10 Zapatero a tus zapatos #2
No era para nada habitual verlo expresarse con tal seriedad, de repente era como si hubiese madurado diez años de golpe. Elena y Bécquer se miraron, completamente descolocados.
—No digas eso, hombre. ¿Cuándo te hemos mentido? —La réplica de Bécquer sonó casi como una broma. Diego se puso de pie.
—Entiendo que tenéis vuestras cosas, pero en este caso concreto, yo podría ser de utilidad. ¿No os dais cuenta de que somos compañeros y de que os voy a ayudar siempre? —Elena se debatía entre contárselo todo o dejarlo correr y no compartir absolutamente nada. Por supuesto, optó por lo segundo.
—No seas así Diego, te estamos diciendo lo que hay.
Ante esta nueva falsedad Diego optó por tirar hacia delante.
—¡Qué mentira más grande! —exclamó divertido—.
Vamos a ser claros: esta mañana os habéis colado en el archivo, ya me pareció rara vuestra actitud cuando nos vimos, así que me inventé que tenía que salir y os he seguido.
Bécquer, has estado maravilloso distrayendo a Amaia, y tú, Elena, has estado revisando y fotografiando los archivos de la caja BCW-347.
Elena y Bécquer se miraron con una clara expresión de resignación; a veces pecaban de creerse los más listos y el joven inspector Diego Ortega los estaba poniendo en su sitio y de qué manera.
—Perdona, Diego, es verdad. —Elena decidió ser sincera—. Estamos buscando a alguien y no queríamos inmiscuirte, no es fácil para mí.
Diego volvió a ocupar su asiento y con delicadeza se dirigió a su compañera.
—Sigues buscando al que mató a tu padre. Lo entiendo y quiero ayudarte. —Aquello removió a Elena.
—No, no lo entiendes. Creo que hay algo gordo detrás. Temo que incluso la comisaría esté metida.
Las palabras de Elena no afectaron a Diego, el muchacho estaba realmente comprometido con la causa.
—Lo sé, he estado haciendo unas pesquisas y tengo mucho que contarte. Elena, todo esto es mucho más grande que tú y que yo.
Elena y Bécquer se sentaron uno a cada lado de Diego, quien, con el portátil abierto, comenzó a contarles lo que había logrado averiguar.
—Ves como con ordenadores es mucho más fácil —dijo Bécquer, consiguiendo que sus dos compañeros lo ignoraran.
—Hay tres nombres que os traen de cabeza: el comisario Acebedo, el inspector Puente y el doctor Castillo. Pues aquí tenéis lo que he encontrado, y hay algo que os va a llamar la atención.
Diego les explicó la trayectoria vital de cada uno, era sorprendente ver la cantidad de información que todavía había en el sistema.
—Fijaos en esto —dijo Diego—: desde el momento en que Luis Puente entra en la comisaría, se encarga de muchos de los homicidios relacionados con drogas, incluso de casos que no le corresponden a la comisaría. Cada vez que un yonqui aparece muerto está Puente por el medio.
—Sí, es muy extraño, puedo entender alguna coincidencia, pero ¿tantas? Y, además, siempre con el doctor Castillo a su lado —dijo Elena.
—Eso es lo más llamativo, y atentos a este bonito efecto mágico. —Diego comenzó a teclear a máxima velocidad—. Mirad qué ocurre si cruzo los tres nombres: Acebedo, Castillo y Puente: los tres aparecen en el expediente de la muerte de tu padre, Elena.
A Elena se le partió el alma al ver el resultado: así que el policía fallecido intervino de alguna manera y también había desaparecido del informe oficial.
—Tenemos que ir a ver a Acebedo —dijo Elena.
—Pues te deseo suerte —respondió Diego—: al retirarse, empezó una «rara» carrera diplomática lejos de España y te va a ser algo complicado acceder a él…
Aquello nuevamente cayó como una losa. El silencio duró unos minutos, Bécquer se encargó de devolverlos a la tierra.
—Y de Castillo, ¿tienes algo? —preguntó.
—Nada, y eso también es muy llamativo. De Castillo no tenemos nada y, espera, que hay algo mejor: la última autopsia que firma, ¿adivináis cuál es? —Muy teatral dejó unos segundos—. La de Luis Puente.
—Teníamos ese dato, pero no que hubiera sido la última —dijo Elena.
—Es como si quisiesen cerrar un capítulo —añadió Bécquer.
—Más bien enterrarlo —puntualizó Elena.
Bécquer envió entonces a Diego la foto conseguida en la consulta de la doctora.
—¿Puedes hacer algo con esto? ¿Confirmar que es Castillo?
El policía lo miró como si llevase años esperando la oportunidad de impresionarlo.
—Puedo hacer algo mejor: un buen amigo del CNI me ha hecho un regalito. —Volvió a teclear como un poseso adjuntando la foto que Bécquer le había dado: en unos minutos tenían la respuesta—: Es el doctor Castillo, y eso no es lo mejor: hay una coincidencia de hace dos años.
—¡Eso es imposible! —Elena saltó de su asiento—. ¡Lo he buscado por todas partes y no ha habido manera!
—De imposible nada, aquí lo tienes, entrando en Caracas.
Y mirad qué cosa tan bonita. —Pulsó «intro» y la vida y obra del doctor Castillo apareció ante ellos cual efecto mágico—.
Cuentas bancadas en las Caimán, en República Dominicana y en Venezuela.
El doctor hizo dinero en España y se está pegando un retiro estupendo.
Lamentablemente, son cuentas opacas, un entramado societario muy complejo, y sin la orden de un juez, no podemos rastrearlas.
Estoy pendiente de conseguiros una dirección.
Bécquer escuchaba con atención y trataba de encajar lo que había hablado con la doctora.
—Según la doctora, su padre estaba muerto, aunque, ahora que lo pienso, no lo dijo así exactamente, más bien dijo que «no estaba entre nosotros». Rara forma de expresarse.
Elena tenía la cabeza como una centrifugadora.
—Entonces, tenemos un policía al que le caen muertes por asuntos de drogas, un forense que está forrado y desaparecido y un comisario que firma y dirige cada uno de los casos de esos dos personajes. Demasiada casualidad. —Elena había dado con algo.
—Y a eso le tienes que añadir que la autopsia de tu padre fue ocultada y la falsa encargada al tal Castillo —apuntó Bécquer.
—Y no os olvidéis de Acebedo —insistió Diego—, es una pieza clave, ya que todo lo que decidía enterrar, se enterraba.
Elena tomó de nuevo la palabra, sabiendo que lo que iba a decir no era sencillo de encajar.
—Y algo más: ¿quién prosperó como segundo de Acebedo y lo sustituyó?
Diego no pudo evitar una expresión de sorpresa.
—No lo dirás en serio.
—A mí también me cuesta creerlo. También hemos de hablar con él.
Bécquer levantó entonces la mano.
—Me pido primer. Si Baltierra está metido en esto, me encantará preguntárselo.