3 Un joven prometedor
UN JOVEN PROMETEDOR
El novato José Baltierra poco tardó en aprender que había otras formas de medrar y, sobre todo, de ganar dinero en el Cuerpo Nacional de Policía.
Para sus adentros, se consolaba pensando que tampoco era para tanto, que una mordidita aquí o un desvío de un alijo allá no eran algo para echarse las manos a la cabeza.
Los asociaba más con pequeños trapicheos que con delitos en condiciones.
También se lamentaba de su mala suerte: venir de una familia muy humilde le servía como excusa para haber accedido aquel día a coger ese sobre.
—No tienes precisamente un expediente para tirar cohetes —le dijo el comisario Acebedo mientras pasaba con desdén las páginas de una carpeta marrón—. Quizá, incluso lo de mediocre se quede corto.
Con el sudor de las palmas de las manos de Baltierra se podrían haber llenado dos botijos.
Aquel policía de apenas unos treinta y pocos años no era capaz de levantar la mirada del suelo, acababa de ser trasladado después de, por una estupidez mayúscula, haberse visto involucrado en una pelea que terminó con varios agentes heridos y un civil con una brecha enorme en la cabeza.
—Veo que la primera pieza que se han cobrado eres tú; al final, a esta comisaría siempre me mandan lo quemado de la paella.
Se ve que 1998 está siendo tu año —añadió el comisario enfatizando el desprecio—.
Aquí ya te anuncio que lo vas a tener jodido, tu futuro pende de un hilo, te quedan seis meses de mucho trabajo y sin sueldo, te la han metido, pero bien.
Lo más probable es que acabes de segurata en uno de esos Carrefour que están abriendo sin parar.
—Todas estas frases de Acebedo se le clavaban como puñales—.
¿Sabes por qué no te han mandado ya a la puta calle?
—Baltierra no sabía qué contestar—. Te lo voy a decir yo: porque tu anterior comisario es buen amigo mío y me ha pedido el favor, y como hoy me he levantado rumboso, pues aquí estás.
Con gran dificultad, Baltierra masculló un «gracias».
Acebedo se levantó entonces de su asiento y se dirigió a la pared acristalada de su despacho que daba a la comisaría, canturreando algo ininteligible.
Cerró las persianas y se apoyó en el escritorio dejando su entrepierna prácticamente delante de Baltierra.
—Pero ahora vienen las buenas noticias: me han dicho que vives con tu padre, un señor mayor bastante jodido de salud.
—Baltierra asintió—. Bueno, aquí somos una gran familia, así que te voy a hacer un favorcito.
—Extrajo un pequeño sobre del interior de la chaqueta.
Baltierra no salía de su asombro—. Esto es una ayuda, aquí en la comisaría existe un grupo de amigos que nos ayudamos los unos a los otros: hoy te rasco la espalda yo y mañana, si lo necesito, me la rascarás tú a mí. ¿Qué te parece?
Baltierra estaba un tanto desconcertado, algo tembloroso cogió el sobre y ojeó lo que había dentro: solo de un vistazo, calculó que equivalía al sueldo de tres meses.
—No puedo aceptarlo —dijo con cierto ápice de dignidad. Acebedo respiró hondo.
—Escúchame bien: la chica esa que cuida a tu padre entiendo que no lo hace gratis, ¿verdad? Coge el dinero, no digas una sola palabra y ponte a trabajar, ¿qué otra alternativa tienes? A lo mejor lo que hago es ponerte ya en la puta calle y a tu padre que lo cuiden en el cementerio.
Baltierra luchaba contra el temblor de su rodilla derecha, la situación en la que se encontraba comenzaba a ser desesperada; a fin de cuentas, vivían al día y el escenario de seis meses sin cobrar se le hacía una montaña.
Sin pensar en las consecuencias, optó por aceptar el regalo.
Lo que no sabía en ese momento era lo caro que le iba a resultar.
Desde que entrase en Tudescos, Baltierra se había ido ganando poco a poco la confianza de Acebedo.
El primer favor tardó en llegar; de hecho, lo hizo después de que el tercer sobre se deslizase mágicamente dentro de su bolsillo.
Y fue el día en el que conoció a un hombre que le complicaría a menudo la existencia.
—Ve a esta dirección —le ordenó Acebedo mientras apuntaba en un trozo de papel—. Allí te encontrarás con un compañero de Chamberí, Luis Puente. Es un poco imbécil, pero efectivo. Ya sabes lo que tienes que hacer.
Baltierra cogió el papel con las señas y salió del garaje de comisaría enfilando la Gran Vía. Tenía al menos una hora de trayecto hasta un polígono industrial al sur de Madrid, en una zona bastante deprimida y a la que los avances de la capital tardaban en llegar.
Cuando llegó a la dirección señalada y vio a aquel pequeño hombrecillo apoyado en el capó de un coche, tuvo claro que se trataba de Puente.
El de Chamberí pisó la colilla del cigarrillo mientras observaba a aquel chaval de calva incipiente bajar del vehículo. Cuando lo tuvo cerca, le dio el clásico recibimiento de cretino que acostumbraba.
