Bécquer en París 16 Ten cuidado, Elena
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16 Ten cuidado, Elena

TEN CUIDADO, ELENA

El comisario Baltierra disimulaba su incomodidad con una perfección digna del mejor de los actores.

Llevaba muchos años viviendo una vida doble.

«Si logré engañar al amor de mi vida, los demás me importan poco», pensaba.

Apoyado en la barandilla del piso superior, observaba el frenesí diario de la comisaría de Tudescos y reflexionaba sobre cómo los acontecimientos habían sobrevenido de una manera que nunca fue capaz de controlar.

Cuando era joven, el problema fue su padre, y con el tiempo se acostumbró a encontrar cualquier excusa que le permitiese justificar sus acciones.

El único consuelo que parecía quedarle era que, en la última década, había logrado que no se derramase sangre, algo que se acababa de derrumbar con lo de Diego Ortega.

Acebedo estrechó con fuerza la mano del nuevo comisario, había llegado por fin el momento de cobrar el premio gordo.

Lo cierto es que a muchos les había extrañado la noticia, la frase que más sonaba en la comisaría era «no teníamos ni idea de que Acebedo anduviese metido en política», sobre todo porque si algo le había granjeado fama era su costumbre de ser el primero en entrar y el último en salir, y la noticia de semejante nombramiento había llegado prácticamente de un día para otro.

—Te quedas con todo atado y bien atado, ya sabes lo que tienes que hacer. Si no tocas los cojones a quien no debes, en unos años te puedes venir conmigo.

Acebedo llevaba años creciendo en la organización y, una vez más, se había respetado el escalafón.

Ahora le tocaba ser el número uno desde un lugar que le garantizase completa inmunidad.

La organización había planificado su salida desde hacía un año.

Lo primero que hizo fue vender su casa e instalarse con su esposa en un piso de alquiler.

«Hay que aprovechar el bum inmobiliario», le decía a su entorno para justificar la operación.

Lo siguiente fue «colocar» a su hija: «La niña es lista y aquí en España la cosa está difícil, le ha salido una oportunidad fuera y la tiene que aprovechar».

Con esta parca explicación, solía evitar de un plumazo las preguntas incómodas.

Su hija nunca sabría que esa «oportunidad» laboral en Suecia tenía más que ver con los pagos a cuenta de su padre que con su, por otro lado, excelente currículum.

—Cuando te llegue el momento, haz lo mismo que yo —le recomendó Acebedo a su sucesor—.

La pasta ya la tengo colocada y no me van a poder tocar un pelo; recuerda que aquí, si eres listo, puedes subir hasta el puto cielo si así lo deseas.

Quién me iba a decir a mí que iba a comenzar una carrera diplomática; ahora, a viajar y a seguir dirigiendo el cotarro, pero desde la playa.

La pena es que me tengo que llevar a mi mujer conmigo.

Terminó su explicación con una carcajada que retumbó en las paredes del despacho.

Baltierra estaba atormentado desde que recibiese la noticia. Lo más habitual cuando surgían ese tipo de problemas era destinar al susodicho a otra comisaría, buscar la manera de suspenderlo de empleo… Siempre se las ingeniaba para que no fuese necesario llegar a más.

Y esa violencia innecesaria había provocado la aparición de Leo Cantos; eso sí que era un problema enorme.

Durante años había logrado esquivar cualquier atisbo de investigación sobre su comisaría o su persona; normalmente no solían llegar a nada porque tenían suficiente influencia para cortar las pesquisas de raíz, pero esta vez era distinto: Leo Cantos formaba parte de un grupo de reciente creación en el que Baltierra carecía de influencia, y era, además, un antiguo compañero de Elena Izaguirre, y ella era un caso aparte…

Regresó a su despacho, abrió el cajón de su escritorio con una llave que llevaba en el bolsillo y sacó un pequeño teléfono móvil de prepago, irrastreable.

Dudó si marcar o no el número de aquel malnacido; «Valiente hijo de puta», pensó el comisario mientras, prácticamente derrotado, escuchaba sonar el tono de llamada.

—Tenemos un problema y de los gordos. —Había decidido dejarse de rodeos—. Por la puerta ha aparecido un tal Leo Cantos, ¿sabes de quién estoy hablando?

—Lo sé de sobra, hay un nuevo grupito de superpolis que se creen lo mejor del mundo, pero no van a llegar a ningún sitio. Nunca llegan.

