Bécquer en París 7 Cosas de comisario
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7 Cosas de comisario

COSAS DE COMISARIO

Al comisario Baltierra le gustaba caminar por las mañanas, a pesar del frío lo seguía haciendo, se obligaba a sí mismo a no coger el coche para acudir a su puesto de trabajo.

La realidad es que ese afán por cuidar su forma física y moverse obedecía a una promesa que le había hecho a su difunta esposa.

Baltierra no había tenido suerte en cuestiones de salud, su padre falleció después de penar con un diagnóstico de alzhéimer temprano y su mujer había sido arrollada por un cáncer terrorífico contra el que apenas se pudo luchar; desde que ella falleciese un manto de pena lo acompañaba a todas partes.

La primera vez que Baltierra entró en casa sabiendo ya que nunca más volvería a ver a su mujer le costó mantenerse en pie.

El servicio había sido precioso, todos y cada uno de los agentes bajo su mando habían acudido en señal de respeto, incluso había recibido una amable tarjeta de parte del Ministerio del Interior; si bien los últimos meses habían transcurrido haciéndose a la idea de lo inevitable, el dolor aparecía ahora.

Dejó su americana en una silla del comedor y una pequeña sonrisa llena de dolor se le escapó sin poder controlarla.

«Para qué tenemos perchero», se dijo a sí mismo, emulando el rapapolvo que seguro que Julia le habría echado al momento.

Aflojándose el nudo de la corbata, se sentó en el sofá y abrió una pequeña lata de galletas en las que su esposa guardaba fotos antiguas.

Una a una las fue pasando mientras la melancolía llamaba a su puerta.

Se veía a sí mismo joven, enamorado y con pelo; ahora solamente le quedaba el enamoramiento.

Desde el día que la conoció hasta esa misma mañana, la había amado sin remedio, tanto que por querer protegerla nunca tuvo el valor suficiente de contarle en qué llevaba décadas metido.

José Baltierra acaba de ser ascendido, el comisario Acebedo sabía que sería su sucesor, así que, una vez lo puso a su lado, comenzó a prepararlo para la labor.

Sin duda, no era fácil; por un lado, había que seguir manteniendo el orden en comisaría, y por otro, seguir «trincando».

Baltierra había caído en la red de Acebedo por pura necesidad y, años después, el camino iniciado no tenía ni retorno ni salida.

Cuando conoció a Julia, supo al momento que estaba ante la mujer de su vida. La relación fue viento en popa y pronto se casaron. Unos días antes del enlace, Baltierra estuvo tentado de contarle, si no toda la verdad, al menos una parte, y ni a eso se atrevió.

«Cómo puedo casarme con ella viviendo esta mentira —se decía frente al espejo—, lo arruinaría todo».

Cuando estaba tentado de soltar todo aquello, el miedo lo paralizaba, el miedo a perderla y, sobre todo, el miedo a que le pasase algo.

No estaba rodeado de gente muy recomendable, y con el paso de los años había visto qué le ocurría al que se iba de la lengua o hacía demasiadas preguntas.

Las dudas se disipaban cuando recordaba las palabras de Acebedo: «Mucho cuidado con lo que cuentas en la cama, ahí la lengua úsala para otras cosas.

A tu novia ni media o tendremos que hablar con ella, ¿entendido?

». Baltierra tenía claro que la mejor manera de protegerla era dejarla en la oscuridad más absoluta.

Lo cierto es que Julia nunca se había planteado nada; además, no habían podido tener hijos, algo a lo que se resignaron pronto después de muchos intentos, y eso había facilitado mucho las cosas: había aprendido a vivir con la mentira de lo que hacía, y que no tuvieran familia significaba no tener que mentir a nadie más.

Baltierra nunca tuvo afán de crecer en la organización, prefería ser un «tonto útil», aunque de tonto no tuviese un pelo.

Aceptaba las órdenes que llegaban, trataba de que no se derramase sangre, y desde su despacho iba enterrando todas las mordidas y robos que sus hombres de confianza perpetraban.

La aplicación de sistemas informáticos, y la enorme dificultad que causaban para poder seguir campando a sus anchas, provocó un descenso en la actividad delictiva que Baltierra se tomó como un gran alivio; a fin de cuentas, él no tenía iniciativa, se limitaba a tapar lo que otros hacían, y en eso era el mejor.

Cerró con llave la caja en la que, cada día al llegar a casa, guardaba su arma reglamentaria.

No le gustaba dejarla en cualquier sitio por miedo a provocar un accidente.

Se sintió un poco idiota al darse cuenta de que ahora, simplemente, se tenía que proteger a sí mismo.

Cualquier pequeño gesto cotidiano le recordaba su recién estrenada soledad.

Su móvil comenzó a vibrar y lo pilló absorto en sus pensamientos.

Lo sacó del bolsillo, sobre la pantalla, un críptico mensaje que rezaba « EC-11POEVLH ».

