Bécquer en París 6 Nada para desayunar
16%

6 Nada para desayunar

NADA PARA DESAYUNAR

Bécquer llevaba mucho rato despierto, la combinación que se había dado entre el jet lag y un colchón de muelles infame le habían amargado el descanso al que aspiraba.

Permaneció en silencio observando cómo Elena dormía plácidamente.

«Es bonita hasta durmiendo», pensó mientras apartaba dulcemente un mechón de cabello que le cruzaba el rostro.

Volvió a colocarse bocarriba en la cama, peleando con el dolor lumbar y decidido a entretenerse buscándole parecidos a las manchas de humedad que poblaban el techo del dormitorio…

Cuando ya no tenía más parecidos que sacarles, decidió ponerse en pie.

Elena continuaba en el séptimo cielo mientras Bécquer se afanaba en preparar el desayuno, ya eran las siete y media de la mañana y fantaseaba con la idea de sorprenderla con una bandeja llena de delicias.

Pero no contaba con no disponer de absolutamente nada.

Plantado frente a la nevera, no daba crédito a lo que estaba viendo: medio paquete de salchichas, una botella de leche que, por supuesto, no se atrevió a abrir, y un pedazo de limón que, a tenor del moho que presentaba, debía formar parte de la vida de Elena desde hacía al menos veinte años.

«Vamos a probar con la despensa», pensó.

Cuando la abrió, no se sorprendió al encontrar más de lo mismo: medio paquete de galletas maría y lo que en su día debió de ser pan de molde.

«No entiendo cómo demonios se puede vivir así».

Respirando hondo, colocó una cápsula en la cafetera.

«Es que ni siquiera es de las buenas… Mira, de verdad, lo de esta chica no tiene nombre».

Finalmente, regresó al dormitorio con dos cafés negros y el medio paquete de galletas.

—Creo que alguien ha encargado al servicio de habitaciones el desayuno continental —exclamó, anunciándose desde la puerta. Elena se desperezó despacio y se sentó en la cama.

—Vaya, pedazo de desayuno —respondió la inspectora.

—A ver, hago lo que puedo con lo que tengo. Cuando he abierto tu despensa, me he puesto a cantar We are the World . —Elena rio la ocurrencia de Bécquer.

—Pues haber bajado al paqui, ese tiene de todo.

—Sí, claro —respondió Bécquer, airado—, y de paso subo con un navajazo en el muslo, buena idea.

A Elena aquel comentario ya no le gustó tanto, así que, levantándose de la cama con la taza de café en la mano, respondió:

—A ti lo que te pasa es que eres un pijazo. No te viene mal darte un paseo por el mundo real de vez en cuando.

Poco le importó lo que Elena le estaba diciendo: en cuanto la vio de pie vistiendo solamente una camiseta que tapaba lo justito, dejó inmediatamente de pensar en el desayuno. Casi balbuceando, trató de defenderse.

—Teniendo en cuenta lo poco que gastas, debes de tener más dinero que yo.

—¿Tú crees? —dijo ella con retintín.

—La verdad es que no: tengo mucha pasta.

A Elena le divertía mucho ver a Bécquer sufrir cuando no estaba rodeado de lujo.

—¿Siempre fuiste así de sibarita? —le preguntó mientras mojaba en el café la primera de una serie importante de galletas.

—Hombre, uno es de origen humilde, pero no es tonto; vamos, que cuando pruebas la miel, ya no te sabe el azúcar —contestó, haciendo especial hincapié en la palabra origen .

Aquella respuesta le permitió a Elena preguntarle algo que llevaba tiempo rondándole.

—¿Cuánto hace que no visitas tu casa?

Responder a tal pregunta era algo que no le gustaba nada, le dolía reconocer que desde que había fallecido su abuelo, no se había atrevido a regresar.

Todo el pueblo y los alrededores habían acudido a despedir al señor Manuel.

Bécquer siempre decía que su abuelo era el realmente famoso de la aldea, que lo de salir en la tele, en realidad, no era para tanto comparado con lo de aquel hombre pequeño y tan querido por todos.

Desde que el cómico debutara sobre un escenario siendo apenas un chaval, su abuelo había sido una constante, el hombre que lo acompañaba y guiaba en sus primeros pasos, así como su primer representante.

Mientras el párroco terminaba las preciosas palabras con las que despedía al señor Manuel del mundo de los vivos y le daba la bienvenida al reino de los cielos, Bécquer respiró hondo, ya que, a continuación, sería él quien le dedicase unas palabras.

Delante de tanta gente que quería al hombre más importante de su vida, Bécquer repasaba anécdotas de esas que te sacan una sonrisa y te golpean el corazón.

Cuando su abuelo descansó por fin, a Bécquer el mundo comenzó a desmoronársele.

Sentados en la cama, compartiendo un café horrible, Bécquer optó por responder:

—No tengo nada que me ate: cuando murió mi abuelo, di orden de que cerrasen la casa y ahí se quedó, demasiados recuerdos, supongo.

Elena adoraba cuando Bécquer bajaba la guardia y se mostraba de verdad.

Lo habitual en él era regatear aquello que no le gustaba con algún tipo de broma, pero con ella era diferente, sabía que podía preguntarle cualquier cosa que siempre acabaría respondiendo.

