30 Tequila y limón
TEQUILA Y LIMÓN
Teotihuacán estaba solamente a una hora y cuarto del hotel en el que se hospedaban.
La noche había sido complicada, ninguno de los dos había logrado pegar ojo.
La imagen del doctor Castillo metido en una bolsa no era fácil de desterrar de la cabeza, a eso había que unirle la responsabilidad a la que Bécquer parecía tener que enfrentarse.
—Es imposible que su hija lo sepa nunca —dijo visiblemente agobiado—. La mujer que me habló se refirió a él como señor Martínez: si lo van a enterrar bajo un nombre falso, su hija no tendrá nada que hacer, creo que debo llamarla.
Elena frenó en seco el impulso del cómico.
—Ni se te ocurra, ¿qué le vas a decir? ¿Que lo han matado por nuestra culpa?
Bécquer asintió, el sentimiento de culpa no dejaba de crecer.
—¿Crees que ha sido por eso? —preguntó, temiendo la respuesta.
—Siento decirte que no tengo la más mínima duda: nos estaban siguiendo, nos vieron entrar y fueron a por él.
La teoría de Elena le encajaba a medias.
—No entiendo por qué, no llegamos a hablar con él, el doctor no llegó a confesar nada… Y si nos vigilaban, lo saben… No sé qué decir.
La lógica de Bécquer era aplastante, pero a su vez también lo era la de Serrano, un malnacido que a 12 000 kilómetros de distancia, y simplemente con un teléfono móvil, seguía llevando a la pareja por el camino de la amargura.
A eso de las siete de la mañana, hartos de dar vueltas en la cama, decidieron bajar a desayunar.
—Yo creo que unos chilaquiles nos harán pensar con mayor claridad.
Bécquer no iba a dejar pasar la oportunidad de disfrutar de un manjar mexicano por muy tensa que fuese la situación.
—No entiendo cómo no pesas ciento veinte kilos —dijo Elena al ver el plato de totopos en salsa roja, huevos fritos y chorizo picado que el cómico se estaba metiendo entre pecho y espalda.
—Soy gallego, los gallegos tenemos buen diente y sabemos digerir.
Elena sonrió ante la tontería: en ese momento cualquier cosa que la pudiese distraer era bienvenida. Entre plato y plato de Bécquer, Izaguirre disfrutaba del café.
—Esto lo hacen increíble —apuntó señalando la taza. Cuando tomó la última gota, un televisor silenciado que emitía noticias al fondo del salón llamó su atención—. Bécquer, mira. Es la casa del doctor.
Ambos se levantaron y se acercaron. Un programa de noticias circunscritas a la ciudad emitía un reportaje.
—Son los reporteros que vi ayer —puntualizó Elena. En la pantalla, a modo de mosca, el nombre del programa no dejaba lugar a la duda.
—Se llama Supernoticias , no hay lugar para ninguna baladí.
A Bécquer, una vez más, cualquier cosa le distraía y, sobre todo, le divertía.
Ambos leían los subtítulos: contaban que había aparecido muerto un señor de ochenta y dos años; según los primeros indicios, podría tratarse de un robo, ya que encontraron muy revuelta la estancia.
El reportero hizo entonces hincapié en que una llamada anónima a la policía habría declarado haber visto a un hombre y una mujer rondando la vivienda.
—¡No me jodas! —exclamó Bécquer—. ¡No me digas que nos han visto!
Elena tenía la cabeza a pleno funcionamiento.
—No lo creo, te habrían reconocido, ¿no eres tan famoso? Y, además, ¿una llamada anónima? ¿En serio? —La lógica de Elena era indiscutible, además de algo insultante—. Esto es muy raro.
Con el coche a todo gas, Elena conducía hacia el norte.
—Lo de vernos en las pirámides no me negarás que otorga a la situación un toque misterioso. A mí me parece una manera chulísima de mezclarse entre la multitud —puntualizó el cómico.
—Pues a mí me parece un poco una tontería, eso lo podría hacer también en el Zócalo o en la plaza Garibaldi escuchando a los mariachis —replicó Elena.
