21 Inoportuno como pocos
INOPORTUNO COMO POCOS
Bécquer no dejaba de removerse en el asiento.
«Maldita sea mi estampa —se decía completamente encendido—, pero ¿por qué me hace esto?
A mí no me puede atender, pero en cambio se pone las pinturas de guerra.
Esto pasa ya de castaño a oscuro». Sus emociones comenzaban a revolverse de tal forma que no auguraban nada bueno.
Cada vez que se sentía ninguneado, las decisiones que tomaba no eran las mejores.
Antoñito cumplió doce años recibiendo una noticia que algunos podrían considerar inesperada; para aquel niño que en un futuro se haría llamar Bécquer, en cambio, era algo que se temía desde hacía tiempo.
Con su eterno cigarro colgando de la comisura de los labios, su madre no se dejaba nada dentro mientras discutía con su abuelo.
El señor Manuel nunca entendió qué fue lo que falló con su hija, que fuera rebelde no le importaba, incluso entendía que quisiese escapar del pueblo cuanto antes.
«Hay que reconocer que aquí no hay futuro para los jóvenes», solía decir con sensatez.
Antes los tiempos eran otros, el señor Manuel había tenido una vida nueva trabajando en el campo, nunca les había faltado de nada y había sido capaz de sacar una hija adelante, solo una, porque Dios no había tenido a bien enviarles más, algo normal teniendo en cuenta que lograron ser padres rozando los cincuenta años.
Quizá por eso la noticia de que se había quedado embarazada con apenas diecisiete años no había supuesto un drama exagerado por la criatura en sí, un bebé siempre es motivo de alegría, sino por el abandono inmediato del que debería haber ejercido de padre y marido.
Desde el instante en el que Antoñito vio la luz, su madre no quiso saber nada, para ella el pequeño no existía: una niña madre de un niño, apestada en el pueblo y víctima del machismo imperante en la época.
María no varió su objetivo de huir del pueblo sin mirar atrás, y cuando Bécquer cumplió doce años, lo consiguió.
Por más esfuerzos que el señor Manuel hizo, su hija tenía las cosas claras.
—No lo llevo conmigo, que yo voy a trabajar —decía para convencer y convencerse.
—¿Vas a dejar aquí a tu hijo? ¡Un niño tiene que estar con su madre! —exclamó el señor Manuel elevando el tono.
—¡Qué me da igual! —gritó María—. Llevo desde que nació encerrada aquí, ¡no puedo más! Tengo derecho a una vida, no quiero seguir pagando por un error.
Esa sentencia al señor Manuel le dolía en el alma, para él Bécquer era lo mejor que le había pasado en la vida, pero estaba dispuesto a echarse a un lado con tal de que pudiese tener una madre.
—No es un error, es tu hijo —dijo, tratando de hacerse entender.
—No me importa, quédatelo tú.
Antoñito se alejó de la puerta de la cocina y se dirigió a su dormitorio, se echó sobre la cama y por primera vez logró contener las lágrimas.
«No me quiere —se decía— y se marcha para siempre».
A pesar de su corta edad, llevaba tiempo sabiendo que su madre no quería saber nada de él; por suerte tenía al lado a su abuelo: su vida entera.
Desde que llegó al mundo, el señor Manuel lo había defendido con orgullo, más de cuatro palabras había cruzado en el bar con aquel que se atrevía a irse de la lengua.
Era verdad que su hija se había equivocado, pero él tuvo siempre claro que no era más que una chiquilla enamorada.
Su esposa, por el contrario, se sumió en tal pena y vergüenza que apenas volvió a pisar el pueblo: se quedó en casa el resto de años que le quedaron, que no fueron muchos.
Disgustado como pocas veces, Bécquer tomó una decisión, se levantó de un salto y se dirigió a la cocina.
—¿Qué haces aquí? —le espetó su madre cuando lo vio entrar por la puerta.
El niño respiró hondo y comenzó a recitar las palabras que tanto tiempo llevaba ensayando.
—Te he oído decirle al abuelo que te marchas, ¿es verdad? —Qué difícil resultaba hacer una pregunta de la que temías la respuesta.
