Bécquer en París 24 Morriña
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24 Morriña

MORRIÑA

Bécquer llevaba conduciendo sin parar algo más de cuatro horas, apenas había echado en la maleta un par de mudas a toda prisa, porque cuando le daba un arrebato, ya no creía en Dios.

Cogió la salida que llevaba a la que durante tantos años había sido su casa, ahí se acababan las carreteras buenas.

Recorrió unos veinte kilómetros más de comarcal y a lo lejos distinguió la iglesia de su pueblo.

Los nervios comenzaron a atenazarle el estómago.

Condujo un poco más y se descubrió emocionado al comprobar que nada había cambiado.

La plaza del pueblo estaba adornada por el balcón del ayuntamiento, ahí ondeaban orgullosas las banderas de Galicia y España.

«Imagino que don José seguirá siendo el alcalde y el otro don José, el párroco». La coincidencia de los nombres de aquellos dos había originado equívocos tan simpáticos que Bécquer los había incluido en aquel primer monólogo que lo había llevado al estrellato.

Detuvo su coche en uno de los laterales de la iglesia, bajó despacio y estiró como pudo la espalda.

«Qué lejos vive esta gente —pensó, divertido, dirigiéndose al bar—.

El dueño por lo menos se llama Paco». Apartó con la mano izquierda una de esas pesadas cortinas hechas con bolas de plástico y lanzó al aire un sonoro «boas tardes», incapaz de interrumpir la partida de dominó que se estaba jugando al fondo del bar, para lo que la sobremesa era siempre el mejor momento.

Detrás de la barra seguía la señora María. A Bécquer lo sorprendió gratamente comprobar que estaba exactamente igual. Lo miró como un guardia civil escaneando una maleta en el aeropuerto y dijo:

— Miña nai , Antoñito, pero mira qué ben feito estás.

Bécquer devolvió el piropo con una sonrisa.

— Faise o que se pode .

La señora María se secó las manos con un paño y rodeó la barra para salir y abrazar al nieto del señor Manuel.

—Las cejas las tienes raras de carallo —añadió la buena mujer.

Al cabo de unos minutos, ya estaba sentado con una taza de caldo entre las manos y el lamento de la señora por lo delgado que estaba y la mala cara que traía.

Los cuatro integrantes de la partida, en cuanto la señora María pegó una voz, dejaron de jugar para acudir a recibir al nieto del señor Manuel, porque, en ese lugar, Bécquer quedaba fuera, ahí solamente era Antoñito.

Durante un buen rato compartieron recuerdos y de paso algún reproche que otro.

—Llevabas mucho tiempo sin venir.

Bécquer asentía poniendo el trabajo como excusa, cuando lo cierto era que, después de enterrar a su abuelo, no se había atrevido a regresar.

Ahora el momento era diferente y lo necesitaba. Abrazó nuevamente a la señora María prometiendo que regresaría al cabo de unas horas para cenar un buen plato de jamón asado. Se subió a su coche y se dirigió a la casa de sus abuelos.

La finca seguía impecable, era pequeña, pero se la veía cuidada.

«Carliños está cumpliendo», se dijo Bécquer.

Cuando decidió cerrar la casa, dejó encargado que se mantuviese en buen estado y le alegraba mucho ver que así seguía.

Pensó en Nacho. «Quitando lo de que secuestró a mi hija e intentó matarme varias veces, era un asistente cojonudo».

Era muy emocionante simplemente respirar en aquel lugar, los olores le transportaban a la infancia. El viaje se hizo más intenso cuando se sentó en un pequeño columpio de madera que colgaba de uno de los árboles que había frente a la casa.

El pequeño Antoñito era un «culo veo, culo quiero», y se había empeñado en que quería «un columpio como el de Heidi para volar entre las nubes». Al señor Manuel la petición de aquel pequeño de apenas seis años le parecía lo más razonable del mundo.

—Pero ¿vas a tener cuidadiño? —le preguntó con dulzura.

—En principio sí —contestó aquel pequeño resabidillo, apretando fuerte la mano de su abuelo mientras paseaban.

—Entonces tenemos que buscar un buen trozo de madera.

Al día siguiente, Antoñito se levantó y sonrió al ver a su abuelo en el patio manos a la obra. Terminó bien rápido el vaso de leche y su trozo de pan con mantequilla y salió corriendo.

