22 Fracaso estrepitoso
FRACASO ESTREPITOSO
Leo Cantos conducía en silencio mientras Elena desarrollaba un monólogo dificilísimo de seguir.
—No me puedo creer lo que ha hecho, no me lo creo. Sabía que dejarlo al margen era mala idea.
Leo trató de calmar la situación.
—Siento mucho lo que te está pasando, pero las órdenes son claras: nadie más puede formar parte de esto. Esta noche hemos perdido una oportunidad de oro.
Elena asentía mientras él hablaba, era consciente de lo que podía haber sido si Bécquer no lo hubiese arruinado todo. Leo continuó haciendo leña del árbol caído.
—Meses trabajando en este operativo, era el día en el que caían los Conejo y localizábamos a la organización que desvía la droga… y ahora no tenemos nada. Y esto no es lo peor, estoy convocado mañana, debo dar explicaciones y ya te adelanto que no será fácil. No sé si podré salvarte.
La inspectora Izaguirre saltó en su asiento.
—¿Salvarme? ¿Salvarme? ¿Tú de verdad crees que me puedes salvar? ¿Salvar de qué? ¡Tú fuiste el que vino a mí todo convencido con tu traje de superagente! ¿Y para qué? ¿Para fastidiarme la vida otra vez?
Las palabras de Elena resonaron con fuerza en el coche. Leo Cantos sintió aquel «otra vez» como un cuchillo clavándose en su pecho.
Elena había hecho caso a su madre, algo poco habitual en los últimos tiempos, y había accedido a irse a vivir con Leo. Las primeras semanas fueron realmente maravillosas: estaban felices, dedicaban el tiempo a hablar y hacer el amor, el resto podía esperar.
Esa especie de luna de miel permanente acabó cuando Elena tuvo los primeros encargos de responsabilidad en la comisaría. Una mañana, desayunando, Leo tuvo la infeliz idea de cuestionar si el trabajo de la inspectora valía o no la pena.
—¿De verdad esto te gusta? Chica, no lo entiendo.
Elena levantó la vista del café y preguntó:
—¿El qué no entiendes?
—Pues esto —dijo señalando una pila de carpetas que descansaban sobre la mesita del salón—.
Te pasas el día deteniendo yonquis, persiguiendo a maltratadores…
, esas cosas. —Elena no acababa de entender a dónde pretendía llegar—.
Eras la mejor militar que ha habido nunca, te has pasado años llevando a cabo operaciones de élite y ahora estás aquí, perdiendo el tiempo y tirando tu carrera por la borda; eso es lo que no acabo de entender.
Leo hablaba muy clarito: desde que conoció a Elena en Afganistán, el crecimiento de la carrera de ambos había ido muy parejo, eran los soldados estrella, unas auténticas máquinas preparadas para dar de sí lo mejor en las peores situaciones imaginables; fue por eso que a él las ofertas no tardaron en llegarle y volvió a España para formar parte de la crème de la crème del Ministerio del Interior; ella, por su parte, era policía nacional en la comisaría de Tudescos, creada única y exclusivamente para librar a esa parte de la Gran Vía de drogadictos y carteristas, poca cosa para una mujer como Elena, según un hombre como Leo.
Pero ella tenía un objetivo muy concreto.
Desde que llegó, los más veteranos la saludaban con una mezcla de simpatía y lástima: todos sabían que era la hija de Izaguirre, aquel policía de medio pelo al que un don nadie apuñaló en un callejón.
Muchos creían que su presencia en Tudescos no era más que una simple coincidencia, pero no era así.
Además, le había costado lo suyo que la trasladaran, pero, al final, su madre y una casualidad feliz habían tenido mucho que ver.
En los últimos años, Carmen había hecho amistad con una mujer que resultó ser la esposa del comisario de Tudescos, y entre una cosa y otra allí estaba Elena Izaguirre: justo en el lugar que quería. Y eso no lo iba a estropear nadie.
Elena aclaró bajo el grifo su taza de café y con toda la tranquilidad del mundo respondió a Leo.
—Me gusta Tudescos, me gusta ser policía.
Pero a él no le servía y, sobre todo no encajaba en el plan que tenía para el futuro inmediato de Elena: ser la señora Cantos.
La inspectora no logró pegar ojo en toda la noche, era consciente incluso de que su carrera como policía podía haberse acabado.
