Bécquer en París 28 No te atreverás
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28 No te atreverás

NO TE ATREVERÁS

Bécquer y Elena vigilaban la casa del doctor Castillo desde el coche. Llevaban allí sentados casi dos horas y el cómico, como era de esperar, comenzaba a impacientarse.

—Voy a bajar a comprar unos tacos —dijo, echándole mano a la manilla de la puerta.

—Tú no vas a ningún sitio, podría salir en cualquier momento —replicó Elena con su clásica y sonora brusquedad policial.

—Venga, hombre —protestó el cómico—. Llevamos aquí la de Dios y tengo hambre.

Elena suspiró de nuevo.

—Eres como un niño pequeño: si estamos de vigilancia, habremos de estar concentrados.

Bécquer contragolpeó.

—Me concentro muchísimo mejor con el estómago lleno.

El directo a la mandíbula de Elena no se hizo esperar.

—En cuanto comes, te duermes: nada de concentración.

La pareja continuaba con la discusión cuando el argumentario de Bécquer se vio súbitamente interrumpido.

—Mira, está saliendo alguien —dijo Elena.

Del interior de una vivienda baja salía un hombre que debía de rondar los ochenta años, de corta estatura y con ciertas dificultades al caminar.

—Confirma que sea él —le ordenó Elena y él buscó con celeridad la foto del doctor en el móvil y se apresuró a compararlos.

—Buf, yo creo que sí, pero podría tratarse de otro viejo.

A Elena se le escapó una pequeña carcajada: lo de Bécquer refiriéndose a las personas mayores como «los viejos» era un clásico de su comedia.

—Es él, sin duda —confirmó Elena, comprobando cómo se alejaba—. No sabemos el tiempo que estará fuera, así que tenemos que ser rápidos.

Bécquer se mosqueó.

—Espera un momento, ¿la idea no era confrontarlo?

Elena abrió la puerta del coche.

—Si fuese así, hace dos horas que habría llamado a su puerta. Primero veamos qué tiene en casa, es imposible que no haya algún documento de la época.

Bécquer comenzó a ponerse nervioso.

—Elena, no podemos colarnos en su casa. Si nos pillan, estamos muertos; una detención y salgo en todas las noticias… y se acabó el doctor Castillo.

La exinspectora Izaguirre lo miró directamente a los ojos.

—No sabía que eras tan cobarde. —Y acercándose a escasos centímetros del cuello del artista, añadió—. ¿No te apetece una pequeña aventura?

Cuando Bécquer se quiso dar cuenta, Elena estaba forzando la puerta principal. Era muy habilidosa con las cerraduras.

—Pareces Nicolai —dijo Bécquer, lleno de admiración.

—Un comentario un tanto xenófobo, ¿no crees? —respondió ella mientras continuaba maniobrando—. A ver si por forzar una cerradura ya tengo que ser rumana.

Bécquer hizo ver que no entendía el comentario de Elena.

—Te lo digo porque Nicolai es el cerrajero de mi urbanización, ni siquiera sé de dónde es…, pero probablemente rumano, no nos vamos a engañar.

Elena abrió la puerta y empujó a Bécquer dentro.

—No te lo crees ni tú —dijo cerrando tras de sí.

En cuanto pusieron un pie en el vestíbulo, oyeron un pitido.

—¿Tiene alarma esta casucha? —Una vez más, Bécquer se revelaba como el esnob clasista al que muchas veces era incapaz de controlar.

—Eso significa que algo oculta —dijo Elena, plantándose frente al panel—. En diez segundos esto suena, no tengo herramientas para desconectarla. —Comenzó a sudar—. Hay que introducir un código; piensa, Elena piensa.

La ansiedad hizo su aparición: tantas horas de viaje y tanta esperanza arruinadas por una alarma.

No se lo podía creer. El incesante pitido iba cogiendo cada vez mayor ritmo, en apenas unos segundos la sirena iba a comenzar a llamar a todo el vecindario para que se uniese a la fiesta.

Cuando aquello parecía completamente irremediable, Bécquer dio un paso al frente y marcó en el teclado cuatro cifras: el pitido se evaporó en el aire, el panel de la alarma abandonó el color rojo y se puso en verde.

Elena no podía creer lo que acababa de pasar.

—¿Cómo has sabido el código?

Se le hizo la boca agua pensando en cómo revelarle su genialidad a su adorada compañera.

—Muy sencillo: la clave ha sido introducirme en la mente del doctor Castillo, tengo esa habilidad, soy capaz de abstraerme de todo lo conocido, es como en la película aquella del matemático: de repente, yo soy los números y veo los miles y miles de combinaciones posibles, por un instante yo soy un número más, siento que me mezclo con ellos y, como por arte de magia, van saliendo los cuatro…

Es algo que quería compartir contigo, pero me daba cierto reparo porque…

Elena interrumpió de golpe el relato de Bécquer y el autobombo.

—¿Qué tienes en la mano?

Él la abrió mientras le subían los colores a las mejillas. Elena tomó un pequeño trozo de papel amarillo, lo abrió y comprobó que allí estaba el código de la alarma.

—¿Y esto?

—Estaba en la puerta de la nevera; es un viejo, los viejos anotan cosas. Es de primero de detective, señora inspectora, normal que la hayan despedido de su trabajo.

Bécquer descubrió entonces lo muchísimo que duele que una inspectora de policía te retuerza el brazo y te ponga contra la pared.

