14 Qué hace una chica como tú en un sitio como este
QUÉ HACE UNA CHICA COMO TÚ
EN UN SITIO COMO ESTE
—Inspectora Izaguirre —dijo el comisario sin apenas sorprenderse—, precisamente estábamos hablando de usted.
—Le presento al inspector Leonardo Cantos, pertenece a una unidad especial del Ministerio del Interior encargada de casos, digamos, particulares.
La presentación del comisario no dejaba de ser confusa.
—¿Qué quiere eso decir? —preguntó Elena, casi balbuceando.
—Que cuando la cosa se pone fea entre policías, me toca hacer una visita, y el caso de Diego Ortega es feísimo. —Leo la tendió la mano a la inspectora, quien, dubitativa, optó por devolver el saludo—. Elena, ha pasado mucho tiempo.
El comisario Baltierra observaba la escena con sorpresa.
—Vaya, veo que se conocen.
Antes de que Elena respondiese, Leo Cantos se adelantó.
—Fuimos compañeros un tiempo en el ejército, hace ya mil años.
Elena asintió nerviosa, tratando de nuevo que no se le notase el esfuerzo que estaba haciendo para mantenerse calmada.
Abandonando su silla, el comisario Baltierra se acercó al agente Cantos.
—Como le dije, tiene usted, por parte de esta comisaría, garantizada la colaboración.
En cuanto a ti, Elena, me alegro de que hayas venido tan pronto porque precisamente de ti estábamos hablando.
Al señor Cantos le gustaría reunirse contigo tanto en cuanto eras la compañera más cercana a Diego Ortega.
¿Te parece bien? —Elena volvió a asentir—.
Pues no se hable más, tengo que atender otros asuntos —se despidió, estrechando la mano del agente y haciéndole ver que podía utilizar su despacho para su encuentro con Elena.
En cuanto salió por la puerta, la inspectora Izaguirre lanzó el primer gancho de derecha.
—Espero que no vengas a enterrar lo de Diego porque, si es así, vas a pinchar en hueso.
Cantos sonrió; ahora era él quien estaba nervioso.
—Veo que hay cosas que no han cambiado, la misma Elena desconfiada de siempre.
La noche tenía una pinta pésima. Elena Izaguirre no estaba precisamente de buen humor.
«Las malditas guardias», decía entre dientes.
Llevaba en el ejército desde los dieciocho años, ya tenía veintinueve y era una militar de élite que afrontaba su último ejercicio en Afganistán, así que le molestaba enormemente tener que pasar la noche en vela como si fuese un soldado raso.
Eso le provocaba siempre la risa a uno de sus compañeros más cercanos, Leonardo Cantos.
Con algunos años más de experiencia, no muchos, el oficial era toda una estrella en el destacamento: alto, guapo y valiente, era el típico militar que podría protagonizar una película americana y lo sabía.
Elena y Leonardo habían tenido algún roce en esas noches en las que se podían permitir que sonase la música.
«Un poco de fiesta es buena para la moral de la tropa», justificaba el comandante ante sus mandos, pero ahora trataban de mantener la distancia entre ellos por motivos estrictamente profesionales.
—Mucho frío —dijo Leo para arrancar la conversación.
—Desde luego, siempre has sido un poeta —respondió Elena, divertida.
Cuando Elena conoció a Leo, le gustó de inmediato, pero, tal y como ella era, decidió mantenerse alejada todo lo posible; sin duda, fue el motivo de que Leo se sintiese a su vez más atraído.
Cantos se sentó a su lado y encendió un cigarrillo; le gustaba aquello de fumar con el pitillo hacia dentro y decir lo de «así no nos ven los aviones». Eso a ella siempre le hacía reír.
—Tengo algo que contarte —anunció Leo—. En dos días regreso a España, me han ofrecido un trabajo que me apetece mucho.
—¿Un curro?
Leo sonrió de inmediato.
—Algo relacionado con esto que hacemos, pero para el Ministerio del Interior.
—No me digas que vas a ser espía —bromeó Elena.
—Bueno, quién sabe —contestó Leo—. Se trata de una unidad nueva, no tengo muy claro qué es, pero puede ser una oportunidad. Estoy cansado de comer arena, llevo desplegado más de diez años.
A Elena su razonamiento le sonaba: le pasaba lo mismo.
—El mal de la década —dijo.
—¿Y tú? ¿No has pensado en volver?
Elena pensó en su padre.
—Llevo tiempo esperando, quiero ingresar en la Policía Nacional.
A Leo se le escapó una carcajada.
—Madre mía, que se preparen los malos. ¿Y por qué no te vienes conmigo?
Elena se ruborizó al instante, aquello insinuaba algo más que las noches que habían pasado juntos en los últimos meses.
—No me gusta el trabajo de oficina —respondió con seguridad.
—¿No te gusta el trabajo de oficina o no te gusto yo? —Leo dio un paso adelante y rodeó la cintura de Elena con sus brazos.
—No me gustas tú —respondió ella.
Él se acercó a sus labios y comenzaron a besarse como si de repente la guerra en Afganistán hubiese terminado.
