Bécquer en París 18 Conejo blanco, conejo negro
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18 Conejo blanco, conejo negro

CONEJO BLANCO, CONEJO NEGRO

Elena había dejado de sonreír, lo vivido en las últimas semanas había conseguido que regresara el comportamiento huraño y esquivo que tanto rechazo provocaba en la comisaría.

Desde que llegase, no había sido capaz de hacer un solo amigo, su carácter distante y sus frases cortantes expulsaban a cualquiera de su lado.

Solamente Diego Ortega había sido capaz de romper esa coraza y encontrar en ella lo más parecido a una buena amiga.

Cuando parecía imposible, llegó entonces Bécquer y, como Diego solía decir para hacerla enfadar: «Cupido se encargó del resto». Elena parecía otra, volvía a ser divertida, atenta y sorprendentemente cariñosa. Pero la luna de miel había durado poco.

Llevaba días sin dormir, obsesionada con su nueva labor. Por primera vez desde hacía años, sabía qué era exactamente lo que tenía que hacer. Lo más difícil había sido apartar a Bécquer de su vida. «Lo entenderá cuando le pueda contar la verdad», se decía a sí misma para tranquilizarse.

Con sumo cuidado, cogió un pequeño jarrón de la mesilla de noche que había al lado de la cama: «Sé quién ha enviado estas flores blancas tan bonitas».

En el lavabo del pequeño cuarto de baño vació el agua y con mimo lo rellenó de nuevo.

Devolvió el jarrón a su sitio y se sentó en aquella silla incomodísima.

Cogió despacio su mano derecha, con leves caricias susurró lo mismo que llevaba susurrando las últimas diez noches.

—Voy a encontrarlo y pagará por lo que hizo.

Elena se incorporó y besó con dulzura la frente de Diego. El momento fue interrumpido por una enfermera.

—Buenas noches, inspectora, ¿hoy también va a dormir aquí? —Elena asintió con la cabeza—. Pues si sigue en esa silla, la próxima en ingresar será usted. Su amigo está bien cuidado, ya sabe que esto puede llevar mucho tiempo, sería mejor que fuese a descansar a su casa.

Elena rechazó con sequedad la sugerencia, estaba convencida de que antes o después Diego se despertaría del coma y en ese momento quería estar a su lado. Lo que le atormentaba era no saber cuándo se produciría tal cosa, y lo que más miedo le daba era en qué estado se iba a encontrar su mejor amigo.

Cuando la enfermera salió despidiéndose, Elena comenzó a contarle a Diego el día a día de la comisaría. Como eran lo que más le gustaba, comenzó por los chismes.

—Te traigo cotilleo fresco: Ana de Contabilidad tiene un lío con el agente López.

Si con esto no te despiertas, yo ya no sé…

—Le costaba hacer bromas, pero no podía evitar sonreír imaginando la cara de Diego cuando supiera del romance.

La mirada de Elena se dirigió de nuevo a las rosas blancas—.

Frescas cada día, ¿las trae él personalmente?

Seguro que sí, Bécquer te quiere mucho, está como loco por que te despiertes y sigáis con vuestras cosas.

Tienes que hacer un esfuerzo, Diego; tengo ahora un operativo en el que sin duda brillarías, una de esas operaciones encubiertas que tanto te gustan, mira…

—Le hablaba como si realmente la estuviese escuchando—.

Vamos a trincar a los Conejo, si te despiertas, igual estás a tiempo de venirte, verás —dijo la inspectora mientras le enseñaba los documentos de la operación—.

Los Conejo van a hacer una entrega de droga en el polígono Rondón mañana a las once de la noche y los compradores somos nosotros; hay tres comisarías metidas y se está llevando con un secretismo absoluto.

Como estás de baja, me va a tocar a mí ponerme el disfraz.

Mira esto, ¿qué te parece?: «Natali Romero».

Seré una narcotraficante colombiana, ¿cómo te quedas?

En cuanto dé la señal, el operativo entra a saco y todos detenidos; lo mejor es que vamos a trincar al clan entero.

—Elena cerró la carpeta sintiendo que la pena volvía a aparecer, miró a Diego y nuevamente volvió a besarle la frente—.

Voy a hacer caso a la enfermera, que lo de mañana va a ser duro y necesito descansar. Cuando pase todo, regreso y te cuento.

Elena recogió sus cosas, se puso la mochila al hombro y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Recorrió el pasillo y subió al ascensor. Cuando llegó a la entrada principal, el corazón le dio un vuelco, ya que justo entrando por la puerta se encontraban Bécquer y Lucía.

