23 Hagamos un pacto
HAGAMOS UN PACTO
Serrano paseaba por la Gran Vía mientras disfrutaba de un helado de cucurucho; sonreía a las señoras mayores que se cruzaba, incluso a algún niño que otro: estaba pletórico.
La operación para eliminar a Elena había sido un fracaso porque seguía con vida, pero, gracias a la estupidez de Bécquer, tres de sus mayores dolores de cabeza habían desaparecido de un plumazo: Leo Cantos ya no estaba investigando, Izaguirre fuera de la policía y Baltierra en su puñetera casa. La vida le sonreía.
El nuevo comisario de Tudescos, un tal Santos Roldán, llevaba tiempo en la cantera de Serrano, ascendiendo poco a poco en Cataluña y ahora debutando en Madrid.
Un medio pelo de mediana edad que obedecía sin rechistar, solo le importaban el dinero y las prostitutas, y claro, con ese perfil, Serrano podía hacer con él lo que quisiese.
Se venían buenos tiempos para la organización.
Baltierra llevaba más de una hora picando la bañera y preguntándose por qué le pareció buena idea guardar ahí el dinero de tantos años de corrupción, y se lamentaba una vez más del camino que en su día había iniciado.
Cuando se quiso dar cuenta, estaba sentado en el suelo rodeado de escombros y de fajos de billetes sin saber cuál de las dos cosas le iba resultar más útil.
El ministro había sido más o menos generoso con él: en lugar de enseñarle la salida con un baja sin honor, lo invitaron a prejubilarse amablemente.
De todas formas, aquella triste mañana en la que se despidió de la comisaría en la que tantas cosas habían pasado, todos eran conscientes de que lo habían puesto de patitas en la calle.
No había querido más que decir unas breves palabras llenas de vergüenza para cerrar la etapa más importante de su vida.
Todos los agentes habían formado de pie mientras Baltierra ocupaba lo alto de la balconada; desde allí veía sus caras y, temiendo no ser capaz de encontrar las palabras precisas, había arrancado su despedida.
—Han sido muchos años de esfuerzo, trabajo y sacrificio los que hoy terminan.
Me despido dándoos las gracias por vuestra valentía y vuestro servicio público.
No voy a mentiros, esta jubilación es obligada porque la última misión tuvo un resultado estrepitoso.
Así que aquí acabo. Sed felices y cuidaos mucho.
Los agentes habían aplaudido y, de manera espontánea, habían formado un pasillo por el que Baltierra fue avanzando hasta el ascensor que lo llevaría, por última vez, a recoger su coche.
Mientras saludaba a un lado y a otro, no había podido evitar la vergüenza.
«Si supiesen quién soy en realidad, no me aplaudirían».
Él ya excomisario recogió el escombro y lo metió en una de esas bolsas de rafia que se compran en las grandes superficies de construcción, lo bajó a una escombrera que había un par de calles más abajo y volvió a casa.
Limpió como buenamente pudo el cuarto de baño y se dirigió a su dormitorio.
Sobre la cama, una bolsa de deporte con algo más de dos millones de euros y una maleta con ropa y fotos de su mujer.
Con la bolsa al hombro y la maleta en la mano, se dirigió al garaje, dejó las bolsas en el maletero y se sentó en el asiento del conductor.
Entonces dirigió la mirada al asiento del copiloto, donde había colocado la urna con las cenizas de su mujer.
—Vámonos a casa, mi amor.
Mientras el comisario avanzaba por la Al hacia Burgos, Bécquer aguantaba la enésima bronca de su hija.
—No me puedo creer lo que has hecho, papá. Es que no me lo creo ni de ti, y mira que has hecho tonterías. ¿En qué estabas pensando?
La cura de humildad que estaba recibiendo en las últimas horas estaba a punto de convertirlo en un monje franciscano, ya no se animaba no solo a no poner excusas, sino que ya no se atrevía ni a dar explicaciones.
—Estoy desesperado, hija, ya no sé qué más hacer —se lamentó—. Si Elena ya no me hablaba, imagínate ahora: como me vea, me dispara.
Lucía tenía claro que algo había que hacer.
—Iré a hablar con ella —dijo la niña totalmente convencida—. Ya verás como antes o después todo se arregla, papá.
Bécquer sonrió, su hija siempre tenía una palabra de esperanza, en eso se parecía a su padre, otro optimista convencido al que ahora le estaba costando mantenerse en pie. Se despidieron con un cálido abrazo.