«Muchos han caído por menos», pensaba. Y luego estaba lo de Bécquer.
Desde que le pidió tiempo no había hecho otra cosa que empeorar la situación, llevaba semanas apareciendo en todas partes y ahora se había coronado. «¿Por qué le dio por seguirme?».
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido del teléfono: era su madre quien llamaba.
Carmen llevaba días sin hablar con Elena, así que lo primero que hizo, además de preguntarle qué tal estaba comiendo, fue narrarle con todo detalle la deliciosa visita que Bécquer le había regalado.
—Desde luego, qué suerte tienes, hija mía.
Menudo hombre es, y la niña puro amor. —A medida que su madre iba desgranando los detalles, a Elena le aumentaba el cabreo de tal forma que el ictus comenzaba a ser algo probable—.
El caso —continuó Carmen— es que pasamos una tarde estupenda, tenías que haber visto cómo disfrutaron viendo tus fotos antiguas.
—Pocas cosas le avergonzaban más que su madre buscando en el baúl de los recuerdos—. Alucinaron con tus fotos del ejército.
En ese momento, un sudor frío cayó por la espalda de la inspectora Izaguirre: conociendo como conocía a su madre, no tenía la más mínima duda de que había sacado la lengua a pasear.
—¿Le hablaste a Bécquer de Leo?
Carmen se preocupó.
—Pues, un poco por encima, sin entrar en detalles.
Elena entendió entonces por qué el cómico actuaba como actuaba. «Tenía que habérselo contado yo —pensó—, conociéndolo, debe de estar histérico». Aquellos pensamientos, lejos de despertar en ella un grado mayor de empatía, resultaron en todo lo contrario: «No tiene por qué meterse en mi vida».
Leo Cantos llegó a Tudescos alrededor de las once de la mañana.
Su cara de decepción era evidente, a sus superiores las explicaciones de que un cómico famoso había arruinado un operativo no les habían convencido, iban a rodar cabezas y la suya estaba a punto de ser la primera.
Subió a la sala de reuniones cuando, al entrar, se encontró a Bécquer de pie contando una historia a cuatro uniformadas totalmente entregadas a la causa.
—… y terminé diciéndole: entiendo que eres Jennifer López y no estás acostumbrada a que te digan que no.
Leo Cantos lo cortó de raíz.
—¿No tienen nada mejor que hacer?
Las cuatro agentes se levantaron de prisa y salieron con la cabeza gacha.
—¿Siempre entras a los sitios como un cretino? —le preguntó Bécquer, totalmente dispuesto a dar batalla.
—Tú deberías taparte un poquito, tu cagada nos ha costado meses de trabajo.
La reclamación estaba totalmente fundamentada, el artista era consciente de que se había equivocado, y si estaba esa mañana en la comisaría era precisamente para dar la cara y asumir su responsabilidad.
—A lo mejor deberías haber sido más transparente. Has llegado aquí con tu pose de James Bond y no sé qué demonios has hecho con Elena. —Estaba excesivamente agresivo.
—Vigila cómo me hablas, no te olvides de quién soy —respondió Leo, apartando levemente la chaqueta para lucir la placa que llevaba en el cinturón.
—Muy teatral —dijo Bécquer—, pero te aconsejo que no pierdas de vista quién soy yo: no serías el primero que se queda sin curro por pasarse de listo conmigo. —El cómico tenía claro que no se iba a achantar en ningún caso.
Desde la entrada sonó entonces una voz familiar para ambos.
—¿Podéis dejar de comportaros como niños? —ordenó Elena en la puerta—. Acabo de llegar y me encuentro con esto —añadió, resignada.
—Empezó él —dijo Bécquer, quedando como el más infantil de la sala—. Elena, si me dejas que te explique… —La frase se vio interrumpida por un gesto de Elena con la mano.
—Ahora no.
El comisario Baltierra hizo entonces su entrada.
—Siéntense, por favor.
Cada uno ocupó una de las sillas pupitre que había en la sala.
—Parece que estamos en el cole —le susurró Bécquer a Elena, quien no devolvió gesto alguno por la broma.
Baltierra estaba muy serio, lo que no le resultó una novedad al cómico: desde que lo conocía, su relación había sido tensa.
—Lo ocurrido anoche es el mayor desastre de la historia de esta unidad.
—El comisario arrancó dejando las cosas claras—.
