9 Cuando no te quiere nadie
CUANDO NO TE QUIERE NADIE
Para los estómagos más impresionables, vivir siendo un delincuente podría resultar complicado; para Luis Puente, no era más que pura rutina, solía pensar que la vida le sonreía por permitirle dar rienda suelta a todo lo que el cuerpo le pedía: disponía de alcohol y de cocaína a demanda, y ya ni siquiera le importaba vivir en un piso donde la suciedad podría llegar a ser considerada un privilegio; ventajas de estar solo y de pasar más tiempo en clubes de alterne que en su propio dormitorio.
Lo de ser madero le vino de rebote, tuvo la fortuna de topar con uno de esos jueces hipermotivados que se volvían locos con la idea de poder encaminar a un chaval problemático.
A Puente lo único que le importaba era dejar su pueblo y no volver a pisarlo jamás, así que en cuanto le dieron la oportunidad, salió por piernas: «De Tafalla a Madrid en cero coma».
Eso es lo que más contento le ponía: acababa de cumplir veinticinco años y ya era un policía dispuesto a coger todo lo que pudiese pillar; y hubo quien lo descubrió muy pronto.
Una de las veces en las que Luis Puente metió la mano donde no debía lo pillaron; aquel fue uno de los momentos en los que la vida te deja señalada cuál va a ser tu siguiente parada y Puente tuvo suerte, la misma que no tuvieron los que, desde aquel instante, tuvieron que sufrirlo.
Lo que debía haber sido una detención casi rutinaria de dos atracadores habituales del barrio, se convirtió en el principio de una carrera más delictiva que la de aquellos a los que debía perseguir.
Todo arrancó cuando se metió en el bolsillo una popelina de heroína que el detenido tenía en su cartera.
Puente llevaba en la comisaría de Vallecas desde que llegó a Madrid en el noventa y tres después de cuatro años sirviendo en Valencia.
Su carácter explosivo y su mala relación con todo el que lo rodeaba lo habían convertido en un problema para una comisaría que no sabía cómo sacárselo de encima, y eso hubo quien lo olió rápido.
El que no se dio cuenta al principio fue el propio Puente, no sabía que todas las perrerías que solía cometer estaban siendo observadas por uno de sus compañeros, el agente Garay, el hombre que cambiaría la vida de Puente para siempre.
Puente y Garay tenían la orden de llevar a la estación a dos atracadores de poca monta que tenían a los chavales y a las señoras del distrito razonablemente asustadas.
Engancharlos no fue difícil: vestidos de paisano, se acercaron al banco del parque que parecía ser su despacho habitual y los esposaron en menos de un minuto y sin resistencia alguna.
Fue el momento exacto en que Garay confirmó que lo que venía a buscar estaba delante de sus narices; cuando terminaron la jornada, se dirigió a Puente:
—Te espero fuera, hoy te has ganado una cerveza. Yo invito.
Sabía perfectamente que no iba a desperdiciar la oportunidad de beber gratis. En la segunda caña, Garay dejó claro qué era lo que quería.
—Hoy he podido comprobar que lo que dicen de ti es cierto —le espetó sin miramientos.
—¿Qué cojones me quieres decir? —respondió Puente con su bravuconería habitual.
Garay respiró tranquilo, llevaba en el Cuerpo más de veinte años y sabía que los novatos fingían una valentía de la que a veces carecían.
—Escucha bien lo que te voy a decir —dijo mientras se acercaba—: llevas en el bolsillo una papelina que le has robado al detenido y los dos sabemos que no es la primera vez que te financias los vicios en comisaría.
—Puente no fue capaz de articular palabra, no sabía qué lo desconcertaba más: que se hubiese dado cuenta de lo que acababa de pasar o que supiese que no era la primera vez—.
Tranquilo —añadió Garay—, todos hacemos alguna cosa que otra, lo que quiero es darte una oportunidad de negocio.
Creo que podemos hacer muchas cosas juntos.
La relación entre Garay y Puente no dejó de crecer desde entonces.
Garay se encargó de introducirlo en un mundo de corrupción, robos y palizas, hasta que un día recibió el premio de la jubilación anticipada y desapareció para siempre: los rumores decían que, en cuanto firmó la baja, salió volando para Venezuela.
Puente estaba encantado viviendo esa vida, le gustaba mucho más que ser policía, había encontrado su auténtica vocación; por eso, cuando lo trasladaron a la comisaría de Chamberí, se lo tomó como un ascenso: le encantaba ser parte de una red que cada vez abarcaba más comisarías en la ciudad de Madrid.
El único problema que tenía era el comisario Nieto.
No era parte activa de la trama, pero al menos lo tenían agarrado por una serie de secretos que no quería que se conociesen.
«Mientras no dé mucho por el culo, nos sirve», solía decir Puente con demasiada frecuencia, y lo cierto es que el comisario se había vuelto un especialista en mirar para otro lado.
