Bécquer en París 28 No te atreverás #2
65%

28 No te atreverás #2

Giró sobre sí misma repartiendo golpes que el cómico iba encajando con entereza hasta conseguir adoptar otra posición, y sonrió al ver lo que había descubierto: una lama del parqué se había levantado.

—Aquí es, Bécquer, mira.

El cómico hizo lo que buenamente pudo para girarse. «Se me tiene que estar poniendo bonita la americana», pensó. Cuando ambos podían ver la lama misteriosa, Elena la retiró con cuidado. Con un sencillo clic, la madera se levantó, dejando a la vista un archivador metálico.

—Bingo —exclamó Bécquer—, por fin una buena noticia.

—No lo puedo sacar —dijo Elena—, no hay espacio. La grada de esto está en que tienes que mover la cama.

Se miraron, sintiéndose profundamente estúpidos, un golpe de mala suerte los había colocado en esa situación, pero uno de exactamente todo lo contrario parecía acercarlos al objetivo. El problema estaba en que no veían cómo salir de la situación ni de debajo de la cama.

—Hace rato que el viejo no hace ruido —dijo Bécquer susurrando—, voy a ver.

Elena se revolvió enseguida.

—Ni se te ocurra moverte —le ordenó. Bécquer hizo caso omiso.

—Me parece que Castillo es de los míos: se ha metido en el cuerpo un par de tacos y se ha puesto a roncar. ¿No ves que solo se oye la tele?

Convencido de lo que estaba haciendo, el cómico se arrastró despacio y salió de debajo de la cama, se incorporó al lado de la puerta y, con sigilo, comenzó a asomarse muy despacio.

El doctor Castillo dormía como un bendito en el sofá, completamente tumbado y con el mando a distancia descansando en su mano derecha. Daba la sensación de que, si apuraba un poco, engancharía con el día siguiente.

—Está dormido —susurró Bécquer al volver al dormitorio—, movamos la cama —ordenó con seguridad.

Elena salió del escondrijo y entre los dos la desplazaron con sigilo y retiraron el archivador oculto en el suelo.

—Esto es súper emocionante —dijo Bécquer, convencido de que habían encontrado un tesoro—. ¿Nos lo llevamos?

—No deberíamos añadir el robo al allanamiento.

A Bécquer le pareció una gran idea no aumentar en exceso el número de delitos que estaban cometiendo.

—De acuerdo. Ábrelo y le hago fotos al contenido —sugirió, sacando de su americana el teléfono móvil.

Elena colocó el archivador sobre la cama; a lo lejos, la respiración del doctor Castillo y un leve ronquido les mantenía alerta. La caja metálica no se resistió a las habilidosas manos de la inspectora.

—En serio, mi amor, podrías dedicarte a la cerrajería si lo de la policía no te acaba de funcionar.

Ella lo miró sin tener claro si lo que le acababa de decir era una broma o una reflexión seria. Abrió la tapa del archivador y extendió sobre la cama una serie de carpetas de color azul.

—Aquí no parece que haya nada relevante.

Elena, de un vistazo, comprobó que la mayoría de los documentos eran los habituales que cualquier persona conserva en casa: escrituras de propiedades, bonos del tesoro, documentación bancaria y fotografías antiguas. Bécquer tomó una de las fotos, en la que aparecía su amiga la doctora.

—Estaba potente la señora, las cosas como son. —Elena se la arrancó de cuajo de la mano—. Perdón —dijo él.

La frustración de Elena iba en aumento.

—No tiene nada a su nombre, tu amiga la doctora sexi parece que es bastante mentirosa. Todo está a nombre de ella.

Bécquer cogió varios documentos y corrigió a su pareja.

—No, es el de la hija de la doctora, el segundo apellido es el que cambia, es el paterno, ¿lo ves? Me da que la nieta del doctor se lleva regular con su padre.

—Da igual, para el caso que nos ocupa, no tenemos nada.

Elena continuó revolviendo la documentación hasta que encontró unos justificantes de cuentas bancarias en diferentes paraísos fiscales.

—Fotografía esto —le ordenó—, vamos a ver si podemos conseguir algo.

Bécquer se apresuró a tomar las fotografías y volvieron a meter la caja en su sitio. Con sumo cuidado colocaron de nuevo la cama en su lugar.

—Ahora toca salir de aquí, yo ahí debajo no me meto de nuevo. Mira esta mancha —añadió, señalando la americana—, como no salga me las va a pagar este cabrón. ¡Que debajo de la cama también se limpia!

Elena chistó a Bécquer por enésima vez.

—La casa es de planta baja, comprueba que sigue dormido y saldremos por la ventana.

Bécquer se asomó entonces otra vez a la puerta.

—Dormido pero dormido. Vámonos.

Elena abrió la ventana en el sepulcral silencio, sin esfuerzo alguno pasó la pierna derecha por el marco y en un pequeño salto ya estaba fuera. A Bécquer le costó un poquito más.

—Desde fuera no voy a poder cerrar la ventana —se lamentó.

—Cuando la vea abierta, pensará que ha sido el viento o un descuido, ¡vámonos! —Le urgió la inspectora.

Nuevamente a cuatro patas, Bécquer y Elena rodearon la casa y saltaron el muro que daba a la calle. Apurando el paso, llegaron al coche y respiraron por fin cuando Elena arrancó y metió primera.

—Vamos a comprobar para qué son esas cuentas bancarias y volveremos a visitar al doctor, pero esta vez lo querré despierto.

Elena dejó medio neumático pegado al asfalto al iniciar la marcha: que se notase bien que estaba en medio de una cacería.

El coche dobló la esquina y se dirigió al centro de Ciudad de México. No pensaban en nada más que en lo que tenían por delante, sin imaginar lo que tenían por detrás.

Una pick up Ford color azul, de esas que en Europa ni siquiera se comercializan porque no cabrían en ningún garaje, se mantenía discretamente apostada a unos veinticinco metros de distancia.

—Tenía usted razón —dijo el copiloto con un bravo acento mexicano—, han visitado al doctor… No creo que hayan hablado nada… Se colaron cuando salió de casa y ahora han huido trepando el muro… Sí, se les veía apurados… De acuerdo… Ahora mismo, señor.

Colgaron la llamada y arrancaron; muy despacio rodearon la casa del doctor Castillo.

—Me encargo yo —dijo el copiloto mientras bajaba del coche—, no apagues el motor.

Con un aplomo y una seguridad inauditos, aquel hombre saltó el muro que lo separaba de la propiedad del doctor Castillo, cruzó despacio el jardín y observó cómo el pequeño doctor dormía en su sofá.

Abrió lentamente la puerta corredera que separaba el jardín del salón, entró y agarró uno de los cojines que adornaban una butaca, se aproximó al doctor y lo colocó sobre su cara.

Fueron apenas unos segundos; el doctor Castillo ni siquiera luchó, probablemente no fue consciente, entre sueños, de que la vida se le escapaba y con ella las escasas posibilidades de que Elena y Bécquer se acercasen, por fin, al demonio de Serrano.