuelo corto.
Subió la escalerilla, saludó al comandante y ocupó su asiento. Cuando el avión despegó, el comandante comentó por la megafonía:
—Buenos días, señor Bécquer, como siempre, es un placer volar con usted. El tiempo en destino es agradable, le informo de que en unas cuatro horas aterrizaremos en París.
El cómico aceptó la copa de champán que le acababan de ofrecer, la levantó y brindó consigo mismo.
—Por París… Espero encontrarte, Elena, antes de que tú los encuentres a ellos.