29 Bajar escaleras no es cosa baladí
BAJAR ESCALERAS NO ES COSA BALADÍ
Elena volvió a recibir una bofetada de realidad cuando, teléfono en mano, se dio cuenta de que no podía llamar a Diego para que le echase una mano con los números de cuenta que acababan de localizar.
Su compañero permanecía en coma a la espera de recuperarse de alguna manera que Elena desconocía.
Solo de pensar en que no despertara, o que lo hiciera y las secuelas fuesen terribles, notaba cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.
Por la ventanilla del coche, veía a Bécquer desenvolviéndose en la calle: si algo tenía ese hombre era que, fuese cual fuese la circunstancia, siempre parecía feliz.
«No sé cómo lo hace», pensó al escuchar la contagiosa risa del cómico.
Bécquer le había pedido que detuviera el coche junto a un puesto de comida.
—Ahora sí que paras o me bajo en marcha. —La orden fue tan clara que Elena no tuvo más remedio que frenar en seco—. Hay maravillosas taquerías e increíbles restaurantes en este país, pero a mí me gusta comer en la calle. Si no paramos aquí, en el centro de la ciudad ya no son tan buenos.
Se bajó del coche y se acercó a uno de los carros que había en las aceras.
Elena lo observaba con detenimiento, el cómico era capaz de comenzar una conversación en cualquier momento.
La señora que atendía el carro debía de rondar los ochenta años.
Con sus arrugadas manos, colocó varias tortas de maíz sobre una plancha, y, cuando comenzaron a estar calientes, echó encima una carne en salsa.
Coronando el guiso, un poco de cebolla roja picada y unas pequeñas briznas de cilantro.
Bécquer no necesitaba más, pero tampoco era capaz de conformarse con menos.
—«Birria» se llama, me hace gracia la palabra porque es justo lo contrario, «maravilla» debería llamarse —explicaba Bécquer entre bocado y bocado.
Entró en el coche masticando.
—Esto es increíble, la señora se llama Lupe, para que no falte el tópico. Lleva toda la vida en su puestito, menuda mano tiene.
Elena se rindió a la fragancia del manjar, y empezó comiendo y acabó devorando con fruición y sonriendo como una niña pequeña.
—La verdad es que está increíble —confesó rendida.
—Deberíamos quedarnos aquí una buena temporada —sugirió Bécquer.
—Me encantaría —respondió Elena—, pero primero tenemos que terminar con esto de una vez por todas.
Él sintió de nuevo la decepción que ella era incapaz de disimular: por cada pequeño paso que daban hacia delante, lamentablemente daban dos hacia atrás.
—No sé qué hacer con esto —dijo Elena, señalando los números de cuenta—, no me atrevo a pedir favores a nadie en comisaría.
Bécquer cogió el teléfono de su bolsillo.
—No hace falta, ya sabes que tengo amigos para estas cosas.
Una vez más, dejaba claro que había que tener amistades hasta en el infierno.
Ambos llegaron exhaustos al hotel. Mientras Elena prácticamente se derrumbaba en el sofá, Bécquer se desnudaba con la única preocupación de que llevasen su americana al mejor tinte de la ciudad.
—Si se entera Félix Ramiro de que me he rebozado en polvo, no me vuelve a hacer un traje —se lamentó.
—Es un tipo estupendo, sabes que no es capaz de enfadarse contigo —replicó Elena.
—Ya lo sé, me quiere mucho y yo a él. Entre artistas nos entendemos bien.
El cómico terminó de asearse y volvió al salón ataviado con un albornoz. Se sentó en el extremo del sofá y puso las piernas de Elena sobre su regazo.
—En un rato tendremos la información sobre las cuentas bancarias, te propongo que nos distraigamos un rato y volvamos a la carga mañana.
Elena miró a Bécquer.
—¿A qué te refieres con «distraemos un rato»?
El artista de repente se puso colorado.
—No sé.
—Igual lo que quieres es ver una película —lo provocó Elena.
—Pues sí, una para adultos.
Y con las mismas Bécquer se quitó el cinturón del albornoz y se abalanzó sobre ella, quien lo recibió con las puertas abiertas.
La feliz pareja descansaba abrazada y ataviados ante el televisor él con su albornoz y Elena con una toalla. Iban pasando canales con desgana hasta que por fin el teléfono de Bécquer comenzó a sonar.
—Aquí lo tenemos —exclamó el cómico—. Cuéntame cosas —añadió.
—Veo que tus líos nunca terminan, menudo empeño tenéis tú y tu novia en acabar mal. Sin duda, un «buenas tardes» habría sido más oportuno.
