Bécquer en París 33 Despedidas #2
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33 Despedidas #2

—Y copiar lo que podamos, claro, ni los casetes, ni las cintas de vídeo ni los disquetes, por ahora, tengo un amigo… —Elena puso los ojos en blanco—. Vaya, que no podemos arriesgarnos.

—Esto servirá.

Bécquer conectó un pequeño dispositivo a su teléfono y procedió entonces a volcar todo en dos memorias USB que llevaba en el bolsillo.

—Una copia se va a mi casa y otra a la de tu madre, ¿te parece? Lo más importante ahora es no confiar en nadie, presentaremos esto cuando tengamos algo contra el embajador.

Luego fotografió el resto del material y topó con una carta. En el sobre ponía: «Para Elena».

Bécquer se lo entregó con cuidado y ella se sentó de inmediato en una de las pequeñas sillas de la cocina. Algo nerviosa, lo abrió y extrajo un par de hojas manuscritas. Comenzó a leer en silencio; apenas unos segundos después, se las devolvió al cómico.

—Lee tú, por favor.

Él cogió de nuevo la carta, se sentó al lado de Elena y empezó la lectura.

Querida Elena:

Lamento comenzar así estas líneas, pero si estás leyendo esto es porque mi viaje a México ha salido peor de lo que esperaba.

Tengo mucho que explicarte y, sobre todo, tengo mucho por lo que pedirte perdón.

La vida ha sido caprichosa conmigo, no me voy a justificar, solo quiero explicarte por qué he acabado donde he acabado.

Hace muchos años, cuando comenzaba en la policía, tomé un par de malas decisiones, acepté un dinero que no debía porque realmente lo necesitaba; a partir de ahí me vi atrapado y empecé a vivir así, corrompiéndome hasta el final.

Durante años me engañé a mí mismo pensando que si lograba evitar que alguien muriese, todo estaría bien. Permití, desde mi puesto de comisario, que se trapichease con droga, se robase dinero y se aceptasen todo tipo de sobornos: es cierto.

Uno de los sucesos más terribles fue el asesinato de tu padre. Quizá no me creas, pero yo no tuve nada que ver, en aquel momento solo era un tonto cogido por los huevos. La vida, además, me tenía reservada una irónica sorpresa: tu madre.

Cuando Julia enfermó, coincidieron, como sabes, en el tratamiento. Tu madre hizo feliz a mi esposa hasta el final de sus días. Al saber que era la viuda de Izaguirre, quise que la tierra me tragase, por eso acepté de inmediato que trabajaras con nosotros, únicamente para protegerte.

A estas alturas soy consciente de que sabes muchas cosas. Cuando Leo Cantos entró por la puerta, supe al momento que venía a por mí, y lo cierto es que ya no me importaba: desde que falleció Julia, no pinto nada en este mundo, todo me da igual.

He tratado de protegerte todos estos años, aunque no te lo creas, pero ahora ha llegado el momento de decirte qué paso con tu padre.

Antonio Izaguirre era un buen hombre que estaba en el momento equivocado en el lugar equivocado, tuvo la mala suerte de coincidir con Puente, un miserable, y tu padre, un buen hombre, quiso llevarlo por el buen camino.

La noche en que lo mataron, tu padre solo quería hablar con él, pero apareció Serrano: él fue quien apuñaló a tu padre por la espalda; el mismo que ha dejado a Diego en coma, el mismo que me ha tenido amenazado y acobardado demasiado tiempo.

El objetivo del operativo contra los Conejo era asesinarte. Yo lo sabía, por eso tuve claro que solo una persona podía evitar que eso pasase, y, aunque me duela reconocerlo, esa persona es Bécquer: si tu novio reventó la operación fue porque lo pusimos ahí su hija y yo.

—¿Lucía? Por eso me insistía en que fuera a verte, lo tenían todo preparado… Mi hija es la mejor, las cosas como son.

Bécquer siguió leyendo:

Creía que con la caída del operativo todo terminaría, pero cuando aparecisteis en televisión en México, Serrano me volvió a llamar, no me dijo qué iba a pasar, pero, conociéndolo como lo conozco, no dudé de que algo planeaba.

Por eso te estoy escribiendo, en unas horas vuelo a Ciudad de México a vuestro encuentro, tengo claro que vais detrás de Castillo, pero temo que Serrano se adelante.

Aquí te dejo todo lo que llevas años buscando.

Debes utilizar bien esta información, va a caer mucha gente, pero debes también ser cuidadosa: esto es más grande que Serrano y que yo.

Cuando me nombraron comisario fue porque Acebedo se retiraba, y efectivamente lo hizo, pero algo que se me escapa ocurrió: lejos de dejarlo, comenzó a dirigir operaciones desde el extranjero, y eso no es lo peor: desde hace un par de años es el embajador de España en Francia, ¿qué te parece?

Con las manos manchadas de sangre, fíjate a dónde ha llegado.

No puedes confiar en nadie, Elena.

P. D.: Sé que es inútil pedirte perdón, solo quiero que sepas que siempre os quise.

Cuando Bécquer acabó de leer, se mantuvo el silencio unos segundos interminables Elena trataba de ocultar las lágrimas que afloraban a sus ojos.

—¿Por qué no me lo dijo? —preguntó enfadada—.

¡Tantos años viéndonos todos los días y me lo ocultó todo!

—El manotazo de Elena tiró al suelo dos tazas que había sobre la mesa; terriblemente angustiada, se puso de pie llorando sin consuelo, los brazos de Bécquer trataron en vano de sostenerla—.

Lo mataron, lo mató Serrano. —Bécquer trataba de encontrar las palabras exactas para curarle el alma, pero lo hacía en vano, el dolor superaba cualquier intento—.

Llévame a casa de mi madre, por favor —le rogó Elena.

Salieron del edificio nuevamente con las mascarillas puestas.

—La verdad es que funciona, no entiendo por qué no lo hemos hecho antes, aunque a mí eso de que no me conozcan… —La broma de Bécquer cayó en saco roto.

Circularon en silencio hasta llegar al portal de la casa de Elena. Cuando él hizo ademán de salir del coche, ella lo frenó en seco.

—Necesito estar con mamá.

—Claro que sí —respondió completamente conmovido—, tienes la fortuna de tener una maravillosa, abrázala fuerte.

Elena bajó del coche y se despidió con una pregunta.

—¿Mañana a las diez me recoges?

Bécquer asintió con la cabeza y arrancó. Lo que el cómico desconocía era que la expolicía tenía otros planes.