—Por fin conozco al niñito mimado de Acebedo, ¿ya te dejan jugar con los mayores?
Soltó una sonora carcajada, feliz de escuchar sus propias bravuconadas. Con lo que no contaba era con que Baltierra no bajase la cabeza. Sin mediar palabra, se abalanzó sobre Puente, lo agarró de la solapa y estampó su espalda contra el coche.
—Escúchame bien: ya me han hablado de ti, y si crees que no te voy a parar los pies estás muy equivocado. Aquí estamos todos metidos en la misma mierda, así que no me toques los cojones.
Puente levantó las manos en son de paz.
—Vale, vale —dijo—, no te pongas tan bravo que solo era una broma. Ya me dijo Acebedo que tienes carácter. Te va a venir bien con el marrón que tenemos aquí dentro.
Caminaron hacia la puerta de la nave, y, una vez dentro, el hedor hizo que Baltierra se tapase la boca con la mano como un acto reflejo.
—Menuda peste. —Puente sonrió.
—A los drogatas les da igual, vienen aquí a ponerse hasta las cejas y cuando se cagan encima, les importa poco.
—Señaló un contenedor metálico, de esos que se ven las plataformas de los barcos mercantes—.
Ahí dentro lo tengo, te he estado esperando para que te pudieses unir a la fiesta, aunque debo reconocer que un poco ya me he divertido sin ti —dijo sin especificar de qué se trataba.
Cuando abrió el contenedor, Baltierra confirmó lo que ya se imaginaba: no tenía algo, tenía a alguien. Sentado en una silla, con las manos esposadas a la espalda y los ojos vendados, un pobre hombre sollozaba.
—Te presento al Manué —dijo Puente agarrándolo del pelo—. Me gusta taparle los ojos para que no sepa cuándo le van a llover las hostias. —A Baltierra aquello no le hacía especial ilusión, pero tampoco era nuevo en esas lides—. Cuéntanos, Manué: ¿dónde está la pasta que me ibas a traer?
Con gran dificultad, aquel pobre yonqui repitió lo que llevaba tiempo diciendo.
—La he perdido.
Su respuesta se vio cortada por un puñetazo en el estómago.
—¿Has visto? —le dijo Puente a Baltierra—. Que la ha perdido. —Y volvió a golpear a aquel hombre, esta vez en la espalda.
Baltierra dio entonces un paso hacia delante y se agachó ante el muchacho, le quitó la venda y le habló con tranquilidad.
—¿Quieres irte? —El pobre Manué solo fue capaz de asentir con la cabeza—.
Quítale las esposas. —Puente se las quitó entre bufidos de enfado—.
Aquí mi amigo te dio medio kilo de heroína para que se la llevases a tu jefe y tú tenías que traer el dinero.
Si no tenemos el dinero, algo nos vamos a cobrar a cambio, y créeme cuando te digo que no te va a gustar.
Este se está controlando porque estoy yo, pero si no me ayudas, me voy a marchar y os quedáis solos otra vez.
Te lo voy a volver a preguntar: ¿dónde está el dinero?
Manué levantó la mano y apuntó fuera del contenedor. Baltierra se levantó, cogió del brazo a aquel pobre hombre y lo acompañó fuera.
—Espérame aquí —le ordenó a Puente.
Caminaron apenas veinte metros hacia un lateral de la nave. Manué revolvió entonces entre unas cajas medio podridas que había en el suelo y sacó un sobre. Extendiendo el brazo derecho, que mostraba una cantidad enorme de picotazos, balbuceó:
—Perdón, mi novia está enferma.
Baltierra lo cortó en seco.
—No me cuentes tu vida. La próxima vez que te pases de listo no vendré a salvarte el culo, ¿lo tienes claro? Me debes una.
Manué echó entonces a correr como buenamente pudo, mirando hacia atrás cada pocos pasos. Lo del poli bueno y el poli malo había vuelto a funcionar.
—Pues sí que lo has acojonado —dijo Puente al llegar a su lado.
—Las hostias te las podías haber ahorrado, con ese pobre diablo no te iban a servir de nada —respondió Baltierra guardando el sobre en un bolsillo.
La respuesta de Puente no se desvió de lo esperado.
—Es que así es más divertido. Cuando me dijo que había perdido la pasta, decidí entretenerme un rato hasta que llegases.
Sin despedirse, Baltierra se subió al coche y puso rumbo a la comisaría.
Sus pensamientos se agolpaban; él, que lo único que quería cuando entró en el Cuerpo era ayudar a los demás, estaba metido hasta el cuello en un grupo de policías corruptos que cometían permanentes abusos.
Y supo que ese día llegaría cuando cogió aquel maldito sobre. Ya no tenía escapatoria.
Se palpó el pecho y ahí estaba la causa de todo: el dinero procedente de la venta de droga, que, misteriosamente, nunca se contabilizaba de manera correcta en la comisaría.
Había pasado de policía prometedor a recaudador de dinero sucio.
«Menos mal que mi pobre padre ya no me reconoce —pensó—.
Lo peor es que yo tampoco me reconozco».