—¿Es para mí? —preguntó, convencido de la respuesta.

—Pode ser —respondió el señor Manuel, cargado de presuntas dudas.

Sentado en un pequeño banco, el abuelo lijaba con fuerza un pedazo de madera con el fin de dejarlo muy suave para su nieto; a su lado, el niño observaba maravillado aquel sencillo proceso como si se tratase de la obra de ingeniería más importante del mundo.

—¿Y luego cómo se hace? ¿Y va a ser muy alto? ¿Y dónde lo vas a poner? ¿Y va a ser solo para mí? —La batería de preguntas de Antoñito no tenía fin.

—Cuando lo deje bien xeitoso , le ponemos una cuerda en estos dos agujeros —contestó su abuelo señalando los dos orificios laterales.

Al cabo de un rato se dirigieron al árbol escogido. El señor Manuel, ayudado de una escalera y mientras su señora le gritaba desde la cocina que se iba a matar, hizo dos buenos nudos a las dos cuerdas que iban a sostener el columpio.

—Esto se llama nudo marinero, ¿lo sabías? —El niño negó con la cabeza—. Me enseñó a hacerlos el mismísimo Popeye —bromeó.

A continuación, pasó la cuerda por el interior del agujero correspondiente y volvió a anudarla. En apenas unos minutos había terminado la sencilla instalación.

—Listo, pruébalo a ver qué tal. —Antoñito intentó subirse, pero su abuelo le había dejado el columpio demasiado alto—. Ya te subo yo.

—Está muy alto —protestó.

—Es porque vas a crecer y quiero que te dure; ya verás, cuando seas un hombre, los pies te llegarán al suelo, pero no tengas prisa, que me gusta que seas un neniño .

Antoñito agarró con fuerza las cuerdas y su abuelo comenzó a empujarlo: sin duda, era el mejor columpio del mundo y, efectivamente, podía cruzar el cielo sentado en él.

A Bécquer le costó mucho abrir la puerta de la casa, la humedad había hecho mella en la cerradura y presentaba un poco de óxido.

Cuando cruzó el umbral, los recuerdos se agolparon en su mente y en su corazón a una velocidad galáctica.

El tiempo se había detenido en aquellas estancias, el polvo se acumulaba en cada esquina desde el día en el que le echó el cierre.

Cruzó el pequeño recibidor y entró en la cocina.

Desde la ventana le parecía verse a sí mismo de la mano de su abuelo, el olor lo transportaba a las noches frente a la lareira .

Subió la pequeña escalera y entró en la que había sido su habitación.

«Recordaba la cama más grande», pensó. De la pared colgaba un crucifijo de gran tamaño que le hizo pensar en su abuela: «Menuda era».

Al cabo de unos minutos y con un pequeño soldado de plástico, que acababa de coger de su antiguo escritorio, en el bolsillo, recorrió el pasillo hacia el dormitorio de sus abuelos.

Al lado del baño estaba el cuarto de su madre: una vez más, al igual que cuando era un niño, dejó atrás la puerta cerrada.

Sabía que si en ese preciso momento la golpeaba con los nudillos nadie contestaría, como siempre había sucedido.

La cama de sus abuelos era muy pequeña. «Me pregunto cómo harían para dormir», pensó.

Enfrente de la cama, un enorme aparador cubierto con un tapete de ganchillo lucía marcos con fotos llenos del polvo de tantos años.

Bécquer las miró una tras otra: retratos de sus abuelos en sepia, un par de ellas de sus bisabuelos, estupendas para aterrorizar a niños, una de su madre cuando era niña y, por supuesto, un retrato de Antoñito el día de su primera comunión.

—Estas fotos me las llevo. —Abrió la mochila y las cogió todas; en la de su madre se detuvo con un pellizco de duda—. Tú te vienes también.

Dedicó el resto de la tarde a limpiar un poco. La luz y el agua seguían en funcionamiento y, al estar en buena época del año, la noche no iba a ser fría. Buscó en los armarios las sábanas que menos olieran a polvo y se preparó la que fuese su cama para pasar la noche y descansar.

—Si logré dormir en el piso de Elena, esto en comparación es el hotel Hilton.

El día siguiente amaneció con niebla. Bécquer se levantó con la espalda doblada.

Lo bueno es que con el paso de los años había aprendido a hacer una serie de estiramientos en el suelo que le permitían recomponerse en casi cualquier circunstancia.

