Bécquer en París 17 Raro
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Bécquer llevaba ocho días enteros encerrado en su casa a cal y canto.

El motivo no era otro que la pena que lo embargaba porque Elena no respondía a ninguno de sus mensajes o llamadas.

La última vez había sido hacía casi dos semanas, con un escueto «cuando pueda te llamaré, hasta entonces ni me llames ni me escribas».

Y aquello había caído sobre el cómico como una losa gigante.

Ataviado con una bata sobre un pijama que no se había quitado hace tiempo, Bécquer lucía un aspecto claramente desmejorado.

Sin afeitar y con el carácter más agrio que nunca, pegó una voz dirigida a la cocina exigiendo que le preparasen más café.

«Esto es una mierda», refunfuñaba mientras volvía a su dormitorio.

Sus quejas se vieron interrumpidas por el anuncio de que Lucía, su hija, acababa de llamar al timbre.

Sin ánimo de recibir a nadie, bajó al salón principal y se la encontró de frente.

Nadie diría que la poderosa mujer que tenía delante había pasado por el trauma de un secuestro meses atrás; se la veía radiante, más guapa que nunca.

Se había plantado en casa de su padre vistiendo un traje de chaqueta de lino celeste sencillamente espectacular.

—Guapa como tu padre y lista como tu madre, la verdad es que la combinación te ha salido perfecta.

Bécquer siempre tenía una frase amable para su hija sin importar lo mal que pudiera estar.

Cada uno de los días que estuvieron separados seguían teniendo el regusto amargo de un mal recuerdo.

Desde que por fin se reconciliasen, Lucía se había convertido en una de sus mejores amigas, había descubierto en aquella mujer de apenas diecinueve años una madurez e inteligencia que, sin duda, lo mantenían bien centrado.

Lucía abrazó a su padre.

—Hueles fatal. —Esa frase sustituyó al «buenas tardes»—. Ya va siendo hora de que espabiles. —Lucía dejó su bolso en una silla y se sentó en un fantástico sillón de piel blanca—. A ver, cuéntame: ¿qué le has hecho a Elena? —La hija de Bécquer se encaró con su padre sin rodeo alguno.

—¿Yo?, hija por favor, ¿no me conoces? —Se arrepintió de la pregunta al terminar de formularla.

—Precisamente por eso —respondió Lucía— me cuesta creer que no hayas hecho alguna de las tuyas, no sé, ¿una amiga nueva?

Él optó por no indignarse; a fin de cuentas, se había ganado la fama con creces.

—Pues no, en este caso no es culpa mía: de un momento para otro me ha dejado de lado, me ha hecho hosting .

Lucía no pudo reprimir una sonora carcajada.

—Querrás decir ghosting .

—Llámalo como quieras —Bécquer cambió el tono—. No me hace puto caso, así, en román paladino.

Lucía se levantó, era la primera vez que veía a su padre tan afectado por lo que parecía una ruptura sentimental.

—No entiendo —se lamentó el artista—, con todo lo que hemos pasado juntos y ahora de repente me deja de lado y sin explicación alguna.

Para Lucía todo debía tener siempre una explicación racional, si algo había aprendido conviviendo con el desastre emocional que tenía por padre, era que había que pisar tierra y razonar despacio: era la única forma de que Bécquer se centrase mínimamente.

—Vamos a ver, dices que ha ido de repente, ¿en qué andabais metidos?

Bécquer ocupó el sillón que acababa de dejar libre su hija.

—Llevamos semanas dando vueltas como idiotas en un tema que no avanza.

Lucía sabía a la perfección de qué hablaba su padre.

—El asesinato de Antonio, ¿cierto?

Bécquer suspiró.

—Sí, me vine arriba y realmente creí que podíamos descifrar el misterio, pero solo hemos conseguido un puñetero lío de información: un médico muerto, otro desaparecido, por no hablar de Diego… Un callejón sin salida. Creo que Elena me culpa.

A Lucía todo aquello no le parecía tan relevante.

—No creo que sea por eso, lleva toda la vida sin respuestas, ¿por qué le iba a afectar ahora?

—A ver, a lo mejor es otra cosa. —Al cómico la respuesta de su hija le hizo reflexionar. Lucía arqueó una ceja.

—¿En qué piensas?

Bécquer le pidió a su hija que se acercase para no levantar la voz.

—Que fueran a por Diego para Elena ha sido devastador, creo que me culpa por ello.

Y si eso es así…, mal final tiene la cosa.

