Bécquer en París 5 Dejadme en paz #2
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5 Dejadme en paz #2

«Elena, creo que sé quién mató a tu padre».

Esta frase lo había cambiado todo. En un exceso, el cómico se había dejado llevar por la emoción.

Realmente, allí no estaba escrito el nombre del asesino de Antonio Izaguirre, pero dentro de esa carpeta había información que no figuraba en el informe oficial y, sobre todo, una pieza esencial: una nota manuscrita encontrada en el bolsillo de Antonio y que, misteriosamente, nunca llegó a conocerse.

Por primera vez en mucho tiempo, Elena sentía que aquella íntima convicción de que lo de su padre no había sido fruto de la mala suerte comenzaba a coger forma.

El trabajo del doctor Manuel López era de esos para los que había que tener un estómago poderoso. Se había licenciado en medicina forense y prestaba sus servicios en varias comisarías de la Policía Nacional. Para muchos era simplemente el mejor porque trabaja rápido y hacía pocas preguntas.

Aquella mañana, cuando el doctor entró la sala donde descansaba sin vida el cuerpo de Antonio Izaguirre, no pudo evitar soltar un suspiro en forma de lamento.

Su labor se extendía durante más de tres décadas y podía presumir tanto de «haber visto de todo» como de conocer bien a todos y cada uno de los policías del Cuerpo.

Apenas había comenzado su trabajo cuando, sin decir ni buenas noches, el inspector Luis Puente entró en la sala como un huracán.

Al doctor López, la simple presencia de Puente le resultaba desagradable.

En los últimos años había tenido que lidiar con sus malas maneras en varias ocasiones.

Cuando a la tercera queja le dijeron que cerrase la boca y se limitase a trabajar, dejó de protestar por tener que aguantar a aquel personaje.

—¿Dónde están sus efectos personales? —preguntó sin mirar siquiera al doctor.

—En ese sobre —respondió él, señalando una mesa al fondo de la sala.

Puente lo agarró y se apresuró a volcar el contenido sobre una bandeja metálica: unas llaves y un pequeño lapicero.

—¿No había nada más? —preguntó de forma hostil mientras revisaba el contenido de la cartera del que, brevemente, fuese su compañero.

—Eso es todo —respondió el forense.

Puente, sin despedirse, cerró la puerta con violencia. Después de revisar la taquilla de Izaguirre y ahora sus efectos personales, podía respirar tranquilo. «Pues ya estaría todo», pensó.

El que no lo tenía tan claro era el doctor.

«Algo no me cuadra», pensó. Los rumores acerca de los comportamientos y actividades de Puente comenzaban a crecer entre sus propios compañeros y aquel súbito interés en registrar las pertenencias de Izaguirre había sido suficiente para levantar sus sospechas.

Sin más dilación, comenzó, con la ayuda de su auxiliar, a quitar la ropa del difunto.

Al extraer su zapato derecho, un pedazo de papel cayó al suelo.

Lejos de sorprenderse, las prisas de Puente le encajaron al instante.

Miró a su compañera, y al comprobar que no se había dado cuenta, pisó el papel atrayéndolo hacia él y, discretamente, se agachó y se lo guardó en un bolsillo. «¿Y si es esto lo que buscaba Puente?».

Elena escudriñaba cada detalle de aquellos documentos.

Extendido sobre la mesa tenía el informe de aquella terrible noche, donde las conclusiones apuntaban a un atraco, un par de declaraciones de transeúntes aseguraban que no habían visto a nadie y una simple nota confirmaba que la causa de la muerte había sido una puñalada; en resumen: nada de nada.

Aquello la atormentaba desde que ocurrió.

Nunca llegaron a saber por qué su padre estaba en aquel callejón a aquella hora, y, sobre todo, por qué le mintió a su madre, diciéndole que tenía que hacer horas extras.

Mentir a su mujer no entraba, ni mucho menos, en el comportamiento habitual de Izaguirre. Todo había sido muy extraño.

Y ahora, por fin, Elena disponía de información nueva. Habían pasado más de veinte años y aparecía algo que podía cambiarlo todo. El problema estaba en que Elena sabía que algo tenía, pero no la ayudaba a entender por qué había ocurrido tan fatal desenlace.

Entre la nueva información que Bécquer había conseguido destacaban dos elementos: en primer lugar, un pequeño trozo de papel en el que Elena reconoció enseguida la letra de su padre.