Cuando el cómico cerró la puerta, fue a su despacho, se acercó al escritorio y tomó en sus manos una foto: en ella se veía a un joven Bécquer y a su lado a su abuelo, el señor Manuel.
—Si estuvieses aquí me dirías qué hacer —dijo al borde de las lágrimas—, te echo tanto de menos. —Dejó la fotografía sobre la mesa, se recompuso y pensó: «Es hora de ir a verte».
Lucía estaba como loca conduciendo el Mercedes que le había regalado su padre, años y años revelándose contra sus lujos y ahora comenzaba a disfrutarlos de verdad.
Es cierto que a Celia, su madre y exmujer de Bécquer, así como azote permanente de sus variadas estupideces, no le hacía ni pizca de gracia, pero desde que se había vuelto a enamorar, ahora del cirujano jefe del hospital en el que investigaba, las cosas del cómico le importaban menos.
Aparcó el vehículo y se dirigió a casa de Elena. Cuando llamó al timbre, la inspectora tardó un rato en contestar.
—¡Qué! —dijo al fin, obviamente muy enfadada.
Lucía optó por un tono suave.
—Soy Lucía, ¿podemos hablar?
Elena suspiraba al otro lado del telefonillo; por una parte, no quería hablar con nadie, pero por otra, tampoco iba a dejar en la calle a la niña; a fin de cuentas, su problema era con su padre, no con ella.
—Sube —dijo mientras apretaba el botón de apertura.
La Elena que se encontró Lucía cuando abrió la puerta no era a la que estaba acostumbrada. Vestía un roído chándal gris, el pelo medio enganchado en una especie de moño en lo alto de la cabeza y en la mano derecha una bolsa de ganchitos que le había dejado las manos y la boca de color naranja.
—Veo que vas a tope —dijo Lucía para saludar.
Elena contestó encogiéndose de hombros y sentándose en el sofá, en aquel piso pequeño, viejo y tratado con poco cariño.
—¿Mi padre ha pasado noches aquí? —Elena asintió sin decir una palabra—. Pues te debe de querer mucho, no he conocido a nadie más sibarita que él. Seguro que cuando estaba aquí contigo, no paraba de protestar.
Las palabras de Lucía arrancaron en Elena una pequeña sonrisa. La chica se sentó entonces al lado de la exinspectora.
—Siento mucho lo que ha pasado, mi padre no quería esto.
Elena se arrancó a hablar.
—Pues es lo que ha conseguido. ¿Bécquer siempre ha sido así? ¿Tan egoísta?
Lucía era consciente de que no iba a resultar nada fácil la conversación.
—La verdad es que sí: es egoísta, narcisista, egocéntrico, presumido, altivo, chulo por momentos, el más listo de la clase, le gusta ser el centro de atención y se comporta a veces como un auténtico gilipollas. Esta sería la definición perfecta.
Elena nuevamente sonrió: la verdad es que era imposible no estar a gusto con Lucía.
—Pues entenderás entonces que no quiera saber nada de él.
—Tú me has preguntado por Bécquer y yo te he contestado —Lucía siguió desplegando encanto—.
Pero quiero contarte cómo es Antonio, el hombre del que te enamoraste.
Es buen padre, se preocupa por los demás, cuando entrega su corazón lo hace para siempre, es leal, buen amigo, divertido y generoso, cuando se quita su armadura de artista, es tierno y frágil, un niño pequeño al que no querían y que siempre está buscando a quien le dé un poco de cariño.
Aquellas palabras a Elena la hicieron reflexionar.
—¿Por qué dices que no lo querían? Siempre habla de lo muy unido que estaba a su abuelo.
Lucía se acercó un poco más a Elena.
—¿Alguna vez te ha hablado de sus padres?
Elena asintió un tanto confundida.
—Muy por encima: que no conoció a su padre y que su madre tuvo que irse fuera a trabajar y falleció joven de un cáncer.
A Lucía la respuesta de Elena le generó ternura.
—Esa es la versión, digamos, «oficial», lo que cuenta en las entrevistas. La mayor parte de la biografía de mi padre hasta salir por primera vez en Noches desde el Espacio es inventada, no le gusta hablar de aquella época. ¿Te ha contado algo más?
—Pues que la aldea era muy pequeña, que lo criaron sus abuelos, que estaba muy unido a su abuelo Manuel, que era con quien iba de chaval a ver monologuistas; que al poco se fue a trabajar a Barcelona y que fallecieron, primero su abuela y luego Manuel, y que desde entonces no ha vuelto a Galicia.
