4 Todo pasa y todo queda
TODO PASA Y TODO QUEDA
Si con algo disfrutaba Bécquer era con ser el centro de atención.
Desde que se subió a un escenario por primera vez con apenas veinte años, era tal el placer que le provocaba que no entendía a los artistas que renegaban de la fama.
«Pues haber montado una gestoría», solía pensar cada vez que escuchaba algún tipo de declaración estúpida de esas de «es que la gente no me deja tranquila».
Bécquer se sentía raro si no lo saludaban a menudo; de hecho, era una de las cosas que en este momento concreto de su carrera más rabia le daban: no tener la fama de hacía veinte años, por ejemplo.
Aquellos habían sido «los buenos tiempos», los de no poder salir a la calle si no era ataviado con un disfraz de mamarracho para evitar las miradas ajenas.
A fin de cuentas, lo de Bécquer había sido un pelotazo sin parangón: un chaval que salió en la televisión una vez, y de ahí directo al estrellato.
Lo que vino después de aquella noche, se resume en una palabra: cohete .
Se presentaba en la Ciudad Condal: doce noches en el teatro Coliseum, tres semanas seguidas con todo vendido desde hacía meses.
Bécquer tenía claro que, si su programa de televisión se emitía de lunes a jueves, eso le permitía subirse a un escenario de viernes a domingo.
Los siete días de la semana trabajando, así era él.
Además, se acababa de estrenar su primera película, un pelotazo histórico; de hecho, durante años fue la película más taquillera de la historia del cine español, hasta que apareció Santiago Segura para tocar las narices con una historia de un padre desbordado.
El único consuelo que le quedaba a Bécquer era que al menos le había derrotado otra comedia.
Por muchos lujos que tuviese aquel hotel, los días pasaban interminables para el artista, la compañía femenina no le faltaba, pero todo acababa aburriéndole, así que decidió darse una vuelta por su querida Barcelona.
A cara descubierta tuvo la feliz idea de meterse en El Corte Inglés de Diagonal.
En cuanto puso un pie dentro del edificio, todas las miradas se posaron en su persona, y lo que comenzaron siendo un par de saludos y un par de autógrafos, de repente se convirtió en una marea humana incontrolable.
Cientos de personas corrían por el recinto al grito de «¡Está Bécquer!
»; la situación se volvió tan bestia que dos de esos muchachos de americana roja se afanaron en formar un cordón que protegiera al artista.
Con la camisa hecha jirones, lograron meter a Bécquer en un cuarto de limpieza.
Allí estuvo esperando casi una hora hasta que un mal encarado mosso d’escuadra cruzó la puerta y, sin apenas saludar, le dijo: «Menuda idea estupenda ha tenido usted».
A Bécquer todo aquello, en realidad, le divertía; verse saliendo escoltado ni más ni menos que por la policía lo convertía en el tipo más feliz del mundo.
Aquellos momentos explosivos habían quedado atrás y en la actualidad el cómico ya llevaba casi un año establecido nuevamente en España.
Había regresado de Miami después de más de quince años viviendo allí.
Cuando su meteórico ascenso lo llevó a América, optó por aquella ciudad para instalarse.
Le permitía trabajar con cierta comodidad en todos los países de Sudamérica y en la zona hispanohablante de Estados Unidos, y, sobre todo, vivía mucho más tranquilo.
Además, no era el primer presentador de la televisión española que, viviendo en Miami, viajaba a España cuando le tocaba hacer el programa.
No obstante, tras divorciarse y decidir que bajaría el ritmo, Madrid se convirtió en su nuevo hogar con un único objetivo: que su hija Lucía, después de cinco años sin apenas relación, volviese a dirigirle la palabra. Y por suerte lo había conseguido.
La racha de Bécquer duraba ya muchísimo tiempo, una carrera que la prensa había definido como «imparable». La cronología, de hecho, no dejaba lugar a la duda: entre su debut televisivo y su triunfo en Latinoamérica apenas habían pasado ocho años.
Lo cierto es que, en aquel momento concreto, la vida le sonreía: había encontrado el amor de nuevo, su exmujer apenas le daba la tabarra, su hija era feliz de estar a su lado y los teatros continuaban llenándose en minutos cada vez que se anunciaba su presencia.
Mientras que en España podía salir a la calle sin problema, en América Latina ocurría lo contrario: Bécquer seguía siendo una superestrella. Siempre se ha dicho que los artistas que triunfan en aquellos países lo hacen para siempre, y, sobre todo, en uno en especial: México.
Cuando Bécquer pisó el escenario de la Arena de Ciudad de México, el público se puso en pie como quien aprieta un resorte: quince mil personas coreaban el nombre del artista mientras este paladeaba cada segundo de aquella atronadora ovación.
Si bien a Bécquer, después de tantos años, le costaba recordar cuándo había sido su primera vez en tal o cual país, su primera vez allí la recordaba sin duda alguna; sobre todo, porque fue la consecuencia directa de haber arrasado en la televisión latina.