—¿Nunca llegan? —replicó Baltierra, intranquilo—. Si no hubieses ido a por Diego, ahora no estaríamos en estas, ¿no te das cuenta? —Los nervios del comisario no dejaban de crecer.

—Calma, no tendremos problemas; husmeará un rato, y cuando vea que no hay nada, se irá por donde vino. El problema es otro.

Baltierra suspiró.

—¿Otro más? Sorpréndeme.

—Elena Izaguirre. Lleva años metiendo el hocico y se está acercando demasiado. Ella es el mayor problema que tenemos.

Baltierra comenzó a sudar.

—Elena está controlada, desde que entró aquí no he tenido complicaciones. Ya sé que pidió esta comisaría para investigar la muerte de su padre, pero nunca ha logrado avanzar, está todo atado.

Serrano ignoró el comentario, tenía claro cuál era su objetivo.

—Verás, comisario: Izaguirre siempre ha sido un dolor de muelas, y cuando una muela está podrida, la única solución es arrancarla.

El comisario se removió en la silla.

—Escucha bien lo que te voy a decir: ni se te ocurra acercarte a ella.

La carcajada del Gigante sonó con fuerza.

—Relájate, que no tienes edad para sobresaltos, y escúchame, que tengo una sorpresa que darte. —Baltierra sabía que ese anuncio no iba a traer nada bueno—. Vas a liderar una operación antidroga que acabará con dos lugartenientes de los Conejo detenidos; a lo mejor hasta te llevas una medalla.

—¿Qué mierda es eso? —Baltierra no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Pues uno que sabe hacer los deberes. Ya no tengo edad para ir bateando cabezas todas las noches.

Esto será más fino; en un rato recibirás una llamada del Ministerio del Interior: el gran comisario Baltierra será el encargado de destinar un equipo para interceptar una entrega de droga en Las Barranquillas; sin duda, será el gran colofón a tu carrera.

—A Baltierra no le gustaba por dónde estaba transcurriendo la conversación—.

El gran comisario y su última gran misión. —Baltierra tragó saliva y preguntó:

—¿Por qué la última?

Aquel repugnante ser paladeó cada palabra de su respuesta.

—Porque vas a interceptar un alijo enorme y además vas a detener a dos de los cabecillas de la banda, la pena es que en una operación de tal magnitud siempre hay bajas, y por eso, cuando ocurra, anunciarás tu jubilación. Hay que dejar paso a las nuevas generaciones.

Baltierra formuló entonces una pregunta de la que temía la respuesta.

—¿Qué bajas?

—Lamentablemente, la inspectora Elena Izaguirre: una pena que una policía tan magnífica caiga en noble acto de servicio, pero oye, no me negarás que es un gran final, tendrá incluso un homenaje, algo fantástico, ya lo verás.

Baltierra no era capaz de acomodarse en su asiento.

—Eso es una locura, no lo puedo permi…

—Tú no tienes nada que decir —lo interrumpió Serrano—. Hace muchos años que perdiste la ocasión de desobedecer: vas a montar el operativo y ahí se acaba. Tú decides si quieres irte a tu casa a disfrutar del dinero o salir de la comisaría en una caja de pino. —La amenaza cayó en saco roto.

—Me da igual lo que me digas: con Cantos por aquí, eso no puede salir bien.

Ante el firme tono de Baltierra el Gigante subió la apuesta.

—Parece que hay algo que no acabas de entender: con Elena fuera, todo se acaba y Cantos volverá por donde ha venido.

Quizá sea mejor opción que caiga junto a su madre: ¿eso te gustaría más?

Se me ocurre, por ejemplo, que las arrolle un camión en la M-30, cosas que pasan, un transportista despistado y la mala suerte.

¿Sabías que Elena recoge a su madre el primer domingo de cada mes y van a ponerle flores a su padre?

¿No te parece un buen final para la familia Izaguirre?

La llamada terminó y dejó a Baltierra completamente hundido. «¿En qué te has convertido? —se preguntó mientras sostenía la fotografía de la que fuera su esposa—. Primero Diego y ahora Elena». La reflexión se vio interrumpida cuando sonó la línea interna del teléfono de su despacho.

—Señor comisario, tiene una llamada de Interior.

Baltierra dio orden de que se la pasasen: tenía que montar un operativo que daría por terminada su carrera y la vida de Elena Izaguirre.