—En esto tienes razón, pero no me negarás que le da un toque de película de espías superguay.
Algunos de los asentamientos de las culturas precolombinas se habían convertido casi en parques de atracciones. La enorme cantidad de turismo que recibía Ciudad de México convertía Teotihuacán en parada obligatoria.
Aparcaron el coche y, al ver que incluso había presencia militar, Elena tuvo un brillante pensamiento.
—Que estés aquí es un cantazo, deberías evitar que te reconociesen. —Bécquer sabía que tenía razón—. Dame un segundo —añadió Elena mientras bajaba del coche.
Al cabo de unos minutos regresó con un pañuelo de colores y un sombrero de paja.
—Ponte el pañuelo en la cabeza y deja que caiga por los lados, encima el sombrero, y toma, el toque final.
Sacó de la guantera una de esas mascarillas que recordaban al infausto 2020.
—Odio esa mierda —protestó Bécquer.
—Lo entiendo, pero si algo bueno tuvo la pandemia es que ahora a nadie le extraña ver a alguien con mascarilla; con esto y las gafas de sol pasas a ser el hombre invisible.
—Bécquer estaba de acuerdo, la pregunta era cómo lo iba entonces a reconocer la mujer de la nota—.
Te reconocerá, te está esperando. —Elena estaba convencida.
Compraron dos tickets de adulto y, después de rechazar el servicio de media docena de guías, comenzaron a pasear por el complejo.
—Esto es maravilloso —dijo Bécquer, admirando las construcciones—, ¿sabías que hacían sacrificios humanos? Es algo que se ha perdido por culpa del puñetero wokismo .
Elena adoraba de Bécquer su capacidad para que todo fuese divertido; además, ya había entendido que su comportamiento solo atendía a dos categorías: bromeaba cuando estaba feliz, o cuando estaba muy nervioso, y esta vez el motivo era por lo segundo.
Llegaron a la zona central, y una vez allí, se dieron cuenta de que la nota no especificaba a qué pirámide debían dirigirse.
—No me lo puedo creer —dijo Bécquer decepcionado—, las pirámides son dos, la del Sol y la de la Luna, y aquí no dice en cuál de las dos debemos encontrarnos; además, esto está que revienta de gente, ¡putos guiris!
Elena miraba a su alrededor, el cómico tenía razón.
—Pues nos separamos —sugirió la inspectora—. Tú ve a la de la Lima y yo a la del Sol. Ponte el auricular y llámame, estaremos conectados en todo momento.
Bécquer obedeció la orden, se bajó la mascarilla y besó a Elena al despedirse.
—Ten cuidado con las lanzas —sugirió.
—¿Qué lanzas? —preguntó sorprendida.
—Todo esto que ves aquí, este gigantesco pasillo, era por donde tenían que huir, en dirección a un maizal, los pobres diablos a los que iban a sacrificar; zigzagueaban tratando de no morir ensartados por las lanzas que les tiraban desde la pirámide; si llegaban al maizal, entonces salvaban la vida.
—Bécquer se ponía muy estupendo cuando compartía algún dato.
—Entonces me daré prisa —respondió Elena y se alejó entre la multitud de turistas que, tan temprano por la mañana, ya daban buena cuenta de sus teléfonos móviles para inmortalizar el maravilloso lugar.
Bécquer miraba nervioso la hora en su reloj, ya pasaban un par de minutos de las diez y nadie se había dirigido a él. Elena, por su parte, estaba a los pies de la pirámide del Sol observando en tensión sin tener tampoco noticia alguna.
—Voy a subir a la base de la pirámide —le dijo la inspectora—, a ver si ahí nos contactan; sube tú a la tuya.
La orden de Elena no fue acogida con gusto, la escalinata se presentaba como una pared vertical.
Para subir el primer tramo de escaleras tenías que agarrarte a unas cuerdas de seguridad que habían instalado con buen criterio.
