Bécquer en París 8 Familia de médicos #2
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8 Familia de médicos #2

—Estar, está; lo que pasa es que tiene la agenda hasta arriba, podríamos ver si hay hueco la próxima semana.

—Verás, es que justo esta tarde tengo una entrevista muy importante y necesito la ayuda de la doctora, me la han recomendado mucho. ¿Puedes llamarla y decirle que estoy aquí, a ver si me hace un huequecito?

El recepcionista cogió el teléfono y tuvo que repetirle a la doctora un par de veces que no era ninguna broma lo que le estaba diciendo. Colgó se dirigió a Bécquer con una instrucción clara.

—Vaya a la segunda planta, puerta 22, allí lo espera la doctora.

Bécquer agradeció el detalle y se encaminó hacia el ascensor.

La consulta lucía resplandeciente, era el ejemplo perfecto de una personalidad controladora en cada detalle; de aspecto minimalista, parecía por momentos más un quirófano que el lugar de trabajo de cualquiera, y eso que solamente tenía una zona de despacho, con la mesa de cristal, y otra con una silla donde la doctora aplicaba los tratamientos.

—Qué honor recibirlo, señor Bécquer. Me ha costado creerme que era realmente usted quien venía a nuestra consulta.

—La doctora era una mujer de unos cincuenta años, atractiva y, sobre todo, un muestrario de los resultados de sus tratamientos—.

Pase y siéntese. —Bécquer tomó asiento al otro lado de la mesa—.

¿Cuál es el motivo de su visita? ¿Patas de gallo quizá?

¿Los párpados caídos? ¿El síndrome de la mirada triste?

A cada pregunta de la doctora, el artista se agobiaba más. «Si yo me veo estupendo —pensó—, ¿qué dice esta de mirada triste?». Controló lo ofendido que se sentía y recordó el motivo que lo había llevado a la consulta.

—Pues verá, tengo una arruga aquí en el entrecejo que últimamente no para de crecer y me da aspecto de enfadado todo el día, ¡a mí!, ¡que soy un cascabel!

Lo cierto es que, ya que estaba allí, el cómico optó por valorar opciones y ese surco que le cruzaba media frente cada día lo molestaba más.

La doctora comenzó entonces a enumerar los beneficios del ácido hialurónico, añadiendo que lo mejor sería bloquear el movimiento con un poco de bótox y rellenar con el ácido; Bécquer asentía atento mientras buscaba algo que le permitiese derivar la conversación hacia su propio interés.

En la pared solamente había diplomas, pero dos marcos sobre el escritorio de la doctora se convirtieron en su objetivo.

Sin mediar palabra, y con muy poca vergüenza, alargó la mano y cogió uno ante la sorpresa de la doctora.

Al girarlo, encontró una bonita estampa familiar.

—¿Sus hijas? —preguntó.

—Sí, Daniela y Catalina, mi mayor orgullo, ahí eran adolescentes todavía, ahora ya son mujeres hechas y derechas.

Bécquer vio entonces una pequeña ventana de oportunidad.

—Son bellísimas, sin duda, lo han heredado de su madre. —La doctora Castillo se ruborizó un poco, así que Bécquer continuó—. ¿Alguna ha seguido el camino de la medicina?

—La pequeña es cirujana cardiovascular.

Bécquer lanzó el segundo ataque: con la excusa de dejar nuevamente sobre la mesa la fotografía, cogió la segunda; al girarla comprobó que era una imagen de la doctora, con bastantes años menos, acompañada por los que parecían ser sus padres.

—Qué bonito, una saga familiar de doctores, ni más ni menos: ¿es algo nuevo o tienen más en la familia?

La pregunta de Bécquer pinchó en hueso: la manera de reaccionar de la doctora no fue tan inmediata y receptiva como cuando el cómico le había preguntado por sus hijas.

Bécquer captó el detalle al instante; a fin de cuentas, eran muchos los años que llevaba haciendo entrevistas y hablando con el público.

—Se lo digo porque yo tengo una hija que no quiere seguir mis pasos ni de broma y ha de ser muy bonito seguir los pasos del padre, bueno, en su caso, de la madre; no sé si el padre de la criatura es doctor también. —Bécquer decidió bajar un poco el ritmo.

—Qué va, mi exmarido es abogado.

—¿Y cómo le dio a usted por la medicina? Seguro que estos dos —dijo levantando el marco con la foto— han tenido algo que ver. Esto es en Altea, ¿verdad? —Bécquer lanzó la red a ver si picaba algo.

—Pues respondo al tópico: familia de médicos, mi padre lo era.

La doctora se puso de pie para preparar las inyecciones y le indicó a Bécquer que se sentara en la silla de los tratamientos. Él, convencido de que había dado con la hija del doctor Castillo, sacó con disimulo el móvil e hizo una foto a la estampa familiar, antes de levantarse.

Mientras la doctora le ponía el primero de los pinchazos, decidió rematar el ataque.

—Sus padres tienen que estar muy orgullosos de usted. —Observó cómo la doctora volvía a sentirse algo incómoda y guardaba silencio. Pero él decidió continuar con sus pesquisas—. ¿Todavía están con nosotros?

—Mi madre —contestó ella, escueta.

—Vaya, cuánto lo siento. Bueno, al menos lo conoció, yo ni siquiera tuve esa suerte. —El cómico continuaba con su verborrea habitual—. ¿Su padre también se dedicaba a la estética? —Esta pregunta era capital.

—No, eso ha sido cosa mía, señor Bécquer.

—Diga que sí, hay que tener iniciativa —añadió en lo que la doctora daba por terminada la visita.

—En un par de días debería notar los efectos, le he puesto muy poco bótox y es posible que debamos rellenar un poquito más con ácido la próxima semana; veremos qué tal resulta.

Bécquer le agradeció a la doctora la atención y se levantó para irse. Justo antes de cruzar la puerta, la doctora Castillo le hizo una pregunta.

—¿Cómo ha sabido de mí? —Bécquer tenía preparada la respuesta.

—Pues me temo que no soy el primer famoso que tiene usted entre sus manos. —Era una respuesta perfecta porque sería ella quien le haría el regalo final.

—Alguno que otro ha venido por aquí, sí.

—Y me alegro de que sea discreta con nuestros secretillos de belleza.

Bécquer salió a la calle y se sentó de nuevo en el taxi que lo había estado esperando; observaba con atención aquella fotografía que acababa de conseguir.

«¿Y si eres Castillo? ¿En qué andabas metido?

». Absorto en sus pensamientos, aprovechó el trayecto a casa para dar una pequeña cabezada: ya se acercaba la hora de comer.