Bécquer en París 26 La jubilación está sobrevalorada
60%

26 La jubilación está sobrevalorada

LA JUBILACIÓN ESTÁ SObrEVALORADA

Baltierra no llamaba la atención ni queriendo.

Con un pantalón cargo a la altura de la rodilla y una mochila de montañero, paseaba solo por el parque pensando a quien alimentar antes: si a los avestruces o a las jirafas.

Desde hacía años buscaba un momento para recorrer Cantabria, y la vida le fue pasando por encima a una velocidad endiablada.

Ahora que no tenía ni mujer ni trabajo, de lo único que podía disfrutar era de tiempo, y tampoco era algo de locura.

Llevaba en el Parque desde las diez de la mañana y ya se había pasado incluso la hora de comer.

Entró en la cafetería y cogió una bandeja para pasar por esa especie de comedor de colegio que tanto disfrutan los turistas.

Después de protestar un poco al ver el precio de una cerveza, optó por un pincho de tortilla y dos latas de Mahou.

Justo cuando estaba pagando, su teléfono móvil empezó a sonar: número desconocido. Suspirando, contestó la llamada.

—No me dejas en paz ni jubilado.

Esta nueva valentía de Baltierra obedecía a que cuando un hombre no tiene nada, poco le puedes quitar; Serrano, por su parte, todavía tenía motivos para ponerse nervioso.

—¿Tienes una televisión cerca? —preguntó sin saludar, como de costumbre.

Baltierra miró a su alrededor y comprobó que a su espalda había una en silencio con el canal de noticias 24 horas .

—¿Qué quieres que vea?

La respuesta contenía la indicación de que cambiasen al Canal 5. Educadamente, Baltierra pidió por favor si podían ponerlo un momento. No sin resoplar un poco, la señora custodia del mando a distancia le concedió el favor.

—Ya está. ¿Qué tengo que ver?

—Atento al tema de debate, tú me dirás —contestó Serrano.

El Canal 5 tenía un programa de corazón que ocupaba las tardes al completo.

Desde las tres hasta las ocho, el presentador estrella de la cadena se afanaba en liderar un grupo de cotorras expertas en sacarse los ojos y volver a quererse en cuestión de minutos, un formato apasionante al que un veinte por ciento de audiencia se quedaba pegado cada tarde.

En pantalla el apasionante tema al que iban a dedicar media programación: «¿Crisis en la pareja de Bécquer?

». Baltierra no daba crédito a lo que estaba viendo, sobre todo, porque le daban exactamente igual los amoríos de aquella insoportable estrellita.

—¿Quieres que te invite a la boda? —le preguntó a Serrano con todo el sarcasmo del mundo. Su respuesta fue tan rotunda como su carácter.

—Mira las imágenes.

Baltierra fijó la mirada en el lateral de la pantalla mientras seguían discutiendo los pormenores de la azarosa vida sentimental del cómico. Vio a Bécquer caminando por lo que parecía la salida de un aeropuerto; en el siguiente plano reconoció a Elena subiéndose con él a un taxi.

—Vaya, veo que me llamas para informarme de que los tortolitos se han reconciliado, bien por ellos.

Serrano respondió con la mayor de las cretineces.

—Veo que te colocaron rápido en un despacho porque no tienes ni puta idea de trabajar investigando. —Baltierra se quedó helado, no entendía a qué venía eso—. Están en México, idiota.

—Habrán ido de vacaciones o actuará allí el gilipollas de Bécquer, ¿qué más te da? —El excomisario todavía no había llegado al lugar en el que Serrano lo esperaba.

—No estarán metiendo las narices en nuestras cosas…

Baltierra trató de calmarlo.

—Escúchame bien, aunque me joda reconocerlo, Bécquer es una estrella en Hispanoamérica, especialmente en México, lo sabe hasta la Wikipedia. No todo responde a una trama internacional. Esto se ha acabado. Están fuera del juego.

Serrano asumió como válido el argumento de Baltierra.

—Está bien, mantendremos entonces la calma.

Y con las mismas colgó el teléfono, haciéndole ver que estaba de acuerdo cuando la realidad era la contraria. «No me voy a quedar esperando, si tengo razón, estos dos hijos de puta han ido a rascar». Seleccionó un número de su agenda y marcó.

—Parece que tengo dos visitantes en tu tierra: el cómico y la inspectora.

Me preocupa que hayan localizado a Castillo…

Ya sé que es imposible, pero prefiero asegurarme…

Por ahora no hagáis nada, vigilad al doctor un par de días por si aparecen el payaso y la princesita.

Si lo hacen, me llamas: quién sabe, México puede ser un país peligroso para los turistas despistados.

Baltierra pagó la tortilla y las cervezas. Sentado, mirando la televisión, empezó a preguntarse qué demonios pintaba Bécquer en México con Elena. «Para salir de dudas, lo mejor es preguntar», así que marcó el teléfono de Carmen, hacía tiempo que no hablaban.

—Carmen, ¿cómo estás?

A la madre de Elena le alegró saludar al viudo de su mejor amiga: habían sido muchas vivencias compartidas.

—Me ha dicho Elena que te has jubilado, ¡enhorabuena!, ya te tocaba descansar.

Baltierra asumió la felicitación con impostado agradecimiento, y siguió charlando sin mencionar a Elena, sabía que antes o después Carmen sacaría el tema. Al ver que tardaba, se lanzó.

—He leído en una revista que a lo mejor eres madrina de boda en breve. —El cebo estaba lanzado.

—Ay, ojalá, me encanta Bécquer, es maravilloso, ¿no crees?

Baltierra tragó saliva.

—Lo es, lo es sin duda alguna.

—Pues me encantaría, quién sabe, a lo mejor se lo pide en estos días de escapada romántica en México.

Baltierra entonces lo tuvo claro.

—Qué bonita tierra.

—Sí —respondió Carmen—, me acaba de escribir Elena, cosas del trabajo de Bécquer y han aprovechado.

El excomisario se despidió con cariño. «Pues ya está, trabajo», se dijo a sí mismo para convencerse sabiendo que, en el caso de esos dos, lo más improbable sería la apuesta más segura.