Bécquer en París 31 No mires abajo
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31 No mires abajo

NO MIRES ABAJO

La comunicación con Elena se había cortado de repente. Bécquer, al principio, no le dio mayor importancia. «Aquí apenas hay cobertura», pensó. La señora Patricia continuaba apurada su relato, lo cierto es que el doctor Castillo había encontrado en esa mujer una confidente.

Desde el primer momento, el señor Martínez no le había parecido a Patricia distinto de cualquier español excéntrico y con dinero que se instalaba en México para retirarse, pero con el paso del tiempo, su percepción fue cambiando.

Le sorprendía la soledad en la que vivía, nunca una sola visita, y las llamadas telefónicas cada día escaseaban más.

Era cierto que durante un tiempo pareció interesado en una mujer de la vecindad, pero apenas intercambiaron un par de citas antes de descartar por completo el hacerse compañía.

En cualquier caso, nunca sospechó que se trataba de un hombre que ocultaba su verdadera identidad.

Los días para el doctor Castillo transcurrían iguales: levantarse por la mañana, hacer un par de tareas de la casa, leer la prensa y salir a pasear; prepararse la comida, dormir la siesta, pasear de nuevo, y así todos y cada uno de los días de la semana: lo que parecía la mejor manera de evitar la cárcel terminó convirtiéndose en una.

La primera vez que Serrano entró en su despacho, Castillo entendió que acababa de firmar un pacto con el diablo…

y le dio igual. Su carrera como médico no había llegado a ningún sitio, ser forense no era precisamente el sueño de su vida, pero una serie de malas decisiones le habían hecho aceptar los chanchullos de Serrano.

Lo cierto es que el Gigante tenía el don de encontrar a personas siempre ahogadas por la necesidad, y, en el caso del forense, era una deuda contraída por su afición a las cartas difícil de cubrir.

Era, sencillamente, dinero fácil. En aquel entonces lo que dijera el forense iba a misa, nadie lo contrastaba, llegó un punto en el que daba exactamente igual el disparate que escribiese en un informe.

No obstante, Castillo trató siempre de dejarlo todo atado y bien atado.

Se había convertido en un auténtico especialista: ya no solo falseaba documentos, incluso falseaba cuerpos, les producía las heridas de bala acordes con el informe, suturaba y escondía las puñaladas originales…

Había que reconocerle que, en lo suyo, era un número uno.

Sus tarifas comenzaron a subir sin necesidad de pedirlo.

Lo habitual llegó a situarse entre cinco y diez millones de pesetas, dependiendo de quién fuese el cadáver.

En el caso de Antonio Izaguirre, nunca había recibido una suma tan importante.

Lo cierto es que se trataba de un asunto especialmente sensible, un policía del montón, pero querido y respetado en su comisaría, muerto por la torpeza más absoluta, algo poco habitual en Serrano.

El caso había acabado en manos de otro doctor, al que también untaron oportunamente para que su informe no viera jamás la luz.

Castillo recordaba perfectamente el cuerpo inerte de Antonio Izaguirre sobre la camilla, había sido apuñalado por la espalda.

Con gran pericia, cerró la herida dejándola imperceptible, había que tener un ojo muy fino y realmente saber qué se buscaba para darse cuenta; además, como mucho entraría el inspector del caso para que le contase lo que había, y ya se había ocupado Serrano de que no hiciesen muchas preguntas.

Castillo fue el encargado de clavar un cuchillo en el abdomen de Antonio para que las fotografías de la herida encajasen con el informe.

Lo siguiente fue sencillo: lo velaron unas horas con el uniforme puesto y de ahí a la incineradora; pocas cosas eran más fáciles de manipular que una viuda en estado de shock .

En total, y durante más de veinticinco años, el forense había falseado varios centenares de autopsias a lo largo y ancho de varios países.

«Es que es el mejor», solían decir sus compañeros, convencidos de que lo convocaban por su excepcional pericia: diferentes cuerpos policiales europeos contaban con él, y en España se había convertido en todo un referente, un fenómeno en lo suyo.

A medida que los años pasaban, Castillo entendió que la vida que iba a correr peligro era la suya.

Con la llegada del nuevo milenio, la cosa cambió, comenzaron a externalizarse los procesos, concursos públicos tiraron al traste las facilidades con las que contaba y, poco a poco, se fue quedando fuera de la trama.

—Poco curro hay para la vieja escuela como la nuestra, nos estamos quedando atrás. —Las palabras de Serrano parecían conformar una amenaza—. Tendrás que jubilarte, esta gente nueva quiere revisar muchas historias y eso puede ser un problema —le aseguró el corrupto.

Castillo soñaba con llevarse a sus dos hijas a algún país extranjero, pero Serrano tenía otros planes, y él cometió el error de pensar que su amada esposa lo apoyaría en sus tropelías.

No fue así: la noche en que le confesó todo fue la última en la que durmió en su cama: mal momento para tener cargo de conciencia.

Desde entonces, un exilio forzado. «No te preocupes, hombre —insistía Serrano ante un desesperado Castillo—, es lo mejor que te puede ocurrir; si tu mujer no quiere irse contigo, te buscas una nueva.

Piensa bien en lo que te voy a decir: para un hombre como tú, España es un peligro, pasan muchas cosas, hay accidentes; en cambio, si te retiras lejos, podrás seguir manteniendo a tu familia.

