Bécquer en París 10 Zapatero a tus zapatos
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10 Zapatero a tus zapatos

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

Bécquer estaba realmente satisfecho: no dejaba de darle vueltas, totalmente convencido, a la idea de que había conseguido una foto del doctor Castillo y que, a partir de tal descubrimiento, todo iba a ir rodado.

A esto había que sumarle que no iba a tener que pasar otra noche en casa de Elena.

«Ni el sofá ni el colchón, la noche promete».

Dejó el abrigo en la entrada y comenzó a salivar simplemente con el olor que provenía de la cocina.

Para Bécquer, el servicio era ya parte de la familia.

Desde que había vuelto a España, de su casa se encargaba un matrimonio, ella de la casa y él de la propiedad, así como de recados y diferentes asuntos.

Presumía de pagar bien y de tratar al servicio con respeto; solía incidir en esto porque, después de tantos años tratando con el famoseo, se había cruzado a más de un impresentable.

Ya en su dormitorio, entró en el baño adyacente dispuesto a darse una ducha. Con una simple orden, Alexa puso música de Julio Iglesias. Mientras entonaba Me va, me va , se le escapó una sonrisa recordando uno de sus encuentros con nuestro artista más internacional.

Bécquer estaba en su camerino a punto de comenzar cuando Nacho, su asistente, llamó con timidez a la puerta y entró.

—Qué poco me gusta que me molestes justo ahora —dijo Bécquer ajustándose el nudo de la corbata frente al espejo.

—Ya lo sé, perdona, pero es que esto entiendo que querrás saberlo. Tenemos una visita muy especial, acaba de llegar. ¿Recuerdas que te dije que una empresa había comprado toda la zona VIP ? Pues ya te puedo comunicar quién va a estar sentado en primera fila.

Lógicamente, la curiosidad de Bécquer se despertó al instante, y eso que la noche ya prometía: Bécquer iba a actuar ni más ni menos que en Los Altos de Chavón, un anfiteatro al aire libre albergado en La ciudad de los Artistas, sita en La Romana, República Dominicana; un lugar donde habían actuado los más importantes artistas del planeta.

Con la curiosidad a punto de explotarle, Bécquer preguntó:

—¿Quién es?

—¡Julio Iglesias! —vociferó Nacho—, ¡el puto Julio Iglesias!

Cuando oyó la respuesta, se tuvo que sentar.

—Esa lengua —protestó Bécquer. Lo cierto es que acababa de ponerse muy nervioso—. Mira que le gustaba a mi abuelo, bueno, es que a mi abuelo le gustaban todos los grandes: Camilo Sesto, Raphael, Julio Iglesias… También Juan Pardo, que no era tan grande como los otros tres, pero era cojonudo.

Comenzó a divagar fruto de la impresión por la noticia.

Con algo de esfuerzo, logró recomponerse y salió al escenario.

Cuando lo vio sentado en la primera fila, ejerció presión en su rodilla derecha para que no se notase que le temblaba.

Pero en cuanto Julio, acompañado de su esposa Miranda, soltó la primera carcajada y se puso a aplaudir, supo que lo tenía en el bolsillo.

Julio pasó por el camerino a saludar a Bécquer y al entrar le dio un abrazo de esos que no se olvidan.

—Has estado grande.

El cómico recibió el piropo con humildad. Continuaron charlando mientras Julio iba recordando las bromas que más gracia le habían hecho; no obstante, pasados unos minutos, estaban ya hablando de lo que más los unía: Galicia.

—Sus gentes, sus colores, su gastronomía… Todo es bello en Galicia. —Bécquer asentía mientras Julio enumeraba las lindezas de la tierra que tenían en común—. Sobre todo, las mujeres —remató Julio para satisfacción del cómico: nada admiraba más que a alguien que sabía reírse de sí mismo.

—No andarías en el setenta y ocho por mi pueblo —bromeó—, que igual ese es el motivo por el que nunca he sabido quién era mi padre.

—Tendría que ver la agenda —Julio siguió la broma—, pero si andaba por Galicia, igual eres hijo mío.

El ambiente era de complicidad auténtica, claro que con Julio era fácil, era un profesional en hacer que la gente que estaba a su alrededor se sintiera a gusto.

—Aunque has cantado muy bien…, igual no eres hijo mío. —Aquella broma hizo que a Bécquer le saliese el agua por la nariz—. Es broma, es broma —añadió el artista universal—. Enrique canta muy bien… Julio José… es muy buen niño…

Y sin duda Julio es el más grande.

Bécquer apuró el paso por las escaleras cuando oyó a Elena saludar al entrar, incluso se sorprendió a mitad de tramo al verse corriendo cual quinceañero. Aminoró y aprovechó para, desde el teléfono, poner rápidamente música a todo volumen para hacer una entrada triunfal.

Al final de la escalera, dejando su cazadora en la entrada, estaba ella. La música sonaba y Bécquer se deslizaba peldaño a peldaño cual prima donna en la Ópera de París. Cuando tuvo a Elena delante, casi se le escapa un suspiro al pronunciar su frase.

—Te he echado de menos. —Elena lo besó con dulzura y se quedó mirándole a los ojos.

—¿Qué te has hecho en la cara? —Bécquer sintió que la música se paraba de golpe.