«Se vienen curvas —pensó Lucía al reconocer a Elena—; a ver si consigo que papá no la vea». Y le ofreció a su padre hacer una parada en la cafetería antes de subir.

—Yo a estas horas no quiero café, que me desvelo —respondió Bécquer—; además, serán solo unos minutos, solo quiero cambiarle el agua a las flores y ver cómo está Diego.

Lucía estuvo a punto de agarrar el brazo de su padre para evitar lo inevitable, pero, como era de esperar, fue imposible.

Cuando Bécquer se dio la vuelta, la vio, con su pantalón vaquero y su Perfecto negra estaba preciosa.

«Como siempre», pensó el cómico. Consciente de que Elena estaba tratando de evitar el encuentro, dio un paso adelante.

—Elena —dijo alzando la voz.

«Mierda», pensó la inspectora Izaguirre. Se detuvo en seco y se giró. Evitando la mirada de Bécquer, se dirigió directamente a los brazos de Lucía y, con una enorme incomodidad, le dio dos besos.

—Hola, Lucía —dijo entre dientes—. Hola, Bécquer.

Al cómico volver a tenerla delante lo sacudía.

—Inspectora Izaguirre. Buenas noches. —Era incapaz de controlar los comportamientos infantiles que a veces le brotaban—. ¿Qué tal está su compañero? ¿Alguna novedad?

—Sigue igual, señor Bécquer —respondió. Que la tratara de usted la sacaba de sus casillas.

Lucía puso los ojos en blanco, un gesto perfecto para que tanto su padre como Elena se diesen cuenta de que estaban haciendo el idiota.

—¿Que os parece si mañana cenamos juntos los tres? —sugirió Lucía con el único objetivo de ver el mundo arder.

La cara de sorpresa de Elena fue instantánea. En lo que la inspectora trataba de encontrar palabras en lengua castellana con las que poder comunicarse, Bécquer se adelantó.

—Tendría que despejar la agenda, pero podría hacer un esfuerzo.

Elena por el contrario sabía que no iba a poder ser.

—Mañana imposible, tengo un compromiso.

—¿Compromiso? De trabajo o personal. —Elena aceptó el envite.

—En cualquiera de los dos casos, no es de tu incumbencia.

Bécquer suspiró.

—Entonces debe de ser personal, últimamente parece que estás retomando viejas amistades.

Aquello a Elena le sentó como un tiro, no era la primera vez que se ponía celoso, pero en este caso, ¿cómo demonios sabía quién era Leo?

—Lo que haga con mi tiempo no es asunto tuyo —respondió con brusquedad.

—A lo mejor empiezo yo también a disfrutar del mío —replicó el artista—, que no te has dignado a darme una mínima explicación.

La conversación empezó a subir de tono hasta el punto de que para Lucía era como vivir de nuevo el final del matrimonio de sus padres.

—¡Chicos, por favor! —exclamó—, que os está mirando todo el mundo.

Bécquer miró a los lados y observó cómo incluso algún furtivo teléfono móvil estaba pendiente de la escena.

—Voy a subir a ver a Diego; te veo arriba —le dijo a su hija, y con las mismas, y sin mirar a Elena, se marchó hacia al ascensor.

Las dos mujeres más importantes de la vida de Bécquer se quedaron entonces solas y en silencio.

—Tienes a mi padre destrozado —le dijo Lucía con pesar—, sobre todo, porque no entiende qué ha hecho mal.

Elena suspiró, ojalá pudiera decirle la verdad. Por un instante estuvo tentada de explicarle que era solo por un tiempo, que tenía que alejarlo para protegerlo, pero que no era el momento.

—Tu padre tiene que entender que necesito tiempo.

Aquella sentencia le dolió a Lucía como pocas veces, fue tal el shock que no encontró ni las ganas ni las palabras para responder: la excusa del tiempo era la que usaban los cobardes.

Se quedó mirando fijamente a la inspectora durante unos segundos, y evitando decir cualquier cosa de la que se pudiese arrepentir, logró juntar una simple frase.

—Tú misma. —Y salió en búsqueda de su padre.

Elena cruzó el parking completamente abatida.

Por más que se repitiese a sí misma que era la única forma de proteger al amor de su vida, la dificultad era enorme.

«Espero que sirva para algo y que Bécquer pueda perdonarme».

Arrancó el coche y quemando algo de rueda se incorporó a la calzada.

«Mi padre, Diego y ahora mi relación con Bécquer… Juro que lo pagarán caro».

