Bécquer en París 8 Familia de médicos
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8 Familia de médicos

FAMILIA DE MÉDICOS

Bécquer llevaba mucho rato esperando. Sentado en una pequeña silla de la sala de conferencias, se impacientaba al ver que Elena no terminaba de despachar sus asuntos.

«Me abuuurrooo», le envió a través del móvil.

«No seas infantil», respondió la inspectora al instante.

«Lo que me faltaba por oír, ¿te queda mucho?

». En cuanto Bécquer envió tal mensaje, Elena apareció por la puerta.

—¿Sabes en qué consiste una jornada laboral? —La pregunta de la inspectora Elena Izaguirre obtuvo una respuesta inmediata por parte del cómico.

—Pues claro que lo sé, pero yo creía que hoy con asaltar el archivo ya estaría.

Elena cerró la puerta tras de sí.

—¿Te quieres callar?

La inspectora estaba enormemente agobiada y Bécquer vio la oportunidad perfecta para hacer una de las cosas que más le divertía: sacarla de sus casillas.

—Como se entere el comisario se te cae el pelo.

Bécquer se lo estaba pasando en grande; Elena, por el contrario, no disfrutaba del show del artista más importante del país.

—He repasado todos los documentos y hay varios sitios a los que podemos apuntar.

—La frase de Elena vino acompañada por un enorme suspiro para llenarse de paciencia—.

El forense que firmó la autopsia de mi padre aparece en otros casos, casi siempre investigados por el mismo agente, un tal inspector Luis Puente, cuyo nombre, aún no sé por qué, me resulta familiar, bajo el mandato del comisario Acebedo.

—Elena dudó entonces si mencionar a Baltierra y optó por no hacerlo: era demasiado pronto para compartirlo con Bécquer, necesitaba hablar primer con él.

—¿Por qué te resulta tan sospechoso? —preguntó el artista.

—Porque solo firma casos que vienen asignados directamente por el comisario Acebedo, el que estaba antes de Baltierra, y a eso súmale la coincidencia con el policía, Luis Puente, que a su vez falleció en un accidente de coche, bebido y drogado…

—La explicación de Elena fue interrumpida por el cómico.

—… cuya autopsia también hizo Castillo, como si lo estuviera viendo. —Elena asintió sonriente.

—Exacto, premio para el caballero.

—¿Muchas casualidades? —Bécquer se puso entonces de pie y con gran majestuosidad, añadió—: Si algo he aprendido en mis labores como investigador es que las casualidades no existen.

A Elena le divertía mucho cuando Bécquer se ponía intenso a la hora de investigar, sabía que tenía que marcarlo de cerca por su tremenda habilidad para meterse en problemas, así que trató de controlarlo.

—Tranquilo, Sherlock. Haga el favor de sentarse. —Con esta orden de Elena, Bécquer tomó de nuevo asiento a su lado—. El problema está en que no figura ningún tipo de dato del doctor Castillo en el sistema desde hace doce años, nada de nada, como si se hubiese evaporado. —Aquello mosqueó a Bécquer.

—Pero alguien habrá que lo conozca —dijo convencido.

—Lo único que he conseguido averiguar es que tiene una hija, María Dolores Castillo Suárez.

—Pues ahí lo tienes, hay que hablar con la muchacha.

Elena detuvo a Bécquer, quien ya amagaba con salir corriendo.

—Vete a casa, que tengo todavía mucho que hacer aquí. Esta noche nos vemos y pensamos qué pasos dar. ¿Ok?

Bécquer puso entonces una tremenda cara de decepción, tal cual parecía un niño al que no le han dejado subirse a la noria.

—Está bien, preparo algo rico para cenar y nos vemos a las nueve.

Elena respondió con interés.

—¿Vas a cocinar? —Bécquer sonrió desde la puerta.

—No, pero me encargaré de que quien lo haga, lo haga bien.

No era la primera vez que prometía irse a casa y justo cuando ponía un pie en la calle, cambiaba de opinión.

«Digo yo que habrá que avanzar un poco», pensó, convenciéndose de que a Elena el cambio de planes le iba a parecer una idea estupenda.

Sacó del bolsillo el móvil y escribió en el buscador: «María Dolores Castillo Suárez».

La búsqueda arrojó un montón enorme de resultados.

Comenzó a revisarlos hasta que uno de ellos llamó su atención: «doctora Castillo Suárez, mucha casualidad me parece a mí: ¿habrá seguido los pasos del padre? ».

Sentado en un taxi, mientras devolvía los amables piropos que el conductor le iba regalando, Bécquer no dejaba de darle vueltas a la información que acababan de conseguir.

«A mí no me cuadra, qué casualidad que todos los informes forenses que nos interesan los firma uno que misteriosamente se lo ha tragado la tierra».

Aquello era algo que retumbaba con insistencia en su cabeza.

El taxi giró a la derecha en la glorieta de Bilbao y enfiló enseguida una de esas avenidas llenas de árboles que tanto les gustan a los ecologistas.

«Me parece a mí que voy a tener que sacar a pasear mi magia».

De pocas cosas disfrutaba más el artista que de saberse el caprichoso centro de atención.

