Bécquer en París 25 México lindo y querido
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25 México lindo y querido

MÉXICO LINDO Y QUERIDO

A Elena le empezaba a dar vergüenza pedir más vino.

—Nos van a echar del avión, solo llevamos una hora aquí y mira la botella —dijo, divertida.

—Qué va, si ya sabes que las azafatas me adoran.

El codazo que Bécquer recibió en las costillas lo dejó casi sin aire durante unos segundos, no sabía si reír o llorar, así que eligió reír mientras se ahogaba al ver a Elena disfrutar tanto después de semanas y semanas de angustia. Volaban rumbo a Ciudad de México.

—No es un avión privado, pero la primera clase de esta compañía es cojonuda —sentenció el artista mientras apuraba una nueva copa de champán.

Elena no dejaba de sorprenderse del tren de vida y los lujos a los que Bécquer estaba acostumbrado.

—Podíamos haber viajado en turista —dijo con el evidente ánimo de provocar a su pareja.

—Si quieres, estás a tiempo, ¿le pregunto a la señora si tiene algún sitio detrás?

Elena se rio a carcajadas.

—¡Si esto es mejor que mi piso!

Bécquer vio venir la pelota por el aire y no dudó en rematar a gol.

—Cualquier cosa es mejor que tu piso.

Y de nuevo volvió a sentir un codazo en las costillas.

Al cabo de un par horas de vuelo, ya estaban más tranquilos.

—¿Crees que nos atenderá? —preguntó la inspectora.

—No creo que sea fácil, pero confío en que lo conseguiremos, llevo dos planes de acción. Mi primera intención es que nos ayude porque sí; en caso de que no quiera…

—Estoy de acuerdo, si no lo entiende por las buenas…

Bécquer brincó en el asiento.

—Pero ¡qué dices! Yo hablaba de darle dinero.

Elena se puso colorada.

—Sí, sí, mucho mejor tu idea.

Parte del vuelo transcurrió con Bécquer y Elena durmiendo a pierna suelta. Cuando aterrizaron, la ciudad los recibió con lluvia. Cogieron sus maletas y se dirigieron a la salida. Lo que no esperaban en ningún caso era la sorpresa que les aguardaba a continuación.

En cuanto pusieron un pie en la terminal, un grupo de unas quince personas, entre las que se encontraban reporteros, fotógrafos y un par de cámaras de televisión, se dirigieron con voracidad hacia ellos.

—¿Y esto? —Dijo Elena, sorprendida—, ¿cómo sabían que venías?

Bécquer no sabía muy bien qué contestar.

—No lo sabían, yo creo que están aquí de guardia y alguien habrá debido de reconocerme. —Mirando a su alrededor añadió—. Olvídate del chófer, vámonos por aquí hacia los taxis.

Como alma que lleva el diablo, comenzaron a escapar de los fotógrafos apurando el paso a lo largo de la terminal. Elena optó por mantenerse un par de pasos por detrás del cómico, los flashes se iban a alejando a medida que avanzaban, pero dos reporteros lograron ponerse al lado del cómico.

—Señor Bécquer, ¿cuál es el motivo de su visita?

Bécquer ignoraba las preguntas. Desde su intervención en el programa de Mirta que tanta polémica había levantado, no había vuelto a hablar para ningún medio.

—¿Sigue usted enojado con doña Mirta?

Bécquer continuó guardando silencio hasta que por fin ocuparon un vehículo. Cuando el coche inició la marcha, Elena se lamentó:

—No hay manera de que pases bajo el radar.

El taxi avanzaba bajo la intensa lluvia.

Elena disfrutaba mirando por la ventanilla como si fuera una chiquilla.

«No me puedo creer que estemos aquí, me encanta este país».

Desde que Elena lo acompañara en su gira americana, se había quedado prendada de México, y no era para menos.

No había ido ni a trabajar ni de turismo, pero el simple hecho de recorrer sus calles, aunque fuese por poco tiempo, hacía que las diez horas de vuelo valiesen la pena.

El hotel nuevamente era despampanante, en pleno centro. A escasos minutos de la Alameda, se alzaba imperial un colosal edificio que albergaba un complejo de cinco estrellas de absoluto lujo.

—A diferencia de cuando fuimos a Sevilla, he reservado solamente una habitación —confesó Bécquer mientras entregaba las maletas al botones.

—Mientras tenga camas separadas, no habrá problema —respondió Elena.

En cuanto el cómico pisó el hall , un hombre bajito vestido con un traje gris fue a darles la bienvenida identificándose como el director del hotel.

—Señor Bécquer, permítame darle la bienvenida en nombre del hotel Harrington, es un enorme placer recibirlo de nuevo.