En sus ojos, Elena pareció vislumbrar cierta amargura, así prefirió no insistir; no obstante, un sentimiento claro se despertó en su interior: «Algún día me gustaría acompañarlo».

Elena apuró el fondo de la taza y casi de un salto se puso de pie.

—Pues ya podemos arrancar la jornada.

—Querrás decir que ya podemos ir a desayunar en condiciones. —Bécquer no salía de su asombro—. Vale que no tengas comida y que tu piso sea… «peculiar».

—¿Peculiar mi piso? —preguntó visiblemente ofendida.

—El Ritz no es —insistió Bécquer—, al baño tienes que entrar de perfil.

Elena entonces se colocó justo en la entrada del susodicho cuarto de baño.

—Es verdad —dijo—, es tan pequeño… No creo que quepamos los dos en la ducha.

Tal y como acabó la frase se quitó la camiseta, arrojándosela a Bécquer, quien comenzó a sudar de manera inmediata.

—A ver… Yo creo que si nos apretamos un poquito —respondió, y echó a correr hacia el baño dispuesto a demostrar su teoría.

A Bécquer le seguía fascinando la capacidad de Elena para que le diese igual todo. Después de la ducha, sentados en el salón, ojeaban de nuevo el contenido de la carpeta marrón. Al él le costaba concentrarse por el odio visceral que le profesaba a ese sofá.

—Localizado el forense que firmó la primera autopsia de mi padre; sabemos que lleva muerto años —le explicó Elena.

—Veo difícil que nos cuente algo —respondió Bécquer con un chiste facilísimo.

—El problema está en encontrar la oficial —continuó Elena—. Por más vueltas que le des al documento, no tenemos ni el nombre ni el apellido.

Bécquer entonces tuvo una idea.

—Pero sí sabemos en qué comisaría se llevó el caso…

Para Elena, la frase de Bécquer no era más que la constatación de su propio fracaso.

Años atrás se había obsesionado completamente con la comisaría de Tudescos, siempre tuvo el convencimiento de que habían ocultado algo, por eso puso todo su empeño en acabar en esa comisaría, incluso alquiló un piso cercano para poder ganar puntos de cara a trabajar allí.

No obstante, aquel plan no había dado fruto alguno.

Lo primero que hizo al llegar fue pedir el archivo de su padre y, como siempre, nada de nada.

Pero ahora era diferente, tenía claro que su principal error había sido buscar respuestas con preguntas equivocadas.

«Qué tonta fui al confiar en ellos». Este pensamiento era el que más la atormentaba.

—Tenemos que ir a la comisaría —exclamó Bécquer—, si lo que queremos es averiguar quién firmó la otra autopsia, hay que visitar los archivos.

Elena comenzaba a dar forma a su teoría, así que añadió:

—Es la única manera de comprobar quiénes las hacían en aquella época. —A Bécquer le pareció una buena idea.

—Cojonudo —respondió—, nos sentamos delante de un ordenador y a cotejar datos. —Elena no pudo evitar soltar una carcajada.

—De ordenador nada, todo lo anterior a 2010 está en papel, y eso no es lo peor: para entrar al archivo hay que registrarse y eso levantará sospechas.

Parecía que, de nuevo, se daban contra un muro, hasta que Bécquer miró a Elena con esa cara suya tan característica, una expresión que, generalmente, no traía ninguna buena idea consigo.

—¿Sabes una cosa, Elena? Siempre he querido colarme en el archivo de una comisaría.

La mañana en la comisaría de Tudescos transcurría tranquila, se notaba que la noche madrileña había sido más o menos plácida. El sol lucía en lo alto del cielo y la temperatura amenazaba con regalar una de esas mañanas primaverales que tanto gustan a los turistas que pasean por la Gran Vía.

Bécquer había disfrutado del camino desde la casa de Elena a la estación policial. Lo que más gracia le hacía era ver cómo las miradas se clavaban en su pareja cada vez que a él lo reconocían.

—No sé cómo aguantas esto —protestó Elena por enésima vez.

—La gente es muy agradable —respondió el artista—. Recuerda, mi amor: nos debemos a nuestro público.

La inspectora Izaguirre aceleró el paso alejándose un par de metros mientras refunfuñaba algo ininteligible; una vez más, Bécquer disfrutaba haciéndola rabiar.

Cruzaron la puerta principal de la comisaría y algo se removió dentro del cómico, que se detuvo justo en la entrada. Elena, al ver que no avanzaba, volvió a sentir esa ternura que solo él le despertaba. Despacio, se puso a su lado y le cogió la mano.

—Le pasa a todo el mundo —susurró en su oído—, aquí no se suele venir a pasar un rato agradable, y es normal que al regresar te pongas nervioso.

Elena esperaba algún tipo de respuesta sarcástica por parte del cómico, pero no llegó. Bécquer, simplemente, respiró hondo, apretó la mano de Elena y, como quien sube al escenario, se escondió tras esa sonrisa perfecta que durante tantos años le había funcionado para casi todo.

El murmullo se desató en cuanto la pareja del momento puso dentro el primer pie. Como no podía ser de otra forma, Diego apareció casi de manera mágica delante de ellos.