—Sí —respondió tajante—, me voy ahora en el nocturno, me ha salido un trabajo.
Bécquer hizo entonces la segunda de sus preguntas.
—¿Y por qué no me llevas contigo?
María miró a su hijo. Tenía la oportunidad de decir algo que los mantuviese unidos, la oportunidad de mostrar algo de amor, pero estaba dispuesta a perderla.
—Voy a estar trabajando y no podré atenderte, estás mucho mejor aquí.
Bécquer insistió.
—Pero allí puedo ir al colegio y puedo manejarme solo.
El grito que su madre profirió a continuación todavía lo atormentaba en sueños de cuando en cuando.
—¡Que no te quiero conmigo! ¿No lo entiendes?
Bécquer trató de controlar las lágrimas que se acumulaban en sus ojos, no quería llorar, quería mostrarse fuerte.
—¿Por qué no me quieres?
El señor Manuel sentía que el corazón se le partía en dos al ver el lamento de su nieto: no era más que un niño suplicando el amor de su madre.
—Tu madre sí te quiere —intervino—, lo que ocurre es que tiene que trabajar.
Bécquer confió entonces en que su madre se uniese al menos a la respuesta de su abuelo. Lejos de tal cosa, se levantó y, dirigiéndose a la puerta, dijo:
—Tienes que aprender a estar solo, crece de una vez.
Bécquer no volvió a ver a su madre. Al cabo de unos años falleció en Santiago de Compostela. Lo último que supo es que volvió a juntarse con hombres que hicieron de su vida un lamento y de su cuerpo una enfermedad.
Bécquer miraba por la ventanilla sin entender a dónde demonios se dirigía Elena.
«Por aquí no creo yo que haya buenos restaurantes —pensó mientras dejaban Madrid a lo lejos en dirección al sur—, ¿a dónde irá?
No será a un motel de esos con espejos en el techo».
Su mente se acababa de tirar al monte sin posibilidad de un regreso temprano.
Elena repasaba el operativo con Leo al teléfono.
—No debería ser problemático —dijo para arrancar la conversación.
—No debería —respondió Cantos—, pero estate alerta, en este tipo de operaciones es donde en tu comisaría sospechamos que ocurren cosas, pero si esta vez hay desvíos de mercancía, lo sabremos.
Leo era el único, junto con Elena, que sabía que habían colocado un dispositivo en cada kilo de cocaína. El plan era localizar todo aquello que se pudiese desviar.
—Yo no puedo acercarme mucho, ya lo sabes, pero estaremos conectados en todo momento. Cuando te entreguen el pago, será el momento de proceder a la detención.
Leo detuvo su vehículo a unos metros del lugar de la entrega. Desde esa posición vigilaba a Elena. Pasados unos minutos un enorme Land Rover hizo su entrada.
Bécquer observaba desde lejos. «¿Qué está haciendo?». La cabeza se le iba en mil cosas sobre qué podían hacer dos adultos dentro de un coche en semejante lugar, discreto, tranquilo y debajo de un puente: un picadero en toda regla.
—¡Se abre la puerta! —exclamó; a continuación, se sorprendió ensimismado—. Elena tiene que haber quedado con el gilipollas ese.
Con la conclusión clara, ni corto ni perezoso, se bajó del coche.
—Tengo que verlo de cerca, esto es de traca.
Elena se colocó en posición, ahora tocaba esperar a que el pago llegase. El enviado de los Conejo bajó del coche acompañado de uno de sus esbirros. Cuando llegó adonde Elena, la inspectora confirmó que llevaban una bolsa de deporte. «Ahí está el dinero», pensó.
Bécquer caminaba despacio evitando la luz de las farolas, había logrado acercarse a menos de veinte metros de la espalda de Elena, pero tuvo que pararse al ver que dos hombres se acercaban.
—Y esos, ¿quiénes son?
Su curiosidad iba en aumento. Cuando Elena comenzó a hablar con aquellos dos, logró acercarse bastante.