El artista tenía veintiocho años cuando don Francisco lo recibió en Miami, en su mítico programa Sábado Gigante, un show televisivo que, después de más de cuatro décadas, seguía siendo visto cada semana por más de cien millones de espectadores a lo largo y ancho de toda América Latina: el escaparate no podía ser mejor.
Que don Francisco te diese la oportunidad de presentarte a su lado sin duda suponía un lanzamiento inmediato al estrellato… o todo lo contrario.
Bécquer estaba moderadamente nervioso, era consciente de la responsabilidad que suponía, a través del canal Univisión, entrar en los hogares de todos los latinos presentes en Estados Unidos.
Además de la señal compartida con los países de América del Sur, según habían negociado, Bécquer tendría veinticinco minutos de entrevista y unos ocho minutos de escenario.
Esa era la clave: si lograba hacer reír a los espectadores, lo demás vendría solo.
Cuando por fin anunciaron su nombre, entró a escena con esa confianza arrolladora que lo estaba convirtiendo en la estrella más grande del show business español.
Con su impoluto traje negro, empezó a desgranar una suerte de bromas y tópicos sobre el clásico español que cruza el charco.
Se movía sobre el escenario como pez en el agua, llevaba al público al lugar que quería sin perderlo en ningún instante.
Fue tal el nivel de carcajadas que, cuando terminó y don Francisco subió al escenario, no tuvo más remedio que rendirse a la evidencia soltando un sonoro: «Señoras y señores, no se pierdan a Bécquer, el mejor cómico de habla hispana».
Cuando el programa terminó, el mánager americano de Bécquer lo tenía claro.
—Olvídate de volver a Barcelona —le dijo—, esto ha sido muy grande, las líneas del programa están colapsadas por la gente que pregunta dónde pueden verte, y no solo eso: ¡mira mi celular! No existe un solo promotor que no te quiera.
Bécquer sonreía; lo mismo que le había pasado en España le estaba sucediendo allí.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.
—Por lo pronto, volar a México: mañana nos reuniremos allí para arrancar la gira, estas tres semanas de vacaciones que tenías se acaban de esfumar.
Celia no daba crédito a lo que su marido le estaba proponiendo.
Ella, toda una eminencia en el campo de la ciencia, no solo se había enamorado del presentador de moda, sino que celebraban ya los dos años de la pequeña que tenían juntos.
No podía evitar sonreír al pensar en la cara de sorpresa de su madre cuando le dijo que se casaba con el hombre más famoso del país solamente seis meses después de haberse conocido en su programa.
Justo antes de que entrase la tarta de cumpleaños de la niña, Bécquer tenía una propuesta sorprendente.
—¿Me dices en serio lo de mudarnos a Miami? Eso sería un cambio de vida radical.
Celia no estaba muy convencida de lo que Bécquer le acababa de decir; a fin de cuentas, era feliz en Barcelona con su trabajo y, sobre todo, con su Lucía, la niña de sus ojos.
—Yo creo que es lo mejor —dijo Bécquer—.
Estoy cansado del programa diario y quiero hacer otras cosas, allí no tendríamos una docena de paparazzi en la puerta todos los días.
—El argumento era perfecto, Celia cada día estaba más cansada de tener que lidiar con la fama de su esposo—.
Además —añadió el artista—, desde que don Francisco me bendijo, ya has visto el resultado: actúo en México lo que queda de año y en 2009 hemos cerrado Chile, Argentina, Paraguay, Costa Rica y Puerto Rico, sin contar con todo lo que estamos preparando en Estados Unidos.
Desde Miami todo sería más sencillo. —Bécquer cogió la mano de Celia—. Ya verás qué casa, ¡qué casa!
La primera vez que Bécquer actúo en México fue en la capital, y pasó por los más importantes programas de televisión, que lo recibieron con un cariño especial.
Si la primera vez que pisó Estados Unidos fue de la mano de Antonio Banderas, sabía que si con alguien tenía que hablar de su llegada a México debía ser él: Miguel Bosé.
Lo había conocido en Noches desde el Espacio , era uno de los artistas que mejor funcionaban tanto en audiencia como en programa. Siempre dejaba titulares. Para un recién incorporado colaborador como Bécquer, tenerlo delante fue impactante.
Cuando Bosé hizo su entrada, el cómico se quedó de piedra: era la primera vez que tenía conciencia de tener una auténtica estrella delante.
Lo que más lo impactó fue cómo se movía, cómo caminaba, su altura imponente, unas maneras elegantes y una mirada que, cuando se cruzaba con la tuya, hacía que te sintieras la persona más especial de la galaxia.
Como hacía con cada invitado, Bécquer se acercó a saludar. Esforzándose por que no se le notaran los nervios, mantuvo todo lo firme que pudo el brazo que extendió.