—Lucía nunca había visto antes tan vulnerable a su padre, quien continuó con el relato—.

Ella ya estaba a otra cosa y yo la envenené, nos pusimos a husmear y mira cómo ha acabado.

—Los ojos de Bécquer se empañaron—. Todo lo que toco lo estropeo, lo mismo hice con tu madre, contigo…

Lucía abrazó a su padre.

—No digas eso, solo querías ayudarla.

Pasaron unos minutos y Bécquer logró recomponerse en lo que por fin traían el café que tanto reclamaba. Más tranquilo, continuó hablando con Lucía, tratando de encontrar alguna explicación a la conducta de la inspectora.

—De todo lo que hemos averiguado, el único avance es el de la doctora Castillo, hasta tuve que ponerme bótox para sonsacarle información.

—Lo sabía, ya decía yo que tenías las cejas como Zapatero.

Bécquer lanzó una servilleta a la cara de su hija.

—¡Respeta a tu padre!

Lucía, entre risas, tenía clara su conclusión.

—Papá, si me lo permites, te diré lo que yo haría en tu lugar: lo primero, ve a ver a esa doctora de nuevo, si de verdad crees que su padre está metido en esto, confróntala, ¿qué tienes que perder?

—Bécquer asintió: lejos de parecerle una locura, le sonó bien—.

Y, en segundo lugar, ¿qué haces cuando no te atreves a preguntarme algo?

—¿Preguntarle a tu madre? —El cómico entendió perfectamente por dónde iba su hija. Lucía sonrió ante la respuesta de su padre.

—Hala, pues ya tienes deberes.

Y él, sintiéndose el hombre más afortunado del planeta, reaccionó enseguida.

—Me voy ahora mismo —dijo poniéndose de pie.

—Primero la ducha, por favor.

Bécquer se detuvo, y con un giro digno de la mejor diva del teatro, cambió la trayectoria y comenzó a correr escaleras arriba. «Lucía tiene toda la razón —pensó—, me voy a encargar de descubrir quién está detrás de todo esto».

Cuarenta y cinco minutos después otra persona bajaba las escaleras, ataviada con un blazer de cuadros azules cosido a mano por Félix Ramiro, el mejor sastre de Madrid, y una espectacular camisa blanca a juego con los pantalones vaqueros y los mocasines, el cómico parecía haber renacido. Lucía no dudó en hacérselo saber.

—Así sí, ese es el Bécquer que todos queremos ver. ¿Cuál es el plan?

Él adoptó la más interesante de sus poses para conquistar a su hija.

—Si usted me acompaña, vamos a ver al enemigo natural del hombre: la suegra.

Lucía torció el morro ante la enésima broma machista de padre, pero aceptó acompañarlo.

—Voy contigo, que igual la lías todavía más.

Bécquer disfrutaba muchísimo de la compañía de Lucía, sacó del garaje un Mercedes biplaza que tenía para cuando le apetecía vacilar.

—Mamá siempre ha odiado este coche —dijo Lucía antes de subirse.

—Es un coche de divorciado, normal que no le guste.

Con este comentario del cómico, salieron de la propiedad rumbo al centro de Madrid.

Carmen vivía eternamente preocupada por su hija Elena.

«Es la que más me necesita», solía repetirse, y razón no le faltaba.

Daba igual que fuese la más fuerte e independiente, al menos en apariencia, porque a la hora de la verdad ella sabía que su pobre niña vagaba sin rumbo.

Sus hermanos, en cambio, estaban mucho más centrados: el mayor en Valencia con su mujer y sus hijos, y el mediano establecido en Santo Domingo con el novio que más le había durado. Elena… Elena era harina de otro costal.

Estaba sentada en el sofá del salón ojeando de nuevo una de esas revistas del corazón que tanto la entretenían. «En esta qué guapa sale la niña, Bécquer mayor, pero ella guapísima». Su pensamiento se vio interrumpido por tres golpes suaves en la puerta.

—¿Quién es? —preguntó.

—Tu estrella favorita de la tele —respondió Bécquer guiñándole un ojo a Lucía.

—¿Jorge Javier? —respondió abriendo la puerta.

—Te tendrás que conformar conmigo.

Carmen abrazó a Bécquer con genuino cariño y con más amor todavía a Lucía.

—Qué alegría de visita, ¿a qué debo el honor?

Antes de que el cómico pudiese meter la pata, Lucía tomó las riendas de la conversación.

