Bécquer en París 20 Los que van a morir te saludan
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20 Los que van a morir te saludan

LOS QUE VAN A MORIR TE SALUDAN

La inspectora Izaguirre llevaba mal lo de tener niñera, y si a eso le sumabas que la niñera en cuestión era un exnovio del que salió corriendo sin dar explicaciones, pues peor todavía.

—Con todo el respeto, comisario. No entiendo qué pinta Cantos en todo esto.

—La queja de Elena tenía todo el sentido: si ya era poco habitual que la colocasen en un operativo antidroga, que aún por encima Leo Cantos formase parte de él era algo que la sacaba de sus casillas—.

Una cosa es colaborar en la búsqueda del asaltante de Diego y otra bien distinta es tenerlo metido en mi trabajo.

Baltierra respiró despacio, las quejas de la inspectora por tener a alguien a su lado eran un clásico: hasta que acabó por tolerar a Diego Ortega, trabajar sola había sido su mayor deseo, compartido por cualquier agente de la comisaría con miedo a tener que aguantarle su carácter explosivo durante toda la jornada laboral.

—Sabes que no puedo hacer nada, tiene autorización para estar en cualquier dinámica de la comisaría que escoja, no tenemos más remedio que aceptarlo. Deja ya de lloriquear y ponte a trabajar. —Tajante como pocas veces, el comisario señaló la puerta—. Cierra al salir, que se me escapa el gato.

Elena evitó dar el enésimo portazo de su ya larga trayectoria, y echó a andar por el pasillo hacia su mesa. Leo Cantos esperaba con la espalda apoyada en la pared, y, cuando ella pasó por delante, se colocó a su lado.

—¿Se lo ha creído? —preguntó.

—¿Que no quiero saber nada de ti y que me encantaría que te fueses de una puñetera vez? No me ha costado nada interpretarlo.

Elena era un mar de dudas; por el contrario, su madre lo tenía claro.

—A mí me gusta mucho este chico, qué quieres que te diga. Tiene un buen trabajo, es serio, se acaba de comprar un piso y además está como un queso.

Elena se puso colorada.

—¡Mamá! —exclamó.

—Bueno, bueno, hija. A ver si ahora no voy a poder hablar. Si el muchacho está de buen ver, pues lo digo. No entiendo por qué le das tantas vueltas.

Las palabras de Carmen no hicieron mella alguna en su hija, Elena acababa de llegar a Madrid después de mucho tiempo fuera, comenzaba una nueva etapa en su vida, ya como policía nacional, y Leo la estaba esperando en su recién amueblado apartamento.

—No lo sé, mamá. Me parece todo un poco precipitado. —La excusa de Elena no terminaba de funcionar.

—Pero si lleváis juntos un montón de tiempo; además, está bien que veáis que tal encajáis, hija mía: si ves que la cosa no cuaja, pues te vuelves aquí.

A Elena tanta modernidad por parte de su madre la tenía descolocada. El paso era demasiado grande. Ahora que por fin había conseguido incorporarse a la comisaría de Tudescos, encargada de cerrar la investigación de la muerte de su padre, la idea de tener que dar explicaciones, la aterraba.

El piso que se había comprado Leo era precioso, decorado con gusto y cariño. Elena odiaba reconocer que le gustaba estar allí con él, pero lo de quedarse más de dos noches seguidas… era harina de otro costal.

—¿Cuándo te vas a venir definitivamente a vivir conmigo? —La pregunta de Leo llevaba siendo esquivada varios meses.

—Es que ni cenar tranquila puede una.

Leo sabía que las evasivas y Elena iban siempre de la mano.

—Cena, cena, pero digo yo que podrías hacer las dos cosas a la vez. No entiendo por qué no te quedas.

A Elena tener que afrontar esta conversación una y otra vez la ponía de los nervios.

—No quiero dejar sola todavía a mi madre, mis hermanos ya no están en casa y me preocupa mucho. Sabes que pasó un cáncer muy duro y se ha quedado tocada. —La carta de la enfermedad era la favorita de Elena para ganar la partida.

—Pero si tu madre es la que más insiste en que lo hagas. Me lo ha dicho catorce veces.

Tampoco le gustaba que Leo tuviera tanta complicidad con su madre. A Elena, en realidad, le gustaban pocas cosas en aquel momento de su vida.

—Eres muy pesado.

Y con esto dio por zanjada la conversación.

La sala de reuniones estaba ocupada al máximo, agentes de diferentes comisarías estrechaban sus manos preparándose para lo que esa noche iba a suceder. El comisario Baltierra entró dando los buenos días y pidiendo a los agentes que aún estaban de pie que tomasen asiento.

Desde la cabecera de la sala tomó entonces la palabra.

—Buenos días a todos, hoy es la noche. Este operativo lleva meses preparándose y será dentro de unas horas cuando lo llevemos a cabo: recuerden, lo más importante es la coordinación.

—Los agentes asentían mientras él iba desgranando los detalles—.

A las veintidós, en el polígono Rondón, será la entrega de la droga.

Los compañeros de Plaza Castilla serán los encargados de interceptar el camión en cuanto arranque.

Lo más importante es que, una vez que se entregue, se haga la llamada: en ese momento la inspectora Izaguirre recibirá el pago.

Necesitamos que hagan el pago, cuando la inspectora haga la señal, intervendrán los agentes desplegados en ambos operativos procediendo a la detención del grupo entero en ambas localizaciones. ¿Está claro?

Todos los agentes estaban convencidos del éxito de la operación, esa noche iban a detener a uno de los cabecillas de los Conejo; si aquello salía bien, sería noticia; si salía mal, sería portada en todos los periódicos.

Baltierra salió de la sala y se dirigió a su despacho.

