Bécquer en París 6 Nada para desayunar #2
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6 Nada para desayunar #2

—Elena, buenos días —la saludó, diligente, tratando de dejar claro que la presencia del cómico no lo alteraba para nada—. Señor Bécquer, qué alegría verlo aquí —añadió.

El artista decidió dejarse de formalismos, tenía enfrente no solo al compañero de Elena, sino también al muchacho cuya labor había sido fundamental para rescatar a Lucía del secuestro.

—Ven a mis brazos —le dijo lleno de energía. Diego aceptó encantado, para enfado de Elena.

—¿Os busco un hotel? —les preguntó, cortando el abrazo de manera instantánea.

—¿A qué debemos el honor? —le preguntó Diego a su compañera.

—Nada, aquí el artista, que se ha empeñado en acompañarme a trabajar. Debe de tener miedo de que me pierda —refunfuñó la inspectora como parte primera del plan: había que dejar claro que la visita de Bécquer era casual.

—Madrid se ha puesto imposible —añadió el cómico—.

Son las nueve de la mañana, a esta hora y en esta ciudad los peligros acechan en cualquier rincón…

Conmigo se siente más segura. —Bécquer dijo aquello con tal convicción, realmente lo creía, que Diego dudó de si se trataba de una broma o era verdad.

Sea como sea, aquel breve diálogo se vio interrumpido por un mensajero a la espalda del trío.

—Envío para la inspectora Izaguirre —anunció un chaval recién bajado de una moto.

—Yo lo recojo —contestó Bécquer de inmediato.

Elena se giró para ver qué demonios estaba pasando y lo cierto es que apenas se sorprendió al ver que el envío, en realidad, era para el propio Bécquer, y consistía en una bolsa con cruasanes, ensalada de frutas y varios cafés.

—Es que Elena en su casa no tiene nada para desayunar —se explicó mirando a Diego.

Sentados alrededor de la mesa de Diego, se pusieron al día entre cafés y bollos.

Habían vivido muchas cosas juntos en los últimos meses, así que siempre tenían tema de conversación.

Elena y Bécquer habían pactado tratar de engañar a Diego, algo que ni a la una ni al otro les hacía mucha gracia, pero necesitaban que alguien firmase el acceso al archivo que no fuese la inspectora.

Cuando Diego anunció, al terminar su café, que tenía que salir de la comisaría, la primera parte del plan se fue al traste apenas comenzado.

—Pues tenemos un problema —dijo Bécquer mientras Diego se despedía desde el ascensor—, tú me dirás qué hacemos. —Elena se quedó pensativa.

—Hagamos una cosa: vamos al archivo y vemos quién está hoy en la entrada, y decidimos.

Lo cierto es que Elena estaba casi tan perdida como Bécquer, pero ambos tenían claro que no iban a abandonar la comisaría con las manos vacías.

En la entrada del registro estaba esa mañana Amaia, una señora de unos sesenta años que llevaba en la comisaría casi desde que la abrieron y siempre en tareas administrativas.

—¿Has visto? —le preguntó Elena.

—¿Que si he visto qué? —respondió Bécquer.

—La de la entrada es Amaia, una señora mayor, tu público objetivo: ya sabes qué hacer.

No le había dado tiempo a replicar a semejante ofensa cuando Elena ya estaba saludando.

—Y aquí están los archivos, que eres muy pesado —dijo con un volumen intencionadamente elevado para captar la atención de su compañera.

Cuando levantó la vista del escritorio, se quedó pálida al ver a la estrella. Elena miró a Bécquer y él entendió a la perfección lo que sugería.

—Vaya, vaya, así que aquí es donde sucede todo lo bueno.

—Amaia notó cómo le empezaban a sudar las manos—.

A usted no he tenido la suerte de conocerla —dijo el cómico, desplegando parte de sus superpoderes—, como nunca me dejan bajar y a usted no la dejan subir, pues en esta situación estamos.

—Amaia se puso entonces de pie y Bécquer se acercó para besarla—.

¿Le puedo dar dos besos? —preguntó, solícito.

Ella no tenía aire suficiente para articular una respuesta. Elena observaba la escena concentrada en el paso siguiente: Bécquer tenía que distraer a Amaia de tal forma que ella pudiese entrar en los archivos sin firmar en el registro de entrada.

Cuando la administrativa le dijo a Bécquer su nombre y que, por favor, la tuteara, él se puso manos a la obra.

