Bécquer en París 5 Dejadme en paz
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DEJADME EN PAZ

La inspectora de la Policía Nacional Elena Izaguirre estaba de especial buen humor esa mañana de miércoles. El trabajo de las últimas semanas había dado resultado y, junto a su compañero Diego Ortega, regresaba a casa después de entregar en comisaría a uno de los malos.

Enseguida, en el afán de cerrar el caso rápido, los vagos de siempre apuntaban a que seguro que se trataba de un atraco, ya que no habían encontrado el teléfono móvil de la víctima entre sus pertenencias.

Pocas cosas ponían a Elena de peor humor que el comodín del yonqui con navaja: había sufrido en sus propias carnes el dolor de ver que con esa excusa se daba carpetazo a una muerte injusta y atroz.

Elena Izaguirre tenía claras muchas cosas, y una de ellas era no dudar jamás de su instinto.

Cuando cogía una presa, no la soltaba. De su época en el ejército, había conservado una disciplina férrea para el trabajo.

Su estatura era superior al metro setenta, y en cuanto a su evidente belleza, trataba de ocultarla apostando siempre por unos pantalones vaqueros, unas Doc Martens y una cazadora de cuero Perfecto.

Con eso, y una coleta amarrando bien su oscura melena, salía cada mañana dispuesta a convertir el mundo en un lugar con menos criminales.

Camino de los treinta y siete años, estaba en mejor forma que nunca.

Diego, por su parte, celebraba que le hubiesen asignado a Elena por fin, era algo que antes o después tenía que pasar, en tanto en cuanto era de los pocos a los que la inspectora no mordía cada vez que se dirigían a ella.

Elena Izaguirre no tenía un carácter fácil.

Diego, por el contrario, era, como decía su propia madre, «un amor»: divertido, insultantemente joven para el puesto que ocupaba —inspector con veintiocho años recién cumplidos—, y con un coco privilegiado.

Últimamente le tocaba soportar las burlas de sus compañeros por su completo cambio de look .

Aquel joven de pelo pincho, en vaqueros y jersey, había mutado en un muchacho atractivo con el pelo engominado hacia atrás y un traje estilo inglés de tres piezas.

«El cambio de estilo era algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza», solía responder cuando sus compañeros señalaban la extraña casualidad de que se hubiera producido justo cuando Bécquer comenzó a frecuentar la comisaría.

Diego miraba pensativo la carretera. Un largo bostezo de Elena le obligó a preguntar:

—¿Una mala noche?

Elena sonrió confirmando que lo mejor que le podía pasar para levantar el ánimo era tener un poco de acción.

—Tu amigo Bécquer —respondió—. Como todo gira en torno a él, no piensa que los demás vivimos en otra franja horaria.

Levanta el teléfono y te llama, no le importa que aquí sean las cinco de la mañana —dijo conteniendo otro bostezo—.

Si en su reloj de México pone las once de la noche, te llama y punto.

A Diego le encantaba que Elena le contase esas cosas, lo de alternar con Bécquer estaba siendo un sueño cumplido para el joven policía.

—¿Y qué le pasa? —preguntó, como buen entrometido que era.

Elena pensó por un instante en si contestar o no, eso de compartir aspectos de su vida privada con un compañero era novedoso.

La inspectora Izaguirre era famosa en la comisaría por no soltar prenda; no obstante, Diego tenía la extraña habilidad de hacer que todo aquel que lo rodeaba se sintiese cómodo.

—Pues que le prepararon una emboscada en la televisión mexicana y tuvo que hablar del Teatro Real y toda la movida de Nacho, y, claro, no le hizo gracia alguna.

—Lo sé, lo he leído esta mañana. Menuda faena, no se habla de otra cosa.

—¿Tan rápido? —Aquello desconcertó a Elena—. ¿Eso de verdad le interesa a la gente? —Diego soltó un suspiro lleno de razón.

—Me parece que todavía no eres consciente de que tu pareja es una superestrella.

Aquellas palabras la hicieron reflexionar, quizá su compañero tenía razón y debía entender ciertos comportamientos de Bécquer desde otro punto de vista, aunque tampoco se le escapaba que el artista era quien era, eso quedó claro en el mismo instante en que se conocieron.

La inspectora Izaguirre trataba de controlar los nervios, a fin de cuentas, no todos los días se investiga un caso en el que acaban de atentar contra la estrella más grande del país ni más ni menos que durante una actuación en el Teatro Real.

«Nos vamos a encontrar un circo tremendo», pensó cuando se acercaban al edificio y centenares de personas se agolpaban alrededor.

Bécquer esperaba en el salón Carlos III . Cuando Elena tuvo frente a ella al hombre que tantas veces la había hecho trasnochar, sintió un pinchazo de nervios en el estómago. Si pudiera decirle lo feliz que le hacía ver su show acompañada de su padre… Era uno de los mejores recuerdos de su infancia.

La burbuja se pinchó rápido: cuando el artista tuvo a la inspectora delante, le dedicó tal mirada de arriba abajo, como si le estuviera pasando un escáner, que Elena no pudo evitar sentirse incómoda.

