4 Todo pasa y todo queda #2
—Señor Bosé, bienvenido al espacio.
Miguel se detuvo, desplegó su irresistible sonrisa, y, aceptando el apretón de manos con torería, exclamó:
—¡Qué ganas tenía de disfrutar de aire fresco! —Bécquer notó cómo le subía la temperatura a las mejillas y no logró articular nada coherente, así que Miguel continuó hablando—. Lo que hacéis aquí es una locura. ¿Y tú? ¿De dónde has salido?
—De una aldea de Galicia. —Fue lo único que Bécquer acertó a decir.
—Pues entonces seguro que eres buena gente.
Y con una sonora palmada en la espalda, Bosé entró en su camerino. El cómico se quedó callado, por primera vez se había quedado completamente en blanco, hasta que la voz de la regidora lo sacó del ensimismamiento.
—Bécquer, a plato a grabar la promo, por favor.
Por un instante, no supo de qué le estaba hablando.
—Perdona, ¿qué?
—La promo de los abogados que tienes que grabar —insistió la regidora, sonriendo.
—Ah sí, perdona —Bécquer volvió a centrarse—, no sé lo que me ha pasado, se me había olvidado por completo.
La regidora puso entonces las manos sobre sus hombros.
—Llevo treinta años en televisión; esto que te acaba de pasar se llama «efecto Bosé», y no se cura nunca.
Así que, unos pocos años después de aquel encuentro, Bécquer lo llamó para que le diese algún consejo de cómo triunfar en México.
«Ámalos hasta la última gota, porque si el público mexicano siente que te entregas, te querrá siempre».
Este fue el consejo principal de la superestrella del pop, así que el cómico puso manos a la obra, probablemente más manos que obra, aprovechando que Celia se había quedado en Madrid.
Lejos quedaba ya el triunfo de 2007 y, sin embargo, América seguía rendida a sus pies.
En Ciudad de México le esperaban un par de semanas más de presentaciones antes de volver a España.
Una de las paradas obligadas para promocionar los espectáculos era La hora de Mirta , un talk show donde las más grandes celebridades charlaban con la veterana presentadora.
Una vez que ocupó el asiento, la primera pregunta fue directa.
—Seguimos consternados por lo sucedido en España hace apenas cuatro meses. ¿Cómo fue para usted atrapar ni más ni menos que a un asesino?
Mirta no se andaba con rodeos, si bien Bécquer había dejado claro que de ese tema no iba a hablar, a ella le había dado exactamente igual. Bécquer tomo aire.
—Lo cierto es que todavía estoy superando lo ocurrido, aquella noche en el Teatro Real es un recuerdo durísimo.
Mirta escuchaba en silencio, planeando el siguiente estacazo.
—¿Y la sorpresa de descubrir que detrás de todo eso estaba ni más ni menos que Nacho, su asistente, un hombre que llevaba cinco años a su lado sin despertar sospecha alguna? —Bécquer respiró hondo.
—Eso fue lo peor de todo, jamás lo habría imaginado.
—Quiero recordar a nuestros televidentes —apuntó Mirta entonces— que Nacho asesinó a tres personas, en primer lugar, a mi compañera y amiga Ana María Lozano, a quien saboteó el auto, produciéndose un terrible accidente que acabó con su vida y la de su chofer; y, más adelante, tratando de asesinar a Bécquer, se llevó la vida de Raquel… Esto es terrible.
A Bécquer la conversación no le estaba resultando nada sencilla. Si bien había ensayado qué podía y qué no podía contar, los recuerdos de lo vivido se agolpaban en su cabeza.
—Tres vidas inocentes se llevó —respondió el cómico, calculando una tras otra las palabras. La comunicadora tomó entonces de nuevo la palabra.
—Lo más fascinante de todo es que usted fue parte activa de la investigación y logró descubrir quién estaba detrás, y lo hizo para salvar la vida de su hija, a quien ese malnacido había secuestrado.
Bécquer sonrió y dijo, tratando de desviar la atención y cerrar el tema:
—La verdad es que el muchacho no se aburría.
—Veo que nada le hace perder el sentido del humor —dijo Mirta, encajando la broma. Y con las mismas, se giró a cámara y anunció que el programa había preparado un pequeño resumen de lo ocurrido en España y que lo comentaría con el propio Bécquer.
El cómico se removió en su silla, estaba en medio de una encerrona y lo peor era que no tenía mucho margen de maniobra.
Las escasas opciones de las que disponía lo obligaron a hacer un cálculo rápido: levantarse e irse no era una opción, si pegaba una espantada en un programa de tal magnitud, el eco resonaría por toda Hispanoamérica y, conociendo a la prensa del lugar, lo destriparían sin piedad; negarse a contestar tampoco era una elección recomendable, no quería parecer desagradable…
Las opciones se reducían a contar poco y tratar de que pasase rápido.
Con él visiblemente incómodo, empezó la emisión de una pieza de tres minutos en la que, con un amarillismo atroz, una locutora narraba los hechos.
Mientras transcurría el vídeo, una cámara captaba la reacción de Bécquer, que se mantenía en silencio.
Pero cuando llegaron las imágenes del Teatro Real en llamas, la gente saliendo a trompicones, incluso una imagen lejana del cuerpo sin vida de Raquel rodeado de sanitarios, vaya desfachatez, el gesto de Bécquer cambió por completo: aquello no le estaba gustando.