Se sentó y abrió con la llave que siempre portaba consigo uno de los cajones del escritorio.

Levantó un disimulado doble fondo y extrajo un pequeño teléfono móvil.

Como era de esperar, tenía un mensaje exigiendo que lo llamase. Resignado, marcó el número de Serrano.

—¿Todo listo? —preguntó Serrano sin molestarse en saludar.

—Sí —respondió Baltierra.

—Hoy es un día importante, será tu gran éxito. —Las palabras de Serrano revolvían el estómago del comisario—. Recuerda lo que va a ocurrir, cuando Conejo entregue el dinero e Izaguirre dé la señal, habrá algo de caos: ese será el momento en el que uno de mis chicos se encargará de la inspectora.

Baltierra no dejaba de sudar.

—¿Cómo lo vas a hacer? —La pregunta del comisario cayó en saco roto.

—Lo sabrás cuando suceda.

A Serrano, los Conejo le daban exactamente igual, no le importaban nada, los consideraba un mal menor, y si algo había aprendido a lo largo de los años es que, si quitabas una pieza, se reemplazaba por otra rápidamente y sin problemas.

A pesar de todo debía reconocer que con ese trío se sentía cómodo, llevaban haciendo negocios más de dos décadas y siempre sin dificultad alguna.

«Los cabrones lo tienen bien montado —solía reflexionar—, siempre tienen alguna cabeza que entregar».

Eso era lo que a Serrano más le gustaba, cada vez que hacía falta que la policía se apuntase un tanto, al menos para disimular, los Conejo ofrecían a tres pobres hombres para cargar con todo.

Es fascinante lo que el ser humano está dispuesto a hacer con tal de proveer a su familia.

Serrano había visto a chavales de veinte años confesar asesinatos, trapicheos…

, cualquier clase de delito que salpicase a la organización, y esta vez no iba a ser menos.

La policía estaba convencida de que esa noche iban a agarrar a uno de los tres de arriba, la realidad era otra: los Conejo iban a enviar a dos peleles dispuestos a comerse diez años por tráfico de drogas.

Mientras esto ocurría, Serrano tenía en el bolsillo a uno de los nacionales habituales, sabía dónde iba a estar Elena, solo tenía que dispararle.

Cuando entrasen los uniformados, sería fácil colocarle el muerto a otro.

Ajeno a todo, Bécquer comía un cruasán relleno de chocolate mientras hablaba con su hija por teléfono.

—Tenías que haber visto a tu padre: espectacular.

—Nadie narraba mejor sus aventuras que él mismo—.

En apenas unos minutos la tenía comiendo de mi mano, a veces no soy consciente del enorme poder que ejerzo sobre las demás personas, especialmente las mujeres.

¿Crees que es por mi fama? ¿Por mi indudable atractivo?

Yo creo que es una combinación de ambos.

—Lucía suspiraba resignada mientras escuchaba los habituales desvaríos de su padre; no obstante, le gustaba verlo animado, la ruptura con Elena lo tenía destrozado y ahora, en cambio, volvía a sonar como el Bécquer de siempre—.

El caso es que ya sé dónde encontrar al doctor Castillo, mi idea es contárselo a Elena esta noche y pedirle que viaje conmigo a México a hacerle una visita al susodicho. Planazo, ¿verdad?

Lucía no lo veía nada claro, la actitud de la inspectora cuando se la encontraron no auguraba un buen final.

—Seguro que sí, papá. Es una gran noticia.

Bécquer sonrió al responder.

—Eso espero, me va a salir por una leña el vuelo, pero vale la pena.

Lucía añadió una pregunta a la conversación.

—¿Cuándo se lo piensas decir?

El cómico contestó a su hija mientras se subía al coche.

—Estoy de camino.

Bécquer no lograba contener la emoción, lo que había conseguido era fantástico.

Ya en su momento caminaba hinchado como un pavo al haber conseguido localizar a la hija del doctor, pero esto se llevaba la palma.

«Nos va a cantar La traviata , por lo civil o por lo criminal».

En unos veinticinco minutos, llegó a la calle donde vivía Elena.

De excelente humor bajó del coche y llamó al telefonillo.

—¿Quién es? —Elena contestó al cabo de unos segundos.

—Soy yo —respondió el artista—, tengo algo que decirte.

Elena entró en pánico: una vez más, Bécquer aparecía en su casa junto cuando estaba a punto de salir. «Joder», pensó, desde luego, no podía ser más inoportuno. Soltó el botón del intercomunicador, cogió aire y respondió.

—Ahora no puedo verte.

Bécquer sintió que el buen humor desaparecía.

—Es importante —rogó. Elena sugirió entonces una solución.

—¿Podemos comer mañana? —Música para los oídos de Bécquer.

—¡Claro! Busco un sitio bonito y nos vemos mañana.

Con las mismas se despidieron, el cómico cruzó la calle y se subió al coche que lo esperaba unos veinte metros calle arriba. Se sentó y le pidió un par de minutos al chófer.

—Dame un momento, que, con este cambio de planes, no sé si vamos de nuevo a casa o a tomar algo por ahí.

Comenzó a ojear wasaps valorando a quién escribir cuando el chófer le hizo un comentario.

—La señora Izaguirre está saliendo.

Bécquer levantó instantáneamente la vista del teléfono y puso sus ojos en Elena, que caminaba por la calle y de qué manera: pantalón de cuero negro, el pelo suelto, enormes gafas de sol y un top que no dejaba nada a la imaginación. La curiosidad, una vez más, pudo con él.

—¿A dónde va así vestida? —Elena subió a su vehículo—. Ya tenemos entretenimiento, y mira por dónde voy a poder decir: «Siga a ese coche».