La escuela a la que iba el pequeño Bécquer parecía sacada de otro siglo, nadie pensaría que estaban apenas a principios de los ochenta al ver aquellas instalaciones: una pequeña construcción de ladrillo con una mesa grande para el maestro delante de la pizarra y pupitres para una docena de niños de diferentes edades.

Don Carlos era el encargado de enseñar a todos los niños del pueblo.

Bécquer había destacado por listo desde el principio, con apenas siete años compartía aula con niños y niñas de más edad y, aun así, era el más espabilado, manejaba con soltura tanto la lengua como las matemáticas y siempre tenía alguna cosa con la que llamar la atención: sin duda tenía suerte de que don Carlos le riese todas las gracias.

Como la Navidad estaba cerca, el maestro, junto con el cura del pueblo, había tenido una idea a priori estupenda: juntar a todos los niños y niñas con el fin de representar el nacimiento de Nuestro Señor.

Al bueno de Antoñito le había tocado ser el primero de los pastorcillos.

Por mucho que su abuelo Manuel le insistiese en las bondades de ser ni más ni menos que el Tamborilero, a Bécquer no le hacía gracia alguna.

—Es el papel más importante, Antoñito —le dijo el señor Manuel a su nieto con gran convencimiento—. ¿Preferías ser San José? Muchas explicaciones veo ahí.

Bécquer no entendía la carcajada que le acababa de dar a su abuelo, se ve que el comentario había sido divertidísimo, pero el pequeño niño no entendía ni papa de lo que tanto divertía al señor Manuel.

—Te tienes que aprender el villancico, por casa tengo el disco, ya verás qué maravilla.

El abuelo de Bécquer estaba encantado con el plan.

En cuanto llegaron a casa comenzaron a revolver entre los discos que el señor Manuel atesoraba con orgullo; apenas había un par de docenas, pero para él eran una colección de gran valía.

Enseguida localizó el pequeño sencillo, justo entre el primer álbum de Los Jamara y El tren de Andrés do Barro: el señor Manuel era todo un clásico a la hora de ejercer de pinchadiscos.

Con el pelo corto y siendo prácticamente un niño, emergía en la portada la mágica figura de Raphael.

Bécquer no tardó en quedarse prendado de aquel artista incomparable.

Antoñito estaba nervioso, no había tomado conciencia del jardín en el que se había metido hasta que vio que todo el pueblo estaba en la plaza de la iglesia.

Con el tiempo Bécquer, fue inflando la historia, hasta el punto de contar en alguna entrevista que aquella mañana se había concentrado prácticamente toda la comarca para disfrutar del debut de una de las mayores revelaciones del canto que Galicia había conocido nunca…

Bécquer nunca permitía que la realidad arruinase una buena historia.

El pequeño Antonio se vio delante de todo el pueblo cuando una seña con la mano de su maestro le indicó que había llegado el momento. Antoñito tomó aire y se arrancó con la letra, a capela, sin acompañamiento musical alguno.

La razón por la que, a lo largo de su carrera, Bécquer había cantado más bien poco quedó de manifiesto aquella misma mañana.

Los nervios no fueron misericordes con el pequeño niño, al que parecía haber poseído el espíritu del aguardiente.

Notando el calor en sus mejillas, y al comprobar que el murmullo sobre sus escasas dotes de canto iba en aumento, el pequeño Antonio tuvo una idea estupenda: cuando el villancico se acercaba al final y de sus labios salía el último verso —«Me sonrió, me sonrió»—, Antoñito lo remató el tema con un sonoro: « Qué carallo vai sorrir o neno, a Raphael o millor se cadra, pero cantando coma canto eu vaime mandar o demo [1] ».

La carcajada fue general: ya por aquel entonces comenzaba a disfrutar de hacer reír a los demás.

Bécquer bajó del coche y se despidió pidiendo al taxista que lo esperase.

«Seré breve», añadió sin importarle mucho que el taxímetro siguiese corriendo.

«Mejor esto que tener que buscar otro», pensó.

Tenía delante un enorme rótulo que rezaba SALUMED , una clínica privada multidisciplinar en la que, según había podido consultar en la página web, la doctora Lola Castillo hacía maravillas con el ácido hialurónico.

Con la estrategia clara, caminó hacia la puerta: «Soy Bécquer, en cuanto me reconozcan, me cuelo hasta la cocina, y si esta mujer es la hija de Castillo, habré triunfado como la Coca-Cola».

Bécquer entró en las instalaciones y se dirigió al mostrador; efectivamente, no tuvo la necesidad de presentarse.

—¿Usted es… quien creo que es? —dijo el recepcionista, visiblemente nervioso.

—Bécquer, ese soy. —Casi de un salto, aquel muchacho se puso de pie y sin mediar palabra le pidió un selfi. Bécquer, acostumbrado como estaba, posó y le regaló la mejor de sus sonrisas—. Me gusta tener seguidores tan jóvenes —le dijo al muchacho.

—Es para mi abuela, le gustas mucho.

La sonrisa de Bécquer desapareció de un plumazo. «Mantén la calma», se dijo el cómico.

—Me gustaría saber si la doctora Castillo está hoy en la clínica.

El recepcionista tecleó en el ordenador y le dio a Bécquer malas noticias.