Bécquer en París 13 Mamá
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13 Mamá

MAMÁ

Bécquer observó resignado cómo Elena entraba en el despacho del comisario.

Apenas llevaban juntos unos meses, pero ya había aprendido que cuando la inspectora Izaguirre tenía un objetivo, lo más saludable era apartarse de su camino.

Durante el trayecto a la comisaría, cuando logró que la inspectora se calmase, ella le había dejado claro qué necesitaba de él.

—Necesitamos saber si se conectaron al ordenador de Diego.

—Bécquer había asentido con la cabeza—. Ve a su escritorio y conéctate desde su perfil, este es su código de acceso.

—Elena le anotó en el teléfono una suerte de números y letras—.

A continuación, necesito que localices desde qué servidores se accedió a la información de búsqueda de Diego, ¿ok?

—Bécquer la había mirado con seguridad y aplomo.

—De acuerdo.

Elena, viéndole la cara, había vuelto a preguntar:

—No tienes ni la menor idea de qué te estoy pidiendo ¿verdad?

La expresión del cómico lo revelaba todo.

—Ni puta idea, no te voy a mentir.

Elena se había afanado entonces en dejarle claro a Bécquer qué pasos debía seguir, y él anotaba en su teléfono móvil cada detalle.

—¿No sería mejor que lo hicieses tú? —La pregunta de Bécquer tenía toda la lógica del mundo.

—No es tan difícil y a esta hora tenemos a media comisaría fuera, no tenemos tiempo que perder.

Bécquer había optado por no discutir, bastante tenía con tener que sentarse delante de un ordenador, él, el tipo más analógico del planeta.

De la nada, ahí estaba el cómico metido nuevamente en un problema, alucinando porque a Elena que un civil se colase en una comisaría y se metiese en el ordenador de uno de los inspectores le parecía lo más normal y sencillo del mundo. Para él, en cambio, era una auténtica misión de espionaje.

La comisaría respiraba un ambiente tranquilo, a pesar de que la noticia había corrido a toda velocidad desde que recibiesen el maldito aviso.

—Lo primero será sentarme en su ordenador sin levantar sospechas.

—El propio Bécquer entendió, al escucharse a sí mismo, que eso resultaba del todo imposible.

«Joder Elena, esto es un cantazo», pensaba mientras merodeaba sin discreción alguna alrededor del escritorio de Diego.

«Lo más importante ahora es tener un plan», volvió a decirse tratando de convencerse.

«Ya lo tengo: si quieres pasar desapercibido, lo mejor es llamar la atención».

Aquel razonamiento le podría haber parecido profundamente estúpido a cualquiera, pero es que Bécquer no era cualquiera en ningún aspecto de su vida.

Sin cortarse un pelo se puso de pie sobre la silla de Diego: «O puerta grande o enfermería», pensó.

—Un momento de atención, por favor —gritó—, tenemos una emergencia policial. —La comisaría detuvo la actividad ante la llamada del cómico—. Se me ha desconfigurado el mail en el teléfono, insisto, extrema gravedad. ¿Alguno de vosotros me puede prestar un ordenador para consultar el correo?

Varios agentes se miraron entre sí sin dar crédito, aunque es justo decir que desde que Bécquer apareciese en la vida de la comisaría sus numeritos eran habituales. Un inspector que estaba a la espalda del artista lo cogió del brazo.

—Bájese de ahí, que estamos trabajando.

Bécquer se bajó de la silla entonando una disculpa.

—Perdona macho, es que estoy desesperado, tengo que resolver unos asuntos y claro…

El inspector lo interrumpió.

—Que sí, que sí, le enciendo este y dese prisa.

Había conseguido su objetivo. En lo que el policía farfullaba alguna que otra falta de respeto, Bécquer se acomodaba ante la pantalla del ordenador de Diego Ortega.

Comenzó paso por paso a seguir las indicaciones de Elena.

