34 Elena, ¿qué has hecho?
ELENA, ¿QUÉ HAS HECHO?
La noche transcurrió entre una serie de interminables vueltas en la cama.
«Maldito jet lag », pensaba Bécquer tomándose una tila en su salón a las cuatro de la madrugada.
El cómico observaba el humo que emanaba de la taza; por un instante le recordó al polvo que las ruedas de su coche levantaron en el desierto cuando, junto al comisario Baltierra, corría a toda velocidad detrás de Elena y sus captores.
El primer sorbo de la infusión sirvió solo para que se quemara levemente el labio superior y protestara, de manera divertida, sobre a quién demonios se le había ocurrido que para que una hierba infusione, la temperatura debe estar cerca de la ignición.
Volvió entonces a subir las escaleras hasta su dormitorio.
Antes de llegar a su cuarto, hizo una parada en el cuarto en el que, al menos esa noche, descansaba Lucía.
Con sigilo entró en la habitación y ahí estaba el mayor amor de su vida.
«Debería grabarla en vídeo para demostrarle que, si se queda bocarriba, algo ronca», pensó Bécquer mientras arropaba a su hija.
«Así que amiga del comisario, mi cariño.
Lamento tanto tener que mentirte sobre su muerte…
». Salió del dormitorio y por un instante su cabeza voló de nuevo hacia el día en el que su pequeña y él volvieron a abrazarse después del cautiverio de Lucía.
Pasadas las nueve de la mañana, Bécquer ya estaba ante la casa de Carmen. Aparcó afortunadamente cerca y decidió tomarse un café para hacer tiempo hasta las diez.
—Buenos días, un café y pan tostado con aceite, por favor.
—Anda, coño —contestó el castizo camarero—, pero si es usted el de la tele… ¿Cómo se llamaba? —Bécquer dejó que transcurriesen unos segundos en silencio a la espera de que aquel buen hombre diera con un nombre tan genuino e inconfundible—. ¡Lo tengo! ¡Goyo Jiménez!
El cómico asintió con la cabeza mientras trataba de sacarse el puñal del pecho.
—El mismo, encantado de saludarle.
Se sentó entonces a una de las mesas del fondo pensando: «A ver si la próxima vez me confunde con uno con pelo».
Bécquer cruzó la calle de nuevo con una mascarilla puesta.
«Parece mentira que no hubiese hecho esto antes; bueno, con la mierda que fue la pandemia…
, no quería volver a ponerme esto en la vida, pero reconozco que me mantiene con el perfil bajo», terminó la reflexión al lado del portal.
Llamó al timbre de doña Carmen y su siempre divertida voz respondió al otro lado.
—¿Quién es? —La respuesta de Bécquer llenó a Carmen de alegría—. Ay, sube, ¿vienes con Elena? —dijo para sorpresa del cómico, que se quedó helado.
—¿Cómo que si vengo con Elena? —El volantazo fue de ciento ochenta grados—. Perdone, Carmen, que me acaba de entrar un mensaje, venía a visitarla a usted, ya que tengo una reunión aquí al lado, pero me la acaban de adelantar —mintió.
—No te preocupes, hijo, vete a trabajar y, si te da tiempo, te tomas un café conmigo.
Con sumo cariño, Bécquer se despidió de Carmen y salió corriendo hacia su coche.
—Elena, no me digas que ya me estás montando el lío.
El artista apretó todo lo que pudo el acelerador; mientras tanto, marcaba de manera inútil el teléfono de Elena, que una y otra vez permanecía «apagado o fuera de cobertura».
—No me la líes, Elena, no me la líes.
En ese instante, recordó el localizador que ambos se habían puesto en los zapatos. Entró en la aplicación y comprobó que la localización que aparecía era la de la casa de Elena.
—Espero que estés ahí.
Bécquer dejó el coche montado en la acera, bajó lo más rápido que pudo y subió al piso saltando los escalones de dos en dos. Casi sin resuello llegó a la puerta y llamó al timbre: por más que insistía, parecía claro que Elena no estaba en casa. «Pues para dentro», pensó.
—La verdad es que México le sienta a usted muy bien, inspectora. —Bécquer piropeó a Elena; descansaban en la cama después de haberla inaugurado por todo lo alto—. Espero que ahora que tenemos esta intimidad no vuelvas a dejarme a la puerta de tu casa.
La petición de Bécquer le había dolido, habían sido semanas muy complicadas y todavía le atormentaba la imagen del cómico alejándose de su casa visiblemente dolido.
—Eso no va a volver a pasar —le había respondido—.
Mira lo que te voy a regalar. —Elena se había levantado y había caminado desnuda hasta su bolso—.
Iba a ser una sorpresa un poco más elaborada, pero, chico, no veo mejor momento que este.
—Y con las mismas, le lanzó un pequeño llavero con dos llaves.
—¿Y esto? —había preguntado Bécquer al verlas aterrizar en el colchón.
—Las llaves de mi casa, para que veas que nunca más te vas a encontrar la puerta cerrada; además, creo que el llavero te va a gustar.
Bécquer se había apresurado a cogerlo y no había podido evitar una enorme carcajada.
—¿Y esto? —Lo que Bécquer tenía en la mano era su propia cara, de su época en Noticias desde el Espacio .
