Bécquer en París 32 El cavar se va a acabar
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32 El cavar se va a acabar

EL CAVAR SE VA A ACABAR

A Bécquer le estaba costando asimilar que quien estaba ahora conduciendo su coche era el comisario Baltierra.

La relación entre ellos siempre había sido especialmente tensa, chocaron en el momento que se conocieron y los últimos acontecimientos no presagiaban que la relación fuese a mejorar; a pesar de todo, ahora lo único importante era Elena.

—¿No crees que eres un tanto exagerado? —le había preguntado Elena en el hotel al ver el plan que Bécquer tenía para sus Doc Martens.

—De exagerado, nada, algo he aprendido desde que secuestraron a mi hija. —Él hablaba mientras, con cinta americana, pegaba una pequeña pieza redonda, del tamaño de una moneda de cinco céntimos, en el interior de una bota—. Con esto siempre sabré donde estás —concluyó.

—¿Y tú? —le había preguntado ella—. ¿Llevas una de estas también?

En la pantalla del GPS seguían un punto azul en movimiento a gran velocidad.

—¿Va a contarme de una vez qué pinta usted aquí? —le preguntó Bécquer al excomisario con brusquedad.

—Me preocupaba que os metieseis en líos —respondió, después de haber dudado un instante.

La respuesta de Baltierra indignó al cómico, llevaba tiempo harto de su paternalismo absurdo.

Elena trataba de quitarse las esposas que le sujetaban las manos a la espalda.

Sentada en el asiento trasero, pensaba en que Bécquer aparecería de un momento a otro y eso era lo que más le preocupaba.

«Esta gente es peligrosa, no podrá hacer nada».

La tensión en las muñecas era gigantesca.

«Las han apretado bien —pensó, frustrada—.

Cuando baje del coche, me pegan un tiro y se acabó».

A pesar de todo, era capaz de mantener la calma.

«Saldrás de esta, Elena», se dijo a modo de consuelo.

Baltierra pisaba el acelerador.

—Cada vez estamos más cerca —dijo mirando al frente.

Las revoluciones del cómico también aumentaban: que el comisario apareciese de la nada era del todo sospechoso, su nombre aparecía en la información que había recabado y apestaba a kilómetros de distancia. «Ni de broma este tío», pensó Bécquer y, decidido a coger el mando de la situación, exclamó.

—¡Ahí, a su izquierda! —Baltierra automáticamente giró la cabeza—. ¿No lo ve? —insistió Bécquer.

En cuanto se distrajo mirando por la ventanilla, se abalanzó sobre él.

—¡Qué hace! —gritó el excomisario dando un fuerte volantazo. Cuando el coche volvió al carril, Bécquer lo apuntaba con su propia pistola.

—Para venir a visitar a viejos amigos viene usted un tanto cargado.

La expresión de Baltierra cambió de inmediato.

—No haga ninguna tontería.

—Se acabaron las mentiras —le replicó el cómico—, está metido en esta mierda desde el principio y Elena lo sabe, ¿y aparece aquí de repente?

A Baltierra se le acababan las excusas, el coche en el que llevaban a Elena cada vez estaba más cerca.

—No creo que sea el momento, lo importante ahora es la inspectora —razonó.

—¡Dígame qué hace aquí! —El grito de Bécquer atronó en la cabina.

—¡Ayudarlos, joder! Hay una orden de acabar con los dos, usted a lo mejor se libra, pero Elena lleva una diana en la cabeza.

Baltierra pisó de nuevo el acelerador a fondo.

—Se han metido en el desierto —dijo al comprobar la ruta—. La van a matar —añadió.

Bécquer se mantenía firme apuntándole con el arma.

—Lleva metido en esto desde el principio, dígame quién está detrás —le ordenó.

El excomisario comenzó entonces a ser consciente de que el único camino, y por el que se había metido en un avión, era el de la verdad.