Introdujo un par de códigos más y pudo localizar el archivo que Elena le había pedido: según rezaba en pantalla, Diego se había conectado desde comisaría y por última vez a las 19.

47 del día anterior, «justo antes de venir a mi casa».

La siguiente conexión dejaba también clara la hora: otra vez a las 23.

17: «Pero a esa hora ya no pudo conectarse desde aquí».

Bécquer anotó con velocidad una serie de números que, según le acababan de explicar, eran el lugar exacto desde el que accedieron al PC de Diego.

«Misión cumplida —pensó—, espero que a Elena le esté yendo bien».

Apagó el ordenador y comenzó a dar las gracias, saludó a algunos de los agentes allí presentes, a los que ya les resultaba supernormal que el cómico pululase libremente por la comisaría.

Cogió de la máquina una repugnante lavativa, a la que llamaban café, y se fue a la sala reuniones de la planta superior.

Se sentó frente a la cristalera preocupado por Elena.

La había visto entrar en el despacho del comisario como un caballo desbocado.

«Si todavía no se oyen gritos es que la cosa debe de ir bien».

Fue en ese momento cuando el llanto de una mujer lo sobresaltó, salió de la sala y se acercó a la barandilla que daba a la planta baja, desde allí vio a una mujer de unos sesenta años acompañada de un hombre de más edad, el caballero mantenía la entereza mientras un agente uniformado les daba explicaciones; la mujer, por el contrario, no dejaba de llorar.

Bécquer odiaba ir a la comisaría precisamente por no ser el lugar más feliz del mundo.

«Entre esto y los hospitales…». Decidió respetar el dolor de aquella pareja y se giró para volver a la sala.

—Uy, perdón —exclamó—, casi te tiro el café por encima. Menos mal. Habría sido una pena por el uniforme, este café merece acabar en cualquier sitio menos en un estómago. —La broma de Bécquer cayó bien—. ¿Sabes qué pasa ahí abajo? —le preguntó a la uniformada a la que había arrollado.

—¿No te has enterado de lo de Diego Ortega? —Bécquer asintió con la cabeza—. Esos son sus padres. —Cuando el cómico quiso responder, no logró emitir sonido alguno—. No me quiero imaginar el dolor que están pasando. Para una madre, un hijo es lo más grande del mundo.

Bécquer asintió con la cabeza y logró pronunciar con enorme esfuerzo unas pocas palabras.

—Sí, lo más grande.

Al pequeño Antonio le gustaba salir a pasear por el monte de la mano de su abuelo.

— Imos a apañar castañas —anunció el señor Manuel a su esposa desde la puerta.

Los domingos por la mañana eran perfectos para eso, a Antoñito no le importaba cargar con la cesta y unos guantes duros para abrir los erizos, solo de pensar en lo ricas que iban a estar se le hacía la boca agua.

—Con un poco de suerte, enganchamos también un gamusino.

El abuelo Manuel seguía manteniendo la fantasía del gamusino por mucho que su nieto le contestase bien lleno de razón:

—Lelo, que ya tengo nueve años, sé que los gamusinos no existen.

Las palabras del pequeño Bécquer no afectaban a las fantasías del señor Manuel, quien aprovechaba cada una de las dudas de su nieto para seguir manteniendo la ilusión.

—Home, desde luego que diciendo esas cosas no te vas a encontrar nunca a ninguno. Pobres gamusinos, con las ganas que tienen de conocerte.

Al pequeño Bécquer le encantaban las historias fantásticas que su abuelo le contaba, bueno, no todas: otra afición que tenía era contar historias truculentas de fantasmas que asolaban la aldea las noches de invierno.

—Ten cuidado con no creer a tu abuelo, que te va a pasar como a María con la pata.

Antoñito soltó un suspiro exageradamente grande.

—Esa historia es un cuento para asustar bebés.

El abuelo se detuvo de inmediato.

—¿Cómo?, ¡fue en verdad! —exclamó—, le pasó a la hija de una vecina mía.