Acabo de hablar con el ministro del Interior, le manda recuerdos, señor Bécquer —el cómico miró a Leo con chulería—, pero no se entusiasme.
Sus palabras exactas han sido: «Me tiene hasta los huevos».
Bécquer recogió el guante y respondió:
—Es que tiene su carácter, pero luego se le pasa. Ya lo llamo al terminar la reunión.
Baltierra se acercó a él.
—¿No ha aprendido nada? ¿Sigue pensando que todo es una broma? —Bécquer no contestó—. Anoche el trabajo y la seguridad de muchos agentes se vieron comprometidos por su irresponsabilidad.
—Verá comisario, no sabía nada de que era un operativo, yo solo quería hablar con Elena, porque desde que llegó el figurín ese no atiende a mis llamadas. —Elena se puso colorada.
—¡No me importa! —gritó Baltierra—. ¡Usted no es el centro del universo! Meses de trabajo tirados a la basura por culpa de su ego, ¡como siempre! Y esta vez tiene consecuencias.
En realidad Baltierra estaba aliviado, aunque lo disimuló a la perfección cuando Serrano lo llamó para abroncarlo.
—Puto desastre todo —dijo el Gigante a modo de saludo—. Se ha colado por el medio el comicucho ese novio de Izaguirre y todo el operativo se ha ido al carajo.
A Baltierra nunca le había gustado Bécquer, pero tenía ganas de darle un abrazo: su enésima irresponsabilidad, sin saberlo, había salvado la vida de la inspectora.
—¿Y ahora? —había preguntado Baltierra.
—Pues haremos de la necesidad virtud: como la cagada obedece a asuntos personales de tu protegida, lo vamos a utilizar para quitarnos de encima a Leo Cantos, se vuelve por donde vino, y lo mismo con Izaguirre…
En cuanto a ti… Creo que la dimisión sería lo suyo, ya tengo calentando en la banda a un buen sustituto con el que poder seguir trabajando.
—Inspectora Izaguirre —continuó dirigiendo la reprimenda—, como ya te he dicho en ocasiones anteriores, tu vida personal afecta exageradamente a tu desempeño profesional, y lo de anoche ha sido de una irresponsabilidad terrible.
De las tres comisarías involucradas, dos han solicitado formalmente tu expulsión del Cuerpo Nacional de Policía; y hemos recibido la misma orden del Ministerio del Interior: desde este momento, quedas expulsada.
Elena no daba crédito a lo que estaba escuchando.
—Eso no puede ser, hablaré con el ministro —dijo Bécquer. Elena se giró de manera instantánea.
—¡Cállate! —gritó—. ¡Todo es culpa tuya!
Él no se atrevió a replicar. Elena se quedó en silencio, se puso de pie, entregó al comisario su placa y su pistola, y volvió a ocupar su asiento.
—En cuanto a usted, señor Cantos, váyase por donde ha venido, ya le dirán sus superiores en qué posición queda.
Leo asintió con la cabeza y entonces el comisario dirigió su mirada al cómico, que tenía el rostro descompuesto.
—Sabía que esto iba a ocurrir desde el momento en que lo conocí y se comportó como si la comisaría fuese suya. Es usted un dolor de cabeza, va por el mundo pensando que puede hacer lo que le da la gana y no es así. Mire las consecuencias: Elena fuera del Cuerpo.
—¿Y usted no ha hecho nada para evitarlo? —le replicó Bécquer—. Ha sido por mi culpa, ella no tuvo nada que ver.
—A mí me han puesto de patitas en la calle —dijo Baltierra—. Quise dimitir para salvar su puesto y no ha servido de nada. Entiendo que le alegre saber que tampoco formo parte ya de la Policía.
Cuando las noticias terminaron, Elena se levantó evitando la mirada de los tres hombres que la acompañaban.
—Elena, por favor —le suplicó Bécquer, tratando de detenerla en vano.
—Ni así aprendes —dijo Leo Cantos a su espalda—. Ya lo has conseguido: te has cargado al comisario, a la inspectora y Ortega en coma; sin duda, eres una estrella.
Bécquer notó el calor en sus mejillas y armó su brazo derecho: el puñetazo cayó en vacío, Leo apenas necesitó esfuerzo para reducirlo y colocar su cara contra la pared.
—Escúchame, payaso, suerte tienes de que no te rompa el brazo. Deja a Elena en paz de una vez. Ni te quiere ni te necesita.