—Hemos quedado para comer aquí cerca y le he pedido a mi padre que subiéramos a verte, hacía tiempo ya de la última vez.

A Carmen aquellas palabras le llegaron al corazón.

—Qué maravilla de hija tienes, Bécquer. Sentaos, que os pongo un café.

Entraron al salón y se sentaron alrededor de la mesa de comedor. En unos minutos ya estaban todos charlando amigablemente mientras el cómico devoraba pastas danesas como si fuese la primera vez que las tenía delante.

Carmen dio un sorbo a su enorme café con leche.

—Me alegro mucho de que estés aquí, justo ayer me dijo Elena que llevas dos semanas entre viajes y grabaciones que no se te ve el pelo.

Bécquer miró a Lucía sintiendo como las mejillas comenzaban a arderle.

—Sí, mucho lío últimamente. Pero siempre hay hueco para un buen café con pastas.

Que Elena le mintiese a su madre no es que resultase extraño, es que era del todo indecente.

Carmen estaba tan encantada con la visita que tenía la verborrea desatada.

—Tu padre es estupendo, ya sé que te lo dirán todo el rato, pero yo te lo digo de verdad. Pero tú eres todavía mejor. —Carmen concluyó el piropo completamente satisfecha.

—¿Cómo era Elena de pequeña? —le preguntó Lucía con la clara intención de seguir indagando.

—Ufff, era tremenda, mira… —La mujer se levantó entonces y le pidió a Lucía que la acompañase al sofá.

De la parte inferior de una mesa de centro sacó un enorme álbum de fotos—.

Aquí está con su padre, siempre pegadita a él.

—Bajó un poco el tono, dejando que la melancolía apareciese—.

Tú tienes la suerte de tener al tuyo. —A Bécquer siempre le dolía la pena que aquella familia tan bonita transmitía desde que asesinasen a Antonio Izaguirre—. Se llamaba Antonio, como tu padre.

Lucía sonrió ante las palabras de Carmen.

—No lo digas muy alto, que se mosquea.

Bécquer aprovechó la mención para sentarse al lado de Lucía.

—¿Enfadarme yo por el nombre? Imposible.

Carmen continuó pasando páginas hasta que apareció Elena de uniforme.

—Con dieciocho años se me fue al ejército, yo creo que salió huyendo de aquí, lo de su padre la marcó para siempre. Mirad qué pintas tenía.

Siguió pasando páginas hasta que una imagen concreta llamó la atención de Bécquer: en la fotografía se veía a Elena acompañada de un hombre cuyo rostro le resultaba familiar, ambos posaban delante de un carro de combate.

Discretamente, cogió el móvil y repasó las fotos que le había hecho al hombre que salía del portal de Elena.

Con un leve codazo, Lucía entendió lo que tenía que preguntar.

—Y este, ¿quién es?

Carmen estaba tan a gusto que contestó con picardía.

—Uy, igual se pone celoso tu padre.

—¿Celoso yo? —respondió él, tratando de disimular una incipiente ansiedad.

—Leonardo Cantos fue el último novio que tuvo, nunca me dijo que pasó ni por qué se dejaron, así es ella, y eso que era bien guapo e incluso llegaron a vivir juntos. —Bécquer se desmoronó—. Espero no haber metido la pata —dijo Carmen.

—Que va, todos hemos tenido vida, y la de Elena ha sido intensa, si te contara yo la mía… —El cómico salió rápido al quite. Entonces intervino Lucía.

—Mejor no la cuentes, que queremos pasar una tarde tranquila.

Disimulando como buenamente pudo, Bécquer se excusó con una visita al cuarto de baño mientras notaba cómo los nervios se le enganchaban al estómago.

Apoyado en el lavabo, se lavó la cara con agua fría y se miró en el espejo.

«Serás idiota… El gran seductor… y te dejan por un exnovio».

Se secó la cara y volvió al salón para despedirse.

Cuando en la puerta le dio dos besos a Carmen, por la cabeza le pasó la idea de que quizá fuesen los últimos.

El trayecto a casa Bécquer lo hizo en silencio, Lucía rápidamente entendió que algo acababa de pasar.

—Papá, ¿estás bien? —dijo poniendo una mano sobre la de su padre.

—Mejor que nunca.

—¿Seguro? —insistió Lucía—, te veo muy pensativo.

Bécquer sabía que a su hija era difícil engañarla, así que, aprovechando que eran dos los frentes abiertos, respondió:

—Ya sé cómo voy a encontrar al doctor Castillo.