Sin pensarlo mucho, Bécquer comenzó a subir uno a uno aquellos peldaños que tenían más de mil quinientos años.
Cuando llegó a la cima y se dio la vuelta, los ojos se le metieron para dentro.
—Es una pared, Dios. —El entorno comenzó entonces a darle vueltas—. Elena, esto es altísimo —dijo mientras se sentaba en el suelo.
—¿Estás bien? —le preguntó al notarlo apurado.
—Sí, sí, es que no contaba con que fuera tan alta.
Tembloroso, el cómico se puso de pie y se alejó todo lo que pudo del principio de la escalera. Discretamente se quitó la mascarilla y se puso a caminar entre los turistas que se sacaban fotos.
—Elena, ¿te han contactado?
La respuesta negativa volvió a mosquear al cómico. Entonces, la mujer que le había entregado la nota se presentó ante él.
Patricia era una mujer de gran belleza, de rasgos indígenas. A Bécquer le costaba calcular su edad, su estimación rondaba entre los sesenta o setenta. Le estrechó la mano y notó que debía de haber pasado la vida trabajando con ellas.
Ella, tosca en las maneras, no se anduvo con rodeos.
—El señor Martínez sabía que antes o después ustedes vendrían a visitarlo, su hija española lo avisó.
—Bécquer se sintió entonces el tipo más idiota del planeta, ¿cómo una hija no iba a advertir a su padre?
—. Los estaba esperando, por eso me sorprendí cuando los vi salir a hurtadillas, no era necesario.
—Elena escuchaba la conversación a través del teléfono sintiéndose exactamente igual de idiota—.
He limpiado su casa por veinte años; al principio no sospeché nada, pero en los últimos tiempos el señor estaba muy enfermo y tenía un enorme cargo de conciencia.
Me dijo que en España había colaborado con gente muy mala, que lo había hecho únicamente por dinero, pero que ahora que la muerte se acercaba quería arreglarlo, necesitaba volver y conocer a sus nietas. Solo hablaba de eso.
—¿Usted sabe que no se llamaba Martínez? —preguntó el cómico. Patricia asintió.
—Me contó que era doctor en España y que había trabajado para policías corruptos; como comprenderá, en México de eso sabemos mucho.
Hace unos días empezó a ponerse muy nervioso, dijo que creía que dos hombres lo seguían en un coche enorme.
Yo le dije que eran suposiciones suyas, que por qué iban a seguir a un viejito.
Y entonces me lo contó todo. Sé que a esa novia suya le mataron al papá hace muchos años, el señor Martínez lo llevaba en la conciencia.
Elena se quedó helada.
—¿Le dijo quién fue? ¿Quién lo hizo? —Patricia asintió con la cabeza.
—Me contó que aquella noche el papá descubrió todo y que lo mataron para que no hablase, me dijo que fue su compañero quien le tendió la trampa.
—Elena escuchaba con atención—. Deben tener cuidado, si lo he citado aquí es por miedo, aquí no levantamos sospechas.
Cuando ustedes se fueron de la casa, un hombre entró.
Al irse, acudí a mirar y encontré muerto al señor.
Sé que ustedes no fueron, pero deben tener cuidado.
Bécquer trataba de asumir lo que Patricia les contaba, consciente de que habían perdido una oportunidad única.
—Teníamos que haber ido de frente, lo sabía. ¿Has oído, Elena? Ya sabemos quién le tendió la trampa a tu padre. ¿Elena?…
La inspectora caminó tan despacio como le ordenaron, el frío cañón de la pistola se clavaba en su espalda haciéndole sentir un dolor profundo.
—Camina, niña.
Un hombre la encañonaba mientras otro le agarraba el brazo derecho, el mismo que le había arrancado el auricular de la oreja y el teléfono de la mano. Uno tras otro fueron descendiendo los peldaños de la pirámide.
—Si abres la boca, te mato; si avisas a la policía, te mato; si te tropiezas, te mato.
Elena respiró hondo y preguntó.
—¿Quiénes sois?
—Somos los diablos que te van a enterrar en el desierto.