—Me lo compró mi padre en una feria en Benidorm —había confesado Elena, sonrojada.
Bécquer se había puesto entonces de pie y la había abrazado con fuerza.
—Me habría encantado conocer a tu padre.
Bécquer cruzó raudo el umbral de la puerta y se dirigió al dormitorio. Al llegar encontró más desorden del habitual. «Dime que no, Elena». Abrió el armario y comprobó que había cogido la mochila, algo de ropa y, lo que es peor: la caja de seguridad estaba vacía.
—Va armada hasta los dientes. —Cerró la puerta del armario y se encontró con su propio reflejo en el espejo—. Antoñito, sabes de sobra a dónde ha ido.
De nuevo con toda la velocidad posible, Bécquer se dirigió al Ministerio del Interior.
«Plantón de casi una hora al ministro, con un par».
Se identificó en la entrada, un policía nacional de unos sesenta años le indicó dónde podía dejar el coche.
Cuando entró en el edificio, allí estaba Leo Cantos, mirando el reloj con su clásica cara de querer asesinar al novio de su ex.
Se puso en pie en cuanto lo vio cruzar el arco de seguridad.
—Menuda hora de llegar, ¿y Elena?
El enfrentamiento acababa de empezar.
—Buenos días para ti también. Está algo indispuesta, pero no te preocupes, que yo me encargo.
A Leo le pareció del todo improcedente: si algo tenía claro era precisamente que quien no pintaba nada era la «estrellita de los cojones».
—Ni hablar. Escúchame con atención.
Leo intentó dejar clara su postura; lo que no acababa de entender era que Bécquer se movía como pez en el agua en esas situaciones.
—Que no me marees —le replicó, se dio la vuelta y se dirigió al mostrador de entrada—. Buenos días, me espera el ministro.
Y antes de que Cantos terminase de protestar, dos nacionales y una recepcionista escoltaban admirados al artista hasta la puerta del despacho ministerial.
Bécquer iba desplegando encanto a diestro y siniestro, sus clásicas bromas sobre funcionarios y políticos encajaban como un guante en ese entorno. Con las mismas llegaron a la puerta del despacho.
—El señor ministro los recibirá enseguida —les indicó una aplicada funcionaría.
En apenas tres minutos las dos enormes puertas se abrieron, Bécquer y Leo entraron y fue este último quien se encargó de las presentaciones.
—Señor ministro, Bécquer.
El cómico paladeó cada segundo del momento que a continuación venía. Apretó con fuerza la mano del ministro; lo hizo con una familiaridad que dejó a Leo de piedra.
—Ministro, cuánto tiempo sin verte, desde que tu mujer no te deja jugar a las cartas… —Cantos no sabía dónde meterse—. ¿No te había dicho que tu jefe y yo somos amigos? Te ha faltado investigación…
Leo se sintió avergonzado. En cuanto al ministro, Bécquer más o menos lo respetaba, no le había gustado nunca rodearse de políticos, pero es cierto que el poder lo atraía, lo cual le había granjeado algún que otro problema en el pasado.
En el caso del ministro del Interior, la amistad se remontaba a unos cinco años atrás, desde que coincidieran en una comida que derivó en una apasionante tarde de mus y, como el cómico solía decir: «No hay mejor compañero de mus que un político: se saben todas las trampas y señas posibles».
—Señor Bécquer, dichosos los ojos, te dejas ver poco y cuando sé de ti, las circunstancias son complejas —dijo el ministro—. A lo mejor deberías plantearte trabajar de agente para el CNI .
La broma fue bien recogida por el cómico.
—No me tientes, ministro.
Los tres se dirigieron a una mesa redonda sobre la que descansaba una bandeja con una preciosa cafetera de plata. El ministro sirvió las pequeñas tazas mientras le explicaba a Bécquer lo importante que era su labor en un caso tan importante.
Él y Leo estaban ya sentados cuando el ministro terminó de servir los cafés. Él, sin llegar a ocupar su asiento, se dirigió al cómico.
—Es muy importante todo lo que tú y la inspectora Izaguirre estáis haciendo.
Bécquer lo interrumpió, y no iba a ser la única vez.
—Exinspectora, permítame que le corrija, creo que fue usted personalmente quien decidió cesar a Baltierra, a Elena y al señor Cantos.
Se lo comento porque para que sigamos hablando me gustaría, en primer lugar, saber cuándo Elena se va a poder reincorporar a su puesto de trabajo sin que tal cosa figure en su expediente…
Y ya, si quiere que aquí, mi primo el guapo, vuelva a trabajar, no seré yo quien sugiera lo contrario.
—El órdago generó una tensión en el ambiente de esas que se ven, que se notan.
—Vaya, veo que para estas cosas prefiere que nos tratemos de usted, me parece bien. Una vez más, se confirma su fama de no andarse con rodeos, y, ya que la menciona, ¿por qué no nos acompaña la, de nuevo, inspectora?
Bécquer optó por la única respuesta que, por incómoda, no tendría objeción.
—Cosas de mujeres, ya me entiende.
El ministro aceptó la excusa mientras el cómico pensaba en el codazo que Elena le iba a soltar si se enteraba de lo que acababa de decir.