Estrechó la mano de aquel pequeño señor con fuerza, alabó el país y alargó la conversación de la manera más agradable posible mientras el ascensor privado de la habitación los llevaba a la suite presidencial. En aquella habitación podrían vivir cuatro familias.

Bécquer contemplaba las vistas desde el ventanal mientras Elena preparaba el jacuzzi . «No todo va a ser intriga policial», pensó la inspectora al arrojar dos bolas de sales. Se desnudó y se metió en el agua caliente; entonces, llamó a Bécquer.

Dentro del jacuzzi , la recién recuperada pareja no dejó nada por hacer.

—Nunca me ha gustado hacerlo en el agua, pero por ti estoy dispuesto a ahogarme —dijo él sumergiéndose en el agua para que ella pudiese abandonarse.

—¡Viva México, cabrones! —gritó Elena permitiéndose, al fin, volver a ser feliz.

A Bécquer el cambio horario le afectaba sorprendentemente poco.

—La clave es elegir cuándo comes —explicó mientras se enfrentaba a un plato de chilaquiles capaz de resucitar a un muerto—.

¿Te puedes creer que esto es lo que desayunan?

—exclamó metiéndose entre pecho y espalda kilo y medio de totopos bañados en salsa roja y coronados por tres huevos fritos y chorizo picado—. Normal que también duerman la siesta.

Elena, mientras tanto, disfrutaba de la panorámica que ofrecía el ventanal mientras conectaba al wifi su teléfono. Cuando la red le dio la bienvenida, el WhatsApp comenzó a funcionar a destajo.

—Sí que estás solicitada —comentó Bécquer—. Contesta tus cosas con calma, que voy a cerrar un poco el ojo, cuarenta y cinco minutos, no más. Luego damos un paseo y mañana al lío, ¿te parece?

Elena asintió; a fin de cuentas, la hora local eran las cinco de la tarde, poco más podían hacer.

La inspectora agradeció que la habitación fuera tan grande cuando Bécquer comenzó a roncar.

«Y eso que tiene un control absoluto del sueño», pensó divertida.

Los primeros mensajes que respondió fueron los de su madre: que si «avisa cuando llegues», que si «qué alegría que hagas un viaje con Bécquer»…

Le hacía feliz ver a su madre tan contenta.

«Menos mal que no le dije nada de la separación», pensó.

Lo que menos le gustaba a Elena era disgustarla.

Con pesar, comprobó que Leo seguía insistiendo.

«Este las indirectas como que no». Desde que fue apartada del Cuerpo, insistía en que se viesen, y a ella no le daba la gana: una cosa había sido verse obligada a mantener una relación profesional y otra bien distinta sería continuarla una vez que la misión había resultado un absoluto fracaso.

Leyó los mensajes valorando responder, optó por no hacerlo al leer el último: «¿Vas a volver a desaparecer sin dar explicaciones? ».

Al cabo de casi dos horas, Bécquer hizo su triunfal entrada en el salón.

—Lo dicho, tres cuartos de hora —dijo, totalmente convencido—. Venga, desarrollemos un plan.

Mientras decía estas palabras y Elena trataba de contenerse la risa, cogió el mando de la tele y la encendió.

—¿No te gusta ver qué ponen en otros países? Con un poco de suerte damos con El chavo del 8 .

Elena se vio obligada a responder.

—¿Ahora qué tienes? ¿Diez años?

Bécquer adoptó un tono solemne.

—Nunca desprecies la comedia; en lo aparentemente infantil aparecen cosas maravillosas para los adultos…

Iba a continuar con la clase cuando, en el cambio de canales, se encontró a sí mismo. Uno de los programas de tarde celebraba la visita del cómico a la tierra de Cantinflas con un tono lo más sensacionalista posible.

—No me lo puedo creer —dijo Elena—, menudos titulares.

Lo cierto es que Tarde de Impacto hacía honor a su nombre: sobreimpreso en pantalla mientras daban vueltas a la misma imagen una y otra vez, Bécquer saliendo del aeropuerto tirando de una maleta, en pantalla se podía leer: «¿Regresa Bécquer a enfrentarse a la verdad?

¿Qué esconde el cómico español? ¿Escapa de sus problemas en España?

». Mientras que a Elena esto le preocupaba, a él parecía divertirle.

—¿No te molesta? —preguntó la inspectora.

—Forma parte del trabajo; además, nunca hay mala publicidad. No te preocupes, que no le interesa a nadie.

Lo que Bécquer no imaginaba es que la idea de haber llegado a México de manera discreta acababa de saltar por los aires y eso iba a acarrear violentas consecuencias.