El coche en el que iba Elena se detuvo al poco rato de pisar el desierto. «Empieza la fiesta», pensó con seguridad. Sus captores bajaron del coche y abrieron el maletero; mientras el uno cogía una pala, el otro sacaba varios bidones de productos químicos.

—Trae a la pendeja —ordenó el único al que, de vez en cuando, se le escuchaba la voz.

La puerta se abrió con brusquedad y, de igual manera, Elena fue arrancada del interior del coche como quien saca espárragos del campo.

—¿Una pala? ¿Para cavar mi propia tumba? ¿No está muy visto?

No logró terminar la frase, recibió un golpe que le cruzó la cara y la tumbó en el suelo. Bocabajo, sintió una rodilla clavarse en su espalda. Con violencia, el más bajito de los dos le abrió las esposas.

—Ya sabes qué hacer —susurró en su oído.

Ella se puso de pie pensando que tener que cavar le haría ganar tiempo, justo el que necesitaba para pensar qué hacer cuando Bécquer apareciese, porque si algo tenía claro es que iba a ir a por ella sin importarle las consecuencias.

Mientras Baltierra iba desgranando poco a poco los detalles de su entrada en el mundo de la corrupción, el cómico vio en el GPS que los secuestradores se habían detenido.

—Se han parado, frene un poco, no nos pueden ver llegar. —Baltierra aminoró la marcha—. Creo que será mejor dejar el coche —sugirió—. Mire a cuánta distancia estamos.

Bécquer hizo zum sobre la pantalla táctil de su flamante vehículo.

—Están a algo más de un kilómetro; si dejamos el coche aquí, podremos por ese repecho.

La sugerencia de Bécquer le pareció al comisario de lo más acertada.

—Espero que sea consciente de que con esta gente no le van a funcionar las bromas.

—Lo que si va a funcionar es esto —respondió él blandiendo el arma del comisario.

—En ese caso… —Añadió Baltierra—, le sugiero que le ponga munición.

Bécquer se quedó sin aliento, el excomisario sacó entonces un puñado de balas de un bolsillo.

—¿Me la devuelve?

Bajaron del coche y caminaron hacia la inspectora.

—No sabemos qué nos vamos a encontrar, lo que tengo claro es que abrirán fuego en cuanto nos vean.

Baltierra daba vueltas a cómo proceder cuando, encaramados a unas rocas, por fin vieron a Elena a unos ciento cincuenta metros.

—Ya sabemos que está viva. ¿Qué hace? —preguntó Bécquer.

—Desde aquí no lo distingo —respondió el excomisario.

El cómico cogió entonces su móvil.

—Esto es mejor que unos prismáticos, ya verás qué zoom .

Acercó la imagen hasta que lograron distinguir la escena: Elena cavaba mientras aquellos dos indeseables fumaban un cigarrillo apoyados en el capó del coche.

—Si les entramos por detrás, o por delante, da igual: es un espacio abierto, nos van a ver. No tenemos manera de ser sigilosos. —Baltierra comenzaba a ponerse nervioso al no encontrar un plan de acción.

—Pues entonces que nos vean —apostilló Bécquer.

—¿Qué quiere decir?

—Que vamos a seguir la misma estrategia que en el intercambio de droga.

Baltierra puso los ojos en blanco.

—¿En serio?

—Van a tener un dos por uno: me entrego y me pongo a cavar con Elena, centro su atención y usted interviene. De primero de película de acción.

El excomisario lo miró, aceptando que de las escasas opciones que tenían esa era la única que podía funcionar.

Elena seguía cavando mientras calculaba cuántos pasos tendría que dar para estamparle la pala en la cara a uno y reducir al otro.

«Mientras te sigan apuntando desde lejos es difícil, ten paciencia».

Levantó entonces la mirada y, en el horizonte, distinguió una figura que se acercaba caminando, ondeando una pieza de tela blanca. «Joder, Bécquer…».

