Bécquer en París 12 No lo merece
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12 No lo merece

NO LO MERECE

Cuando el teléfono suena en mitad de la noche, no suele ser para buenas noticias, y aquella ocasión no fue la excepción a la regla.

Elena y Bécquer descansaban con la satisfacción de contar con una nueva y clara vía de investigación: las pesquisas de Diego Ortega habían arrojado algo de luz sobre la situación actual, Bécquer no dejaba de darle vueltas incluso a la posibilidad de plantarse en Caracas con el fin de encontrar al doctor Castillo.

«No tiene que ser tan difícil dar con un español con dinero, si está allí habrá tenido que untar a alguno de esos desgraciados bajo el mando del dictador».

Eran las seis de la madrugada. Espabilándose como buenamente pudo, Elena contestó con un débil «Inspectora Izaguirre»; Bécquer, con medio ojo abierto, la observaba casi rogando que volviera a dormirse lo antes posible.

Pero Elena se despertó de golpe como si veinte cafés expresos le hubiesen entrado en vena.

De un salto abandonó la cama y comenzó a vestirse. Bécquer no fue capaz de no asustarse.

—¿Me puedes decir qué demonios pasa?

Elena no lo escuchaba, se movía nerviosa de un lado a otro de la habitación farfullando palabras ininteligibles.

—No puede ser, no puede ser —era lo máximo que Bécquer lograba descifrar mientras observaba como ella se iba descomponiendo. Se levantó y se acercó.

—Elena, ¡Elena! —Fue necesario que levantase la voz para que la inspectora le prestara atención—. ¿Me puedes explicar qué sucede?

—Han atacado a Diego, le han partido la cabeza en dos.

Bécquer tuvo que sentarse al escuchar la respuesta.

Elena no pudo guardarse ni una pizca de dolor. Su interlocutor había sido lo bastante explícito como para que ahora la pareja estuviese transitando uno de los peores momentos desde que se conocían. Bécquer comenzó a vestirse mientras Elena compartía la información de la que disponía.

—Ha sido hace unas horas, una vecina llamó al 061 al ver a Diego en el suelo, le habían golpeado la cabeza.

Elena aguantaba el tipo con valentía, era la primera vez que la veía así. Él la rodeó con sus brazos, Elena apretó su rostro contra el pecho de Bécquer conteniendo el llanto.

—Es mi culpa Bécquer, es mi culpa.

—No digas eso, no sabemos qué ha pasado.

Elena se separó de los brazos de Bécquer de un brusco movimiento.

—¿No te das cuenta? Es igual que cuando mataron a mi padre. Acabo de mantener la misma conversación que tuvo mi madre hace veinte años.

Elena se había ido a la cama a regañadientes: como cada noche, quería ver **Noches desde el Espacio hasta el final, no quería ser la única que se perdiese una sola broma de las que Bécquer, su cómico favorito, regalaba cada noche.

Ya que sus hermanos mayores no vivían en casa, estaba encantada de tener el mando de la tele para ella sola.

Desde que vio a aquel muchacho en televisión, la joven había encontrado a un artista con el que hacer lo que más le gustaba en el mundo: pasar tiempo con su padre.

Pues a Antonio Izaguirre le pasaba un poco lo mismo con Bécquer.

Al principio, le dio rabia que Tarda, el presentador original, anunciase su retirada y que iba a ser sustituido ni más ni menos que por aquel chaval, insultantemente joven, que tenía de colaborador.

«Pero si tiene veintidós o veintitrés años, no debe tener más», pensaba cuando saltó la noticia.

Lo que ocurrió después no entraba en los planes de nadie: Bécquer se convirtió más que en un presentador de éxito, en un fenómeno social, mucha gente que no se había asomado al programa comenzó a hacerlo cuando él tomó las riendas.

Eso fue lo que ocurrió en casa de los Izaguirre: Elena empezó a ver el programa con su padre.