Era una combinación casi ininteligible de números y letras: W7709S.

Desde que Bécquer le dio la carpeta, Elena había probado a sustituir los números por letras, comprobó si se trataba de coordenadas, si podían coincidir con una dirección…

Todo había sido en vano. No obstante, se preguntaba: «Si este papel no significa nada, ¿por qué alguien lo ha mantenido oculto tanto tiempo?

». En segundo lugar, otra autopsia firmada por un tal doctor López que jamás llegó a ver la luz.

—Esto lo cambia todo, Bécquer —le confesó Elena. Estaban en la habitación del hotel ojeando el informe que el cómico acababa de recibir en el teatro.

—No tengas la más mínima duda. A la muerte de tu padre le dieron carpetazo rápido y ahora resulta que conseguimos otra autopsia que nunca se adjuntó a la documentación original. Porque si la puñalada fue desde la espalda, la cosa cambia, ¿no? —reflexionó en voz alta el artista.

El informe del doctor Castillo, el oficial, apuntaba a que la puñalada había sido frontal. Elena no podía evitar sentirse culpable.

—Mi madre tragó con lo que le dijeron y yo no hice nada. —Sus palabras hicieron mella en Bécquer.

—Solo eras una niña, tu mundo se vino abajo en un instante, ¿por qué ibais a sospechar de sus propios compañeros?

Bécquer abrazó a Elena reconfortándola y, por un momento, volvió a ser simplemente la niña que había perdido a su papá. Ella luchaba contra las emociones, quería mantener la cabeza fría y eso estaba siendo un ejercicio complicadísimo de conseguir.

—Mi padre era un policía preparado, me cuesta encajar que alguien lo atacase por la espalda y no se defendiese, solo puede tener una explicación, que no estaba atento, y si no lo estaba…

, es que algo lo distraía, o, mejor dicho, ¡alguien!

—Elena se puso de pie casi de un salto—.

¿Y si esa noche, además de mi padre, había dos personas en lugar de una?

—De repente, creyó tenerlo claro—. Mi padre quedó con alguien sin revelárselo a mi madre, con dos personas si no estuvo pendiente de su espalda…

Bécquer se incorporó con emoción al relato.

—¡Era porque lo conocía! —Elena asintió de manera inmediata.

—Mi padre quedó con alguien de su entorno esa noche y le tendieron una trampa.

La inspectora se quedó entonces en silencio, Bécquer sabía que Elena iba a llegar a la misma conclusión que él.

—Y si además se encargaron dos autopsias y la primera se ocultó… Bécquer, a mi padre lo mataron y encubrieron su asesinato.

—Eso creo yo. —Bécquer miró a Elena, emocionado.

—Pues toca averiguar por qué se ocultó la autopsia y quién la llevó a cabo.

Elena llevaba varias semanas escudriñando cada detalle de los documentos, frustrada por no conseguir avanzar.

Por una parte, lo que tenía que ver con la autopsia oficial era apenas un resumen firmado por el doctor Castillo.

Se había dado por válida, y cuando Elena preguntó, años atrás, por el informe completo, se encontró con un escueto «se habrá traspapelado, es normal en esos tiempos»; y, por otra, el doctor Manuel López había fallecido y al doctor Castillo parecía habérselo tragado la tierra doce años atrás.

«Qué oportuno», pensó Elena. En lo que parecía un callejón sin salida, de repente la inspectora vio una oportunidad: «Si el informe es falso…

, quizá no fue la primera vez que el doctor sin nombre hacía algo así, y si no fue la primera vez…

». Lo tenía claro, ese era el hilo del que tenía que tirar.

Absorta en sus pensamientos, la vibración de su teléfono la devolvió a la realidad.

Cuando descolgó la llamada, una voz conocida por un país entero dijo.

—Adivina quién está en la puerta de tu casa.

La inspectora, luchando contra la quinceañera enamorada que llevaba dentro, se apresuró a abrir y allí estaba él, tan perfectamente arreglado que resultaba imposible adivinar que venía de más de catorce horas de vuelo.

—¿Alguien ha pedido un cómico increíblemente atractivo para ce…?

Bécquer no pudo ni terminar la frase: un fortísimo tirón de su corbata lo arrastró irremediablemente a los brazos de Elena.

—Vaya, vaya, alguien me ha echado de menos —dijo, divertido.

—Imaginaciones tuyas —respondió Elena cerrando la puerta—, no eres tan importante.