Si hay un cambio de dirección, las personitas como tú se acaban considerando cabos sueltos, y no me digas que no sería una pena un accidente de coche con las niñas en el asiento trasero.

Hazme caso, tienes dinero de sobra para desaparecer.

Coge este maletín, dentro tienes una nueva vida en México, ¡menudo destino cojonudo!

Te garantizo que, si sigues mis instrucciones, tu familia estará protegida para siempre».

Desde entonces, Castillo se limitó a ver la vida pasar y, de vez en cuando, a hablar brevemente con sus hijas.

Con el tiempo comprendió que la única manera de que estuviesen a salvo era hacer todo lo que Serrano le ordenase, y esa fue su mayor condena.

Cuando en las noticias vio que habían atentado contra un artista español y que la inspectora encargada era Elena Izaguirre, el mundo se le cayó encima.

No pudo evitar seguir con interés la historia, eran, finalmente, una pareja enamorada.

El doctor recordaba perfectamente a Elena en el velatorio de su padre, y, en las últimas semanas, la imagen del cuerpo sin vida de Antonio Izaguirre, la de su pequeña niña completamente destrozada, al igual que su madre o sus hermanos, le azotaban el sueño cada noche; Castillo sentía cada vez más la necesidad de confesar, y así lo hizo.

El cargo de conciencia se había vuelto insoportable y en doña Patricia había encontrado una buena amiga.

Una mañana cualquiera, le pidió que le sirviese un café y así, en la mesa de la cocina, el forense le desveló quién era en realidad, que había sido diagnosticado de cáncer terminal y que ahora, frente al espejo de la muerte, le atormentaba comprobar cómo había sucumbido a la codicia y sentía que debía hacer algo.

El problema fue que ya no le dio tiempo.

Doña Patricia se despidió de Bécquer deseándole suerte; él, por su parte, le hizo una última petición.

—Este es el teléfono de la hija del doctor.

Cuando regrese a España, hablaré con ella, pero creo que le gustará saber por usted que su padre estuvo bien cuidado y que, al final de sus días, trató de enmendar sus errores.

Espere unas semanas para llamarla, por favor.

Deme tiempo a darle la noticia a mi regreso a España.

Se despidieron entonces y Bécquer trató de contactar de nuevo con Elena.

—No entiendo qué ocurre —protestó con el teléfono en la mano. La distancia entre una pirámide y la otra era de varios centenares de metros—. ¿Por qué no contestas?

Comenzaba a ponerse nervioso cuando, a su lado, vio a un hombre con una enorme cámara de fotos retratando a su familia, y tuvo una idea.

—Caballero, ¿me podría hacer un favor? ¿Podría orientar el objetivo hacia la pirámide del Sol? Mi esposa está allí y no me coge el teléfono. —Muy amablemente, el hombre giró la cámara siguiendo la indicación de Bécquer y, a los pocos segundos, se la pasó.

El cómico repasó cada rincón hasta que lo que encontró lo dejó helado: vio cómo Elena bajaba acompañada de dos hombres; sin dudarlo, fotografió la escena y capturó la imagen de la pantalla de la cámara con su móvil.

Apurado, agradeció el favor y se dirigió a la escalinata.

Doña Patricia había descrito con detalle al hombre que vio salir de la casa del doctor Castillo y lo cierto es que la descripción se correspondía con uno de los dos hombres que ahora escoltaban a su pareja.

Tenía claro que era un secuestro. Con decisión, agarró la cuerda con la mano izquierda y comenzó a bajar los peldaños.

—Es que es una pared…, no mires hacia abajo, no mires hacia abajo. —La multitud de turistas que se agolpaban tanto subiendo como bajando no hacían nada sencilla la operación. Comenzó a sentir, a medio tramo, que el mareo lo bloqueaba—. Me voy a caer, se están llevando a Elena y me voy caer.

Una serie de puntos de colores aparecieron en su visión, el sudor iba en aumento y los empujones que recibía por detrás sin duda no ayudaban. Todo empezó a darle vueltas.

—¿Se encuentra bien?

Bécquer oyó a lo lejos la pregunta de un niño y fue incapaz de responder.

«Me voy a desmayar, me voy a matar aquí», se dijo justo antes de desvanecerse.

Notó que un fuerte brazo lo agarraba y lo levantaba como a un pelele, y que alguien cargaba con él y lo llevaba a la base de la pirámide.

Se sentó y comenzó a recobrar sus sentidos.

—Beba un poco —escuchó mientras le tendían una botella de agua.

Cuando volvió en sí, sus pensamientos fueron en una sola dirección: Elena. Entonces lo vio: delante de él, vestido como un turista más, estaba el excomisario Baltierra. Bécquer no entendía qué demonios estaba pasando.

—¿Baltierra? ¿Qué hace usted aquí?

El excomisario le tendió la mano y lo ayudó a incorporarse.

—Me apetecía visitar el país, tengo aquí viejos amigos, ¿y usted?

Bécquer optó por decir la verdad.

—Hemos venido siguiendo un rastro.

—¿E Izaguirre? —preguntó. La respuesta de Bécquer le heló la sangre.

—Se la están llevando dos hombres.

Baltierra sabía de quiénes estaba hablando.

—Pues vamos, esa gente no negocia. Elena está en un grave peligro.