Con el tiempo, habían desarrollado una forma de comunicarse para la que había tenido que estudiar durante varios meses.

Los códigos siempre relataban el tipo de acción, la hora, el lugar y cuál sería su cometido; en este caso: «Entrega Corriente 11 Parque Oeste Equipo Vallecas Lo Habitual».

Con este simple código, Baltierra sabía que iba a tener lío la siguiente mañana.

El equipo Vallecas lo conformaban cuatro agentes; al tratarse de entrega corriente, sabía que iba a haber un intercambio de mercancía y que, una vez recibida, tendría que hacer «lo habitual», es decir, trampear con su gente los registros de entrada y de salida para que al juez le cuadrasen las cantidades.

Lo habían hecho tantas veces que no era nada fuera de lo común, a partir de ahí ya habían agentes encargados del reparto.

Ahora ya todo daba igual. Era rico, mucho más que si hubiera sido honrado, pero nunca pudo aparentarlo: el flujo de dinero era constante, pero la discreción había de imperar; por más caprichos y regalos que le hiciese a su esposa, nunca pudo gastar todo lo que la corrupción le proporcionaba.

En uno de los viajes de su mujer para visitar a su madre, hizo una reforma exprés en el baño que le permitió ocultar fajos de billetes en lo que a simple vista era el armazón de una bañera: allí guardaba dos millones de euros que sabía que no iba a poder gastar.

Muchas fueron las veces en las que maldijo aquel dinero inútil, no le sirvió ni siquiera para lo más importante: el cáncer de su mujer era tan agresivo que ni en la tan afamada clínica de Boston le dieron esperanza alguna.

Viajaron una semana con total discreción y poco más hicieron que conocer la ciudad.

En cuarenta y ocho horas de pruebas, un médico americano que parecía salido de un telefilm de esos de después de comer, lamentó comunicarles que un caso como el suyo apenas tenía una esperanza de supervivencia mayor a dieciocho meses, y el tratamiento no dejaría de ser el mismo que le estaban aplicando en España.

Decepcionado, y tratando de hacerse a la idea de lo que le venía por delante, acompañó a su mujer día tras día, la cuidó hasta el final con una dulzura y una entrega digna de elogio, si bien es cierto que tuvo ayuda: la de una mujer que, compartiendo tratamiento, se convertiría en un apoyo fundamental de su esposa.

Cuando Baltierra la tuvo delante, entendió que no se puede escapar del pasado: siempre vuelve para recordarnos lo que fuimos y, lo que es peor, lo que pudimos ser.

Julia, a pesar del evidente cansancio provocado por la medicación, estaba de muy buen humor.

—Carmen es una mujer excepcional, tres hijos tiene y lamentablemente ha tenido que tirar de ellos sola.

—Baltierra escuchaba a su esposa con atención mientras la ayudaba a ponerse el pijama—.

Hoy me ha contado algo terrible, igual te acuerdas.

—Él ahuecó una almohada y arropó a su esposa sin imaginarse lo que a continuación le iba a desvelar—.

¿Tú te acuerdas de aquel policía que mataron en Callao?

El comisario tragó saliva: se acordaba perfectamente, pero no quería que se le notase en exceso.

—Algo me suena sí, una pena —respondió tranquilo.

—Pues era el marido de Carmen, fíjate que cosas, el miedo que he tenido siempre contigo: una noche cualquiera y se acaba todo. Y tres niños dejó.

Baltierra, sentado al borde de la cama, decidió despachar rápido el relato.

—Pues sí, una pena, pero ya sabes que ahora paso mucho más tiempo en el despacho, como no sea porque me caiga de la silla, no tengo riesgo alguno.

Con esa broma, trató de zanjar el tema, se levantó y se dirigió a la puerta con la excusa de traerle un vaso de agua. Justo antes de cruzarla, su mujer volvió al ataque.

—No acaba ahí la cosa: tiene una niña que se ha ido al ejército, Elena se llama y, no te lo pierdas, está en Afganistán. La pobrecita no ha superado lo de su padre y está convencida de que algo raro pasó. ¿Tú me harías un favor?

A Baltierra entonces se le heló la sangre.

—¿Yo? ¿Yo por qué? —preguntó, temiendo la respuesta.

—Pues porque me ha contado Carmen que el caso lo llevaron en Tudescos, tu comisaría, igual podrías mirar si todo se hizo como debía hacerse, le dije que eras el comisario y que lo que hiciese falta.

La ternura y la humanidad de Julia, como siempre, eran excesivas. Baltierra la observaba y no era capaz de evitar enternecerse.

—Tú siempre pensando en los demás. No te preocupes, que lo miro esta tarde y te cuento lo que vea; ahora descansa.

El comisario besó a su esposa en la frente y salió del dormitorio, entró en la cocina dispuesto a coger el vaso de agua y por un instante se detuvo frente a la nevera.

«Manda cojones», pensó, casi escapándosele una sonrisa.

