Bécquer en París 33 Despedidas
74%

33 Despedidas

DESPEDIDAS

Elena miraba absorta por la ventanilla del avión privado que los llevaba de regreso a España.

Los últimos días habían servido para arreglar discretamente el desaguisado ocurrido en el desierto.

Ni el Gobierno mexicano ni el español querían que aquello trascendiese: un expolicía español muerto a tiros mientras rescataba a otra expolicía española de las garras de dos asesinos a sueldo.

Que, además, estuviera involucrado un famoso artista habría convertido semejante historia en portada de cualquier periódico del planeta.

Elena había tenido que tragarse el orgullo y llamar a Leo.

—Hay que reconocer que se ha portado bien —reflexionó Bécquer en voz alta, y era cierto.

Una patrulla y una ambulancia hicieron su aparición donde se encontraban al poco de hablar con él. La policía traía instrucciones claras: debían llevarse al detenido, quién sabe dónde iba a acabar, y retirar los dos cuerpos en la ambulancia. Una vez más, la ironía se cernía sobre Bécquer y Elena.

—Mira, fallecido por un infarto masivo de miocardio. —Repasaba el informe forense del excomisario—. Al final su autopsia es tan falsa como las que perseguimos, manda narices.

El féretro con los restos de Baltierra descansaba en la bodega del avión que Bécquer había gestionado con premura: desde que el tiroteo tuviese lugar, habían pasado solamente cuarenta y ocho horas, tiempo más que suficiente para que tanto el uno como la otra se estrujasen la cabeza tratando de descifrar qué era lo que el excomisario había querido decirles.

Las horas pasaban y el cómico no lograba conciliar el sueño, observaba a Elena, quien sí lo había conseguido. Para él, todo lo vivido empezaba a hacérsele insoportable, demasiadas muertes estériles, la constante sensación de estar caminando en círculo… Nunca se había sentido tan frustrado.

El avión aterrizó en la base aérea de Torrejón de Ardoz.

«Cuando metes al Gobierno de por medio, todo es más discreto», pensó el cómico.

Al pie de la escalera los esperaba Leo Cantos.

Bécquer suspiró. «Vamos a ver por dónde nos sale».

El apretón de manos fue de esos que te pueden costar una falange.

Se quedaron mirándose a los ojos como si estuviesen en un spaghetti wéstern setentero.

—¿Habéis terminado ya de medírosla? —preguntó Elena, cortante.

—Yo sí —respondió Bécquer; a llegar el primero con la broma no lo iba a ganar nadie.

—Cuéntame —le pidió a Leo la expolicía.

—Poco te puedo contar: una vez más, Serrano se nos ha adelantado. Quizá la próxima vez seáis un poco más discretos. —Leo miró a Bécquer, acusador.

—No, si ahora voy a tener yo la culpa —respondió el cómico.

—Pues claro que la tienes, podíais haber avisado de que pretendíais daros un paseo, y en vez de eso habéis salido en todas las televisiones.

Bécquer se acercó a Leo.

—¿En todas? ¿En serio? ¿Y qué tal me viste? Últimamente reconozco que he engordado un poco…

Elena se interpuso, sabía perfectamente que lo estaba provocando.

—Eso ahora es irrelevante, me da igual cómo supiesen que estábamos en México, ahora estamos aquí.

Cantos ignoró a Bécquer y se dirigió a Elena.

—Todavía tenemos una oportunidad de hacerlos caer, ven conmigo a ver al ministro y dinos qué fuisteis a hacer a México: estoy seguro de que algo habréis conseguido.

Elena miró a Bécquer, que asintió con la cabeza.

—De acuerdo —respondió—, déjanos ir a casa y reponernos del viaje, mañana por la mañana iremos a veros y os contaremos lo que hemos averiguado.

Leo Cantos estaba satisfecho, el único afán que tenía era el de recuperar la confianza perdida y con Elena podía apuntarse el tanto. Se despidió de la pareja y se subió a su coche.

—La madre que me parió, ¿conduce un Aston Martin?, menudo flipado tu exnovio.

Bécquer se dio cuenta de que estaba hablando en voz alta cuando recibió el enésimo codazo en las costillas.

—Estoy de acuerdo en ir a casa y descansar un rato —dijo Bécquer cuando entraron en la autovía.

—Pues no será ahora. —Elena respondió mientras escribía una dirección en la pantalla del GPS —. Vamos a casa de Baltierra.

—¿Y eso? —preguntó; no le parecía bien del todo.

—Veamos qué queda. Si Leo ha mantenido su palabra y no se ha filtrado todavía su muerte, con suerte encontraremos algo.

—Eso espero, porque con lo de «ella lo sabe todo», ya me dirás a quién demonios se refería.

La frase llevaba cuarenta y ocho horas rondando por ambas cabezas: si de verdad Baltierra había querido colaborar, sus instrucciones habían sido de todo menos claras.

—Podía habernos dicho algo más concreto —protestó Bécquer.

—Que le acababan de pegar un tiro, por el amor de Dios.

—Hombre, si nos vamos a poner tiquismiquis.

—¿Cómo eres tan cabrón? —preguntó la inspectora, sin poder evitar la risa.

—No es cuestión de ser cabrón, soy cómico y la broma va primero…, luego las personas.

Aparcaron el coche a una distancia considerable de la casa del comisario. Bécquer sacó de la guantera una mascarilla quirúrgica y se la puso sobre la boca.

