11 Los malos no descansan
LOS MALOS NO DESCANSAN
Baltierra había logrado, no sin esfuerzo, ir capeando el temporal sin bajas escandalosas; a fin de cuentas, seguía siendo un peón más en algo que lo superaba por completo.
El hecho de que los procesos internos fuesen cada vez de mayor complejidad provocaba que las tropelías que llevaban a cabo desde hacía más de treinta años fuesen cada vez menores.
A pesar de eso, seguían teniendo algún que otro operativo que Baltierra se encargaba de orquestar.
El consuelo personal que tenía el comisario era que desde que se encargaba del mando no había bajas; erradicar la violencia había sido su principal objetivo, le daba absolutamente igual escamotear heroína o mirar hacia otro lado en la investigación de algún robo bien premeditado: lo que no quería en ningún caso era tener que ajusticiar a nadie.
Cuando Acebedo dejó la comisaría, tuvo claro que ese era el objetivo: los tiempos cambiaban, y su papel en la red de corrupción debía ser más «administrativo».
Lejos quedaban los años en los que primaban las navajas y las pistolas, ahora la cosa era diferente y mucho más política.
De sus tiempos de inspector, no quedaba nadie, ya no había manzanas podridas en la comisaría con los que encargarse de los asuntos, ahora lo único que tenía que hacer era esperar «órdenes de arriba». Y eso fue lo que pasó aquella noche.
Baltierra llevaba ya un rato en casa, pasaban las once de la noche y nuevamente se enfrentaba a la televisión en soledad; la idea de cambiar de casa cada vez cogía más fuerza, los recuerdos de su vida pasada con Julia lo atormentaban por momentos.
Su tranquilidad se vio alterada por el sonido de su teléfono.
Al otro lado estaba él, Serrano el Gigante: el mismo animal de siempre, un perro de presa de esos que no te sueltan.
Baltierra lamentaba cada uno de los contactos que había tenido con ese hombre.
Desde el principio de los tiempos, era la correa de transmisión de la organización, absolutamente todo pasaba por él; era capaz, además, de segar una vida sin despeinarse, la cantidad de asesinatos que había cometido mano a mano con Puente hacían que a Baltierra se le diese la vuelta el estómago.
«No vayas de bueno —esta era la frase que el Gigante más le repetía a Baltierra—, que eres también tremendo hijo de puta».
Cogió el teléfono y descolgó pronunciando su propio nombre, Serrano no lo saludó, fue directo al grano.
—Tenemos un problema con uno de tus chiquillos.
—¿De qué se trata? —Baltierra dio un respingo.
—Alguien ha estado husmeando en exceso y me sorprende que no lo sepas.
Estaba extrañado, pero, tratándose de Serrano, podía ser cualquier cosa.
—No sé de qué me hablas.
—Ve a tu correo encriptado y mira lo que te acabo de mandar.
El comisario tecleó en el portátil que descansaba sobre la mesa del comedor, abrió el correo electrónico y vio una serie de consultas.
—¿Lo estás viendo? —preguntó Serrano—. Uno de tus agentes ha decidido darse una vuelta por el archivo, concretamente ha estado revisando casos antiguos y ha hecho una búsqueda bastante exhaustiva sobre tu jefe Acebedo y el doctor Castillo.
—Aquella revelación sorprendió a Baltierra—.
¿Te puedes imaginar el motivo? —Añadió el Gigante.
El comisario no daba crédito: después de tantos años, ¿a qué podía responder tal cosa?
—. Y tengo algo más: se han descargado un informe en el que sales tú, el de Luis Puente.
—Baltierra notó el sudor en las manos al oír ese nombre—.
Parece que alguien quiere rascar y eso no lo puedo permitir.
Ante la amenaza de Serrano, el comisario se vio en la obligación de preguntar.
—Quizá tenga una explicación, mantengamos la calma: ¿quién ha sido?
—Un tal Diego Ortega.
Baltierra, sorprendido, enmudeció al escuchar ese nombre.
—No te preocupes —dijo, tratando de rebajar la situación—, yo me encargo.
—Creo que será mejor que me encargue yo.
A Serrano no parecía convencerle lo que estaba escuchando y el comisario tenía claro lo que significaba.
—Escúchame, yo puedo manejarlo. Estoy seguro de que debe de ser casualidad, quizá estén buscando alguna vinculación con un caso de actual, dame un par de días. —Baltierra trataba de que no se le notase en exceso la ansiedad.
—No tienes un par de días.
Serrano dio entonces la llamada por finalizada.
El Gigante miraba en silencio la pantalla de su teléfono móvil. «Siempre tuve claro que este idiota no tiene cojones». Levantó la vista desde el asiento del conductor de su pequeño vehículo y volvió a llamar por teléfono.
—Lo tengo delante, espero instrucciones.
Colgó la llamada y nuevamente miró por el parabrisas: a unos veinte metros estaba Diego Ortega paseando a un pequeño perro blanco, ajeno a todo. La respuesta con las instrucciones llegó de inmediato.
Serrano bajó del coche en silencio, abrió el maletero y sacó un bate de críquet, cerró despacio y caminó hacia Diego.
Ortega había pasado una buena noche, se sentía muy satisfecho de por fin formar parte activa de los tejemanejes de Elena y Bécquer: para él no era una cuestión de pertenencia, no solo admiraba al artista, además quería muchísimo a Elena: a pesar de su carácter arisco, había logrado conectar con ella, la sentía familia.
Ahora tenía una cosa clara: iba a hacer todo lo que estuviese en su mano para ayudarla a encontrar, de una vez por todas, al asesino de su padre.
Una vez que salió de casa de Bécquer con tal convencimiento, llegó a la suya apurado, tanto que, sin darse cuenta, dejó su bolsa con el ordenador en el coche, y, aprovechando que tenía que bajar de nuevo a buscarla, decidió darle un nuevo paseo a su perro.
Tenía la enorme suerte de poder contar con una vecina, una amable señora a la que quería como a su propia abuela, que se encargaba de que a Lupita no le faltase de nada; por eso que, si bien ya había paseado, un rato más no le haría mal ninguno.
Lupita se detuvo en su árbol favorito, y Diego observó divertido como preparaba la arena: «Es muy maniática la chica».
No se dio cuenta de lo que por detrás se le acercaba y el primer impacto apenas lo notó: recibió un golpe de una fuerza exagerada en la cabeza que le hizo caer a plomo contra el suelo.
Cuando la perra comenzó a ladrar, Serrano no dudó en silenciarla. «Dos por el precio de uno», pensó.
El Gigante regresó a su coche, tiró con desprecio la bolsa con el ordenador de Diego en el asiento del copiloto y arrancó; por el retrovisor, vio a una señora gritar pidiendo ayuda.
—No creo que lleguen a tiempo —exclamó Serrano sonriendo.