A Carmen no le hacía gracia alguna que su hija adolescente se acostase tan tarde cada noche.

«Eso acaba a las mil y la niña tiene que descansar», solía decir desde la puerta del salón cuando el reloj ya daba las doce.

«Cinco minutos más, porfa», rogaba Elena, sabiendo que su padre, por supuesto, iba a consentir.

La mayoría de las noches era Antonio quien lograba ver el programa hasta el final; además, como solía decir, «a estas alturas, yo con dormir tres o cuatro horas voy listo.

Pero que me dejen media horita después de comer, eso sí».

La que no aguantaba nunca era Elena, a la que su padre acababa llevando a la cama en brazos.

Carmen estaba alterada: Antonio la había llamado por teléfono a eso de las diez de la noche para decirle que se tenía que quedar en la comisaría un rato más para terminar unos informes, que no la esperase despierta, y qué si la niña se ponía muy pesada, que la dejase ver a Bécquer al menos un rato.

El problema era que ya pasaban de las tres de la madrugada y no había regresado todavía.

La mujer estaba en la cocina preparándose una infusión cuando llamaron al telefonillo.

«Se habrá dejado las llaves», pensó aliviada, y, sin preguntar, pulsó el botón que habría el portal.

Para que la niña no se despertara con el timbre de la puerta, la abrió y se quedó esperando a que el ascensor le entregase a su marido.

«Menudas horas de llegar, mañana a ver quién lo levanta».

La sorpresa al ver que no era Antonio quien salía del ascensor, sino el comisario Nieto, fue mayúscula.

En el rostro de Nieto se encontraba la noticia: en cuanto Carmen posó su mirada en la suya, supo que no traía nada bueno; lo que no sabía era que el mundo, tal y como lo conocían, acababa de cambiar para siempre.

—Lo siento mucho, Carmen. Antonio era un hombre excepcional.

Carmen trataba de entender, pero no lo conseguía: su marido, un policía con experiencia, acababa de ser asesinado en lo que parecía un atraco a punta de navaja.

Era tan difícil de asimilar que sentía que el corazón se le iba a salir del pecho.

Entre lágrimas, tratando de controlarse, solo podía pensar en sus hijos: Óscar vivía en Valencia, después de estudiar Ingeniería, estaba trabajando en la ciudad del Turia desde que se licenció; Roberto, por su parte, estaba terminando sus estudios en Salamanca. Y Elena estaba a solo unos metros.

—Cómo le doy a mi niña una noticia así.

Nieto la dejó en el salón con la promesa de regresar en unas horas con más información.

Carmen se asomó desde la puerta al dormitorio de Elena: allí dormía, ajena a todo, sin saber la oleada de dolor que estaba a punto de encajar.

«Mi pobre niña —pensó Carmen—, te acaban de arrebatar lo que más quieres».

Bécquer conducía en silencio; Elena, por su parte, apoyaba el brazo derecho en el marco de la puerta y miraba absorta por la ventanilla; de vez en cuando, el único movimiento que hacía era negar con la cabeza y secarse alguna lágrima que se resistía a quedarse dentro.

En el túnel de la M-30, Bécquer reflexionó en voz alta.

—La verdad es que no sé qué pensar.

Elena cogió aire y, para sorpresa del cómico, respondió:

—No creo que me equivoque, ¿no te parece mucha coincidencia?

Diego descubrió algo y justo la misma noche del mismo día en el que mete la nariz lo apalean en la calle para robarle el ordenador.

¿Es que no lo ves? —La inspectora no quería, pero la pregunta salió de su boca en forma de grito. Bécquer no se lo tuvo en cuenta.

—Es que, si es así, significa que ha salido de dentro de la comisaría, pero Diego nos juró y perjuró que no había hablado con nadie.

Bécquer se sintió un poco idiota cuando Elena le dio la respuesta.

—¿Recuerdas que nos colamos en el archivo precisamente para no levantar la liebre? Pues me temo que Diego no era consciente de eso.