—No te pongas estupendo, que no es propio de ti, ya sabes en medio de lo que estamos.
—Bueno, yo lo que quería era avisarte. Esto que me envías, efectivamente, son números de cuentas opacas. He hecho un pequeño rastreo, nada especial, y te puedo adelantar que forman parte de un entramado societario para blanqueo de capitales, es bastante rudimentario.
La primera parte ya hizo que Elena, quien escuchaba la conversación en altavoz, quisiera tomar parte.
—¿Y quién hace los pagos?
—Vaya, vaya, la famosísima Elena Izaguirre, esto cambia la película. ¿Sabe usted que tiene un novio especialista en meterse donde no le llaman?
Elena miró a Bécquer con una sonrisa.
—Sí, es precisamente lo que me enamoró de él. —El cómico no se esperaba esa respuesta—. Y ahora que ya nos hemos puesto cursis, dígame quién está detrás de los pagos a Castillo. —La firmeza en la orden de Elena provocó que la respuesta fuese inmediata.
—Le han hecho pagos de manera recurrente hasta el día de hoy, tiene pinta de que es un sueldo para mantenerlo callado. Los movimientos de cantidades considerables son antiguos; de hecho, le puedo decir que la cuenta principal se abrió en su momento con cincuenta millones de pesetas, una pasta.
—¿Tiene los movimientos con fecha? —preguntó Elena.
—Sí, todos. Ahora se los mando por correo.
Bécquer añadió entonces otra pregunta.
—¿Y puedes saber quién envía el dinero?
La respuesta fue decepcionante para ambos.
—Eso es lo más complicado, necesitaría un poco más de tiempo: si bien es sencillo acceder a las cuentas del tal Castillo, rastrear los emisores me llevará algo más de tiempo. Dadme un par de días.
En cuanto terminaron la llamada, Bécquer se levantó y sacó el ordenador portátil de su bolsa.
—Aquí lo veremos mejor que en el teléfono.
Elena no pudo evitar reírse un poco de él.
—Cada día ves menos, deberías ir al oculista.
Sabía que todo lo relativo al paso del tiempo enfadaba al eterno Peter Pan sobremanera.
—Que me dejes —respondió el cómico. Accedió rápidamente a su correo electrónico y ahí estaban los PDF con la información que acababan de enviarles—. Pues sí que le han aflojado pasta al caballero —dijo al ver la pantalla.
—Solo quiero ver una fecha —dijo Elena, y repasó el documento—. Aquí lo tienes, lo sabía.
Bécquer no tenía claro a qué se refería, pero tampoco tenía opción de preguntarle, ya que, en cuanto terminó la frase, salió rauda hacia el dormitorio. En pocos segundos volvió a entrar en el salón terminando de ponerse una camiseta.
—Te has vestido en tiempo récord —dijo Bécquer al verla.
—Porque no vamos a esperar a mañana para visitar al doctor: ponte algo, que nos vamos.
Él le pidió que se calmase.
—Dime qué es lo que tienes tan claro, por favor.
Elena se sentó de nuevo al lado de Bécquer y señaló la pantalla del ordenador.
—Fíjate en el importe de estos pagos, aún están en pesetas, pero son como veinte mil euros cada vez, ¿y ves que se repiten?
—Él asintió sin tenerlo claro del todo—.
Ahora fíjate en las fechas en las que se producen los pagos, ¿no te suenan?
—Elena, por un momento, pensó que Bécquer lo tenía tan memorizado como ella.
—Elena, yo veo fechas, pero no logro saber a qué te refieres.
Ella entendió entonces que el bueno de Bécquer no llevaba tanto tiempo detrás de aquello.
—Te lo voy a poner más fácil con un ejemplo, mira la fecha de este pago: cuarenta y ocho horas después de la muerte de mi padre.
El cómico, entonces, lo entendió.
—¿Es el pago por falsear la autopsia?
—Es exactamente eso, y el resto ya te digo que va a ser lo mismo. —Abrió un nuevo archivo—. Mira el resto: cada una de las fechas que recabamos en el archivo de la policía se corresponde con un pago, fíjate, uno tras otro.
Bécquer entonces lo vio claro.
—En cuanto sepamos quién hacía los pagos, tendremos pruebas para acabar con él, solo queda esperar a que mi amigo nos consiga la información.
A Elena la conclusión de Bécquer le funcionó a medias.
—Eso está muy bien para la investigación policial, pero yo ya no formo parte del Cuerpo. Castillo me va a decir hoy mismo quién le dio dinero por encubrir el asesinato de mi padre. Y créeme cuando te digo que como policía me puedo controlar, como hija, ya veremos.