A medida que se acercaba, el cómico pensaba en la posible inutilidad del plan. «Estoy confiando en un hijo de puta —pensó—, pero, por otra parte, me estaba contando muchas cosas; si salimos de esta, parece que va a tirar de la manta… Madre mía, menudas pistolas llevan…».

Los dos matones abandonaron enseguida su relajada postura sobre el capó.

—No pierdas de vista a la muchacha —dijo el que parecía dar las órdenes—. De este pendejo me encargo yo. —Dio un par de pasos hacia Bécquer y gritó—: ¡Las manos arriba!

Él escuchó la orden y no dudó en obedecerla.

—¡Ya tenía una arriba! ¡No dispare!

Siguió avanzando hasta encontrarse a menos de veinte metros.

—No se detenga —le ordenó el matón—, póngase al lado de la señorita.

Bécquer obedeció.

—¿Me echabas de menos?

Elena sonrió y contestó:

—Un poco.

El bonito reencuentro se vio frustrado cuando el cómico recibió el golpe de una pala en los pies.

—Dele —le ordenaron.

—No había nada más típico, ¿en serio? —protestó.

—Lo mismo les dije yo —añadió Elena.

—Es que no es ni medio normal —continuó protestando, con el objetivo de distraer a los dos captores lo máximo posible.

Elena comenzó a ponerse nerviosa con la verborrea incontrolable de Bécquer, pero el cómico la miró y ella entendió que formaba parte de un plan. Por si Elena tenía alguna, el artista dejó de lado la sutileza.

—O sea, que pretenden quedarse ahí plantados mientras nosotros cavamos… Qué poca vergüenza, estarán ahí quietecitos mirando y nosotros pala en mano; ahí tranquilos, sin mirar atrás.

Elena entendió la indirecta y por el rabillo del ojo vio a Baltierra acercándose por la parte de atrás del coche. Disimulando su sorpresa, agarró con fuerza el mango de la pala: el momento final se acercaba.

El excomisario, con todo el sigilo posible, rodeó el coche, y, de manera súbita, ganó la posición a los captores.

—¡Suelten las armas! —gritó.

El más cercano a él abrió fuego. Baltierra logró parapetarse tras el vehículo.

Cuando sonó el primer disparo Elena giró sobre sí misma para coger impulso y estrelló la pala contra la cabeza del segundo de los hombres.

Entonces, el que daba las órdenes se giró de cara a Bécquer. El disparo enmudeció el desierto.

Cuando el esbirro recibió el impacto de la bala, cayó de rodillas y un hilo de sangre brotó del interior de su boca; al cabo de un instante, la cara impactó contra el suelo. Bécquer no dejaba de temblar.

—Me iba a matar —dijo con voz entrecortada—, me ha salvado Baltierra.

Elena lo abrazó y lo condujo del brazo hasta donde estaba el excomisario. Rodearon el coche y lo encontraron tendido en el suelo.

—Ha recibido un balazo —confirmó Bécquer.

Baltierra luchaba en el suelo por sobrevivir mientras el cómico presionaba la herida del estómago con su pañuelo.

—Aguante comisario, lo sacaremos de aquí —le dijo Elena.

El excomisario tomó la mano de la que, durante tantos años, había sido su protegida y al mismo tiempo su objetivo.

—Elena, yo no salgo ya de aquí, escúchame…

—Le costaba mucho hacerse entender, poco a poco se iba apagando—.

En mi casa, ahí está todo, donde está ella…

—Las palabras inconexas no tenían sentido—.

Ella lo sabe todo… Se lo tenía que haber dicho…

Perdóname Elena… Quise y no pude. —Dos enormes lágrimas rodaron sobre la mejilla de la inspectora.

Mientras la vida se le escapaba, Baltierra logró añadir un par de palabras más—.

Serrano es uno más, ella lo tiene todo… El embajador…

Y así, con los ojos abiertos y en brazos del cómico al que no soportaba, su mirada se apagó para siempre.