—¿Qué? —respondió, ligeramente atribulado.

—Te pregunto que qué te has hecho en la cara, tienes las cejas que pareces Zapatero. —Las palabras de Elena le sentaron como un directo en el hígado.

—No fastidies, Elena, Zapatero… ¿No había otro?, joder; ya puestos casi prefiero Mister Bean, que por lo menos tiene gracia. —Elena sufrió entonces tal ataque de risa que tuvo que buscar donde apoyarse para no caerse al suelo—. De verdad, no entiendo dónde está el chiste.

Bécquer, agobiado ya por el cachondeo de su pareja, se dirigió al gigantesco espejo de la entrada. Tras unos segundos revisando cada milímetro de su rostro, concluyó:

—Pues un aire al amigo de Maduro sí que tengo, no nos vamos a engañar. Bueno, en un momento esto se arregla. Ven al comedor, que tengo un regalo para ti.

A Elena le costaba seguir el hilo de la conversación al ver la nueva frente de Bécquer.

—¿Por qué te has puesto bótox? ¿No habías dicho que nunca más?

Tenía razón al preguntar: de un tiempo a esta parte el cómico había decidido convivir con las arrugas y dejar de inyectarse toxinas, claro que, en este caso concreto, se había visto en la obligación por un objetivo muy concreto, así que aprovechó la pregunta para contarle a qué había dedicado parte de la mañana: sin ahorrarse ningún detalle, le relató cómo había tenido la corazonada de que la doctora Castillo podía ser esa hija del forense al que estaban buscando, y que al ver que se dedicaba a la medicina estética, no tuvo más remedio que fingir que necesitaba sus servicios, que una cosa llevó a la otra, y que por eso ahora tenía la cara que tenía, algo que, insistió, era irrelevante, porque en menos de cuarenta y ocho horas estaría tan perfecto como siempre.

—Qué manía tienes de hacer las cosas por tu cuenta —protestó Elena. Ante la incipiente bronca, Bécquer prefirió frenarla en seco.

—A ver, que no me he infiltrado en la mafia rusa: solo quería saber si esta señora es hija del forense, a ver si por ese lado rascamos algo, porque con la tontería, llevamos a ciegas un montón de tiempo.

Además, he conseguido algo que nos podría ser de mucha utilidad.

—Le pasó entonces el móvil—. Mira la foto que tenía en su despacho: si es hija de quien es, ahí tienes la cara del hombre que falseó la autopsia de tu padre.

—Elena se quedó en silencio mirando la imagen—.

Creo que con esto algo podremos hacer, ¿no?

Elena respiró profundamente y respondió:

—A ver, la foto es buena, aunque tiene años, pero sí es cierto que podría ayudarnos a identificar de una vez por todas a este hombre, porque por más que lo intento, no encuentro nada de nada.

Bécquer percibió el pesimismo imperante en las palabras de Elena, así que le tomó la mano y trató de animarla.

—Nadie dijo que iba a ser fácil, pero no te desanimes, cada vez estamos más cerca.

La cena transcurría divertida por momentos, sobre todo, cuando dejaban de lado el caso que tanto atribulaba a Elena: cada peldaño que subían, por pequeño que fuera, provocaba en ella un sentimiento que, lejos de aliviarla, le generaba más frustración.

Eran demasiados años con las mismas preguntas rondándole la cabeza una y otra vez, y siempre dándose contra el mismo muro.

Justo acababan de servir el postre cuando la primera cucharada se vio interrumpida por una llamada desde la garita de seguridad de la entrada a la urbanización.

—Señor Bécquer, aquí está el señor Diego Ortega, ¿le digo que puede pasar?

Era extraño que Diego apareciese a esas horas de la noche. Miró a Elena sorprendido y ahí encontró la respuesta.

—¿No querías ayuda? Le he pedido a Diego que venga, ya verás qué juguetito trae consigo.

De repente, al cómico algo le gustaba más que el postre.

Diego entró en la casa encantado de visitarla: como un niño en una tienda de chucherías, miraba a su alrededor escudriñando cualquier detalle.

Ahí estaba él, en la casa del artista al que más admiraba y haciendo un esfuerzo enorme por mantener la compostura.

Bécquer sentía mucho cariño por Diego; a fin de cuentas, era uno de los principales artífices de la liberación de su hija y se lo iba a agradecer siempre.

—Diego, amigo mío, bienvenido, siéntete en tu propia casa.

Diego miró entonces a su alrededor y respondió:

—Toda mi casa cabe en tu salón. —Su respuesta divirtió a Bécquer.

—Eso lo dices porque aún no has visto el dormitorio. Siéntate con nosotros, ¿quieres un poco de mousse ?

El diálogo lo interrumpió Elena con su sequedad habitual.

—A ver, los de los pasteles, un poco de atención. Diego, te tengo que pedir un favor. Estamos buscando a un hombre a quien conoció Bécquer hace muchos años en televisión.

La mentira de Elena descolocó al artista, no obstante, ante su mirada, continuó por el mismo camino.

—Ya ves, Diego, un director que tuve y que me gustaría saber qué fue de él.

Diego, perfectamente consciente de que le estaban mintiendo, tuvo claro que era el momento de romper la baraja.

—¿Cuándo me vais a decir una verdad?