A Lucía le daba pena que su padre no se hubiese abierto de verdad con Elena, sobre todo, porque realmente la quería. Estaba decidida a hacer lo que su padre debería haber hecho antes.
—Mi padre tiene un dolor muy grande dentro y mi madre no fue capaz de entenderlo, de ahí que les fuese mal, bueno, por eso y porque a mi padre siempre le han gustado mucho las mujeres, la vida del artista es como es y mi madre…
Lo cierto es que lo único que quería era estar tranquila, nunca le gustó lo que hacía Bécquer y así era imposible.
Pero los dos tienen claro que se equivocaron al casarse si ambos querían cosas distintas.
Ahora, con el tiempo, todo está solucionado.
—Elena escuchaba el relato con atención; era cierto que en esos meses habían profundizado poco en el pasado mientras disfrutaban el presente y no pensaban en el futuro—.
Mi abuela paterna, la madre de Antonio, lo despreció desde el mismo momento en que nació.
Hay gente que no se cree que una madre pueda repudiar a un hijo, pero sí, esas cosas pasan.
Un sinvergüenza la embarazó y desapareció, y ella culpó a su hijo de su caída en desgracia, lo abandonó cuando mi padre tenía, no recuerdo si diez o doce años, diciéndole, además, que no quería saber nada de él.
Se fue a Santiago y allí se metió en una espiral de mala vida que terminó con ella en la tumba.
—Elena lamentaba escuchar eso—. Antoñito, que era como lo llamaban, se inventó a Bécquer para ser más fuerte, para borrar esa parte de su vida, pero desde el primer instante en que se subió a un escenario, hace lo mismo: busca conseguir el amor de su madre y el amor de su padre a través del público, es sencillamente eso, no solo es el ego del artista, es algo más: mi padre está desesperado por que lo quieran.
Aquello a Elena no le encajaba.
—¡Pero si lo quiere todo el mundo!
Lucía sonrió con ternura.
—Ya lo sabe, pero la herida de que sean tus propios padres quienes no te quieren no se cierra nunca.
Elena asimilaba despacio el relato de Lucía, estaba demasiado enfadada como para sentir lástima por el artista y no dudó en dejarlo claro.
—Por mucho dolor que tenga, no puede ir por ahí como si nada más que él importase —reclamó.
—Tienes razón. Si te cuento esto es únicamente para que entiendas cómo es.
Mi padre creía que se había enamorado de mi madre y así salió la cosa como salió; en cambio, contigo…
es diferente, nunca lo había visto así. Está completamente entregado y comprometido.
Cuando hace unas semanas cortaste la relación, lo hundiste de una forma que no había visto jamás.
Elena se sentía culpable desde entonces y, cogiendo un poco de fuerzas, decidió confesar.
—Lo hice para protegerlo.
Poco a poco fue revelando lo que podía: que Leo Cantos era un amigo del pasado, que la misión en la que estaba metida era muy peligrosa y que ese fue el motivo por el que tuvo que darle la espalda a Bécquer.
—¿Entonces, lo sigues queriendo?
—Pues ahora mismo no sabría qué contestar a eso…
Tu padre es como una patada en la espinilla, y además…
—A Elena se le hizo entonces un nudo en la garganta—.
Llevo toda la vida luchando dentro de la comisaría para descubrir quién se llevó al mío, y ahora aquí me ves, sin futuro y sin placa.
¿Entiendes lo que te digo? Tu padre ha arruinado mi investigación. No sé si se lo podré perdonar.
Lucía hizo aparecer entonces la última carta de la manga.
—Mira esto. —Sacó del bolsillo el móvil y le mostró una imagen—.
Mi padre ha localizado al doctor Castillo.
—Elena dio un salto en el sofá que casi da con su cabeza en el techo—.
Por eso vino a tu casa la noche en la que lo estropeó todo, para contártelo y ofrecerte ir a México a buscarlo; una vez más no quisiste escucharlo, y cuando te vio salir, decidió seguirte y…
Bueno, el resto ya lo sabes. Lo que mi padre quería era ayudarte.
Elena tomó el teléfono de Lucía, ahí estaba la dirección del hombre que falseó la autopsia de su padre, del hombre que seguro sabría quién estaba detrás de tanto dolor.
—Está bien —dijo Elena esperanzada—, llévame a ver a tu padre.