Bécquer en París 27 Si te pasas dos veces, quizá el problema seas tú
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27 Si te pasas dos veces, quizá el problema seas tú

SI TE PASA DOS VECES, QUIZÁ

EL PROBLEMA SEAS TÚ

Leo Cantos no era capaz de quitarse de encima la sensación de fracaso absoluto: no solo la operación había sido un desastre, sino que había enterrado por completo la posibilidad de hacer caer la red por mucho tiempo.

Leo había pasado de ser una amenaza para la organización a la solución a sus problemas, «y todo por culpa de Bécquer».

En Interior no se habían andado con chiquitas, parece mentira lo rápido que uno puede caer en desgracia: «No ha sabido mantener a raya a la inspectora Izaguirre, sabíamos de su pasado y usted nos garantizó que no habría problema, y mire ahora dónde estamos».

Las palabras del ministro habían caído sobre Cantos con un peso capaz de enterrar a cualquiera.

Había dedicado meses a tratar de convencer a sus superiores de que la única manera de descubrir, de una vez por todas, quién daba las órdenes a Baltierra y compañía era involucrar a Elena Izaguirre; lo que no había confesado era que la maniobra no era puramente profesional, y había condenado su relación con la inspectora precisamente por el mismo motivo.

Carmen no se creía que su hija estuviese cocinando. A través del altavoz del teléfono móvil, Elena iba recibiendo las instrucciones de su madre, que vigilaba atenta la videollamada, combinadas con algún que otro reproche.

—Pica la cebolla pequeña, hija, que eso que estás haciendo es casi como echarla entera.

—La inspectora lanzó un suspiro con tan mala baba que realmente no habría sido necesario el teléfono para que su madre lo escuchase: con haberse asomado a la ventana lo habría percibido igualmente—.

No me respires, hija, que bastante es que tengamos que hacer esto por teléfono, podría acercarme en un momento y echarte una mano.

—Quiero hacerlo yo, mamá.

Lo de ponerse a cocinar era algo completamente nuevo, pero la noticia bien valía una celebración más personal.

A cualquiera que le hubiera preguntado, le habría dicho que un plato de albóndigas con arroz blanco de guarnición no era precisamente la mayor muestra de amor romántico, pero a Elena le parecía lo más amoroso del mundo.

¿Por qué? La cara y los comentarios de su madre lo decían todo.

—Mira que le gustaban a tu padre las albóndigas. Qué contento se ponía cuando se las preparaba.

La inspectora no controló la sonrisa.

A medida que el sofrito iba cogiendo forma, en combinación con un buen chorro de vino blanco, el vapor que salía de la olla la transportaba a su infancia.

Elena cerró los ojos un momento y se vio sentada en el taburete de la cocina, con diez años, a espaldas de su madre, esperando a que papá llegase.

—¿Por qué le gustan tanto a papá las albóndigas? —le había preguntado.

—Porque tu madre las hace con mucho amor.

A causa del ruido provocado por el rudimentario extractor de la cocina, y el jaleo que estaban formando sus dos hermanos en el salón, la niña no había oído entrar a su padre en casa.

Había saltado, como siempre, a los brazos de su padre, en cuanto él puso un pie en la cocina.

Le había tocado tumo de noche y los sábados solían ser muy movidos.

A pesar del trasnoche ahí estaba, uniformado y luciendo como un pincel, porque así era Antonio Izaguirre: un señor.

El chup chup de la olla seguía a buen ritmo, las bolas de carne comenzaban a cocinarse, así que Elena decidió servirse un vaso de vino blanco.

—Es una pena desaprovecharlo ahora que está abierto —le dijo a su madre para que no le torciese el morro.

—No me meto, hija, un vasito de vino no te va a hacer daño.

Le encantaba hablar con su madre por videollamada porque siempre ponía el móvil mal y cada plano era más divertido que el anterior.

—Seguro que Leo se alegra, inspectora en tiempo récord: estoy muy orgullosa de ti, y no te lo digo para que te pongas triste, sino todo lo contrario: a tu padre no debe caberle más alegría en el pecho.

Elena le devolvió a su madre una enorme sonrisa; a fin de cuentas, todo lo que estaba consiguiendo lo hacía por él.

Al rato de despedir a su madre, la mesa estaba puesta, la cena preparada e incluso le había dado tiempo a maquillarse. Si todo salía como tenía planeado, la noche iba a ser de las inolvidables.

Cuando Leo llegó, lo recibió con un beso de esos que hacen temblar los tabiques de un edificio.

—¿Y esto? —preguntó sonriente al ver la mesa preparada.

—Quizá no se lo crea, pero he dedicado la tarde a cocinar para usted.

La cara de sorpresa de Leo provocó en Elena la duda entre alegrarse u ofenderse.

—¿Todo esto lo has hecho tú? —Esa faceta de Elena en los fogones era algo que ni estaba ni se esperaba.

—¡Pues claro! Hoy toca celebrar.

Leo se sentó y, con toda la expectación posible, metió en su boca media albóndiga y la masticó.

—¡Qué buenas están!

De nuevo, su cara de asombro rozaba la ofensa, pero la inspectora estaba de tan buen humor que decidió asumir que su fama de pésima cocinera era merecida.

—Ya ves, así soy, una caja de sorpresas.

Leo devoraba el plato con gusto y ella estaba feliz con el resultado. Carmen no dejaba de enviar mensajes al teléfono de su hija, deseosa de saber si el resultado era el esperado. Elena decidió apagar el teléfono y contarle por fin a su chico la ansiada noticia.

—Hoy ha pasado algo importante en comisaría —dijo como introducción.

Leo se limpió la boca con la servilleta y bebió un poco del vino que Elena le acaba de servir.

—¿Y eso?