—Pues aquí me tienes, de ronda de agradecimiento. Verás, Amaia, lo que habéis hecho por mí es tan bonito que quiero daros las gracias uno a uno.

Bécquer se alejó entonces un par de metros, indicando con un gesto a la mujer que lo acompañase.

Ella no lo dudó, Bécquer lograba ese efecto la mayoría de las veces.

Cuando la tuvo a su lado, le pasó el brazo por los hombros y le indicó a Elena que entrase al archivo.

La inspectora Izaguirre no había pensado que fuese a resultar tan sencillo.

—La verdad es que lo he pasado fatal con todo lo ocurrido —confesó Bécquer un tanto sobreactuado.

Amaia lo miraba completamente obnubilada, él, por su parte, no dejaba de rodearla con el brazo y alargaba la conversación con un montón de confesiones absurdas: no podía permitir que aquella mujer se diese cuenta de que Elena acababa de desaparecer.

La inspectora Izaguirre ya estaba frente a los archivadores que contenían toda la documentación de la primera década de los 2000 en la comisaría de Tudescos.

No era la primera vez que estaba allí plantada en busca de respuestas, pero ahora era diferente.

La primera vez, simplemente, cogió el archivo de su padre; desde entonces lo había visitado tantas veces que ya se lo sabía de memoria.

Ese día, por el contrario, sabía que el hilo del que debía tirar era otro.

Con toda la celeridad de la que era capaz, comenzó a abrir carpetas que contuviesen homicidios: el objetivo era encontrar nombres de doctores distintos al que ya tenían.

Cogió un montón enorme de carpetas y las posó sobre una mesa que había a su izquierda mientras a lo lejos oía las carcajadas de una Amaia completamente rendida a los encantos de Bécquer.

«No tiene remedio», pensó, divertida, en lo que volvía a centrarse en la tarea.

Con su móvil, Elena fotografió las firmas de los informes: en la mayoría figuraba el doctor López.

Cuando Bécquer se arrancó con la historia del perro que le robó unos calzoncillos, Elena comprendió que tendría como mucho cinco minutos más.

En ese momento, empezaron a salir otros nombres: el doctor De la Morena, que había firmado un par de autopsias; la doctora Pérez López y, a continuación, otro nombre y después otro…

Elena comenzaba a desesperarse. «Debieron externalizar el servicio porque todos son de la misma clínica».

Aquello comenzaba a parecer de nuevo un callejón sin salida, ahora tenía nombres de diferentes forenses y a ninguno podía relacionarlo directamente con su padre.

La cabeza de Elena iba a mil kilómetros por hora.

«Tiene que haber algo», pensó. Y decidió cambiar el foco.

«Un momento», se dijo. Comenzó a repasar casi en diagonal los casos de homicidios cerrados de un plumazo, peleas, ajustes de cuentas y accidentes.

Parecía que cuando se trataba de algo rápido, figuraba el doctor Castillo.

«Por eso le encargaron el de mi padre, porque querían taparlo cuanto antes».

Elena se centró entonces en las autopsias firmadas por este forense, y estaba cerca de dar con la respuesta cuando la voz de Bécquer la apremió de nuevo.

Comenzó a recoger las carpetas sin poder negarse un sentimiento de frustración.

De pronto, un expediente en concreto la hizo detenerse: la muerte en un terrible accidente de coche de un policía de la comisaría.

Según la autopsia, el fallecido presentaba un elevado índice de alcohol en sangre, así como distintos estupefacientes.

Elena observó con detenimiento las fotografías del coche destrozado, el nombre del finado le resultaba familiar, pero no era consciente de por qué.

«Luis Puente, ¿de qué me suena a mí ese nombre?

». Buscó, rápidamente, su nombre en los expedientes que aún no había recogido y comprobó que en todos esos casos las autopsias las firmaba el mismo forense: el doctor Pedro Castillo.

Apremiada por el tiempo decidió fotografiar el informe entero, especialmente la última página, ya que, aun habiendo sido firmada por el comisario Acebedo, de repente aparecía un nombre que Elena conocía bien: quien se había encargado del caso y lo había cerrado era el actual comisario, en aquel entonces inspector, José Baltierra.

«No puede ser casualidad que en las autopsias de Castillo aparezca siempre Puente… Le preguntaré a Baltierra».

Elena todavía no era consciente de la tormenta que estaba a punto de desatar.