19 El que es metiche, es metiche #2
Mientras se producía la competición por ver cuál de los anfitriones era más idiota, Bécquer ya estaba pegando su frente a la de aquella linda damita.
Fue entonces cuando la situación escaló: un manotazo en el hombro derecho de Bécquer lo giró casi deforma instantánea y de repente ahí estaba él, con su impoluto traje frente a cuatro garrulos dispuestos a cualquier cosa por reparar su honor mancillado.
Viendo de reojo que sus dos fieles escuderos eran de todo menos fieles, Antoñito evaluó la situación y llegó a una conclusión clara: con cuatro él solo no iba a poder, era mejor negociar.
—Aquí no queremos forasteros —dijo el que parecía juntar media neurona.
—A ver, forastero, forastero… Nos separa una calle y nos vemos casi todos los días —respondió Bécquer con una lógica aplastante.
—Ya hace tiempo que te quiero calentar la cara —añadió amenazante el garrulo principal.
—No, hombre, no: no acabemos así la fiesta, que aún está comenzando —respondió él, sorprendentemente conciliador—. Hagamos una cosa —propuso—: yo me cojo a mis dos amigos y nos vamos para allá —dijo señalando el lado opuesto de la plaza—, y de ahí no nos movemos.
El garrulo pareció valorar positivamente la propuesta, aunque faltaba un detalle por definir.
—¿Y las chavalas?
—La «chavalas» harán lo que quieran, irán donde quieran y con quien quieran.
La respuesta no gustó. Bécquer lo entendió cuando, al darle la espalda, un cuenco entero de vino tinto le empapó el traje.
«Esto sí que no», pensó Bécquer en lo que soltaba el primer golpe.
Tuvo suerte, sintió el crujir de la nariz cuando impactó el rostro y, para su sorpresa, los otros tres garrulos echaron a correr.
Fue tan lamentable la situación que no hubo ni tumulto.
Una de las muchachas se apresuró a darle un pañuelo al garrulo principal, que sollozaba palabras ininteligibles.
«No, si al final le voy a tener que pedir disculpas», pensó Bécquer ayudando al gañán a incorporarse.
—Ya lo siento, hombre. Pero es que mancharme el traje…
Derrotado, aceptó la disculpa y el ambiente se relajó por fin. Solo quedaba llegar a casa y aguantar el envite de su abuela: eso sí que iba a tener peligro.
En aquella noche de fiesta, Bécquer aprendió que a los matones se les enfrenta y que las manchas de vino salen bien en el agua helada del río.
Plantado en la puerta principal de Salumed, Bécquer miraba el teléfono haciéndose el distraído cuando por fin la vio salir; pasaban apenas diez minutos de las dos de la tarde.
«Lo sabía, la hora de comer no se perdona», celebró.
Echó a andar en dirección a la doctora insistiendo en mirar la pantalla del teléfono.
En el paso de cebra se puso a esperar a su lado y en apenas unos segundos la magia comenzó a hacer su efecto.
—¿Señor Bécquer? —dijo la doctora con sorpresa. Bécquer sacó a relucir su mejor sonrisa junto a la respuesta.
—Cuando creía que este precioso día no podía ser mejor, me regala su presencia. Qué alegría verla, doctora Castillo. —Tomó la mano de la doctora y la estrechó con suavidad.
—¿Y usted por aquí?
—¿Ve usted ese cartel que dice TRUE CONSULTING ?
Pues de ahí vengo, negocios inmobiliarios.
—La doctora Castillo no dudó; a fin de cuentas, no tenía motivo alguno para desconfiar—.
Hemos acabado un poco más tarde de lo previsto y eso me hace preguntarme: ¿podría recomendarme un sitio para comer?
Viendo la hora… —Sabía a ciencia cierta lo que iba a ocurrir a continuación.
—Pues aquí hay varios sitios estupendos.
—Pues si me dice usted cuál cree que es el mejor…
La doctora se lo pensó un instante y respondió:
—El Colmenar, tienen una carta magnífica, cruzando esta calle apenas a un minuto.
Bécquer se hizo un poco el despistado para que le repitiera las indicaciones y soltó el remate final.
—¿Y usted? ¿Ha comido ya? —La doctora negó con la cabeza—. ¿Por qué no me acompaña? Eso de comer solo es un poco triste.
La doctora Castillo no dudó la respuesta.
—Me encantaría, pero conseguir mesa a estas horas es un imposible.
Bécquer respondió con una encantadora sonrisa y ofreciéndole su brazo.
—Por eso no se preocupe, estoy seguro de que una mesita para dos podremos conseguir.
El Colmenar era una mezcla entre restaurante con menú ejecutivo de precio moderado y una carta para bolsillos más rumbosos. La doctora Castillo estaba en lo cierto en lo de conseguir mesa: todo funcionaba con reserva y era uno de los lugares favoritos de los ejecutivos que rodeaban el edificio.
El maître se quedó de piedra al ver al artista.
—Buenas tardes, ¿mesa para dos sería posible?
El jefe de sala ni lo dudó.
—Acompáñenme por aquí.
El resto del trayecto se desarrolló entre halagos a la carrera de Bécquer y lo mucho que significaba para el local que los estuviese visitando. La doctora Castillo no pudo evitar disfrutar con toda esa atención.
Una vez sentados, Bécquer recibió la primera y clásica pregunta.
