Bécquer en París 9 Cuando no te quiere nadie #2
26%

9 Cuando no te quiere nadie #2

—Vamos a ver, imbécil, ¿no sabes contar? —El Gigante no dio ni las buenas noches—. Te dije que la mitad: si son doscientos kilos, la mitad es fácil de calcular.

A Puente le estaba dando exactamente igual.

—Pues deberías felicitarme porque, gracias a mí, ahora tienes treinta kilos más.

Serrano lo agarró por la pechera, lo levantó como quien coge a un chiquillo, y lo estampó contra la pared.

Las chicas del club corrieron escaleras arriba: sabían de sobra como solían acabar esas cosas.

Puente perdió la respiración cuando recibió el segundo puñetazo en el estómago.

El Gigante se agachó y lo agarró del pelo.

—Vas a ir a donde tú sabes, vas a coger los treinta kilos de más y se los vas a llevar a los Conejo; les pides perdón, les dices que eres un puto inútil que no sabe ni contar y que, como muestra de buena voluntad, les dejas allí todo lo que hay de más, ¿te queda claro?

—Puente asintió con la cabeza—. Y recuerda esto que te voy a decir: haces siempre lo que yo te diga.

Y, al terminar la frase, golpeó la cara de Puente dejándolo inconsciente. «Y eso que le he dado con la mano abierta», pensó mientras salía del local arrojando un billete de cien euros sobre la barra y haciéndole entender al camarero, con una mirada, que ahí no había pasado nada.

Serrano se alejaba dejando las luces de neón a su espalda; su enfado era más que considerable.

«Estas son las cosas que pueden hacer que todo salte», pensó mientras, con cierto agobio, cogía el móvil para dar las explicaciones pertinentes; a fin de cuentas, él no era el encargado de pensar, simplemente ejecutaba y mantenía al personal a raya con un método infalible: llenar la cara de quien se pasase de listo con una ristra de hostias.

—Buenas noches, señor, todo arreglado.

Con esa frase, Carlos Serrano despachó con premura la situación.

Puente no era consciente del lío que acababa de formar: la documentación del perito judicial a sueldo, de los policías untados…

Todo hablaba de cien kilos encontrados, así se había pactado con los Conejo, sobre todo, porque ellos mismos fueron los que tuvieron la idea y dieron el soplo.

Si sospechaban por un segundo que habían querido timarles…

, la siguiente cabeza en rodar podría haber sido la suya.

Pocas cosas hacían temblar al Gigante, se sentía protegido por la organización para la que trabajaba desde hacía años, su valía no solo era por la falta de escrúpulos y la facilidad para arrancar vidas, si eso fuera necesario: Serrano sabía moverse como un fantasma, no estaba fichado, no poseía ni cuentas bancarias ni un mísero certificado de empadronamiento, nada.

Se movía con documentación falsa y siempre por debajo del radar; cada vez que aparecía un problema, el Gigante solía ser la solución.

Por el contrario, Puente llevaba un tiempo dando problemas.

—Es un borracho y un drogadicto, esos son los que de verdad pueden joderlo todo.

—La voz al otro lado de la línea no estaba para nada contenta; de hecho, que Serrano anunciase que todo había quedado solucionado no le servía para gran cosa—.

No quiero que se solucionen los problemas, lo que quiero es que no los haya.

—El gigante respiró hondo antes de contestar.

—Lo entiendo. Puente no volverá a darlos.

Aquella especie de promesa no solo no apaciguó las aguas, sino que se le volvió en contra.

—¿Y eso cómo me lo puedes garantizar? —Serrano tenía clara la respuesta.

—Si usted me da permiso, yo me encargo de que no moleste nunca más.

El silencio se hizo interminable, a pesar de que fueron solamente unos segundos. El Gigante sabía perfectamente lo que estaba preguntando, así que su interlocutor dio suficiente relevancia a la respuesta.

—Si Puente deja de dar problemas, ¿qué pasará en esa unidad?, ¿quién se encargará entonces?

La conclusión era clara.

—Si él sale de la foto, hay un muchacho trabajando bien en Tudescos, quizá haya llegado el momento de promocionarlo.

Nuevamente, la respuesta llegó tras un instante de reflexión.

—¿De quién hablas?

—José Baltierra, tiene mejores maneras que Puente, no da problemas y es muy efectivo, fue quien tapó el navajazo al compañero de Puente hace tres años, es de fiar.

Serrano no esperaba que aquella noche se le complicase, era una operación que habían hecho mil veces antes, entrar y salir; de no haber sido por Puente, estaría bien acompañado y no en la calle tratando de que no fuese su cabeza la que pagase el pato.

La respuesta terminó por llegar.

—Puente abajo y Baltierra arriba.

Esas palabras sentenciaron a Puente. «Espero que esté disfrutando la noche —pensó el Gigante—, porque va a ser de las últimas».

Luis Puente recobró el conocimiento a los pocos minutos de que Serrano abandonase el club, y con muy malas maneras aceptó un paño lleno de hielo que una de las chicas le acercó.

—Estoy bien, joder, me ha pillado despistado, la próxima vez lo reviento.

En cuanto terminó de pronunciar su enésima bravuconada, a uno de los camareros se le escapó una pequeña carcajada. Puente, lleno de ira, lanzó el cubata contra la pared.

—¡Me vas a tocar los cojones tú a mí! —El pobre muchacho negó con la cabeza. El policía, completamente fuera de sí, salió del local jurando en todos los idiomas posibles—. La próxima vez que tenga a ese puto cachalote delante le meto tres tiros.

Lo que no sabía cuando arrancó el coche era que no habría una próxima vez.