Las responsabilidades de Puente cada vez eran mayores dentro de la red de corrupción, era una de las cinco manzanas podridas de la comisaría, y todos dependían del «Gigante», así llamaban a Carlos Serrano, el que daba las órdenes, una bestia parda de casi dos metros, parco en palabras y con un físico del norte de esos que asustan: con aquel tipo delante, la chulería de Puente se diluía al momento.
Sentado a una mesa de un pequeño bar de las afueras, Puente recibió de nuevo instrucciones precisas.
—Esto está arreglado ya —dijo Serrano—, hoy la brigada de estupefacientes va a asaltar un piso franco en la calle Comendadores, el soplo viene de los Conejo: de un plumazo se van a quitar de encima a media competencia.
En cuanto los agentes saquen de allí a los infelices que haya dentro, entráis vosotros: lo vamos a hacer como siempre, os lleváis la mitad, escúchame bien, la puta mitad.
En la parte de atrás del edificio habrá una furgoneta de la Nacional, ahí metéis cuatro cajas y las llevas a esta dirección.
El Gigante le entregó un trozo de papel con unas señas. Puente sacó entonces de su bolsillo un pequeño cuaderno con la tapa roja donde llevaba la cuenta de todo lo que hacía, y comenzó a apuntar detalles y cantidades: a pesar de ser un cretino, se le reconocía que en esas lides era riguroso.
El negocio más lucrativo era precisamente el de la droga y los Conejo para eso era unos aliados perfectos: en su afán de quedarse con todo el negocio, no les temblaba la mano a la hora de dar soplos para acabar con los posibles rivales, incluso de vez en cuando sacrificaban a sus propios peones con tal de seguir por debajo del radar y que la policía pensase en lo bien que lo estaban haciendo; operaciones como la que iban a perpetrar esa misma noche servían precisamente para eso.
Los Conejo sabían que acababan de entrar doscientos kilos de heroína y no tener el control sobre ellos los reventaba.
«Los rumanos se creen ahora los reyes de Madrid, una mierda que se coman: ¡Madrid es mío!
», gritaba consiguiendo el aplauso enfervorizado de sus palmeros.
Para Serrano, este jefe no era más que un tonto útil: mantener el control de toda la droga que entraba y salía de Madrid era algo que superaba por completo a aquel hombrecillo.
El Gigante sabía que lo que hacían obedecía a un plan mayor que tenía manchados, además de a la policía, a jueces y fiscales.
«Porque pocas cosas dan más dinero que el vicio», reflexionaba satisfecho.
Cerca de las nueve de la noche, la ciudad permanecía casi desierta, era miércoles y el F.
C. Barcelona se jugaba contra el Arsenal volver a ser campeón de Europa, algo que no ocurría desde el año 1992, pero esa noche de 2006 un gol de Belletti volvería convertirlos en campeones.
Por mucho que se tratase de la ciudad de Madrid, ese partido era de los que todo aficionado quería disfrutar, en este caso llevando al Arsenal por bandera.
El asalto al narcopiso fue rápido, el soplo de los Conejo dio resultado y la brigada de asalto no encontró apenas resistencia; el número de detenidos ascendió a seis personas y en un breve lapso la Policía Judicial estaba ya tomando nota de todo lo aprehendido.
El informe fue elaborado con celeridad y al día siguiente la noticia era titular en todos los informativos, como un gran éxito de la Policía Nacional: «Aprehendidos en una gran operación policial más de 70 kilos de heroína».
Puente fumaba mientras miraba por la ventanilla de la furgoneta; su humor, como siempre, era de perros, pero además aumentado por el hecho de que el Barça volvía a ser campeón de Europa.
En unos pocos minutos, la furgoneta entraba en una nave donde la mercancía cambió de vehículo.
—Un poco de ritmo, cojones —exclamó Puente, apurando a los cuatro tipos que se tenían que llevar aquellos casi ciento treinta kilos.
El inspector observaba y anotaba la numeración de las cajas, así como el número exacto de fardos existentes. Uno de los muchachos que cargaban y descargaban cometió el error de quedárselo mirando.
—Si quieres, te firmo un albarán de entrega —le dijo—. ¿Qué hostia miras, subnormal? —El chaval dirigió la mirada al suelo—. Venga, que no tengo toda la noche.
Cerraron el portón de la furgoneta blanca y medio desvencijada e iniciaron la marcha, Puente cogió entonces el teléfono, marcó un número y susurró:
—Esto ya está, lo tienes ahí en media hora.
Al cabo de un rato ya lo estaba celebrando.
Sin duda había sido uno de los mejores palos que habían pegado, todo el mundo ganaba: los Conejo acababan de reventar a sus rivales haciéndoles un roto espectacular; además de eso, se quedaban con 50 de los 130 kilos que acababan de evaporarse, y a 40 000 euros el kilo, el golpe ascendía a dos millones de euros, casi nada.
Puente no cabía en sí de gozo: el sobre que iba a recibir iba a ser de los gordos.
Cuando disfrutaba de un merecido cubata, vio la enorme e imponente figura de Serrano entrando por la puerta.