Elena y Leo no pactaron nada, pero con una mirada lo pactaron todo: ella sabía que en unos meses volvería a Madrid y que Leo la estaría esperando.
En cuanto él pisó la capital, la relación entre ellos, lejos de enfriarse, comenzó a crecer como nunca; era como si todo ese tiempo en el que se quisieron a escondidas se hubiese multiplicado, ya no eran compañeros en el ejército, eran un chico y una chica enamorándose.
Todos los días hablaban, la conexión a internet del destacamento era estable y cada noche se ponían al día.
Hacia el final de año, Leo se conectó con una noticia para Elena.
—Señorita Izaguirre, tenga usted muy buenas noches.
A Elena le gustaba mucho cuando Leo se ponía solemne. Todavía no se había acostumbrado a verlo vestido con traje, y cada vez que lo tenía en la pantalla del ordenador evitaba suspirar como una quinceañera.
—Buenas noches para usted también —respondió ella.
Leo se puso entonces de pie y abrió la imagen.
—¿Qué te parece?
En ese momento giró el portátil y empezó a enseñarle una vivienda preciosa completamente vacía.
—¿Y eso? —preguntó Elena.
—¡Pues que ya soy propietario!
Leo saltaba de alegría mientras le enseñaba su nueva casa, un coqueto apartamento de unos ochenta metros cuadrados en una zona de nueva construcción a menos de media hora del centro de Madrid.
Mientras le iba enseñando a Elena los diferentes espacios se detuvo frente a un armario dentro de la habitación principal.
—Y aquí está lo que más ganas tengo de enseñarte.
Elena miraba con atención sin tener muy claro en qué debía fijarse.
—¿Un armario? —preguntó.
—No, concretamente, tu armario.
—¿Cómo que mi armario? —Elena se puso nerviosa.
Leo volvió a girar el portátil y su rostro apareció en la pantalla.
—Pues que quiero que, cuando regreses a Madrid, te vengas a vivir conmigo.
El inspector Cantos insistía en que quedaba mucho todavía por delante para aclarar qué era lo que había ocurrido esa noche con Diego Ortega.
—Lo primero que hemos pensado es que el inspector Ortega puede haber sido víctima de malas compañías.
Elena torció el morro al instante.
—Veo que no tenéis ni la menor idea de por dónde tirar.
Leo Cantos sacó un iPad de su maletín.
—Yo, si fuera tú, no lo tendría tan claro, mira esto: estuvo removiendo información clasificada, totalmente fuera de sus atribuciones.
¿Por qué? —Elena optó por ignorarlo—. Y no acaba ahí la cosa: hemos recibido una imagen del momento posterior al incidente.
—La imagen que Leo le enseñaba era de todo menos nítida: se veía una figura de gran envergadura, probablemente un hombre, subiéndose a un coche diminuto—.
Creemos que este es el hombre que atacó a Diego y que lo que lleva en su mano derecha es algo que él le entregó.
La inspectora Izaguirre aumentó la imagen con los dedos.
—Diego no entregó nada, eso es el maletín de su portátil, lo reconocería en cualquier sitio, mira el grabado: es su maletín y te aseguro que no se lo entregó, se lo quitaron.
A Leo la teoría de Elena no le encajaba, pues desmontaba la suya.
—Eso ahora no es relevante, lo que me preocupa es este hombre: por la envergadura creemos que se trata de un viejo conocido, y, si es él, te aseguro que tenemos un problema.
—Elena preguntó de quién se trataba, a lo que él respondió—: Ahora mismo no estoy autorizado a revelarte ciertos detalles, lo que sí te puedo decir es que si se juntaba con esta gente, Ortega no era trigo limpio y me temo que esta comisaría tampoco.
Elena se encaró con Leo.
—No te atrevas a manchar su nombre —dijo amenazante—. Lo que ha pasado esta noche lo van a pagar y te aseguro que tienes dos opciones: o contarme todo lo que sabes de ese hijo de puta, o apartarte de mi camino.
Leo sabía que nada podía detenerla.
—Me temo, Elena, que, si tienes razón, quien ha ido a por Diego es alguien de dentro y la cosa no terminará ahí.
—Se puso en pie y cerró las persianas del despacho del comisario—.
He de ser sincero contigo: llevamos mucho tiempo trabajando en este asunto y esto no ha sido más que la excusa perfecta para entrar por fin en esta comisaría.
—A Elena le estaba costando seguir el relato—.
Aquí están pasando muchas cosas, y una de ellas te afecta a ti directamente.
—Elena cada vez tenía más claro por dónde estaba yendo Leo, quien continuó con su exposición—.
Esta comisaría está podrida desde hace tiempo, durante años se les han permitido cosas inexplicables, pero eso ha cambiado y la investigación está a punto de hacerla saltar por los aires.
Elena se encaró entonces con Leo Cantos.
—¿Y a mí por qué me cuentas esto?
—Te lo cuento porque todo parece indicar que tu padre estaba metido hasta el tuétano.
—A mi padre lo asesinaron —respondió, visiblemente indignada.
—Lo sé —respondió Cantos—, y por eso he venido, porque si alguien puede ayudarme a acabar con esta gente, esa eres tú.