—El comisario Baltierra me ha llamado a su despacho y me ha felicitado porque ¡ya soy oficialmente inspectora!

Estaba exultante, había logrado algo al alcance de muy pocos.

Del mismo modo que en el ejército no la hubo tan precoz en llegar tan sumamente preparada a los cuerpos especiales, ahora, en la comisaría de Tudescos, se frotaban las manos al disponer de la inspectora con mejor currículo y valoración de todo el país.

Leo Cantos no recibió la noticia con la alegría que ella esperaba; de hecho, ya habían tenido alguna discusión con respecto a su futuro que a la ya inspectora no le había terminado de gustar.

—¿Y qué significa eso?

—Pues que me quedo en Tudescos, esa es la mejor parte. El comisario dice que soy fundamental y que en ningún caso va a permitir el traslado. Me preocupaba que, al ascenderme, me quisiesen dar un nuevo destino, pero ya está, aquí me quedo.

La cara de satisfacción de Elena no dejaba lugar a la duda; sin embargo, la de Leo era un poema.

—No te entiendo, de verdad te lo digo. No entiendo qué estás haciendo.

—¿Qué es lo que no entiendes? —preguntó. Algo le había cambiado el gesto.

—Tu conformismo, Elena, que no te des cuenta de que estás enterrando una carrera prometedora en una comisaría de barrio sin futuro alguno.

Leo no se había dejado nada dentro y a ella sus palabras comenzaron a dolerle.

—A mí me hace feliz ser policía y me gusta Tudescos.

La respuesta de Leo salió disparada como un misil.

—A ti no te gusta ser policía ni estar en esa comisaria de tres al cuarto.

Eres una mujer de acción, una militar de élite, y sigues ahí metida por lo que ya sabemos, y eso no es ni medio normal.

—Leo estaba desatado, desde que comenzasen la relación no había dejado de ofrecerle la posibilidad de que trabajaran juntos; él no dejaba de crecer dentro de grupo de élite del Ministerio del Interior—.

Nos vinieron a buscar a los dos y tú lo rechazaste, pero aún estás a tiempo —añadió.

Elena se levantó de la mesa y comenzó a recoger los platos.

—Llevas años con la misma canción, no me interesa ese grupo, estoy donde quiero estar —replicó.

—Estás tirando tu vida a la basura por perseguir a un fantasma.

Elena notó un temblor en las manos que hizo que se le cayese un vaso y estallase contra el suelo. Visiblemente disgustada se agachó a recoger los pedazos.

—Escúchame, Elena. Te metiste ahí empeñada en que ibas a descubrir al asesino de tu padre y no haces otra cosa que dar vueltas. A tu padre lo mató un yonqui cualquiera, mala suerte, tienes que asumirlo de una vez.

La inspectora se incorporó casi de un salto y se plantó ante Leo.

—A mi padre lo asesinaron y no fue casual, estaba esa noche en un lugar que no le correspondía, le mintió a mi madre sobre dónde estaba, ¿no lo ves? Jamás le habría mentido y si lo hizo fue porque debía de estar detrás de alguien.

Leo quiso entonces subir la apuesta.

—Tu padre era un policía de medio pelo, lo sabía todo el mundo, es imposible que estuviese investigando nada. He leído todos los informes y no hay nada. ¡Abre los ojos de una puñetera vez y sigue con tu vida!

Hay momentos clave en la vida de cada uno, momentos en los que, dentro del ruido, algo hace clic y produce lo más cercano a una revelación, casi una epifanía.

Elena estaba viviendo uno de esos momentos en aquel preciso instante.

En apenas una fracción de segundo, la inspectora Izaguirre se vio a sí misma desde fuera, en esa casa, cocinando albóndigas, con uno o dos niños correteando por el salón, con Leo felicitándola por haber dejado al fin aquella basura que era Tudescos.

Vio a su madre, víctima de la promesa incumplida de saber qué pasó con el amor de su vida.

Vio un futuro del que jamás iba a formar parte.

Cuando volvió a la realidad entendió, con más fuerza que nunca, que no iba a cejar en su empeño y que nada ni nadie la iba a detener jamás.

Con esa seguridad impenetrable, se enfrentó a Leo.

—A mi padre lo mataron por una razón, y voy a descubrir por qué y quién lo hizo. Y mi vida seguirá como ha seguido desde que me lo arrebataron, y ni tú ni nadie lo va a impedir nunca.

Esa fue la última vez que Elena y Leo se vieron.

En apenas una hora y media desde la discusión, ella cruzaba la puerta de la casa de su madre.

Cuando Carmen, en bata y camisón, le abrió la puerta, allí plantada no estaba la dura inspectora Izaguirre, estaba su niña pequeña, la niña huérfana de padre incapaz de gestionar un dolor incesante.

Sin mediar palabra, Elena se arrojó a sus brazos, sin poder contener el llanto, y Carmen la recibió como cualquier madre recibe siempre al hijo que la necesita.

—¿Qué ha pasado? ¿No le han gustado las albóndigas?

Leo Cantos dejó la humillante caja de cartón con sus pertenencias en el maletero del coche: en apenas unos días había pasado de ser el ojito derecho del ministro del Interior a un apestado dentro de su propia unidad.

«Su grupo deja de existir —le había comunicado el ministro—; en lo que le buscamos un nuevo destino dedique su tiempo a hacer maquetas y no a joder las cosas todavía más».

Estas palabras rebotaban con fuerza en los cristales del coche.

Por momentos, Leo parecía estar en una de esas películas malas de policías que pasaban los sábados por la tarde.

Arrancó el coche con brusquedad en el asfalto y puso rumbo a su casa. A medida que avanzaba el objetivo siguiente aparecía con claridad.

—Bécquer me las va a pagar.