En la oscuridad de aquel lugar, Elena se movía como pez en el agua.
—¿Habéis traído lo acordado? —preguntó, impostando un perfecto acento colombiano.
—Millón y medio —contestó el que lideraba mientras su compañero le enseñaba a la inspectora el contenido de la bolsa.
Elena cogió entonces su teléfono, y justo cuando se disponía a marcar, un estruendo se desató a su espalda. Los dos hombres se sobresaltaron al ver caer a un hombre al suelo a unos diez metros de distancia.
—¡Eh tú! —exclamó el portador de la bolsa—. ¿Qué haces ahí?
Cuando se incorporó, Elena reconoció a Bécquer. «No me lo puedo creer», pensó, tratando de controlar el primer impulso de pegarle un grito. Sacudiéndose el polvo de los pantalones, el cómico improvisó una estupidez.
—Hola, ¿no habréis visto por aquí unos AirPods? El móvil me dice que se me cayeron por aquí, probablemente esta mañana al sacar al perro.
Elena respiró para no sacarle los ojos.
—Aquí no hay nada —dijo uno de los esbirros. Bécquer continuó acercándose.
—Pues nada, voy a seguir buscando por allí. ¿Usted no los habrá visto? Es un estuche blanco.
Elena le dedicó tal mirada, que aún hoy hay quien se pregunta cómo es posible que no cayese fulminado.
—No, mi amor —contestó Elena manteniendo la pose. «Hostias, habla con acento», pensó Bécquer logrando sumar dos más dos.
—Pues nada, qué mala suerte tengo. Muchas gracias a los tres.
Elena estaba en plena misión. «O eso, o no me ha contado que tiene una doble vida —bromeó para sí—. Tengo que ayudarla». Otra estupidez más añadida a la ristra de las que estaba cometiendo.
—Les dejo con lo suyo, muchas gracias a todos, yo ya me voy, voy a seguir buscando por allá.
Cuando se había alejado un par de pasos, uno de los hombres exclamó a su espalda.
—Oye tú, tu cara me resulta familiar, ¿nos conocemos?
Bécquer se detuvo en seco, no era buen momento para ser reconocido.
—Ni idea, tengo una de esas caras vulgares que le suenan a todo el mundo.
El muchacho que portaba la bolsa comenzó a inquietarse.
—No, no, yo te conozco, tú eres el cómico ese, el que le gusta a las viejas.
Bécquer se puso muy nervioso.
—Me lo dicen mucho, pero no, ni idea de quien me hablas. Y, además, también les gusta mucho a las mujeres jóvenes. Muchas gracias, yo ya me voy.
La tensión subía, el otro esbirro tampoco tenía claro que fuese una casualidad.
—Sí, a mí también me suenas. —Y dando un paso hacia delante, agarró a Bécquer del brazo y exclamó—. ¿Qué cojones haces aquí?
—Es que esta mañana estaba paseando al perro…
Elena pensaba a toda velocidad cómo demonios iba a salvar la operación.
—Ay, de verdad, dejen que se marche ya el hijueputa ese.
La sugerencia de la inspectora pareció reconducir la situación por unos instantes.
Leo Cantos no comprendía lo que estaba presenciando desde su coche.
«¿Ese es Bécquer?». A lo lejos distinguió la figura del cómico en pleno operativo.
La radio no dejaba de sonar: «¿Todo bien, agente Cantos?
Repito: ¿entramos?». Leo gritó de tal manera que la radio pasó a ser innecesaria: «No, esperen mi señal.
La inspectora puede estar comprometida».
Bécquer no dejaba su verborrea habitual.
—A ver, por favor, que yo solo estoy buscando unos auriculares… Que da igual, que me compro otros. Cosas que pasan.
El mosqueo de los dos delincuentes no hacía más que crecer; mientras tanto, los nervios en los distintos miembros del operativo aumentaban, la señal no llegaba, y si el intercambio no se hacía, no habría motivos para detener a los Conejo.
El hombre que portaba la bolsa cada vez estaba más alterado, no dejaba de observar a Bécquer, lo escrutaba.