—Es mentira —replicó, aquello no lo convencía.

—¿Mentira? Yo estaba presente en el cementerio. —Antoñito se puso nervioso—. Esto no te lo he contado nunca —añadió—: vi cómo enterraban al Gregorio y vi cómo la María se llevaba la pierna de madera para poder venderla en el pueblo.

Bécquer adoptó una expresión mezcla de temor y extrañeza.

—Eso no es verdad —repitió mientras su abuelo continuaba.

—… Y cuando la vendió, descubrió que aquel dinero estaba maldito, y cada noche, al intentar dormir, ¿sabes qué escuchaba?

Entre asustado y divertido, el pequeño Bécquer comenzó a gritar con voz fantasmal:

—¡María, dame la pata, que es mía!

Y el señor Manuel explotó en una inmensa carcajada mientras apretaba con cosquillas la barriga de su nieto.

Siguieron caminando, llenando de castañas la cesta que portaba el niño. En la orilla del río se sentaron a descansar un poco, el señor Manuel sacó de su bolsillo dos navajas, una de tamaño mediano y otra pequeñita que puso en la mano de su nieto.

—Vamos a pelar alguna, a ver si están dulces.

Mientras con esfuerzo las iban pelando, Antoñito hizo una pregunta a su abuelo.

—¿Por qué mamá nunca viene con nosotros?

Cada vez que el niño sacaba el tema el señor Manuel buscaba por donde escaparse.

—Bueno, tu madre sabes que trabaja mucho y a veces está muy cansada.

La respuesta no le sirvió de nada al niño.

—Ya, ¿por eso nunca juega conmigo?

El señor Manuel buscó la forma de distraerlo.

—Y qué más da, para eso estoy yo: a ver, ¿a qué quieres jugar?

Pero el niño llevaba algo dentro que estaba luchando por salir.

—¡ Iso é unha trola ! —gritó Antoñito—. A nai non quere saber de mín .

—No es mentira, mi niño; tu madre sí que quiere saber de ti —insistía el abuelo, pero era consciente de que su nieto era de armas tomar, listo como pocos y, ya a su corta edad, perfectamente conocedor de que algo no estaba bien en su casa.

La madre de Bécquer no lo había tenido fácil, su única obsesión desde el momento casi de tener conciencia había sido salir como fuese de la aldea, no soportaba su vida allí.

Quizá por eso le valía casi cualquiera, y de eso hubo quien se aprovechó.

Cuando quedó embarazada y su apuesto pretendiente desapareció para siempre, ella quedó marcada como nunca.

Apenas había cumplido la mayoría de edad y tenía un niño de soltera.

El final de los setenta no eran precisamente una buena época para las mujeres a las que les pasaban cosas como esta.

Del niño enseguida se ocuparon los abuelos, bueno, a decir verdad, el abuelo: la abuela de Antonio era de esas mujeres enjutas y de mal carácter que directamente nacieron siendo viejas, una pena.

El enfrentamiento que desde entonces tenían la madre con la hija se llevó la infancia de Bécquer por delante.

El niño, sin ser culpable de nada, tuvo que aguantar ser el culpable de todo, y su madre era especialista en hacérselo saber.

Antoñito aprendió a convivir con la indiferencia antinatural de quien debía haberlo querido, haberlo defendido y haberlo cuidado, pero no fue así: para su madre, él era la causa de su fracaso, porque si algo tenía claro esa mujer, era que si él no hubiera nacido su vida habría sido muchísimo mejor.

Bécquer regresó rápidamente a la sala; reconociendo su cobardía, no se vio con fuerzas de bajar a dar consuelo a los padres de Diego.

«Eres un flojo —se dijo a sí mismo—, coge fuerzas para cuando salga Elena».

Con esta excusa, volvió a ocupar la silla que tan familiar le era confiando en que, cuando saliese la inspectora, tuviesen claro dónde agarrarse.