—A ver si así tenemos un poquito de intimidad; ponte otra tú.

Elena obedeció. Bajaron del coche y se dirigieron caminando al portal del comisario.

«Qué raro se me hace estar aquí —pensó ella—; a ver si tenemos suerte y sale algún vecino». Antes de terminar la frase, Bécquer ya había pulsado uno de los botones del telefonillo.

—¿Qué vas a decir? —le preguntó.

—Pues un clásico que nunca falla, ya verás.

Al poco de llamar, una voz preguntó.

—¿Quién es?

—Cartero comercial —respondió Bécquer, y la puerta se abrió al instante—. De toda la vida de Dios, no falla nunca.

Subieron al piso de Baltierra.

—Esto será más complicado —dijo el cómico—, necesitamos de nuevo tu habilidad como cerrajera.

Elena lo miró.

—Esta vez no hará falta, mira la puerta. —Bécquer se sorprendió al comprobar que la cerradura había sido forzada—. Ponte detrás de mí —dijo Elena con autoridad mientras sacaba un arma de su cintura.

—¿Y eso? —preguntó él, sorprendido.

—Un regalito que me dejó Leo.

—Bueno, por lo menos no son rosas…

Con sigilo, Elena abrió la puerta y entró, cruzó el vestíbulo mientras Bécquer, completamente maravillado, observaba cómo iba poniendo poses de asalto que lo tenían absorto.

—Qué guapa eres.

Elena miró a Bécquer y le sonrió. Al cabo de unos segundos, había peinado toda la vivienda.

—Está limpia —dijo enfundando el arma.

—Eso es un decir, joder, lo han reventado todo.

Por la casa del excomisario parecía haber cruzado un huracán: todos los cajones del salón estaban abiertos, el sofá completamente rajado; lo mismo encontraron en la cocina y en los dormitorios.

—Se han esforzado —dijo Bécquer.

—Mira el baño, hasta hay un agujero alrededor de la bañera. —Elena escudriñaba cada rincón—. Está claro que buscaban algo, el propio Baltierra lo dijo: «En mi casa». Espero que no se nos hayan adelantado.

Bécquer daba vueltas por el piso pensando en «Ella lo sabe todo». «¿Quién es ella?», se preguntaba. Elena se sentó en una de las sillas del comedor.

—Si había algo en algún cajón está claro que se lo habrán llevado.

—Veamos, Baltierra era un tipo listo —reflexionó Bécquer—, es imposible que guardase información de vital importancia así, al alcance de cualquiera.

—Comenzó a dar vueltas de la manera más teatral de la que era capaz—.

Si yo fuera él, es decir, medio calvo y bastante cretino, buscaría un lugar inaccesible pero suficientemente a la vista para no levantar sospechas.

—Salió del salón mientras seguía con su razonamiento—.

En tu propio dormitorio es demasiado evidente; además, fíjate en las paredes, ni un solo cuadro, nada, y en el suelo olvídate, es un piso, haces un agujero y le ves la coronilla al vecino de abajo; no, tiene que ser otro lugar, donde un ladrón jamás miraría.

—Su deducción lo llevó entonces a la cocina—.

Aquí, por ejemplo, fíjate que han vaciado cajones y muebles, ni siquiera se han esforzado. ¿Sabes por qué?

Elena sabía que Bécquer había dado con algo.

—¿Por qué?

—Porque los malos no tenían la clave que nos dio Baltierra: «Ella lo sabe todo». Pues ahí está ella. El único rincón de la casa en el que nadie miraría jamás.

Elena se puso al lado de Bécquer, miró hacia donde señalaba y le devolvió la sonrisa.

La cocina de Baltierra era pequeña, tendría unos seis metros de largo y apenas un par de ancho; al fondo, un cuarto para la lavadora que daba a un patio interior; en el lateral derecho, todo el frontal de muebles y electrodomésticos; y en el otro, una pequeña mesa con dos sillas contra la pared y, en dicha pared, una preciosa Virgen de Covadonga formada por ocho azulejos.

—¿Crees que ella es «ella»? —preguntó Elena.

—No tengo la menor duda.

Bécquer comenzó entonces a repasar con la mano los bordes.

—Mira cómo se deshace la masilla, esto no tiene mucho tiempo, dame un cuchillo. —Cuando lo tuvo en la mano, comenzó a rascar—. No está duro, Baltierra sabía lo que hacía.

Sin apenas esfuerzo, el primero de los azulejos se despegó de la pared y apareció, en la esquina inferior derecha, un pequeño hueco de unos dos centímetros. Bécquer y Elena se miraron.

—Siempre hay un hueco en la pared —dijo él retirando el segundo de los azulejos.

—¡Lo tenemos!

La alegría de Elena era evidente. Los quitaron todos y del hueco sacaron un enorme archivador: en su interior se acumulaban documentos, fotografías y varias cintas de vídeo y de casete, así como dos memorias USB y un par de disquetes.

—Joder, aquí hay tecnología de diferentes décadas, solo falta un pergamino —exclamó el cómico, visiblemente sorprendido.

—Esto es oro, Bécquer.

Baltierra quería acabar con la organización. Elena estaba eufórica, aquel material serviría, por fin, para que, uno tras otro, desfilasen a la cárcel.

—No todos —apuntó Bécquer—. Del embajador apenas tenemos nada.

—Aún…, pero te aseguro que lo conseguiremos. Ahora debemos guardar esto a buen recaudo.