—Esperemos, Elena, tenemos que estar tranquilos. —El cómico insistía en mantener cierto grado de prudencia.

Elena no respondió. Bécquer comenzaba a sentir la misma indefensión: si Elena estaba en lo cierto y fueron a por Diego, es que se estaban acercando demasiado.

—Lo van a borrar todo y no me da la gana, no, no lo puedo permitir. —Elena seguía farfullando y sin mediar palabra echó la mano al volante.

—Elena, ¡qué haces! —gritó Bécquer, asustado.

—Coge esa salida, vamos a la comisaría. —La justificación de Elena no sirvió para mucho.

—Joder, pues dímelo, que lo hago.

Por más esfuerzos que hacía, estaba comenzando a verse sobrepasado por la situación.

En cuanto salió de la M-30 y circuló por una calle, puso el intermitente y detuvo el vehículo.

Lo que no esperaba es que Elena se bajase y echase a andar.

Sin ni siquiera cerrar la puerta, el cómico arrancó a la carrera llamando a su pareja sin obtener respuesta alguna.

Cuando logró alcanzarla, la sujetó del brazo.

—Elena, por favor.

Ya la conocía lo suficiente para saber que, cuando la herían, podía salir por cualquier sitio. Preparándose para lo peor, optó por abrazarla. Elena se quedó callada, en los brazos de Bécquer parecía encontrar consuelo. Los minutos pasaban y él notaba como su respiración se iba calmando.

—Lo siento mucho —dijo Elena—, lo siento mucho.

Lo vamos a arreglar —dijo Bécquer, tratando de insuflar un poco de ánimo en una situación que comenzaba a antojarse imposible.

—Quiero ir a la comisaría. —Elena había pronunciado su deseo más como un ruego que como una orden.

—Y vamos a ir —contestó el cómico—, lo único que quiero es que me digas para qué.

Su tono fue de lo más razonable. Por fin algo más calmada, ella se explicó.

—Diego estuvo buscando a Castillo en el sistema, necesito saber quién accedió a su ordenador después de que viniese a vernos, y tengo que hacerlo antes de que eliminen el rastro.

Bécquer asintió y, rodeándola con el brazo, caminaron hacia el coche.

—Vamos a encontrar al culpable —dijo—, y créeme cuando te digo que pagará por ello.

Aparcaron en el parking al lado de la comisaría, esta vez tocaba entrar por la puerta principal.

Se miraron convencidos de que lo que iba a ocurrir entonces no tendría vuelta a atrás.

Cruzaron la puerta y esta vez no estaba Diego para recibirlos.

Con un pellizco de melancolía, Elena levantó la vista y la dirigió a una puerta en concreto.

«Sé que no estás limpio —pensó— y pienso demostrarlo».

Con paso firme subió el primero de los peldaños.

—¿Estás segura? —preguntó Bécquer, casi como un lamento.

—¿Sabes lo que tienes que hacer? —respondió Elena, obteniendo una respuesta afirmativa del artista—. Pues yo también.

Subió las escaleras de la comisaría decidida a obtener respuestas, la imagen de Diego en el suelo con la cabeza abierta la atormentaba hasta límites que ni ella misma sabía que podía sostener; a eso había que añadirle el convencimiento de que no podía ser casual y de que la manera de atacar a Diego era prácticamente la misma que cuando asesinaron a su padre: «Tirado como un perro, igual que papá».

Terminó el tramo y se detuvo un breve instante frente a la puerta del despacho del comisario, había llegado el momento de obtener respuestas, Elena quería saber quién demonios era Luis Puente o por qué el doctor Castillo había falsificado la autopsia de su padre. Demasiadas preguntas sin respuesta.

Agarró la manilla de la puerta y, sin llamar, la abrió de golpe. No pudo ni empezar a hablar: dentro de aquel despacho se encontraba alguien muy importante en su vida.