La vida podía ser retorcida a veces: de todas las salas donde recibir la quimioterapia su mujer fue a coincidir con la viuda de Izaguirre.

Por mucho que tratase de disimular y de quitarle importancia, sabía perfectamente de qué caso se trataba. Cómo olvidarlo.

Había sido su primer gran marrón, cerrar en falso aquel suceso había implicado a más gente de la que le hubiese gustado: se trataba del asesinato de un policía.

El único golpe de suerte de aquella fatídica noche fue que la víctima era alguien de perfil bajo, tan bajo que no hubo excesiva preocupación o dudas cuando se determinó que había sido un simple atraco.

Entró en la habitación para dejar sobre la mesilla de noche el vaso de agua, en silencio, ya que su esposa dormía. Pensó al verla descansar: «Esto es una broma cruel, la viuda de Izaguirre. Joder, esto no puede salir bien».

A Baltierra le gustaba la Gran Vía, desde siempre recordaba los paseos con Julia, en esa calle siempre había algo que les llamaba la atención, podía ser un transeúnte o un escaparate, daba igual, podían pasar horas caminando de arriba abajo, de plaza de España a la plaza de Cibeles sin descanso: subir por una acera y bajar por la otra era una de las actividades favoritas del matrimonio, algo que al encontrarse solo adquiría otra dimensión.

Al comisario ahora esos paseos en soledad le permitían ordenar sus ideas.

Cada vez que tenía necesidad de concentrarse en algo dejaba su despacho y salía a caminar, era una manera sencilla de encontrarse consigo mismo y de despejar la cabeza.

El paseo de esa mañana era diferente: desde que Carmen, la viuda de Izaguirre, entrase en sus vidas, no había tenido más remedio que andar con pies de plomo.

Julia estaba sentada en el sofá del salón cuando su marido entró por la puerta.

—¿Te has levantado tu sola? —preguntó sorprendido.

—No —respondió con una sonrisa—, tenemos visita.

Baltierra se dio entonces la vuelta y respondió al saludo de una mujer que estaba a punto de ponerle la vida del revés.

—Así que tú eres la famosa Carmen —añadió a un cariñoso «buenas tardes»—. Julia me ha contado muchísimas cosas de ti.

Carmen, divertida, respondió:

—Seguro que todo mentiras, ni caso.

Alrededor de la mesa los tres reían con las ocurrencias de Carmen y Julia, la primera estaba radiante de felicidad al haber superado por fin la enfermedad; no obstante, todos sabían que la de Julia presagiaba mal final.

A pesar de todo, disfrutaban del café como si nada malo pudiese ocurrir.

Julia decidió entonces sacar el tema que tan preocupada la tenía.

—Le he pedido a José que revisara el caso de tu marido. —Carmen por un instante se estremeció.

—Muchas gracias, José. La verdad es que fue muy duro.

Baltierra tomó la palabra para soltar el discurso que llevaba preparando desde que su esposa lo plantase ante semejante toro. Abrió su pequeño maletín y extrajo una carpeta.

—Esta es una copia del informe del caso, lamento decirte que no he encontrado nada llamativo. —Mientras pasaba una tras otras las diferentes páginas, iba explicando pormenorizadamente los detalles—. He obviado las fotografías de la escena —dijo con la voz pequeña.

—Te lo agradezco —dijo Carmen mientras Julia le apretaba la mano.

—He hecho varias llamadas y lo cierto es que no hay mucho más que rascar; lamentablemente, no dieron con el autor, todas las pesquisas les llevaron hacia la figura de algún atracador de poca monta.

Por más esfuerzos que se hicieron, no se logró nada que les pudiese poner en el camino de alguien concreto, lo único fue una declaración de un mendigo, aquí la tengo.

Baltierra sabía perfectamente que era mentira, habían obligado a aquel pobre hombre, a cambio de un poco de dinero, a asegurar que había visto a un yonqui salir corriendo del callejón donde se encontró el cuerpo sin vida de Izaguirre.

—Lo siento mucho, Carmen.

Las palabras de Baltierra le hicieron bien a la pobre mujer.

—Te lo agradezco. La verdad es que, aunque este dolor no se va nunca, he logrado pasar página.

El problema es mi hija Elena, sigue convencida de que algo raro ocurrió y no es capaz de pensar en otra cosa.

Como te habrá contado Julia, la tengo en Afganistán, militar de carrera, ni más ni menos.

A veces pienso que se fue tan lejos huyendo de todo esto, e incluso huyendo de mí…

No lo ha tenido fácil, mi niña. Para ella Antonio lo era todo y desde que se fue…

es otra, y a mí, sola, a veces se me hace muy cuesta arriba.

—El relato fue interrumpido por dos enormes lágrimas que afloraron a su mejilla.

—No te preocupes por nada —dijo Julia con su habitual templanza—. De sola nada, estamos nosotros contigo y cualquier cosa que necesites haremos todo por ayudarte.

Baltierra sabía que esa promesa de Julia había de cumplirse. El pasado siempre vuelve.