—Todavía tengo elementos en activo —susurró Elena en el oído del cómico.

—No es necesario esto, agente.

Y cuando le soltó el brazo, él la quiso más que nunca.

El doctor Castillo no se privaba de nada.

Era una casa de planta baja de unos ciento cincuenta metros cuadrados, y la humildad de la fachada era precisamente eso: fachada.

Una vez que cruzaron el vestíbulo, se abrió ante ellos un espacio diáfano de lujo: sofá de diseño, un televisor de como mínimo cien pulgadas, equipo hi-fi de sonido…

—No se priva de nada el asqueroso —exclamó Elena.

Bécquer no pudo evitar disgustarse al escuchar el exabrupto: descubrir que Castillo se estaba pegando la gran vida a costa de la de Antonio Izaguirre y de la de otros muchos no debía de resultar nada fácil. Tomó la mano de Elena y afirmó:

—Si este hombre tuvo algo que ver con la muerte de tu padre, créeme cuando te digo que lo va a pagar hoy mismo.

Entonces, decidieron separarse para buscar de manera más eficiente.

—A ver si encuentras una caja fuerte, un cajón cerrado con llave…, cosas así —le ordenó Elena.

Bécquer se dirigió hacia los cajones de los muebles que había en el salón.

—Me preocupa dejarlo todo lleno de huellas —dijo con lógica. Dos guantes de látex impactaron de inmediato contra su mejilla.

—Hay que ir preparado si vas a hacer un registro, es de primero de detective.

Elena había recuperado la chulería, después de tirarle el par de guantes se giró y se encaminó hacia el dormitorio principal. Bécquer la observó alejarse dando gracias por poder vivir esos momentos a su lado.

El doctor Castillo había decidido esconderse a lo grande.

Como un mago que oculta sus mejores trucos, había adquirido, con gran inteligencia, una humilde vivienda en un barrio más humilde todavía, una casa anodina ante la que absolutamente nadie se detendría, ni mucho menos intentaría robar.

Al igual que el resto de las casas de la vecindad, tenía enrejadas puertas y ventanas, pero, sin duda, la mayor medida de seguridad era el perfecto disfraz de vivienda sin grandes recursos económicos.

Bécquer se puso los guantes protestando porque le quedaban pequeños.

Elena, minuciosa, empezó a escudriñar el dormitorio en busca de algo, no sabía qué buscaba, pero tenía claro que si existía allí lo podría encontrar.

Al cabo de unos minutos, el artista dio por terminada la caza del tesoro.

—¡En el salón no hay nada!

—Baja la voz —respondió Elena al instante—. Aquí tampoco —añadió—. Lo he revisado todo y no hay nada de nada.

En lo que Bécquer se disculpaba por haber gritado, el incesante ladrido de un perro comenzó a ponerlos nerviosos.

—Asómate con cuidado a la ventana y mira qué pasa.

Bécquer volvió al salón, apartó un poco la cortina y sus ojos se abrieron como platos al ver que el doctor Castillo estaba de regreso.

—Me cago en la madre que me parió.

Con esa poética frase, salió corriendo hacia el dormitorio.

—Es Castillo, vuelve con una bolsa de supermercado.

A la inspectora le cambió la cara.

—Si salimos, nos lo vamos a encontrar de frente —razonó.

—¿Y qué hacemos? —preguntó visiblemente agobiado el cómico.

—Escondernos y ver qué pasa.

Bécquer comenzó a dar vueltas.

—¿En el armario? —preguntó Elena.

—No funciona, ya me he visto en esas y es lo primero que miran, hazme caso.

Elena optó por no preguntar.

—Debajo de la cama, vamos.

Se metió rauda, y Bécquer comenzaba a hacer lo propio cuando se dio cuenta de un detalle fundamental.

—¡La alarma!

Se levantó y se lanzó corriendo al panel de la entrada, marcó de nuevo el código y volvió lo más rápido posible: sus piernas todavía estaban a medio esconder cuando el doctor Castillo entró en su casa sin sospechar que el cómico más famoso de habla hispana y la hija de una de sus víctimas apenas respiraban debajo de su colchón.

Desde donde estaban, ni Elena ni Bécquer acertaban a ver qué hacía Castillo.

—Si es que menuda idea de bombero venir a mediodía, la gente tendrá que comer —protestó el cómico—. Eso sí que es de primero de detective.

Elena se enfadó enseguida.

—Cállate, listillo. Tú tampoco pensaste en que fuera a regresar tan rápido. —En eso Elena tenía razón—. Ahora lo que tenemos que hacer es esperar.

Los minutos pasaban y los intrusos continuaban en la misma posición.

—Ha puesto la tele —dijo Bécquer—, debe de estar comiendo.

Yo tengo un hambre… Si me hubieras dejado comprar los tacos…

—Elena comenzaba a enfadarse de verdad—.

Sin contar con que, de vez en cuando, podría pasar la aspiradora debajo de la cama —añadió—, y luego, además, esta madera me está matando la rodilla izquierda: échate un poco para allá.

Forcejearon entonces queriendo ganar cada uno la mejor posición, y cuando Elena comenzaba a hacerse fuerte, un sonido metálico les hizo guardar silencio.

—¿Lo has notado? —preguntó Elena.

—Lo he notado desde que nos hemos metido aquí debajo, a mí también me pone la situación —respondió Bécquer.

—Eso no, idiota. Mira esto.