Se aseó en el cuarto de baño y, estancia por estancia, se fue despidiendo de la casa.

—Esta vez no tardaré tanto en volver —prometió mientras daba dos vueltas a la llave.

Cogió el coche y, ya en el pueblo, volvió a aparcar al lado de la iglesia, entró nuevamente en el bar y se sentó en la barra a desayunar.

—¿Ya marchas? —le preguntó la señora María. Bécquer asintió con la cabeza—. ¿Y no lo vas a visitar? —Repreguntó.

El cómico tragó el pedazo de pan con mantequilla que tenía en la boca y respondió:

—Es lo que voy a hacer ahora mismo.

Detrás de la iglesia estaba el cementerio. Bécquer abrió la pequeña cancilla y caminó nervioso hacia el lugar en el que descansaba su familia: tres lápidas de piedra consecutivas recogían los restos mortales de su madre y sus abuelos.

—Como siempre, no vamos a tener intimidad para hablar —dijo ante la tumba de su abuelo—: la abuela sigue metiéndose en nuestras cosas —bromeó—.

Perdóname por haber tardado tanto en venir, no me resulta fácil, ya sabes por qué —confesó, dirigiendo sin querer la mirada al lugar en el que descansaba su madre—.

Como sabrás, el trabajo va muy bien, pero eso es lo de menos: últimamente he tenido mucho lío con lo del intento de asesinato, me imagino que también estarás al tanto, pero no te preocupes por eso, que lo resolvimos de maravilla gracias a Elena.

De ella te quería hablar, me da mucha pena que no la hayas conocido, te iba a encantar, tiene un carácter parecido al de la abuela, no te voy a engañar, pero cuando logras traspasar su coraza, es maravillosa, divertida y generosa…

Lo que pasa es que he metido la pata, abuelo.

Lo he estropeado como siempre lo estropeo todo y ahora me siento perdido como nunca.

—El silencio del pequeño cementerio dotaba de mayor relevancia a la escena.

Con una mano en el bolsillo y la otra sujetando un precioso ramo de rosas blancas, Bécquer continuó—.

Dime algo, abuelo, porque esta vez no sé cómo arreglarlo.

—Hincó entonces una rodilla en suelo y colocó con mimo las flores—.

Abuela, no te molestes, que a ti nunca te gustaron.

—Sin poder evitarlo, dirigió la mirada al lugar de descanso de su madre, incapaz de articular palabra.

Conforme pasaban los minutos, una enorme sensación de paz comenzó a inundar el corazón de Bécquer. Una vez más, el señor Manuel era el único capaz de calmarlo y entenderlo.

—Si estuvieses aquí, todo sería más fácil —se lamentó, y se quedó callado hasta que tomó una decisión—. Voy a seguir adelante, voy a ir a buscar al doctor Castillo.

Una voz inconfundible rompió el silencio a su espalda.

—¿Y piensas ir solo?

Bécquer se sobresaltó y de un salto se dio la vuelta, al girarse la vio, plantada frente a él estaba ella, Elena.

No supo cómo reaccionar, desde luego, era la persona más imprevisible y sorprendente que había conocido, sin duda, uno de los motivos que lo habían llevado a enamorarse hasta las trancas.

—¿Y tú aquí? —El cómico no daba crédito.

—Una buena amiga me dijo que planeabas un viaje y se empeñó en traerme.

Bécquer dirigió entonces la mirada a la espalda de Elena: a lo lejos, apoyada en el coche, estaba Lucía, quien le dedicó a su padre un corazón con las manos desde la distancia.

—Elena, siento mucho todo lo sucedido. Soy un idiota. —Las palabras de Bécquer no podían ser más sinceras.

—Soy yo quien lo siente —lo corrigió Elena, nerviosa—. Desde el principio debería haber compartido contigo lo que estaba pasando, no te merecías que te diese la espalda así, sin ninguna explicación.

Bécquer dio un paso adelante y cogió las manos de Elena.

—Estoy muy cerca, sé dónde está Castillo.

Elena miró a Bécquer a los ojos y respondió.

—Eso ya me lo explicarás después, ahora tengo otros intereses.

Y con un fuerte tirón lo arrastró contra su pecho y comenzó a besarlo como tantas otras veces y, sobre todo, como tanto había extrañado esas últimas semanas.