—¿No le agobia que lo mire todo el mundo?
Tentado de lanzar su clásica respuesta, «No te equivoques, te miran a ti», se concentró: el objetivo no era subírsela a la habitación de un hotel, el objetivo era conseguir que le dijese cómo ponerse en contacto con su padre.
—No se crea, uno se acostumbra a todo: va en el sueldo.
La comida transcurría entre anécdotas graciosas y mucha complicidad, Bécquer sabía cómo ganarse a la persona que tenía enfrente: un buen entrevistador debe tener esa capacidad y a él le sobraba, siempre insistía en que lo mejor que podías hacer cuando entrevistabas a alguien era escuchar, dejar que el silencio pusiese nervioso al entrevistado y que se encargase de rellenar los huecos.
En eso emulaba sin rubor al magnífico Jesús Quintero.
La comida había sido excelente y se acercaba ya la hora del café. «Ahora o nunca», pensó Bécquer.
—Hay algo que le quiero preguntar algo y no me resulta fácil.
La doctora Castillo malentendió las intenciones del cómico y sonrió con picardía.
—Pregúnteme tranquilo —dijo poniendo su mano sobre la del artista.
—Hace muchos años asesinaron al padre de una buena amiga.
—La cara de la doctora cambió por completo, como si supiera por dónde iban los tiros, así que él continuó sin remilgo alguno—.
Le estoy hablando de hace casi treinta años.
Aquello se cerró y hoy ha prescrito, nadie tiene responsabilidad sobre lo ocurrido, pero, aun así, quiero ayudarla a descubrir quién fue, quién mató a su padre.
La doctora Castillo, visiblemente incómoda, respondió con evasivas mientras, con las manos, pedía la cuenta al camarero. «Se me va a escapar —pensó Bécquer— y no lo puedo permitir».
El cómico se levantó y colocó su silla al lado de la de la doctora.
—Necesito que me escuche, sé que su padre falsificaba autopsias y que por eso ya no vive en España.
—La doctora dijo que quería irse y Bécquer la sujetó por el brazo—.
Por favor, entiendo que esto no es fácil, no es a su padre a quien busco, solo necesito su ayuda. Una charla, nada más. Se lo prometo.
La doctora se calmó y trató de salir de la encerrona.
—No sé dónde está mi padre, no tengo contacto con él desde hace años.
Bécquer sacó entonces el móvil del bolsillo y le enseñó la fotografía que Diego les había proporcionado.
—Este es su padre entrando en Caracas; por favor, ayúdeme a contactar con él. —Bécquer notó entonces cómo la serenidad de la doctora Castillo se desvanecía.
—Mi padre es un hombre bueno, le aseguro que lo obligaron, lo hizo por miedo y ahora mírelo, viviendo a miles de kilómetros de su familia porque le advirtieron de qué pasaría si volvía.
El camarero apareció con la cuenta y Bécquer, con un simple ademán, le pidió que se retirase.
—¿Quién lo amenaza? —preguntó.
—No lo sé, hace muchos años, era mi hija un bebé todavía, mi padre vino a casa muy nervioso, me dijo que le había salido una oferta de trabajo y que se tenía que marchar, yo no entendí nada hasta que lo vi salir por la puerta.
Desde la ventana, vi a aquel hombre, era enorme, me impactó su tamaño y el desprecio con el que parecía hablarle a mi padre, nunca lo había visto antes.
Mi padre cogió un maletín, jamás lo había visto tan asustado, aquel día fue la última vez que lo tuve delante.
Desde entonces apenas alguna llamada de teléfono.
Mi padre era muy bueno. —La doctora Castillo se echó a llorar.
—Ya lo sé —dijo Bécquer con el ánimo de consolarla—, han pasado muchas cosas y creo que todavía podemos arreglarlo para que su padre pueda regresar tranquilo. Tiene que confiar en mí.
La doctora abrió el bolso y sacó un pequeño cuaderno y un bolígrafo, tomó una serie de notas, arrancó la hoja y se la entregó a Bécquer.
—Aquí tiene lo que necesita, su dirección y su teléfono. ¿De verdad cree que mi padre puede regresar? —La doctora Castillo parecía una niña pequeña completamente perdida.
—Lo voy a intentar con todas mis fuerzas —prometió Bécquer.
La doctora y el artista se despidieron con un abrazo en la puerta de la clínica.
—¿Seguro que no quiere repasar el bótox?
—No, si tengo que ir a Venezuela con las cejas de Zapatero, igual regreso con lingotes de oro y tengo muy mal la espalda.
A la doctora la broma de le hizo sonreír mientras respondía:
—No vive en Caracas. —Bécquer sacó del bolsillo el papel con las señas que la doctora le había dado y lo leyó—. A veces viaja porque allí sigue ejerciendo, pero vive en Ciudad de México.
El cómico se llevó una gran alegría.
—Cualquier motivo es bueno para visitar ese lugar.
Con un simple wasap, el chófer de Bécquer hizo su aparición.
—¿Se ha dado bien? —preguntó cuando el cómico ocupó su asiento.
—Ha ido de lujo.
—¿A dónde me dirijo, señor?
Para esa pregunta, Bécquer tenía clara la respuesta.
—Primero a casa, a dormir la siesta, que esta noche me encierro en la plaza con un miura.
En unas horas le iba a proponer a Elena un viajecito a uno de sus países favoritos del mundo entero.