19 El que es metiche, es metiche
EL QUE ES METICHE ES METICHE
En cuanto Lucía dejó a su padre en casa, quemó rueda saliendo de la urbanización, Bécquer silenció a su exmujer en el teléfono.
«La turra va a ser buena», pensó. Si algo odiaba Celia eran los caprichos de niña rica a los que había enseñado a Lucía a renunciar.
Aquello era algo que al artista lo ponía de los nervios.
«Me acabaré muriendo rico, así que me lo tengo que fundir en vida», reflexionó mientras hacía su característico baile de la alegría, interrumpido por la llamada telefónica que llevaba un rato esperando.
—Mi agonías favorito, buenas noches. —Si Bécquer no contestaba al teléfono bromeando dejaba de ser Bécquer.
—No soy un agonías, lo que me ocurre es que soy tu amigo.
—Cuéntame cosas —le pidió el cómico.
—Veamos, me has sorprendido una vez más, pensaba que tus años de fiesta quedaban ya lejos, no entiendo muy bien estas ganas de hacer nuevos amigos. —El «amigo» era reacio a compartir información alguna—. Esto es terreno peligroso, quiero saber qué es exactamente lo que necesitas.
Bécquer respiró hondo y comenzó a hablar.
—¿Cuántos años hace que nos conocemos?
—Pues más de veinte.
—¿Y te he metido en algún problema?
—Mejor no me hagas enumerarlos.
Bécquer soltó una carcajada enorme.
—Ya, pero ¿y lo bien que lo pasamos? —Sabía cómo desengrasar la situación, simplemente quería saber qué se traía la inspectora entre manos—. Voy a ser claro contigo: me preocupa que Elena no sepa bien dónde se está metiendo. —Aquel lamento de Bécquer cayó en saco roto.
—Por favor, si estamos hablando de la superpolicía del momento, tú mismo me pediste información sobre ella y sabes que es una policía top.
—Ya, precisamente por eso me sorprende: sabes igual que yo que Elena nunca ha hecho nada con nadie, por eso quiero saber por dónde le da el aire…
Lo que decía Bécquer era completamente cierto: que de la nada Elena hubiese aceptado dejarlo todo por un nuevo compañero no encajaba ni de broma. Él daba por hecho que el exnovio tenía algo que ver con ese movimiento.
—Es muy raro lo de este chico; en el poco tiempo que me has dado no he podido reunir mucha información: es un exmilitar de alto rango, he podido comprobar por las fechas que coincidió con tu novia en Afganistán, pero desde hace bastantes años no hay información relevante y no me encaja, voy a tener que hacer unas llamadas, has de darme más tiempo.
La falta de información hizo que Bécquer se pusiese todavía más nervioso.
—Venga ya, es imposible que no tengas nada más.
—Bueno, sí puedo decirte que ha habido movimientos extraños en los últimos días.
—Bécquer cerró la puerta de su dormitorio, la conversación comenzaba a coger otro cariz—.
Cuando en una biografía encuentro lagunas como en la de este tipo, solo puede ser por dos razones: o estuvo bajo el radar persiguiendo a los malos, o es uno de ellos.
Normalmente no hay tercera opción. —A Bécquer la cabeza no paraba de darle vueltas y poco a poco comenzaba a entender a qué se iba a enfrentar Elena—.
Y me da que Leonardo Cantos oculta muchas cosas —concluyó su exposición el leal amigo de Bécquer—.
Ahora toca que me digas qué pintas tú en todo esto.
—Pues nada, solo quiero estar pendiente de Elena y echarle una mano si es preciso. En cuanto tengas más información de Leonardo, llámame.
Y de la manera más teatral posible, el artista colgó el teléfono. Había decidido recoger todo el cable posible.
No fue capaz de pegar ojo en toda la noche, no dejaba de darle vueltas a lo mismo, era consciente de que ordenaba la poca información de la que disponía a su antojo. «No puede ser tan sencillo», se decía.
A las siete y media de la mañana, ya estaba en el gimnasio.
Nunca había sido fan de hacer deporte, en general, pero en los últimos tiempos se había decidido por el entrenamiento de fuerza, estaba cansado de las bromitas de Roberto Leal cada vez que se cruzaban.
«Me pega unos abrazos que me desmonta —pensó para motivarse y conseguir sacar adelante una nueva serie—, pero es simpático el tío, las cosas como son».
Levantar pesas le servía para descargar tensión, al menos tenía eso garantizado. La idea de que Elena trabajase de la mano de Leo lo tenía en un sinvivir. «Es una profesional de élite, seguro que lo tiene todo controlado», se dijo para calmarse mientras se secaba el sudor con la toalla.
Las horas de la mañana transcurrían para el artista entre llamadas de trabajo y preparativos de las actuaciones venideras, en apenas un par de semanas tenía que volver a la carretera y temía que en todo ese tiempo fuera su relación con Elena pasase a ser directamente irrecuperable.
A la una del mediodía Bécquer salió a la puerta, le acababan de anunciar que el coche estaba listo con el chófer esperando. Bajó apurado las escaleras luciendo uno de sus mejores trajes.