Cuando Elena arrancaba la moto se convertía en imparable.
Bécquer llevaba tiempo tratando de calmarla, consciente de que el desafío emocional al que se enfrentaba era de una magnitud enorme.
Cada día era una aventura distinta, a Bécquer comenzaba incluso a rondarle la imagen de una partida a la ruleta rusa: eso comenzaba a ser Elena, una fuerza incontrolable llena de un sentimiento de justicia que empezaba a convertirse, de manera preocupante, en venganza.
Salieron del hotel en dirección a la casa del doctor Castillo.
—En cuanto nos diga quién demonios le pagaba, resolveremos esto de una vez.
Bécquer asentía, consciente de que no iba a ser tan fácil; no obstante, confiaba en que, de una manera o de otra, el doctor tuviese suficiente grado de conciencia para ayudar a una hija desesperada: en el bolsillo llevaba la carta de la llamada a su propia hija.
«Me dolerá hacerle pasar por eso, pero el motivo bien lo merece».
Tardaron más de una hora en llegar al norte de Ciudad de México y el trayecto transcurrió con Elena en silencio. Cuando doblaron la última esquina, se sorprendieron al ver varios coches de la policía y una ambulancia delante de la casa.
—¿Qué está pasando? —preguntó Elena. Bécquer, igualmente sorprendido, optó por no detenerse.
—Seamos curiosos pero no tanto —dijo mientras bajaba la velocidad al pasar delante de la vivienda. Elena escudriñó cada detalle pensando en voz alta.
—Aquí ha pasado algo, no es solo una urgencia médica. Para el coche ahí delante.
Bécquer aparcó y ambos bajaron y caminaron en dirección a la casa. Varias decenas de personas curioseaban alrededor de la escena.
—Me voy a acercar yo, a ti te pueden conocer.
—Te espero aquí —respondió el cómico y vio a Elena alejarse calle abajo.
Los nervios comenzaban a hacer mella en la expolicía, algo ocurría en su interior que se antojaba difícil de controlar, llevaba ya demasiados años en el Cuerpo como para no ser consciente de lo que había podido ocurrir.
Con toda la discreción de su oficio, pegó la oreja entre los curiosos con el fin de obtener información.
«Es la casa del señor español», oyó por un lado; «Lo han encontrado muerto», sonó por otro. Elena dio un paso al frente e, impostando un leve acento mexicano, preguntó a uno de los hombres que más enterado parecía.
—Dicen que han entrado a robar y han asesinado al pobre señor. Mire, por ahí llegan los reporteros.
Efectivamente, algo grave había sucedido porque hasta un par de agencias de prensa acababan de hacer su entrada.
Elena había decidido regresar al coche cuando una imagen se clavó en su retina: tres sanitarios sacaban una camilla con un cuerpo envuelto en una bolsa de plástico negra.
«El doctor Castillo —pensó Elena sin dudarlo—, no me lo puedo creer».
Bécquer esperaba nervioso oteando la escena en la distancia. Observó cómo Elena se mezclaba entre los curiosos, la vio incluso charlando con varios de ellos. De repente, una mujer se dirigió a él a su espalda.
—Señor Bécquer. —Él lamentó lo inoportuno de que lo reconocieran justo entonces.
E iba a darse la vuelta para encararla cuando la mujer le ordenó que no lo hiciera—.
Ayer lo vi salir de la casa del señor Martínez junto a una señorita.
—El cómico se quedó sin aliento—. Tenga esto.
—Deslizó un pequeño trozo de papel en la mano del artista—.
No se preocupe, sé que ustedes no le hicieron nada, fue el hombre del tatuaje.
Bécquer estaba confuso. Miró el trozo de papel en su mano y entonces se decidió a girarse y a poner las cosas claras. Pero cuando lo hizo, ya no había nadie.
Elena lo encontró atribulado.
—¿Qué te pasa? Ni que hubieras visto un fantasma —dijo Elena con preocupación.
—Verlo no, pero oírlo quizá.
Entonces, compartió con él lo que había sucedido.
—Saben que estamos aquí, no tiene otra explicación —dijo Elena.
—Eso no lo dudo —confirmó Bécquer—, pero hay más, mucho más.
Le entregó el trozo de papel y le contó lo que acababa de ocurrir con la misteriosa mujer mexicana. Elena lo abrió y leyó en voz alta:
—«Pirámide de Teotihuacán. 10 a. m. Ahí conocerán la verdad».
—Parece que alguien quiere vernos. Vámonos de aquí. Mañana tenemos que madrugar.