—Sí que eres —insistió—, eres el cómico que salió en la tele cuando secuestraron a su hija, ¡eres tú!
Tan claro lo tenía que, en ese momento, comenzó a mirar fijamente a Elena. La inspectora Izaguirre sabía que el operativo estaba a punto de fracasar por la estupidez que Bécquer acababa de hacer, tenía que encontrar la manera de que desapareciese de la escena.
—¡Basta ya, hijueputa! Lárguese de aquí —gritó, pegando un empujón a Bécquer.
—¡Señora, no son formas! —exclamó él, casi a punto de caerse. Y exagerando la protesta, se alejó de la inspectora.
Desde una posición elevada, a veinticinco metros de distancia, un hombre completamente vestido de negro tenía una visión clara de Elena en la mira telescópica de su fusil.
Las órdenes que tenía no dejaban lugar a la duda: en cuanto entrase la caballería, la inspectora Izaguirre recibiría un disparo en el pecho.
Ni antes ni después. La idea era aprovechar el caos y que pareciera que los Conejo habían llevado refuerzos.
La posibilidad de un buen disparo comenzó a estropearse cuando Bécquer decidió meterse por el medio.
«No tengo uno limpio —pensó—, maldita sea».
Todo terminó por colapsar. «Esto es raro de cojones», pensó el esbirro de los Conejo.
—Nos vamos —ordenó a su compañero.
—Eh, mi dinero —reclamó Elena, no podía dejar que eso ocurriese.
—Ni dinero ni pollas, esto es muy raro.
La inspectora tuvo claro en ese instante que, o hacía algo, o tendría un serio problema.
—¡Teníamos un trato! —Esgrimió.
Bécquer, mientras tanto, se había alejado hasta colocarse detrás de uno de los pilares que sujetaban el puente sobre sus cabezas.
«Quizá tenga que volver a intervenir», pensaba absurdamente.
Por su parte, Leo Cantos, al ver la situación, había bajado discretamente del coche y, armado, comenzó a acercarse a Elena.
—Vámonos de aquí —insistió el esbirro.
Elena protesto en vano: antes de que pudiese hacer nada, el Land Rover hizo su entrada llevándose consigo a los dos hombres: si no había pago, no habría intercambio. Se quedó quieta viendo cómo el coche se alejaba.
Bécquer seguía observando la escena con atención hasta que se sobresaltó cuando notó el cañón de una pistola en su espalda.
—No se mueva y levante las manos.
—O una cosa o la otra, las dos juntas no pueden ser.
Nunca era mal momento para hacer una broma. Con las manos en alto, comenzó a caminar hacia Elena por indicación del hombre que tenía a su espalda. No tuvo tiempo para alterarse ya que, en cuanto dio el primer paso, la tranquilizadora voz de Elena hizo su aparición.
—¿Eres idiota? ¿No te das cuenta de lo que acabas de hacer? ¡Has arruinado una operación policial!
Bécquer notó entonces que dejaban de encañonarlo, y el hombre que estaba a su espalda se puso al lado de Elena. «El que faltaba», pensó Bécquer al ver al guapísimo Leo Cantos.
Mientras Elena seguía abroncando a Bécquer, varios vehículos policiales hicieron su aparición.
—¿Y todo esto? —preguntó el cómico.
—Todo esto son los compañeros que iban a llevar a cabo la detención de los narcotraficantes que traían el dinero, y al otro lado de la ciudad dos unidades estaban llevando a cabo la entrega de un alijo que iba a hacer caer a uno de los cárteles más importantes del país.
Pero todo se acaba de ir a la mierda por tu culpa.
La respuesta de la inspectora Izaguirre hizo que Bécquer, por primera vez, se diese cuenta de que la había cagado bien.
Apostado en lo alto, el hombre encargado de segar la vida de Elena recogía su arma y abandonaba el lugar.
—Ha sido imposible, sin la entrada de la caballería, no podía hacer el disparo.
Las explicaciones no convencieron a Serrano, quien pensó: «Está visto que si quieres que las cosas salgan bien, tienes que hacerlas tú mismo».