15 Separación
SEPARACIÓN
A Bécquer había cosas que le ponían de mal humor de manera inmediata, y una de ellas era no ser el centro de atención.
Su estrellato servía para aumentar su ego hasta límites estratosféricos, lo que chocaba frontalmente con la manera que tenía Elena de rebajarlo cuando estaban juntos.
A ella se lo permitía, el problema estaba cuando era otra persona la que cometía tal osadía, en este caso, Leo Cantos, un recién llegado dispuesto a cambiarlo todo.
Elena salió del despacho del comisario y, sin mediar palabra, pasó por delante de Bécquer, haciendo un gesto con la mano para que la acompañase. La inspectora apuraba tanto el paso que a él, por momentos, le costaba seguirla.
—¿Pierdes el tren? —le preguntó, casi sin resuello.
Ella no contestó y permaneció en silencio en lo que esperaban la llegada del ascensor. Bécquer entró dentro y se quedó de piedra al ver que Elena no lo acompañaba.
—No me has contado nada, ¿de qué habéis hablado? —se lamentó al entrar en el ascensor mientras ella apretaba, desde fuera, el botón del bajo sin decir palabra alguna. Justo antes de que las puertas se cerrasen y los separaran, Bécquer insistió—. Elena, ¿me puedes decir qué pasa?
La inspectora tomó aire y contestó.
—Lo que ocurra en la comisaría no es asunto de un civil.
Se dio la vuelta y se alejó dejando a Bécquer con la palabra en la boca. El cómico salió de la comisaría sin saber si estaba más enfadado o más decepcionado.
—Que no es asunto de un civil, ¿en serio?, ¿a estas alturas me sale con esto?
Se subió a su coche y se dijo a sí mismo que antes o después Elena le daría una explicación.
El resto del día transcurrió en el más absoluto aburrimiento.
Bécquer no entendía qué demonios estaba pasando, eran casi las diez de la noche y ella continuaba sin ponerse en contacto.
Cada vez que la llamaba el teléfono salía apagado o desconectado, y plantarse de nuevo en la comisaría no era una opción.
Con una mezcla de hartazgo y preocupación, bajó al garaje y cogió uno de sus coches, el más discreto, y puso rumbo a casa de la inspectora. «Aquí está pasando algo».
Al llegar dejó el coche subido a la acera.
«Prefiero que me multen a aparcarlo lejos», pensó con su chulería habitual.
Subió de dos en dos los peldaños que lo separaban del piso de Elena, y cuando llegó a la puerta, tocó el timbre una, dos y hasta tres veces.
Al cabo de un par de interminables minutos, Elena entreabrió la puerta.
—Llevo todo el día tratando de hablar contigo —dijo Bécquer, dejando claro su malestar.
—Ahora no es buen momento.
—¿No me vas a dejar entrar? —preguntó, claramente sorprendido por la actitud de su pareja.
—Te estoy diciendo que ahora no te puedo atender, vete a casa y mañana hablamos.
Y sin más, Elena, visiblemente nerviosa, cerró la puerta en las narices de la estrella.
«Esto es inaudito —pensó Bécquer mientras bajaba las escaleras—, ¿qué cojones acaba de pasar?
». Su indignación iba en aumento a cada peldaño.
«¿Qué le habrá dicho el comisario para que me trate de esta forma?
». Esos pensamientos, unidos a su curiosidad característica, no hacían otra cosa que provocarle cierta angustia.
Salió a la calle y respiró hondo. «Todo el barrio huele a curri», pensó mientras se subía al coche.
Elena lo observaba desde la ventana, tras la cortina.
—No se merece esto.
Tras ella, Leo Cantos dijo:
—Es lo mejor que puedes hacer por él. Cuando en su día te pedí que vinieses a trabajar con nosotros, casi te dio la risa e iba muy en serio.
Elena, sabemos que eres una inspectora excepcional, pero no entendemos qué haces tirando tu carrera en esa comisaría.
Traigo un mensaje de mis superiores: queremos que formes parte de la investigación.
Elena volvió a sentarse en el sofá. Leo Cantos desplegaba todo su encanto y su pose de gran agente explicando con detalle la información de la que disponía.
—Esto que te voy a revelar forma parte de una operación clasificada del Ministerio del Interior, solamente somos tres agentes los que formamos parte y tú serías la cuarta.
—¿Por qué yo? —Elena miró a Cantos fijamente.
—Porque estás dentro de Tudescos, tienes acceso directo a Baltierra, eras la compañera de Ortega y llevas años intentando esclarecer la muerte de tu padre; si a eso le sumas que tu currículum es magnífico, ahí tienes tu respuesta.
Elena no era susceptible a los elogios.
—Si voy a formar parte, quiero saberlo todo. —Cantos asintió—. Y una cosa más: si encuentro al asesino de mi padre, quiero ser yo quien lo detenga. ¿Está claro?
—Tienes mi palabra —dijo mientras le tendía la mano con un gesto algo pomposo.
Elena se mostró dubitativa, llevaba demasiado tiempo buscando respuestas y tal vez se acababa de presentar la oportunidad definitiva.
—¿Y Bécquer? —preguntó, temiendo la respuesta.
—Lo único que vas a conseguir es que le hagan daño, ya has visto lo que le ha ocurrido a Ortega. Esto no es un juego, no podemos ponerlo en peligro. Si decides participar, debe quedarse totalmente fuera.
—Cuéntame qué sabes. —Una vez más, Elena estuvo dispuesta a sacrificarlo todo por obtener respuestas.
—Creemos que la red lleva trabajando casi tres décadas.
—¿Y en ese tiempo no habéis hecho nada? Magníficos profesionales. —El reproche de Elena tenía todo el sentido.