—La ocasión lo merece, hoy toca desplegar las armas de seducción masiva.
Se despidió del servicio anunciando que no iba a volver a comer y se sentó en el asiento trasero.
—Vamos a la clínica de la doctora Castillo.
—Hace bien, señor. Pero tenga cuidado, que la última vez estuvo una semana igualito a Zapatero.
El objetivo de Bécquer era claro: tenía que conseguir que la doctora Castillo le dijese la verdad sobre su padre.
Diego les había confirmado que, efectivamente, fue el encargado de hacer autopsias falsas y que llevaba años huido.
Tenía claro que no iba a ir a recorrer Venezuela para buscar una aguja en un pajar, necesitaba saber dónde encontrarlo y conseguir que confesase, y para ello el plan estaba claro: seducir a la doctora.
Antes de ser famoso, a Bécquer ya le gustaban mucho las mujeres.
Desde niño, su abuelo Manuel le insistía en que se le iba demasiado el ojo; de hecho, como en el pueblo no había apenas presencia femenina, las escapadas de Bécquer a los de al lado habían provocado más de un problema.
El señor Manuel solía contar con gracia la vez que la Guardia Civil tuvo que intervenir en pleno romance de Bécquer con la hija del alcalde.
La verdad es que no fue la única ocasión.
Cuando tenía diecisiete años, se vio metido en una trifulca estupenda que casi acelera su salida del pueblo.
Todo comenzó la noche en la que él y dos amigos se fueron a celebrar las fiestas de San Cristovo a un pueblo cercano, y ya se sabe lo que ocurre cuando los forasteros les meten ficha a las señoritas locales: tenemos armado el lío.
A Bécquer aquella noche había que verlo: solo por hacer la broma, sin duda su mayor motor, se había puesto un traje blanco roto de su abuelo que años atrás un buen amigo le había traído de Cuba.
Le fascinaba la historia de aquel traje, sobre todo porque el señor Manuel la había ido adornando con el paso del tiempo hasta convertir a su amigo en un importantísimo terrateniente, quien, en un alarde de generosidad fuera de lo común, se lo había regalado a su ayudante español, quien a su vez, con el paso de los años y en una visita a su Galicia natal, había tenido a bien regalárselo al señor Manuel: «Anda que no triunfó tu abuelo con este traje, hasta para casarme me lo puse, mira qué facha».
Lo cierto es que era espectacular, con una solapa anchísima, un corbatón con una pala de no menos de doce centímetros, la cintura subida casi hasta la axila con un cierre chapado en oro, la americana cruzada con seis botones dorados y unos zapatos de rejilla marrones.
Lo que más le fascinaba a Bécquer era que en tantos años no se hubiese apolillado.
La razón debía de ser que el señor Manuel lo guardaba como oro en paño.
—Antoñito, ¡ponte quieto! —gritaba la abuela mientras le iba clavando alfileres en el costado de la chaqueta—. Buena idea tuvo tu abuelo —protestaba la señora.
La verdad es que cuando se trataba de nieto y abuelo, se podría decir que se había juntado el hambre con las ganas de comer. A Bécquer le hacía una ilusión enorme ponerse el traje y al señor Manuel le divertía que lo hiciese.
En cuanto la abuela terminó el arreglo, el chaval estaba preparado para lo que la jornada le ofreciese, porque la noche prometía enlazarse con la sesión vermú de la mañana siguiente.
Cuando Bécquer pisó la plaza del pueblo, no hubo una sola mirada que no reparase en él, y eso lo volvía loco: ser el centro de atención era para el futuro artista lo que más le gustaba en el mundo.
Rebosaba personalidad, de tal manera que le daban exactamente igual las burlas que seguro iba a sufrir; no le importaba, su fama lo precedía: a fin de cuentas, era el afortunado que había enamorado ni más ni menos que a la hija del alcalde, muchacha que ahora cursaba estudios en Compostela para alivio de su padre y, por qué no decirlo, del propio Bécquer, que tenía en las fiestas de esa noche otros objetivos.
La orquesta llevaba tocando apenas media hora, lo que separaba el domingo ya del sábado, y Bécquer ya podía presumir de tener a un grupo de cinco muchachas completamente a su merced.
Entre bailes, bromas y algún que otro arrimón, los fieles escuderos de Antoñito paladeaban lo que pudiera ocurrir solo por estar al lado del alfa.
Quizá demasiado entretenidos en eso, no vieron venir al grupo oficial de paletos del pueblo, dispuestos a terminar la fiesta de la manera más abrupta posible.
El primer insulto que Bécquer recibió fue sunormal, porque en Galicia la b se cae del sitio cuando se trata de faltar al respeto.
Hay que entender las reacciones humanas hacia un artista en potencia como Bécquer: el insulto le resbaló sobremanera, los ojos azules de una muchacha eran reclamo suficiente para no atender a nada más.
Los siguientes que fueron llegando tampoco afectaron a la impermeabilidad del chico; de hecho, lo animaron a acercarse todavía más a aquella preciosidad de señorita.
A esto le siguieron un par de empujones, un «fuera de aquí, pintamonas» que también le resbalaron.