«Ni que me estuviera examinando», pensó.

Cuando el cómico le tendió la mano, Elena hizo lo posible por partirle alguna falange con uno de sus ya famosos apretones, y mientras se la estrechaba con toda la fuerza posible, pensó: «Estaba claro, otro famoso gilipollas. Menuda novedad».

Si entonces alguien le hubiera dicho que iba acabar enamorándose de Bécquer, lo más probable hubiera sido que esa persona aún estuviese buscando por el suelo alguna de sus piezas dentales…

Pero ocurrió. Desde la noche en que las barreras entre ellos se vinieron abajo, ambos vivían un momento excepcional.

La inspectora Izaguirre había regresado a su puesto de trabajo hacía menos de un mes, Bécquer, por su parte, continuaba en Sudamérica atendiendo diferentes compromisos profesionales.

Si bien Elena lo echaba de menos, también agradecía poder disponer de su espacio, aunque eso, por otra parte, le provocaba cierta ansiedad: ¿qué pasaría cuando Bécquer regresase definitivamente?

A fin de cuentas, todo lo que habían vivido juntos no dejaba de ser un carrusel de aventuras: se conocieron en plena investigación y, quitando tres semanas de vacaciones entre Chile y Argentina, no se habían enfrentado todavía al día a día en Madrid, y eso le preocupaba.

«Por lo menos estas semanas he tenido un caso bueno», pensó, ignorando por completo el arsenal de preguntas que su compañero estaba desplegando.

—Diego, tienes que pensarte en serio lo de hacerte un pódcast —le espetó con soma en cuanto recibió la enésima pregunta.

—Vale, vale, ya te dejo tranquila —respondió él con resignación—. Es que me relaja hablar de otras cosas, este caso me tiene tenso —confesó Diego.

Si algo le chocaba a Elena de él era precisamente esa facilidad que tenía para expresar sus sentimientos, excesiva a juicio de Elena.

Siempre contaba si estaba triste o contento, que pensaba de esta u otra cosa…

Todo el día con los sentimientos a flor de piel.

Elena pasaba olímpicamente de expresar los suyos, no iba con ella estar pendiente de las «flojeras» de los demás.

Ya que Diego apenas duró en silencio unos segundos, la inspectora comenzó a repasar de nuevo los pormenores de la detención.

—Al final lo trincamos por el billete de tren —dijo él en voz alta—. Eso ha sido increíble, lo tenía bien pensado: comprar el billete y pasar el control de acceso.

—Sí, y a eso añádele una story en un hotel y su correspondiente factura —completó Elena el relato.

—¿Cómo conseguiste tan rápido la información del tren? Porque los jueces tardan un montón en darte permiso —preguntó Diego, deseando que la respuesta fuese la que esperaba oír.

Elena puso los ojos en blanco y arrancó su confesión.

—Bécquer llamó al presidente de la compañía —la carcajada de su compañero resonó en todo el coche—, así que hoy este cabrón duerme en la cárcel…, y en cuanto llegue Bécquer de México, a lo mejor lo acompaña.

—He de reconocerte que la detención y llegar a la comisaría y ver a todos esos periodistas en la puerta ha sido una pasada —comentó Diego, divertido.

—¿La detención o los periodistas? Me parece que te ha gustado mucho más lo segundo.

Aquella respuesta de Elena hizo que a Diego se le subieran los colores, y medio titubeante, respondió:

—A ver, sobre todo, la detención, pero lo de los periodistas un poco también. Tendré que acostumbrarme a que tengo de compañera a una celebridad, la policía más famosa del país.

A la inspectora Izaguirre no le hacía ni pizca de gracia el acoso mediático: desde que se resolvió lo de Bécquer, siempre tenía una cámara detrás.

Podía entender que cuando estaba con él en un restaurante o caminando por la calle, no le quedaba más remedio que aguantarlo, pero en acto de servicio le parecía lo peor.

—A mí déjame en casa, Diego.

Ortega acató la orden, y en poco más de media hora Elena ya estaba en zapatillas, sentada en el sofá comiendo un paquete de Donettes, la cena perfecta de quien no tiene ya nada que perder.

Del cajón de la mesita auxiliar extrajo la carpeta que Bécquer le había entregado en Argentina apenas un par de semanas atrás, justo antes de subirse al escenario en una noche que sería recordada por culpa de un idiota.

El público de Buenos Aires lo recibió con una ovación atronadora.

El artista recibía el aplauso sin darse cuenta de que un punto rojo vacilaba sobre su pecho.

En las primeras filas lo vieron al instante, también la seguridad contratada que lo acompañaba en los últimos tiempos.

Un enorme escolta no dudo en abalanzarse sobre el cómico y estamparlo contra el suelo al pensar que iba a ser víctima de un nuevo intento de asesinato.

Cuando quedó claro que había sido obra de un adolescente gamberro, al que le pareció divertida la idea de apuntar al artista con un puntero láser, Bécquer decidió tomárselo como una historia más de esas que, bien condimentadas, servirían para deleite de sus fanáticos seguidores.