—No es tan sencillo —matizó Cantos—. Cuando empezaron los trapicheos, se hizo la vista gorda: eran la manera de conseguir confidentes e información sensible para ir a por los malos. El problema es que, con el tiempo, se ha convertido en una red de corrupción casi incontrolable.
—¿Incontrolable? ¿En serio me lo dices? —La revelación a Elena no la consolaba en absoluto. Leo suspiró.
—Salpica a comisarios, delegados del Gobierno e incluso ministros. Con tal de evitar un escándalo nacional, se ha tapado mientras su actividad se reducía.
—Caray, qué gran trabajo, ¿no os han dado una medalla? —Elena no pudo reprimir el sarcasmo.
Cantos continuó armado de paciencia; a fin de cuentas, tenía claro con quién estaba tratando.
—Para el Estado, la relación entre beneficio y perjuicio es clara: se permiten ciertas cosas con tal de evitar males mayores.
A Elena los eufemismos de funcionario la ponían de los nervios.
—¿Y qué ha cambiado para que ahora queráis ponerle fin?
Leo cogió la mano con una condescendencia insultante.
—No queremos ponerle fin, lo que queremos es que vuelvan a ser beneficiosos.
Elena rechazó su mano con brusquedad.
—Pues conmigo no cuentes para semejante saco de mierda. —Se levantó y señaló la puerta.
—No seas así —replicó Cantos—, siéntate, por favor.
No estaba dispuesta a aceptar según qué cosas, pero optó por tomar asiento de nuevo.
—¿Y entonces? ¿Qué es lo que quieres?
Leo era perfectamente consciente de que lo que iba a responder le acarrearía muchos problemas en el futuro.
—Quiero que caiga el grupo entero, pero, como te he dicho, voy a necesitar tu ayuda.
Bécquer movió el coche apenas cincuenta metros desde el portal de Elena.
«No me da la gana —pensó—, con todo lo que hemos pasado, ¿y ahora esto?
». Aprovechando que la calle estaba prácticamente desierta, caminó hasta un pequeño bar casi en frente de la casa, se sentó a la mesa más cercana a la ventana y pidió un pincho de tortilla, que, por supuesto, no se iba a comer, y una cerveza que apuró en dos tragos. «¿Qué tramas, Elena? ¿Qué tramas?».
La inspectora estaba en una situación realmente incómoda.
Las piezas del rompecabezas que para ella era la muerte de su padre comenzaban a encajar, y no era más que el principio.
Realmente, Leo y su gente habían hecho los deberes.
Según los documentos de los que disponía, la trama corrupta se remontaba hasta mediados de los años ochenta, cuando los policías en el ajo campaban a sus anchas: trapicheos, robos, palizas…
Lo que les daba la gana y sin límite alguno.
La cosa se había relajado en los últimos quince años, pero hasta entonces…
—La mayoría de los delitos han prescrito —se lamentó Leo—, por no hablar de los protagonistas: de aquella época apenas queda ninguno.
—Elena pensó inmediatamente en el doctor Castillo, en Luis Puente y, sobre todo, en su propio padre—.
Pero hay dos personas que son una parte fundamental —añadió—: el comisario Baltierra y Serrano, también conocido como «el Gigante».
—¿Y por qué no los habéis detenido? —La pregunta era evidente, a Elena todo aquello no le cabía en la cabeza.
—No es tan fácil.
—¿No es tan fácil? —La indignación de la inspectora se hizo visible de nuevo—. Me dices que tienes una foto de ese hijo de puta justo en el lugar en el que acaban de asaltar a mi compañero y me dices que no es tan fácil. ¿Te estás quedando conmigo?
—El objetivo no es coger a estos dos, no dejan de ser peces chicos, yo quiero al pez grande.
Bécquer llevaba ya tres cervezas cuando por fin hubo movimiento en el portal de Elena: un hombre alto y realmente atractivo abandonaba el edificio.
«Demasiado bien vestido para ser un vecino cualquiera», pensó mientras lo fotografiaba con su móvil.
«Imagino que Elena no tendrá ahora inconveniente alguno en verme», y marcó de nuevo su número de teléfono.
Esa vez al menos tuvo el detalle de contestar.
—¿Me vas a decir de una vez qué está pasando? —Ella no respondió—. No entiendo por qué no me has dejado entrar, lo de Diego es algo espantoso, pero ¿tratarme así?
—No todo gira en torno a ti, ¿no crees?
La respuesta de Elena fue hiriente. Bécquer cada vez estaba más enfadado.
—¿Por qué no me has dejado entrar en tu casa? ¿Quién estaba contigo?
La inspectora Izaguirre sabía que el cómico no era precisamente ingenuo. Llegado el momento, le contaría la verdad, pero ahora tenía que protegerlo.
—Estoy sola; simplemente, necesito estar tranquila.
Que Elena le mintiese era algo nuevo. Es cierto que cuando se conocieron, se mintieron casi de mañera constante, pero ya llevaban tiempo suficiente juntos como para no caer en la desconfianza. A Bécquer le estaba doliendo en el alma.
—De acuerdo —respondió—, mañana vengo a desayunar y hablamos tranquilamente.
Lo que Elena decidió responder pilló a Bécquer completamente por sorpresa.
—Necesito unos días, no me llames ni vengas a buscarme; si te necesito, ya te llamo yo.
Elena colgó la llamada.
Bécquer guardó el teléfono en el bolsillo visiblemente afectado, tanto que el camarero que le había servido las cervezas quiso sumarse a la conversación.
—Mujeres, ¿verdad? No hay quien las entienda.
Bécquer dejó veinte euros sobre la mesa y apostilló:
—Y a esta especialmente.
Salió del local y, ya sentado en el coche, volvió a mirar la foto del desconocido que salía del edificio de Elena. «¿Quién demonios eres?», se preguntó.