Cuando Lucía entró en la habitación se emocionó al ver a su padre acariciando el rostro de Diego.

—Tengo muchos planes para cuando despiertes, vamos a volar juntos a Los Ángeles, ya verás, te lo voy a enseñar todo.

Lo sucedido atormentaba a la comisaría entera, pero el dolor que tanto Elena como Bécquer sentían alcanzaba otro nivel. Lucía, ya al lado de su padre, le tomó la mano.

—Ya verás como se recupera, papá. No pierdas la fe.

—No me hables de fe, mi vida, que sabes que la perdí hace mucho.

Bécquer se acercó a la mesita de noche y cogió un oso de peluche que había al lado del pequeño jarrón de rosas blancas.

—Vamos a ver qué tal se ha dado la jornada —dijo mientras extraía una tarjeta micro-SD de la espalda del juguete.

—¿Y eso? —preguntó Lucía atónita.

—Mira, mi amor, prefiero que lo sepas: a Diego lo atacaron cuando volvía de mi casa, me da miedo que vuelvan a repetirlo —bajó la voz—. No me fío de nadie en este momento, así que cada noche aprovecho que vengo a verlo, reviso esto rápido y lo borro.

Las explicaciones de su padre le parecían dignas de alguien que no estaba bien, pero después de las palabras de Elena prefirió guardar silencio.

Bécquer introdujo la tarjeta en un pequeño dispositivo conectado a su móvil, y con los auriculares puestos comenzó a repasar las últimas veinticuatro horas.

Aumentando la velocidad a 256x, comprobó que un día más los padres del policía no habían dejado de estar a su lado, reconoció también a una compañera de la comisaría, visitas de enfermeras y luego a ella, Elena.

Puso el vídeo a velocidad real. Ahí estaba, contándole a Diego sus cosas como si él no estuviese postrado de aquella terrible manera en la cama de un hospital.

«¿Qué demonios te está pasando conmigo?», pensó.

Borró el contenido de la tarjeta y, al dirigirse al oso para volver a colocarla, Lucía le agarró la mano.

—Papá, dime que no haces esto para grabar a Elena. —Él repitió la explicación que ya le había dado, pero ahora entre farfullos. Lucía dictó sentencia—. Quita la cámara, por favor, esto es un hospital y te puedes buscar un problemón. Si quieres más seguridad para Diego, habrá otra forma de hacerlo.

Bécquer suspiró, quizá habérselo revelado no había sido su mejor idea, o tal vez en parte necesitaba que alguien le parase los pies.

—De acuerdo —respondió. Y con aquella pequeña cámara en el bolsillo salieron de la habitación.

Llegaron rápido al aparcamiento; una vez que localizaron el flamante Mercedes biplaza, él exclamó.

— Catch!

Al artista le divertía lanzarle cosas por sorpresa a su hija con ese grito; en este caso, la llave del coche. Lucía la agarró al vuelo.

—Me ha dicho tu madre que conduces de maravilla, ¿me lo demuestras?

Lucía sonrió como nunca y se sentó emocionada en el asiento del conductor.

—Llévame a mi casa —le pidió.

—Primero a la de mamá, ¿no?, no me harás dar toda la vuelta y coger un taxi.

—La verdad es que no, mi idea era que me dejases y te llevaras el coche.

—Sí, claro, y mañana te lo tengo que traer. Papá, si quieres que nos veamos mañana, me lo dices, no te inventes excusas. —Lucía no lo veía claro. Bécquer sonrió.

—No es por eso: si quieres venir mañana a casa vienes; lo que quiero es que te lo quedes. Ya va siendo hora de que dejes de ir en metro, y a mí cada día me cuesta más subirme a esta horterada, me mata la espalda.

—¡Me lo quedo! —Lucía soltó un grito y apretó el acelerador a fondo.

Con aquel enorme rugir del motor circulaban rumbo a casa de Bécquer.

Lucía aún estudiaba y no quería todavía abandonar el nido, le gustaba ir y venir de la casa de mamá a la de papá, y ellos dos estaban encantados.

Bécquer sacó del bolsillo el móvil y se dispuso a escribir un SMS .

Había prometido quitar la cámara, lo de ser un imprudente seguía viniendo de serie: «Te voy a mandar una foto, necesito que me digas si sabes algo de este tío, se llama Leo Cantos.

Llámame en una hora». Ni treinta segundos después, recibió un mensaje de vuelta: «Ok, pero ya te aviso que esto no es como colarte en una timba de póker».